Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.
Miércoles, 16 de septiembre de 1936: Habla Kindelán
Esta mañana misma se lo acabo de plantear, señores. Ya sabéis que yo nunca quise robarles protagonismo ni a Franco, ni a Mola, ni a Queipo, ni a Cabanellas. Es cierto que podría haberlo hecho. No negaré que siendo joven acometí ciertas proezas aeronáuticas, por amor a mi profesión. Además de pilotar globos aerostáticos, fui el primer piloto español de dirigibles. Por algo obtuve el primer título de piloto militar de la escuela de Cuatro Vientos.
»Siempre fui monárquico convencido y por eso, de regreso en España, tras mi exilio durante la República, no dudé en colaborar con Franquito. Yo ya imaginaba que tendríamos a la Marina en contra y fui el artífice de aquel primer puente aéreo entre Tetuán y Sevilla, y de la travesía del Estrecho. Pero, a mi edad, no me interesan las medallas.
»Dicho lo cual, y sin pretender robarle el protagonismo a nadie, me gusta pensar que soy de esos personajes secundarios que, en un momento dado, influyen en la historia. Desde finales de julio Franquito está totalmente centrado en la campaña y yo llevaba un tiempo dándome cuenta de que, si no aprovechaba el momento, se le podía escapar el mando único.
»No olvidéis que la Junta de Defensa funciona en Burgos. Y ahí están Mola, general del Ejército del Norte, y Queipo, general del Ejército del Sur, que han mostrado mucha ambición desde el principio.
»Los que venimos con Franco y el Ejército Expedicionario todavía nos estamos aclimatando. En este palacio medieval, entre cortinas de damasco rojo, ya empieza a haber un movimiento que hasta aquí no se veía.
»Ahora mismo entra y sale todo el que tiene algo que comunicar, inclusive los diplomáticos alemanes e italianos que nos siguen. Aquí tenemos la secretaría política y la sala de ayudantes, contigua al despacho de Franquito, con teléfonos y tres estaciones de radio. Y en otra sala hay caballetes con tableros y mapas y planos topográficos iluminados por proyectores.
»Además, tenemos seis despachos para los oficiales del Estado Mayor, todos de techo alto y solados con baldosas pulidas, con decoración de yelmos y leones. En el de Franquito, yo me suelo sentar en un tresillo negro junto a una ventana enrejada que da a un muro de piedra renegrida cubierto de hiedra.
»Franquito entra a las ocho, come a las tres o más tarde, y a las cinco vuelve a ponerse. Y ya no para hasta las tres o las cuatro de la madrugada, con una breve pausa para cenar.
»Hay que decir que doña Carmen aún sigue en Francia, aunque pronto cruzará la frontera. ¡Poco va a disfrutar la pobre de su marido, que se tira las horas delante de los mapas, coordinando el avance sobre Madrid!
»Quitando salidas a los frentes y los domingos, que oye misa en el oratorio de palacio, el resto del tiempo lo pasa en el despacho. Al anochecer se habla de cifras. Su primera pregunta siempre es el número de bajas. En función de eso nos felicita o recrimina a sus ayudantes.
»También le gusta conocer las acciones heroicas del día. Cuando las hay se le ilumina el rostro. En definitiva, que a mí me costó encontrar el momento, pero por fin esta mañana aproveché uno de los raros ratos que quedábamos a solas.
—Mira, Paco —le dije—, yo sé que la modestia, el temor a precipitarte y a herir susceptibilidades te retiene. Pero no puedes dejar pasar más tiempo. Por el momento, en la reunión que mantuvimos el doce todos los generales ya han aceptado, verbalmente, que dirijas los tres ejércitos. Ahora hay que conseguir que se formalice ese acuerdo y firmen un documento. Tu hermano Nicolás y yo lo hemos discutido: no nos podemos conformar con el acuerdo verbal. Has de hacerte con el mando único y, si puedes, con la jefatura del Estado. Es ahora o nunca, no te creas que tienes tanto tiempo.


Da gusto leer su recreación de una época apasionante en la que se decidió el presente de España. Un saludo