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Charles Portis: el secreto mejor guardado de la literatura americana

Charles Portis: el secreto mejor guardado de la literatura americana

Hubo un tiempo en que en los hogares españoles sólo había un televisor y en el que en la televisión sólo podías ver dos canales: VHF (primera cadena) y UHF (segundo canal). Mi padre nació en 1941 (el año del hambre) y pertenecía, por tanto, a la generación de la posguerra. Durante la larga posguerra en la que transcurrió su infancia, los únicos medios de evasión colectiva eran el fútbol y el cine. Y en el cine, las reinas de las sesiones dobles y las favoritas de la mayoría de los chavales eran las películas del oeste (posteriormente denominadas westerns por los entendidos). Por lo que, cuando en la primera cadena los sábados programaban alguna película del oeste (lo que era bastante habitual), resultaba tan ineludible o más que cumplir con el precepto dominical.

Nosotros (y me refiero a mí y a mis hermanos) tampoco nos sublevábamos frente a esa imposición, pues pertenecíamos a una generación menos contestataria que las posteriores, la alternativa no solía ser mucho mejor y, generalmente, los westerns no nos disgustaban. Eran películas de acción en las que había vibrantes tiroteos, tumultuosas persecuciones a caballo y enfrentamientos entre buenos y malos nítidamente diferenciados y en los que siempre ganaba el héroe.

En una de esas películas, una trepidante secuencia me debió marcar especialmente. En ella, el protagonista se enfrentaba a una banda de bandidos galopando contra ellos y disparando con un arma en cada mano mientras llevaba las riendas entre los dientes. Imagino que los aficionados al género ya lo habrán adivinado: la película era Valor de ley y el actor que interpretaba al protagonista era John Wayne.

"A pesar de mi escepticismo, fui a verla porque, al fin y al cabo, los hermanos Coen eran los hermanos Coen y el papel de Rooster Cogburn lo interpretaba el gran Jeff Bridges"

En la clase en donde cursaba primero de EGB había un mural en una de las paredes en la que la profesora colgaba los dibujos que escogía entre sus alumnos más inspirados. Avanzado el curso, ninguno de mis dibujos había merecido el privilegio de ser colgado en esa prestigiosa pinacoteca. Tenía seis años y ya era un artista frustrado. Por eso, cuando la profesora nos pidió un día que pintáramos con témperas un dibujo con temática libre, yo (cargado de resentimiento) no me rebajé a pintar nada de aquello que sabía que era de su agrado: flores, paisajes, frutas… Yo pintaría a un vaquero a caballo y disparando un arma con cada mano. No me molesté tampoco en pintar en varios colores, y tanto el caballo como el jinete los pinté de un color verde pasto. El resultado reconocible fue una silueta monocolor de un jinete tocado con sombrero, cabalgando a un cuadrúpedo y cargando algo en sus manos. Cuando lo terminé se lo mostré a la profesora y ella lo miró con una sorprendente complacencia. «¿Es el Quijote, verdad?», me preguntó. Y yo, tras un instante de vacilación, contesté con rotundidad: «Sí». La pintura fue colgada en el mural y se mantuvo allí hasta el final del curso. En un segundo había pasado de ser un artista frustrado a ser un fraude; en fin, qué le vamos a hacer.

Después pude ver la película varias veces más. La venganza de Mattie Ross respecto al asesino de su padre, el malvado Tom Chaney, ayudada por el ranger de Texas La Boeuf y el implacable comisario Rooster Cogburn, me seguía cautivando cada vez que la revisitaba. Por eso, cuando supe que los hermanos Coen, a quienes admiraba por películas como Muerte entre las flores, El gran Lebowski, Fargo o No es país para viejos, estaban rodando una nueva versión de Valor de ley, pensé que estaban perdiendo el tiempo miserablemente, ni siquiera ellos podían mejorar un ápice la película original de Henry Hathaway.

Pero, a pesar de mi escepticismo, fui a verla porque, al fin y al cabo, los hermanos Coen eran los hermanos Coen y el papel de Rooster Cogburn lo interpretaba el gran Jeff Bridges. Por ellos, me dije, no por mí, merecía la pena al menos intentarlo. Salí de la sala confundido. Era una película parecida a la original, pero distinta; a ratos mejor y a ratos peor; más oscura, más realista, más melancólica… Y, sobre todo, la interpretación de Jeff Bridges era tan buena que no sabía si quedarme con la suya o con la original. Y eso sí que era difícil de conseguir, pues resulta un reto complicado medirse con John Wayne, y no tanto por sus aptitudes interpretativas, sino por su imponente presencia en la pantalla.

