Iván Gastañaga nació en Moscú en 1990, en los últimos días de la Unión Soviética. Poco tiempo después, se convirtió en el primer niño soviético adoptado por una familia española. Creció en Cantabria rodeado de afecto, pero también atormentado por dos preguntas: quiénes eran sus padres biológicos y por qué habían decidido abandonarlo.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de La genealogía del abandono (Debate), de Iván Gastañaga González.
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Los orígenes
Esta historia comienza mucho antes de mi nacimiento, mi abandono y posterior adopción internacional. Empieza con mi familia adoptiva y con quienes se convirtieron en mis padres. Fue esta familia la que me sacó de Rusia, me alimentó, me dio cobijo, me enseñó un nuevo idioma, me educó y, sobre todo, me ofreció una segunda oportunidad en un hogar donde el amor, el cuidado y la atención estuvieron siempre presentes. Tuve y tengo una buena familia española; tuve y tengo una vida feliz, ni más ni menos ajetreada que la del resto de personas que me rodean.
Durante mucho tiempo escuché, y me hicieron pensar, que mi interés por los lugares de procedencia de mis padres biológicos, Rusia y Armenia, se debía a una venganza personal, a una especie de traición contra mis padres adoptivos. Sin embargo, esta empresa, a la que he dedicado dos décadas, de buscar y restituir a mi familia biológica, no nació de una tragedia en el seno de mi familia adoptiva, sino que se debió a un proceso necesario en casi cualquier adoptado. Así pues, gracias a haber encontrado en mi familia adoptiva una estructura reparadora y el suficiente apoyo emocional, reuní la fuerza y la valentía suficientes para buscar a mis padres biológicos. Fui afortunado; otros adoptados no pueden afirmar lo mismo.
Dicen que el deseo de tener un hijo es un instinto humano. No obstante, algunas veces puede ser una necesidad; otras, una imposición y, en algunos casos, un hecho inesperado del que hay que hacerse cargo. La búsqueda de los orígenes también lo es: nace de las entrañas, es una necesidad vital de autoconocimiento. Puede venir cargada de responsabilidad; también puede aparecer por sorpresa, tras encontrar unos papeles cuya existencia ignorábamos. Buscar los orígenes es, en cierto modo, crear una familia, pero en dirección opuesta, ascendente: es parir a los padres biológicos y ocuparse de la huella de los ancestros, tanto de los héroes como de los fracasados.
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La adopción de mi hermano Samuel
Tres meses antes del cambio de milenio adoptamos a mi hermano Samuel. Yo tenía diez años, la cara rosada y el pelo negro, casi rapado. A mi hermana Lucía, también adoptada, por esa época le faltaban las dos paletas y le caían restos de tirabuzones dorados sobre los hombros. Samuel llegó a casa un día cálido; el viento del sur soplaba suave después de una vuelta al colegio con lluvias e inundaciones que anegaban los prados. Así era la costa de Cantabria: agua y luego incendios. Sostuve a mi nuevo hermano en los brazos. Pensé que se quedaría quieto, como hacían los cachorros de las perras que pululaban por nuestro jardín. Lo olfateé para saber si en efecto era un ser humano. Ese fue el día en que me pregunté cómo era posible que sus padres biológicos lo hubieran abandonado al nacer. Apenas llegaba a los siete meses; era tan frágil como la cáscara seca de una castaña. No podía haber hecho nada malo con tan pocos meses de vida.
Mi hermana Lucía y yo tuvimos muchas preguntas sobre la adopción, y pocas respuestas. No nos quedó claro quién y por qué había decidido que tenía que ser un niño y no una niña; tampoco por qué ese bebé, precisamente ese y no otro, iba a acoplarse a nuestra familia. Samuel fue mi primer contacto real con la adopción. La llegada de un cuerpo extraño al hogar me incomodaba, y a la vez surgía en mí el instinto de cuidarlo. Me tropecé varias veces con lo mismo: eran mis hermanos, vivían conmigo, pero no sentía que lo fuéramos del todo, porque no nos parecíamos en nada, y, en cierta forma, no teníamos los mismos padres. Es posible que esto no se deba a la adopción en sí misma, sino a las mil y una variantes de la educación y la crianza recibidas, pues mis padres no eran los mismos cuando me adoptaron a mí en 1991 que cuando adoptaron a mi hermana después, y a mi hermano una década más tarde.
