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La gente ya se divertía en España hace cien años

La gente ya se divertía en España hace cien años

En la reseña sobre Cómicos en guerra, de Pedro Corral, publicada hace unos días, se hacía referencia a este otro libro. Hora es de detenerse en él, aunque para ello haga falta comenzar poniendo las cosas en su sazón.

La Restauración (1876-1923) sigue teniendo, en general, mala prensa. Y es que, para empezar por ahí, “el 98” (no hace falta decir de qué siglo), “el desastre”, como si acaso hubiese sido el primero, representa un auténtico baldón. Eso por no hablar de las crisis políticas de 1909 y 1917 (cuando sucede que se juntan los problemas de Marruecos y los de Cataluña, mejor ni molestarse en intentar arreglarlo) y, ya el remate, Annual 1921, al que se vuelve a aplicar el mismo calificativo de desastre, aunque en este caso sí se suele precisar de qué es de lo que se está hablando. Y todo ello de por medio con dos asesinatos de presidentes (Canalejas y Dato), por si faltaba algo, en el marco de un sistema político de bipartidismo turnista, que es el mejor caldo de cultivo para la diatriba e incluso el escarnio. Recordemos las palabras de Galdós en Cánovas, el último de sus Episodios nacionales, escrito en 1912: “Los dos partidos que se han concordado para turnarse pacíficamente en el poder son dos manadas de hombres que no aspiran más que a pastar en el presupuesto”.

"Si la Restauración merece descalificaciones no es sólo por el diseño institucional y la clase parlamentaria, sino también por la realidad social subyacente: una sociedad mayoritariamente agraria y analfabeta"

Pero si la Restauración merece esas descalificaciones no es sólo por el diseño institucional y la clase parlamentaria, sino también por la realidad social subyacente: una sociedad mayoritariamente agraria y analfabeta, la que describió el propio Galdós en Doña Perfecta (1876) y Emilia Pardo Bazán en Los Pazos de Ulloa (1886). Una sociedad con mentalidades premodernas, donde, en lo político, y aun con un teórico sufragio universal (masculino), lo que de hecho regía era otra cosa, oligarquía y caciquismo (Joaquín Costa, 1902), y en lo que hace a las mujeres, con una nula libertad, en lo sexual y en cualquier otro aspecto, incluso en las ciudades, como lo acredita que tanto Ana Ozores en la Vetusta de Clarín (La Regenta, 1884-1885) como “la de Rubín” (sic) en el mismísimo Madrid (Fortunata y Jacinta, 1887) tuvieran que esconderse para evitar sufrir el oprobio social. Y es que no se trataba sólo de la condena católica al infierno por el sexto mandamiento, sino de una pena a sufrir en este mundo. La educación no era la de la Tercera República francesa, y eso se notaba mucho.

Tampoco goza de buena reputación la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930): su propia autocalificación no le ayuda lo más mínimo. El “cirujano de hierro”, que fue recibido en la calle con aplausos, o al menos sin oposición, se buscó en el mundo intelectual unos enemigos muy poderosos —Unamuno es sólo el más conocido—, y de eso puede proclamarse, cien años más tarde, que constituyó un error de bulto.

"Acerca de la Segunda República, las dos leyes de memoria, la de 2007 y la de 2022, al empeñarse en idealizarla, han producido lo que se conoce como un efecto cobra, es decir, el contrario del querido. Y es que hay cariños que matan"

Acerca de la Segunda República (1931-1936) hay que decir, intentando ser objetivo —cosa no fácil en esta época de polarización—, que las dos leyes de memoria, la de 2007 y la de 2022, al empeñarse en idealizarla, han producido lo que se conoce como un efecto cobra, es decir, el contrario del querido. Y es que hay cariños que matan, sí. De los muchos libros publicados en los últimos años, han causado particular impacto aquellos que han puesto el dedo en la llaga de esos cinco años: los elaborados por los historiadores que pueden llamarse antimemorialistas. Tercera e implacable ley de Newton: toda fuerza genera una fuerza de la misma intensidad y de sentido contrario.