"A pesar de la excelente impresión que me había dejado la lectura de su novela, no reincidí en el autor. Supuse que se trataba de un one-hit wonder"

Entonces me fijé en algo que me había pasado desapercibido: la película estaba basada en una novela escrita por un tal Charles Portis titulada True Grit. Intuí que la clave de mi confusión la podría resolver leyéndome el libro y, nada más salir del cine, me hice con una edición de bolsillo en una librería de segunda mano. La novela me encantó y creí comprender que las películas eran tan buenas porque cada una había hecho una muy acertada adaptación de una novela realmente buena. Es decir, que de un libro extraordinario habían filmado dos películas maravillosas. A veces la vida es así.

Sin embargo, a pesar de la excelente impresión que me había dejado la lectura de su novela, no reincidí en el autor. Supuse que se trataba de un one-hit wonder, como esos grupos de pop que triunfan con una sola canción y no vuelven a dar con la tecla nunca más, sumiéndose en el olvido. Me equivocaba.

El año pasado leí una crítica de la novela de Charles Portis El perro del sur y la calificaba como «el road book más divertido jamás escrito». Soy una persona fácilmente sugestionable y, al leer aquella breve crítica, tuve la certeza de que si no leía esa novela me estaría perdiendo un pedazo de felicidad literaria, y sentí la irrefrenable necesidad de hacerme con ella. El libro, a pesar del arriesgado ditirambo, no me defraudó y agradecí al crítico su recomendación. Alegre y despreocupado, acudí de nuevo a la librería buscando otros libros de Portis, totalmente inconsciente de la decepción que me aguardaba: no había ninguna otra novela de Charles Portis traducida al castellano.

"Por fortuna, la prosa de Charles Portis es tan accesible como disfrutable para un lector español con un nivel medio de inglés"

Cualquier otro en mi lugar se hubiera rendido (hay tantos libros buenos por leer, G. a D.), pero la felicidad lectora que me había brindado me impelía a continuar. En estas situaciones desesperadas recurro a una opción a la que no me gusta recurrir (salvo que no quede otro remedio): leer en inglés, el idioma original en el que se escribieron las novelas. Mi conocimiento de esa lengua es directamente proporcional a mi vanidad intelectual, pues considero que, aun entendiendo el texto, mi lectura jamás mejorará la versión volcada por un traductor profesional. Salvo en el caso de algunos autores como Raymond Carver o Kurt Vonnegut que, por su prosa sencilla y accesible, son disfrutables en su idioma original para un lector medio, considero que al leer literatura en una lengua que no domino como la nativa, corro el riesgo de perderme una parte importante y quizá esencial del libro. Sé que puede resultar una opinión controvertida y no descarto que la pereza haya terminado por consolidar este criterio.

Por fortuna, la prosa de Charles Portis es tan accesible como disfrutable para un lector español con un nivel medio de inglés, por lo que acabé adquiriendo la edición de The Library of America que incluye todas las novelas que publicó (Norwood, True Grit, The Dog of the South, Masters of Atlantis y Gringos) y algunos relatos, ensayos y artículos.

Quizá Valor de ley destaque sobre las demás por ser una novela única e irrepetible; sin embargo, el resto de sus novelas son (sin excepción) soberbios artefactos narrativos y verdaderas joyas de la ficción que retoman el ancestral oficio de inventar historias y crear personajes para divertir al lector. Por qué las editoriales que inundan las estanterías de las librerías con novedades, rescates y clásicos han prescindido durante tantos años de Charles Portis (salvo por la reciente publicación de El perro del sur) sigue siendo un misterio sin resolver en el mercado editorial español. Dejémoslo ahí.

"Portis tenía fobia a la fama y rehuía las promociones, las entrevistas, los premios y los homenajes"

Aunque la novela Valor de ley le dio en su momento bastante popularidad (y dinero), Portis tenía fobia a la fama y rehuía las promociones, las entrevistas, los premios y los homenajes, lo que quizá, junto a su voluntaria reclusión en Arkansas, contribuyera a su aura de escritor de culto. En las novelas que publicaba ni siquiera aparecían la foto y el apunte biográfico preceptivos. El propio autor manifestó en una de las escasas entrevistas a las que se prestó: «No soy antisocial. Lo que me molesta es que me expongan al público. Me incomoda. Así que no lo hago». Al parecer, estas reticencias se debían a una modestia genuina y a una aversión sincera a la vanidad literaria. El editor Jay Jennings decía en este sentido sobre Portis: «Por lo general, declina educadamente hablar con la prensa, pero, por lo demás, parece llevar una vida bastante normal, que incluye tomarse una cerveza en un bar de barrio, visitar a su familia, ver la Super Bowl, disfrutar de una charla con amigos, ir a la biblioteca y, lo único extraordinario, trabajar sin descanso en sus escritos hasta que le salen perfectos». Con unos hábitos tan sencillos y corrientes, resulta difícil no congeniar con él, aunque sea precisamente esa reticencia a la notoriedad la causa principal de que la información sobre su vida personal sea tan escasa.

