Hay escritores de los que sabemos demasiado. Antes incluso de abrir su último libro conocemos la casa en la que escriben, el café donde desayunan, sus opiniones sobre la inteligencia artificial y, si uno comete la imprudencia de seguirlos en Instagram, hasta el aspecto que tiene el plato de espaguetis que se disponen a cenar. De Lorenzo G. Acebedo, en cambio, no sabemos prácticamente nada. Ni siquiera podemos asegurar que Lorenzo G. Acebedo exista, lo cual ya es una ventaja considerable en estos tiempos de sobreexposición. La versión oficial asegura que abandonó los estudios teológicos para ingresar en un monasterio, que después dejó el monasterio para irse con una mujer y que actualmente vive en algún pueblo de La Rioja. Sabemos también que su nombre es un anagrama de Gonzalo de Berceo, lo cual no invita a tomarse su biografía al pie de la letra. Lo único indiscutible es que bajo ese nombre han aparecido tres novelas, todas ellas en Tusquets: La taberna de Silos, La Santa Compaña y, ahora, Una tumba en Al Ándalus. Yo debo confesar que pertenezco desde la primera a la pequeña cofradía de sus devotos.
La cosa tiene su mérito porque el punto de partida podía haber terminado fácilmente en desastre. Acebedo decidió convertir a Gonzalo de Berceo en investigador de crímenes medievales, lo cual, si se piensa en primera instancia, parece la consecuencia de una deliberación editorial que se hubiera celebrado tras una comida demasiado larga. Sin embargo, funciona. A Berceo lo conocimos casi todos en el colegio, donde comparecía embalsamado bajo la etiqueta del primer poeta castellano de nombre conocido. Era el hombre del mester de clerecía, de la cuaderna vía, de los Milagros de Nuestra Señora y de aquellos versos que hablaban de un vaso de «bon vino» y que nuestros profesores utilizaban para demostrarnos que los clásicos también podían ser divertidos. Después llegaban el examen, los alejandrinos y la cesura, y Berceo volvía rápidamente al mausoleo. Ahora Acebedo lo ha exhumado. Su Berceo bebe, come, desea, teme, duda, se irrita, se equivoca. Es creyente, pero conoce demasiado bien a la Iglesia como para confundir la fe con los afanes de quienes la administran. Pertenece a su tiempo y a la vez parece observarlo desde una distancia que nos permite reconocernos en él. Está lleno de contradicciones, como cualquiera que haya tenido la desgracia de ser humano, y quizá ahí resida el principal hallazgo de estas novelas, en devolverle la carne a alguien a quien varios siglos de tesis doctorales, congresos universitarios y libros de texto habían convertido en busto.
Porque humanizar a un personaje histórico no consiste en hacerlo contemporáneo. Hay una tentación recurrente en la novela histórica que consiste en tomar a un señor del siglo XIII y ponerlo a pensar como un ciudadano europeo del XXI, pero Acebedo hace algo más complejo y, desde luego, mucho más interesante. Deja que Berceo sea un personaje integrado en su espacio y en su tiempo, con sus creencias, sus supersticiones, sus prejuicios y sus certezas, pero introduce dentro de ese mundo las grietas por las que entra la condición humana. Y entonces Berceo sigue siendo un monje del Medievo, pero también un tipo con el que nos tomaríamos algo en el bar de la esquina tranquilamente. También ayuda que a su alrededor se despliegue una atmósfera que huele. En estas novelas se come y se bebe muchísimo, se suda y se fornica, se reza y se conspira, y se mata. Los monasterios dejan de ser esas silenciosas arquitecturas románicas que visitamos los fines de semana tras abonar el precio de la entrada y recuperan algo de lo que fueron, comunidades humanas donde, además de códices y plegarias, había envidias, ambiciones, deseo, miedo, dinero y luchas de poder. La Edad Media de Acebedo, como nuestra propia época, tiene barro en los zapatos.
Ahora Berceo viaja hasta la Córdoba andalusí. En Una tumba en Al Ándalus, el asesinato de un miembro de la morería de San Millán lo conduce hacia el sur mientras todavía arrastra el duelo por la muerte de su amigo Lope. No contaré mucho más. Detesto que me cuenten las novelas antes de leerlas y sospecho que Berceo se defendería peor de una indiscreción que de un asesino. Lo relevante es que la fórmula continúa funcionando porque nunca ha dependido verdaderamente de los crímenes. Los muertos ponen en marcha la maquinaria, pero lo que importa sucede alrededor: la reconstrucción de una época, el juego con la tradición literaria medieval, el humor, la religión, el poder y, sobre todo, ese personaje improbable que avanza por el siglo XIII descubriendo que los hombres son bastante menos piadosos de lo que dicen ser. No parece una conclusión especialmente arcaica.
No sé quién se esconde tras el heterónimo de Lorenzo G. Acebedo, aunque tengo mis sospechas. Espero que nadie lo averigüe. Nos sobran escritores sobreexpuestos y, en cambio, andamos escasos de misterios que nos regocijen. Me gusta imaginar que en algún lugar de La Rioja hay un antiguo monje escribiendo novelas sobre Gonzalo de Berceo mientras procura que ningún fotógrafo dé con él. Pero tampoco me disgustaría que la historia del monasterio, la mujer y el pueblo riojano fuese, sin más, una mentira. Al fin y al cabo, llevamos siglos leyendo a Gonzalo de Berceo sin saber casi nada de Gonzalo de Berceo. Quizá era inevitable que quien mejor consiguiera devolvérnoslo a la vida fuese alguien de quien también lo ignoramos todo.


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