Por supuesto que lo —negativo— que se acaba de exponer para ese extenso arco temporal de sesenta años tiene que ser matizado, porque contamos con análisis muy detallados de estudiosos revisionistas —si, una palabra muy idónea— que han explicado que, con respecto a otros países de Europa —los de la revolución industrial y el ferrocarril y luego el automóvil como sus buques insignia: la urbanización y, al cabo, la modernización, que tanto afecta a los marcos mentales dominantes y en singular a la visión de las mujeres, empezando por las que ellas se dispensan a sí mismas—, lo que tuvimos fue sólo un retraso de unas pocas décadas. Y siempre sabiendo que esa modernización, obviamente acompañada de los avances tecnológicos —el cine, sobre todo—, daba lugar a nuevas formas de espectáculos —al cabo, la cultura— y de maneras para disfrutar del ocio. No estaban sólo las corridas de toros, aunque en aquel período se vivieran con gran intensidad las pugnas entre los matadores lideres: primero entre el cordobés Lagartijo (1841-1900) y el granadino Frascuelo (1842-1898), artífices de la “primera revolución del toreo”, y más tarde entre Joselito, José Gómez Ortega, hasta su fallecimiento en Talavera de la Reina en 1920, y Juan Belmonte, el Pasmo de Triana, que, con idas y venidas, permaneció activo hasta 1936. Sobre las relaciones entre los banderilleros y los Gobernadores Civiles, recuérdese la comentada anécdota sobre Joaquín Miranda, que desempeñó el cargo en la provincia de Huelva entre 1938 y 1943, para ser luego Procurador en Cortes durante otros quince años, y su fatal degeneración.

En suma, modernización, sí, aunque con rezago. Con las consecuencias de obrerización y sindicalismo y a su vez las tensiones que de ahí se derivan. Con una intensidad y unos ritmos desiguales según las zonas, por supuesto.

"Los nuevos ritmos venidos de América —el foxtrot, el charleston, el swing, el blues, el claqué y el jazz— se mezclan con la milonga, la copla, el flamenco y las canciones sicalípticas"

Alfonso Domingo ha escrito el libro que da lugar a estas líneas. Se llama, sí, Cabaret Iberia, con un subtítulo —Los golfos años 30— que en la contraportada se corrige, porque todo había empezado antes, en los años veinte, y luego en el texto se va incluso más atrás, hasta los primeros compases del siglo. Y es que, sobre todo en Madrid y también en Barcelona, se produjo “una eclosión de revistas, music-halls, cabarets: los nuevos ritmos venidos de América —el foxtrot, el charleston, el swing, el blues, el claqué y el jazz— se mezclan con la milonga, la copla, el flamenco y las canciones sicalípticas. El desnudo y el transformismo suben a escena entre reproches morales de la derecha y acusaciones de superficialidad por parte de la izquierda. Es también época de máscaras y simulaciones. Y de terremotos sociales feministas y obreristas (…)”. En suma, la gente ya se divertía hace cien años.

Por supuesto que el libro, que ha visto la luz en 2025, no se entiende sin otros anteriores, como los que aparecen en la bibliografía y fuentes de las páginas 327 y siguientes. Ahí destaca, entre los más inmediatos en el tiempo, el buenísimo de 2021 de Gloria G. Durán, Sicalípticas: El gran libro del cuplé y la sicalipsis. Pero el lector tiene a su disposición otros —casi contemporáneos y que por tanto Alfonso Domingo no pudo tener en consideración—, como por ejemplo los tres siguientes:

  1. Lidia García García. ¡Ay, campaneras!: Canciones para seguir adelante. 2022. La contraportada lo define como “un paseo por las historias detrás de esas canciones salpicadas de transgresiones femeninas, que hablan de las diferencias de clase social y un ansia de libertad que se colaba por cada resquicio que encontraba”. Las letras de esas canciones, una manifestación de la cultura popular en rebeldía contra el discurso oficial, respondieron a “un mundo de cupletistas y de bandoleros, de costureras y manolas”.
  2. Mari Pau Dominguez. La magia de la libélula: La increíble historia de La Fornarina. 2024. Una novela, histórica, en efecto, sobre la madrileña Consuelo Vello Cano (1884-1915), cupletista de primer orden (entre sus admiradores se encontraban Rafael Cansinos Assens, Jacinto Benavente y los hermanos Machado, y es que, aun sin haber podido estudiar, devino una intensa y profunda lectora), que ya en 1907 se había ganado un gran cartel en París, en Londres, en Montecarlo e incluso en San Petersburgo. En la contraportada se recogen unas preciosas palabras del obituario que le dedicó ABC el día de su fallecimiento a los treinta y un años: “Desde el primer día, desde el primer acento de su primera canción, La Fornarina fue una cosa aparte entre las cupletistas; fue el oro sobre los falsos metales, lo aristocrático sobre lo plebeyo. Su voz acariciaba, su voz siempre aterciopelada y dulce”. Tuvo, por supuesto, su Pigmalión, que fue el pluriempleado Juan José Cadenas, que la sobrevivió hasta 1947 siendo periodista, libretista, poeta y empresario teatral: no era insólita, por cierto, tanta compatibilidad. Poco antes de morir, Consuelo le confesó a Carmen de Burgos, Colombine, que aunque para entonces se habían separado afectivamente, ella lo seguía amando.
  3. Juan Francisco Fuentes. Bienvenido, Mister Chaplin: La americanización del ocio y la cultura en la España de entreguerras. También de 2024. El prólogo explica de manera cumplida la filosofía y el sentido del libro, empezando por resaltar “la importancia que Estados Unidos tuvo para muchos de los españoles nacidos a principios del siglo XX, y no precisamente por las secuelas del desastre del 98, que tanto afectó a sus padres y abuelos. La cultura americana conformó decisivamente su visión del mundo. Fue a la vez fuente de entretenimiento y escuela de modernidad, con sus películas, sus rascacielos, su sentido dionisíaco de la vida y sus personajes reales y de ficción. Así lo atestiguan los escritores y artistas del 27, vanguardia de una generación que buscó sus señas de identidad en el cine, el deporte, el maquinismo y el jazz”. El epílogo se llama —rara vez se podrá usar el lenguaje con más propiedad— “un 98 al revés”.