Charles Portis nació en Arkansas en 1933. En 1952 se alistó en los marines y luchó por su país en la guerra de Corea, licenciándose en 1955. Se graduó en Periodismo en 1958, y en 1960 empezó a trabajar como reportero en el New York Herald Tribune. En 1963 se instaló en Inglaterra como corresponsal de ese diario en Londres. En 1965 dejó el periodismo activo y se retiró a una cabaña en Arkansas a escribir su primera novela, Norwood.  Ya nunca abandonaría su estado natal y allí escribiría sus cuatro restantes novelas. No se casó ni tuvo hijos. Murió el 17 de febrero de 2020.

"Al concluir ambas novelas, y por distintas razones, ni Mattie Ross ni Huckleberry Finn son las mismas personas que iniciaron el viaje"

Planteaba Borges en «Sobre The Purple Land», uno de los ensayos incluidos en Otras inquisiciones, la siguiente reflexión sobre las fórmulas primigenias del género novelístico: «El héroe se echa a andar y le salen al paso sus aventuras. A ese género nómada y azaroso pertenecen El asno de oro y los fragmentos del Satiricón; Pickwick y el Don Quijote; Kim, de Lahore y Segundo Sombra, de Areco […]. El género es complejo, por lo demás. El desorden, la incoherencia y la variedad no son inaccesibles, pero es indispensable que los gobierne un orden secreto, que gradualmente se descubra […]. Del género de novelas que considero, las más rudimentarias buscan la mera sucesión de aventuras […]. En otras (apenas más complejas) los hechos cumplen la función de mostrar el carácter del héroe, cuando no sus absurdidades y manías; tal es el caso de la primera parte del Don Quijote. En otras (que corresponden a una etapa ulterior) el movimiento es doble, recíproco: el héroe modifica las circunstancias, las circunstancias modifican el carácter del héroe. Tal es el caso de la parte segunda del Quijote, del Huckleberry Finn de Mark Twain, de The Purple Land». Pues bien, salvo a Masters of Atlantis, la fórmula más avanzada de la evolución de este género resulta cabalmente aplicable a las novelas de Charles Portis.

Quizá (en parte) sea esta fricción entre los personajes y sus circunstancias la que explica la tendencia de los críticos a comparar Valor de ley con Las aventuras de Huckleberry Finn (obra que el propio Borges sitúa en esa etapa ulterior). En ambas historias se relatan los viajes que emprenden sus narradores y protagonistas (ambos muy jóvenes), las peligrosas aventuras que se suceden en una tierra inhóspita y los (en ocasiones) excéntricos personajes que encuentran a lo largo del camino. Al concluir ambas novelas, y por distintas razones, ni Mattie Ross ni Huckleberry Finn son las mismas personas que iniciaron el viaje.

"Estas novelas siguen un mismo patrón: el del héroe que emprende un viaje y al que le salen aventuras al paso"

Mientras que en Valor de ley la protagonista se adentra en territorio indio para cobrarse la venganza sobre el asesino de su padre, en Norwood el protagonista (un joven exmarine) se adentra en las profundidades de América para transportar un coche y una pasajera desde Tejas hasta Nueva York, aunque el motivo real que subyace es recuperar setenta dólares de un camarada del ejército que vive en esa ciudad. Durante el viaje de ida sufre un accidente, la pasajera se da a la fuga y él abandona el vehículo sin miramientos, desentendiéndose del cometido por el que se le contrató. Se las apaña para llegar a Nueva York y, tras alguna peripecia, recuperar su dinero. Emprende el viaje de vuelta y acaba juntándose con Edmund B. Ratner (un enano cínico y resabiado que trabaja en una feria y con el que entabla una entrañable amistad), con Rita Lee (una ingenua belleza sureña de la que se enamora) y con Joann (una gallina con educación universitaria).

En El perro del sur, los motivos para echarse a andar del protagonista, Ray Midge (un joven obsesionado con la guerra de Secesión americana), son todavía más disparatados: sale a perseguir a su mujer y al amante que se la ha arrebatado, pero no es a ella a la que pretende recuperar, sino a su coche, un Ford Torino azul del 70 que la pareja se ha llevado para poner tierra de por medio. Esta vez la ruta exige cruzar la frontera hacia el sur, pues su destino es la Honduras Británica (la actual Belice), para lo cual deberá atravesar gran parte del territorio mexicano. De nuevo, en el camino se cruza con excéntricos personajes, como el doctor Reo Symes (un médico inhabilitado y estafador de feria con una verborrea incansable) y, ya en el trópico, la anciana madre de este, una descreída y severa misionera que regenta un precario orfanato y no se hace ilusiones respecto a la inutilidad de su hijo. Con todo, tras un devastador huracán, el protagonista acaba recobrando a su mujer (pero no su Ford Torino), quien vuelve con él, amargada, solo para volverse a marchar al poco tiempo.