Eva y Rubén, mis padres, evitaron el cuento de la cigüeña, la explicación biológica de la procreación, el embarazo y el parto. Nunca vimos a mi madre embarazada ni palpamos con nuestras manos su vientre abultado en busca de nuestro futuro hermano. Para explicar nuestra adopción (la mía en Rusia y la de mi hermana en España) acudían a «Hemos lanzado nuestro amor al cielo; ha impactado contra una estrella, una esquinita se ha roto y ha caído. Nacisteis de una madre en otra ciudad muy lejos, y como ella no os podía cuidar, nosotros fuimos a buscaros. Porque os queríamos desde antes de que cayerais del cielo». Pensaron que, a esa edad, siendo nosotros niños, era mejor omitir que nuestras madres biológicas no nos quisieron a su lado o no pudieron hacerse cargo de nosotros. De todos modos, ya lo sabíamos.
Estábamos acostumbrados a acudir a la Residencia, el hospital de Santander donde parían nuestras tías, a visitar a primos recién nacidos. Por aquel entonces nos colábamos en el ascensor, escondidos entre el abrigo de alguna tía. No dejaban subir a los niños a la planta de maternidad, pues éramos un cargamento peligroso de virus, aunque sí se pudiera fumar en los descansillos de las escaleras. Mi hermana y mi hermano habían nacido en ese hospital, pero nadie acudió con flores ni chocolates para sus madres. Me daban envidia aquellas familias y sus fotos instantes después del alumbramiento. Ella, todavía jadeando y sudando mientras sostenía en los brazos tres kilos de carne con patas. Los padres, en esa época, miraban a la cámara luciendo bigote y chándal. Yo quería saber dónde había nacido y de quién era hijo biológico. Miraba mi cuerpo y me preguntaba qué deformaciones tenía, y si al nacer me habían diagnosticado alguna extraña enfermedad y por eso me enviaron a un orfanato soviético.
Iván el Malo. Así me bautizaron mis profesores de los tres a los doce años. Etiqueta que yo me creí, igual que cuando los profesores de religión nos decían que quien no creyese en la Virgen moriría en una lluvia de hielo y fuego. Yo confiaba en mi padre, que decía que eso de la religión era «una mongolada», pero temía que él muriese en el coche fulminado por un rayo porque odiaba a los curas. Rezaba en silencio, por si acaso. Mi padre también criticaba a las muchachas de servicios sociales llamándolas «brujas» sin que mi madre lo escuchara.
El periodo de adaptación a la nueva familia de un niño por adopción era de tres meses. Esto se llamaba «periodo preadoptivo». En ese tiempo, la familia biológica de Samuel podía reclamarlo. También existía la posibilidad de que mis padres se echaran atrás. Para comprobar que todo iba bien, teníamos que acudir a las oficinas de Bienestar Social de Santander. Olía a tabaco, sonaba el teléfono, todo era ruidoso y confuso. Una señora, con gafas de sol en la cabeza y los codos planos apoyados en una mesa llena de rayones, me preguntó: «¿Tú vas a ser buen hermano mayor?». Luego se apretó una carpeta contra el pecho esperando mi respuesta. Estaba convencido de que ella ya sabía que yo era Iván el Malo. Para qué hablar entonces. Enmudecí.
Igual que hacía solo un par de meses ellas habían traído a Samuel a la puerta de mi casa en un coche granate y diminuto, estaba plenamente convencido de que harían lo mismo conmigo, pero a la inversa: cualquier día escucharía ese mismo coche en la puerta del colegio y me introducirían en el maletero a la fuerza para llevarme de vuelta rumbo a Rusia. «¿Cómo va a ser ese tu hermano si no hemos visto a tu madre embarazada?», me preguntaban mis compañeros. Otros, que más o menos intuían lo de la adopción porque sus madres se lo habrían contado, me llamaban «adiestrado». Los profesores tampoco se cortaban y me amenazaban: «Si hablas, te devolvemos a tu país de mierda». Salía de clase, iba al baño a beber grandes cantidades de agua y luego me desmayaba del miedo.
Vi el espejismo de un regreso a Rusia. Me despertaba por las noches para comprobar que mi hermano seguía en su cuna, que mi hermana permanecía enrollada en su nórdico y que aquellas «brujas» no estaban esperando fuera con el motor en marcha para llevarnos a los tres.
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Autor: Iván Gastañaga González. Titulo: La genealogía del abandono. Editorial: Debate. Venta: Todostuslibros.


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