Pero volvamos al libro de Alfonso Domingo, con un prólogo y 21 capítulos, que puede ser leído como una galería de locales —sobre todo en Madrid, aunque con alguna referencia a Barcelona y El Paralelo, como la de las páginas 201 y 221—, pero más aún de retratos, muchos de ellos de personajes que, a estas alturas, se nos antojan novelescos, cuando no abiertamente legendarios, como Perico Chicote, protagonista del capítulo XII, sobre lo que fueron los bares americanos, capítulo al que incluso presta su nombre: Agitados, como los cócteles de Chicote. Allí se pasa revista a los que se fueron abriendo en la capital: el del Hotel Ritz (1922), el Zahara y el American Bar Miami (1930), con fachada a la Gran Vía, el Aquarium, que se inaugura en 1932 en la calle Alcalá, aunque con acceso también por Caballero de Gracia, el del Hotel Capitol, en la plaza de Callao, o el del Lyceum, obviamente feminista.

Chicote nació en 1899 y, tras trabajar en el mercado de los Mostenses, junto a la plaza de España, se incorpora al Hotel Ritz en 1916, en plena Primera Guerra Mundial, como ayudante de barman, aunque sólo permaneció cinco años, porque luego estuvo en Marruecos y en San Sebastián, en el bar de La Perla, en la playa de la Concha. Su local de la Gran Vía de Madrid, el del agasajo postinero, con visita de Ava Gardner o Soraya de Irán, por ejemplo, lo inauguró el 18 de septiembre de 1931, en los primeros compases de la República, donde fue acumulando su colección de botellas, que llegaron a ser más de veinte mil. Le dio tiempo a teorizar sobre todo ello y escribió nada menos que tres libros: Cóctel, El bar americano en Madrid y La ley mojada. Falleció el día de Navidad de 1977. Alfonso Domingo sintetiza en página 160 los rasgos de su personalidad con las siguientes palabras: “En realidad, puede que Pedro Chicote, más que un maestro coctelero, fuera un especialista en resistencia, adaptación, escucha y relaciones públicas, sin juzgar las debilidades ajenas. Los cócteles para él fueron la excusa que le dio la vida para salir adelante y triunfar en un arte en el que tenía poca competencia y que alardeaba a todo el mundo”.

O también, y fijándonos ya en mujeres, una Blanca Negri, cuyo nombre es del capítulo XV, que añade dos referencias masculinas de primer orden: Carlos Gardel y Buenaventura Durruti, de quienes, en uno u otro grado y en épocas sucesivas, anduvo cerca. Se llamaba en realidad María de la Paz Barrial Díaz de Liaño, y había nacido (en 1909, parece) en Filipinas. Su madre era tagala de ascendencia japonesa y su padre de estirpe leonesa instalada en el país vasco francés. Como bien afirma el autor del libro en página 193, “una curiosa mezcla de oriente y occidente, un cóctel de civilizaciones y pueblos”. Triunfó en Barcelona —en el Cabaret Pompeya, en concreto— y en París interpretando tango y jazz, aunque donde ganó más fama fue en el cine, como en la película La hija del penal, con guión de Miguel Mihura, que rueda en enero de 1936. El autor la define en página 192 como “una mujer menuda, bien proporcionada, de cuerpo perfecto y de rostro precioso”.