Finalmente, en Gringos un exmarine emprende la búsqueda de un ufólogo desaparecido en el Yucatán, acompañado en su viaje por una caterva de estrafalarios personajes típicamente portisianos.

"No sé si es cierto lo que afirma Roy Blount Jr., pero, aunque las conversaciones entre los personajes puedan ser absurdas, los diálogos siempre suenan naturales"

Estas novelas siguen un mismo patrón: el del héroe que emprende un viaje y al que le salen aventuras al paso. Sin embargo, Portis retuerce esa fórmula milenaria y subvierte el género. Sus protagonistas no solo no son héroes, sino que llegan incluso a desafiar la categoría de antihéroes; sus motivaciones para echarse a andar son más bien arbitrarias y acaban redundando en el disparate; los personajes que se cruzan en su camino tampoco desentonan: pintorescos, extravagantes, excéntricos y ridículamente humanos; y las aventuras que les suceden, lejos de ser épicas, a menudo se tornan patéticas.

Continuando una rica tradición norteamericana que arranca en Mark Twain y se consolida con Ernest Hemingway, el estilo literario de Portis es limpio y ágil, ajeno a cualquier artificio literario o alarde barroco. Su prosa resulta siempre amena, despojada y directa. En sus novelas predominan la acción y los diálogos y, como en Flannery O’Connor, los personajes se revelan únicamente a través de lo que hacen y de lo que dicen. Y en Portis la acción es, sobre todo, el diálogo entre voces a menudo dispares cuyo choque produce sentido, ritmo y humor, igual que en los diálogos entre el Quijote y Sancho en la segunda parte del Quijote. A propósito de los diálogos, Roy Blount Jr., uno de los críticos que mejor ha entendido su obra, señaló que Portis no escribe los diálogos como la gente habla, sino como la gente cree que habla. No sé si es cierto lo que afirma Roy Blount Jr., pero, aunque las conversaciones entre los personajes puedan ser absurdas, los diálogos siempre suenan naturales, llenos de sentido y sostenidos por una lógica interna que los hace más vivos que la mayoría de las conversaciones reales. Portis es un maestro en el arte de dotar a sus personajes voces únicas y genuinas.

"El humor de Charles Portis no siempre es hilarante (aunque a veces lo sea), pero siempre resulta gozoso"

Finalmente, es el humor que impregna todas sus novelas lo que sostiene esas tramas disparatadas y esos personajes inclasificables, y lo que, sobre todo, las hace tan extraordinariamente divertidas. Es difícil explicar los mecanismos del humor, qué nos hace gracia y qué no, qué nos parece divertido y qué no. El humor de Charles Portis no siempre es hilarante (aunque a veces lo sea), pero siempre resulta gozoso. Sus protagonistas no son payasos ni siquiera resultan graciosos por sí mismos, pueden ser serios como Norwood, testarudos como Mattie Ross o incluso aburridos como Ray Midge. Pero cuando se ponen en marcha e interactúan y dialogan con los tipos que les salen al paso, entonces salta la chispa. Y es que Portis reserva para sus secundarios los papeles más delirantes e inolvidables, como Edmund B. Ratner en Norwood, Reo Symes en El perro del sur o Austin Popper en The Masters of Atlantis. Austin Popper (puro Portis, quizá mi personaje favorito), factótum de la secta gnomónica, es un buscavidas encantador, siempre maquinando planes descabellados, convincente, entusiasta, con una verborrea incombustible y un sinfín de recursos.

Si todo lo anterior no les acaba de convencer, quizá les convenza con el argumento de autoridad. Tom Wolfe, que compartió redacción y noches de bar con Charles Portis en 1960, dijo de él que era el hombre más divertido que había conocido en su vida. Nora Ephron, con quien también compartió oficio en Newsweek en 1962 y con quien mantuvo (al parecer) un breve idilio, decía de Portis que era un escritor espectacular con un estilo «absolutamente excéntrico» y que pensaba cosas que nadie más pensaba. Y el escritor Roy Blount Jr. sostenía que Charles Portis podía escribir como Cormac McCarthy, pero que sencillamente había optado por ser divertido.

Y si lo anterior tampoco les convence de ir a la librería más próxima a comprar alguna de las novelas de Charles Portis, solo me resta recordarles aquello que dijo el comisario Rooster Cogburn en Valor de ley cuando declaraba en el tribunal federal de Fort Smith, bajo las órdenes del implacable juez Isaac Parker, y el abogado le pregunta a cuántos hombres ha disparado en su carrera como comisario:

«Nunca he disparado contra nadie sin verme obligado a ello.»

Quedan advertidos.

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