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Uvaspina, de Monica Acito

La primera novela de la italiana Monica Acito es una mirada salvaje hacia lo íntimo, la familia, las amistades y la hipocresía. Una novela sin concesiones, desbordante de olores, colores y cuerpos, que palpita al pulso de un eterno Nápoles.

En Zenda publicamos las primeras páginas de Uvaspina (Deleste), de Monica Acito.

***

1.

Todos los miércoles por la noche, Uvaspina y Minuccia esperaban que su madre muriera. Cada vez que la madre se sentía mal, hermano y hermana se daban la mano y se decían:

—Esta vez ya verás como se muere.

Graziella la Desparejada estaba tendida en la cama de latón y boqueaba como un rape enorme recién escupido a la orilla. Su respiración era tan débil que a veces Uvaspina y Minuccia tenían que pasarle los dedos por debajo de la nariz para ver si seguía viva.

—Si mamá muere, ¿le llevaréis una flor al cementerio? —les susurraba la Desparejada a sus hijos, jadeando otra vez. Hacía esa pregunta con los mismos ojos terribles y complacidos que en Navidad, cuando escogía el struffolo más gordo de la bandeja y se lo comía chupándose los de-dos esmaltados de rojo.

—No, mamá, no vas a ir al cementerio, tienes que quedarte con nosotros —lloriqueaban Uvaspina y Minuccia mientras la Desparejada se santiguaba con la mano iz-quierda y les pedía a sus hijos que llamaran al padre Domenico para la extremaunción.

Luego otra vez la respiración débil. Su cabello de color óxido, fruto del error de Barbara, la peluquera, ya parecía el cabello de una muerta, y bajo la lámpara de lágrimas de cristal la raíz se le veía del mismo gris que las lápidas del cementerio del cólera. Llevaba la raya en el medio, que le partía en dos el cráneo con la misma geometría con que Spaccanapoli, una de las grandes arterias de la ciudad, dividía el norte y el sur del casco antiguo. En el norte de la cabeza de la Desparejada estaban los malos pensamientos, los cigarrillos de contrabando y los episodios de Jóvenes e inquietos; en el sur, todos los entierros de su vida en los que le habían pagado por llorar y joder, y que le habían dejado un talento natural para el teatro y el arte de fingir que estaba muerta o viva según iba cambiando el color del tomate en el ragù.

Cuando la Desparejada tenía la respiración débil,

Uvaspina y Minuccia volvían a apretarse la mano hasta que Uvaspina, que era un poco mayor, le cogía la cabeza a Minuccia y se la ponía en el regazo, le tapaba los oídos y la sujetaba, porque no quería que su hermana viese cómo a su madre se le ponían los ojos blancos y viscosos, igual que las cabezas de los calamares del mercado de Pignasecca. No fuera a ser que a Minuccia le diera impresión y luego tuviera que cuidar de ella también. Pero Minuccia no se quedaba quieta, se libraba de los dedos de Uvaspina para acercarse a la Desparejada. Le pegaba la oreja izquierda al corazón y se la presionaba contra el pecho hasta aplastárselo, como si quisiera meter la boca dentro del camisón abierto de su madre para beberse toda la leche que de niña había escupido en el váter que daba a la sastrería Marinella.

—Ya verás como esta vez se muere. —Minuccia volvía a apretarle la mano a Uvaspina.

—Minù, creo que dentro de un momento se levantará a mear.

—El corazón le latía muy débil. No es como las otras veces, esta noche se muere, en serio —insistía ella.

Llegados a ese punto, la Desparejada solía mirar la lámpara de lágrimas de cristal; siempre había querido una, desde que era una mocosa y comía pan duro y cebollas en las escaleras del pasaje del Vico Limoncello; parecía que aquellas lágrimas le caían en la frente oscura. Aquellas lá-grimas eran la cantidad de escupitajos en la cara que le recordaban que seguía siendo del Vico Limoncello, por mucho que ahora viviera en el barrio de Chiaia y tuviese una criada que le guardaba las bragas de encaje en los cajones y le preguntaba si el Viernes Santo quería comer pota rellena o bacalao. La Desparejada podía comerse todas las potas que quisiera, pero el aliento seguiría apestándole a cebolla. Y debajo del culo, aunque llevara bragas de encaje, siempre notaría las piedras picudas de las escaleras de la Via dei Tribunali.

La Desparejada miraba la lámpara y les pedía a sus hijos que pusieran Radio Maria, así moriría en gracia de Dios y al menos oiría a alguien rezando el padrenuestro, pero ellos se equivocaban al girar la rueda de la radio del salón, y casi siempre salía el resumen de un partido del Nápoles o ese anuncio de las sartenes Casolaro que decía: “Casolaro, ¡esto es otra cosa!”.

Entonces se ponía una mano en la frente y miraba el cuadro de santa Lucía, que parecía que se le reía en la cara, como hacían las putas del Corso Umberto cuando les iban los viejos con el rabo tan diminuto como un pulgar. No podía creerlo: ¡sus hijos no sabían poner Radio Maria! Si habría sabido hacerlo hasta Nennè la Cegata, la tía del piso de abajo que una vez había cocido botones en lugar de guisantes.

—¡Uvaspì! ¡Minù! ¿Cómo es que no sabéis ponerla? ¡Si Radio Maria se coge hasta bajo tierra!

Ellos intentaban girar la rueda, cambiaban de emisora sin parar, y al final volvían al dormitorio, porque era el mo-mento en que la Desparejada se ponía a chillar con una voz casi de hombre:

—¡Mirad! ¡Me estoy muriendo! ¡Mirad!

Uvaspina y Minuccia se plantaban a los pies de la cama y le empezaban a acariciar la tripa a la Desparejada para ver si subía y bajaba.

Graziella lo tenía todo desparejado: el color del cabello; los dientes de delante: uno salido hacia fuera y otro metido hacia dentro; el carmín rojozorra, que se daba de patadas con su piel de marroquí del Vico Limoncello; y el ritmo de la respiración que sus hijos le medían con las manos. Bajo la luz de la lámpara de lágrimas, la papada que se había dejado crecer a conciencia durante aquellos años plenos de struffoli y de días pasados en la cama tenía algo de mater-nal y de espantoso.

—Dejad que os mire, chiquitines, que a mamá dentro de poco no la veréis más.

Y entonces clavaba los codos en las sábanas, fruncía los labios pintados de rojo y miraba a sus hijos con cara dehaber dicho algo muy importante. Mientras, ellos seguían acariciándole la tripa como si fuera un gato callejero: a pelo y a contrapelo, sott e ’ngoppa, abajo y arriba. Nada, la Desparejada no se moría.

El drama solía durar un cuarto de hora más: la Desparejada se desmayaba y volvía en sí, se moría y resucitaba, como Jesucristo al tercer día según las Sagradas Escrituras. Por último, se levantaba de la cama, harta de aguardar el momento de la muerte, y se iba a fumar un cigarrillo junto al balcón, desde donde se veían Mergellina y la luna roja, porque los cigarrillos de contrabando siempre la ayudaban a soportar la espera.

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Autora: Monica Acito. Título: Uvaspina. Traducción: Helena Aguilà Ruzola. Editorial: Deleste. Venta: Todos tus libros.

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