De Buenaventura Durruti hay que decir, en fin, que falleció en Madrid el 20 de noviembre de 1936 (mismo día de la ejecución en Alicante de José Antonio Primo de Rivera: hay fechas muy señaladas) y fue enterrado el 23. El autor del libro explica en página 203 que “una de las personas de aquel enorme gentío que abarrota las calles por donde desfila la larga comitiva es Blanca Negri. Aunque la artista continuará su vida artística tras la guerra civil, más en Sudamérica que en España, su nombre acabará quedando olvidado, como aquellos dos amores que la marcaron, letras, tal vez, para un soberbio tango que hablara de las pasiones y los olvidos que se suceden en nuestra existencia”.

El capítulo XIX tiene también nombre propio: La copla que nace: la estrella de Estrellita. La Castro, que hizo un icono del caracolillo en la frente, había nacido en Sevilla en 1908, hija de padre gallego —pescadero— y madre malagueña. El 18 de julio de 1936 se encontraba en Madrid, donde ya era muy conocida y celebrada como artista. El cuplé había entrado en crisis en 1925 y su lugar lo había ocupado sobre todo la copla, género derivado de la tonadilla y los ritmos andaluces —flamencos o no— y que, como afirma el autor en página 255, tiene la ventaja de que “lo abarca todo, refleja todo tipo de gustos y sensibilidades”. Estrellita, fue allí, junto con Concha Piquer, la reina.

Al iniciarse el conflicto, tuvo la mala suerte de que murió en hecho de guerra en el frente de Buitrago su agente y representante, llamado Jaime Cubedo, redactor jefe del periódico El sindicalista, amigo del alma de Ángel Pestaña. Estrellita pensó, con buen criterio, que lo mejor era poner el Atlántico de por medio y se instaló en La Habana, donde cantaría con gran éxito La morena de la copla, el conocido pasodoble de Castellanos y Villegas que habla de las modelos de Julio Romero de Torres. Poco después volvió a España, prefiriendo centrarse en el flamenco. Lo que se dice una currante, lo que le fue reconocido en 1962 con la Medalla al Mérito en el Trabajo.

La lista de nombres pudiera seguir hasta el infinito. Basta ahora añadir, siempre quedándonos en el planeta femenino, lo que se recoge con alcance general en páginas 216 y 227, en el capítulo XVII, Las mujeres que tenían el alma blanca, dedicado al jazz, del que se afirma que no es sólo un género musical, sino que “contiene connotaciones trasgresoras y modernas que encajan perfectamente con el espíritu de la época y juega un papel importante para la figura femenina. Con la alabanza de sus cualidades físicas y sexuales, crea un efecto de inclusión mayor de la mujer y de apoyo a su emancipación y modernización”. Y, en ese contexto de los espectáculos surge “un nuevo modelo femenino que llega a Estados Unidos: las flappers, aquí llamadas tobilleras (…). Un estilo de mujer joven, libre de viejas herencias y clichés, vestida de forma atrevida, con el pelo corto, que se maquilla, bebe y fuma, también conduce (en 1925 se estrena el “Fumando espero”) y, por supuesto, hace deporte: gimnasia, atletismo, natación, tenis. También es más abierta sexualmente, va a los dancings, baila y escucha jazz”. Muchas referencias análogas se encuentran en los capítulos III, Magas y magos de la revista y V, Sueños de plumas y lentejuelas, dedicados precisamente a ese género que es musical y al tiempo teatral. O en el capítulo VIII, de nuevo con un rubro que lo dice todo: Mito y realidad del cabaret.

Con un objeto más explícitamente sexual está el capítulo XIII, Visiten nuestro ambigú, con Álvaro Retana como presencia mayor. La palabra ambigüedad se usaba con frecuencia en ese contexto, donde aún no se conocía la voz trans ni menos aún las siglas LGTBI. Y por supuesto, vale la pena el IX, Burdeles y pasiones desatadas: la roja crónica del vicio y el fornicio, donde el autor, anticipándose a Javier Rioyo, hace un repaso por la regulación de la materia (siempre desbordada por la realidad y tanto más cuanto mayor sea su afán prohibitivo, como es notorio), con especial énfasis en la Ley republicana de 1935 que en efecto  abolió la prostitución.

Estas líneas de reseña del libro no deben continuar si su autor no quiere ser acusado de spoilers. Lo que tiene que hacer el lector es ir a la fuente, y así confirmará lo que quizás ya había intuido: que en la España del primer tercio del siglo XX, y coyunturas políticas al margen, la libertad sexual —sobre todo, la de la mujer— avanzó muchísimo. Quizás no tanto como en París —de donde nos vino a visitar Josephine Baker, pero esa es otra historia, bien interesante, por cierto— o en el Berlín de Weimar, pero casi.

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Alfonso Domingo, Cabaret Iberia: Los golfos años 30. Libros del KO, 2025.

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