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Qué decepción

Qué decepción, qué terrible descarrilamiento el de nuestra juventud. Dice el informe PISA que el rendimiento académico medio de los chavales de quince años españoles es, fundamentalmente, un desastre. Y no se trata de que sepan o no contestar las preguntas de un examen de ciencias, letras o matemáticas, sino de que carecen de capacidad para aplicar sus conocimientos a la vida real.

Pues qué quieren que les diga… Es como servir dulces a un diabético para después enfadarse con él por estar enfermo. No comprendo muy bien eso de fijarse en los síntomas y consecuencias de la enfermedad, y no en el origen. Podremos echar la culpa a las pantallas y a la era tecnológica, pero somos nosotros quienes se la hemos servido a los niños. Hemos sido tan atrevidos e irresponsables como para facilitar tecnología de última generación a pequeños de tres años, tan solo para poder comer tranquilos en un restaurante. Y nos ha dado lo mismo que fuese algo nuevo y sin precedentes, que no hubiese estudios del impacto cerebral por su uso ni de las consecuencias a medio y largo plazo en su utilización como hábito diario. Si lo piensan, es como probar un medicamento nuevo sin que haya habido antes ensayos clínicos. Total, ¿qué puede pasar?

"Se busca, de forma obvia, una generación que apueste más por la Formación Profesional que por el estudio universitario"

Pero, más allá de nuestra culpa evidente, de la inercia que nos lleva y estrangula al mismo tiempo, tenemos al Ministerio de Educación, que en España dispone de una de las normativas más variadas y dispersas de Europa. La LOE de 2006, la LOMLOE de 2020, la Ley de FP de 2022 y otro montón de normas parcial o totalmente derogadas; no les hablo de partidos políticos, sino de un totum revolutum desastroso. Desde mis viejos tiempos, se amplió la enseñanza básica obligatoria de los 14 a los 16 años: he visto los programas educativos, y creo que puedo hablar con conocimiento de causa cuando digo que hay un repaso de conceptos reiterado, una tendencia a la memorización mecánica y un espacio muy secundario para la investigación y el debate. Muchos profesores se quejan, con razón, de que los estudiantes utilizan IA para preparar trabajos, pero yo misma —que soy madre de un joven de quince años— he visto cómo se presentaban trabajos de toda índole que no citaban fuentes «porque no se lo pedían» y, en caso de hacerlo, estaba bien si ponían Wikipedia. A mayor abundamiento, la normativa de nuestro Estado de Bienestar eliminó los exámenes de recuperación de septiembre y los puso en junio, no fuera a ser que los jóvenes fuesen a frustrarse y a fastidiarles las vacaciones a sus padres. Al final, aunque suspendiesen algunas asignaturas, pasaban igualmente de curso y los que habían aprobado todo a la primera, mientras los demás hacían recuperaciones, se veían yendo al colegio para no hacer nada durante dos semanas antes de terminar el año escolar.

Y cuidado, porque la educación sí tiene poder de directriz y encauzamiento: les animo a que revisen las asignaturas de Tecnología de tercer y cuarto curso de la ESO; en mi época hacíamos manualidades y cosas sencillas, pero ahora les enseñan desde cómo fabricar cemento hasta cómo funciona un sistema eléctrico completo. Se busca, de forma obvia, una generación que apueste más por la Formación Profesional que por el estudio universitario, pero no se les explica qué es un autónomo, una sociedad limitada u otra anónima, ni cuánto hay que cotizar en cada caso ni cuánto te retienen de IRPF si trabajas por cuenta ajena. Mi sensación es la de que se busca mano de obra a la que, de forma deliberada, no se le ofrece una visión panorámica del mercado laboral.

"Es nuestra obligación explicárselo, darles ánimos, facilitarles el despegue propio. Si no lo hacemos nosotros, sus únicos referentes serán Instagram o TikTok"

Así pues, el sistema falla desde la raíz, y la educación escolar se estructura como un pilar fundamental para que las nuevas generaciones tengan la más mínima posibilidad de tener criterio y pensamiento crítico. Pero no basta con echarle la culpa a las instituciones, porque es gritar al cielo en un desierto. Seguirá existiendo vacío legal sobre el uso de IA y sobre la utilización de tecnología en menores de edad durante muchos años. Ahora se trata de mirar en el espejo, porque todo el mundo sabe que, en el noventa y nueve por ciento de los casos, cuando un niño falla en el colegio es porque algo está resquebrajado en casa. Demos herramientas a nuestros hijos: no es necesario que piensen como nosotros, pero sí que razonen según sus propios criterios. No les va a servir en la vida real el resolver integrales, entender la fotosíntesis ni leer a Camilo José Cela, pero sí ejercitarán el músculo que tienen ahí, dentro de sus cabezas. Es nuestra obligación explicárselo, darles ánimos, facilitarles el despegue propio. Si no lo hacemos nosotros, sus únicos referentes serán Instagram o TikTok, donde los músculos que se desarrollan, por muy bellos y estéticos que sean, siempre serán insuficientes.

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