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Muertos de miedo

Ayer estuvimos en un concierto de K-Pop en Málaga. A mí no me va mucho, pero lo prefiero al reguetón. Además, es más seguro que uno de esos festivales a los que iba yo cuando aún tenía pelo sobre la coronilla. Entonces podías encontrarte de todo. Literalmente. Estando en el Celsius, en julio, durante la charla de Chuck Palahniuk, cuando hacía eso de «un círculo, una pistola» con la mano pegada a la sien, contó a la audiencia lo de las casas malditas en lugares insospechados. Casas malditas o encantadas. Dijo algo así como que cualquier lugar con cuatro paredes y un techo, daba igual su tamaño, podía ser un contenedor de fantasmas, de residuos espirituales. En ese instante no me quedó otra que darle la razón. Pero no me di cuenta hasta ayer, cuando vi esos cubículos que servían de WC apilados en los extremos y recordé mis días de rock y decibelios. Entonces, el futuro me parecía una ilusión lejana e inalcanzable. Muchos de los de entonces se quedaron en el camino. Otros directamente se perdieron a sí mismos y aún hoy no se han encontrado.

Embriagados con el trueno de esas cuerdas de acero y las baquetas golpeando los parches, nos pasábamos los minis de calimocho y cerveza. Llegaba un momento en el que era como flotar en una nube, en el que la banda se convertía en un poderoso chute de energía y los gritos de alrededor se transformaban en ruido de fondo. Éramos capaces de cerrar los ojos y desaparecer. Muchos de los que estábamos allí queríamos hacer eso. Aliviar nuestros pesares. Dejarnos llevar por el momento y pensar en una vida mejor. No nos dábamos cuenta de que aquello ya era una vida mejor. El mundo se ha vuelto decadente y distante. Entonces también había un poco de eso, pero no tanto. Supongo que es lo mismo que le decía mi padre al suyo. Y lo mismo que dirá Zoe a sus hijos cuando los tenga.

"Eso sin contar con los que habían perdido la vida del susto. «Muertos de miedo», sería la expresión más apropiada en esos casos"

Llegaba un momento en el que tanta bebida y horas de pie, por muy jóvenes que fuéramos, nos impelían a usar aquellos baños. Rezábamos por que no hubiera un grupo de graciosos alrededor que lo tumbaran con nosotros dentro. De vez en cuando pasaba y, entonces, las oraciones tomaban otros derroteros y lo que no queríamos era acabar empapados o algo peor. Lo peor que pensábamos entonces que nos podía pasar era más escatológico de lo que luego resultó ser. Es decir, lo peor no era aquello, sino lo otro, lo de encontrarnos en un lugar embrujado. Bien pensado, no era una tontería. Al fin y al cabo, ¿cuánta gente muere en esas cabinas a lo largo de su vida útil? Seguramente decenas. Parecía un creepy pasta, una leyenda urbana que corría de boca en boca entre la gente que montaba y desmontaba esos urinarios portátiles. Más de uno se había encontrado con algún yonqui muerto por sobredosis la mañana después del último concierto. O con algún vagabundo que había visto una de esas cabinas apiladas esperando la recogida y había muerto de hipotermia buscando un lugar en el que pasar la noche. No solo ellos. Habían hallado diabéticos que habían perdido la jeringa y el norte, afectados del corazón infartados sin tiempo para pedir ayuda… Eso sin contar con los que habían perdido la vida del susto. «Muertos de miedo», sería la expresión más apropiada en esos casos. Y, sin ellos saberlo, cada muerte había propiciado una cadena infinita que se prolongaba en el tiempo y no dejaba de sumar cadáveres a las filas del inframundo. Muchos trabajadores sacaban su cúter y marcaban las paredes al estilo carcelario para llevar la cuenta. No lo supe hasta más tarde.

No todos los que entran tienen que salir. Y no todos los que entran, necesariamente, se tienen que quedar. Pero los que ya están, difícilmente se van. Y, en la mayoría de las ocasiones, no saben ni que están muertos. Por eso, imagino, cuando se ven allí dentro, en un lugar tan pequeño —y tan atestado de gente—, se ponen nerviosos. Yo tuve suerte. Me topé con un alma cándida. Sus lamentos apenas eran audibles por encima del estruendo de la música. Espín no tuvo tanta. Siempre fue un impaciente. No se preguntó por qué nadie hacía cola detrás de esa otra cabina. Era vieja. Se notaba que tenía mucho rodaje. Era raro que no la hubieran jubilado hacía tiempo. Iba ebrio. Y un poco colocado. La puerta había estado cerrada a todo aquel que intentó abrirla y dedujeron que estaba averiada. A Espín se le abrió sin que la tocara y no le pareció extraño. Del mismo modo, se le cerró una vez estuvo dentro con un golpe seco. El pestillo pasó de verde a rojo sin que Espín se diera cuenta. Sobre la taza había como veinte marcas de cúter. Y de todas esas almas, la que decidió aparecérsele fue la de un punki con muy malas pulgas que había muerto ahogado en su propio vómito. Hacía años ya de eso. No lo supimos hasta que uno de los operarios nos lo dijo. A mi colega no le hizo gracia. El espectro no dejó de dar cabezazos contra las paredes e insultarle mientras pogueaba de forma frenética. Casi se le pasó la borrachera de golpe. Por fortuna, lo peor que le pasó fue que tuvieron que llamar a los de seguridad para forzar la apertura de la cabina. Para entonces habían pasado dos horas. Dos horas encerrado con aquel energúmeno. Con las manos sobre la cabeza y los ojos cerrados. Desde aquel día, por lo que sea, Espín no volvió a pisar una de esas cabinas en su vida. No dejó de ir a conciertos, eso no. Hace poco me lo crucé en uno, sentado en las filas de atrás, y ni siquiera lo vi acercarse a la zona de los baños.

"Esas cabinas deben estar más que recicladas. Lo cual hace que me pregunte a dónde van los fantasmas cuando se destruyen"

El caso es que en el festival de ayer no había espíritus rondando y, si los había, no eran demasiado escandalosos. No tanto como las adolescentes (y no tan adolescentes) que fueron a vitorear a sus ídolos. Los gritos eran ensordecedores. Hubo algún que otro desmayo y las lágrimas bañaron el auditorio como si hubiera estado lloviendo a mares. No fueron necesarios los chalecos salvavidas, pero estuvieron a mano en todo momento. Había arañas, pulpos, mantarrayas, yeguanos, bicéfalos y encornados de todo tipo. También brisas y silfos que se colaban entre la gente. Los padres nos reconocimos enseguida, los brazos cruzados sobre el pecho y la incredulidad en los ojos en blanco mientras las voces se alzaban pelando gargantas a nuestro alrededor. Había mucha resignación en aquel lugar. Y felicidad. Por qué no decirlo.

Un par de veces estuve tentado de acercarme a uno de esos WC. No lo hice. Ahora que lo pienso, puede que me hubiera reencontrado con alguno de mis viejos conocidos, pero no lo creo. Esas cabinas deben estar más que recicladas. Lo cual hace que me pregunte a dónde van los fantasmas cuando se destruyen. ¿Se enroscan en las botellas de plástico en que se convierten como si fuesen genios modernos? ¿Quedan libres? ¿Se aferran a la música? ¿A los instrumentos? A mí me gustaría pensar que no desaparecen. Al menos, que no lo hacen del todo. Cuando vi a esa chica salir con el pelo revuelto y los ojos como huevos de una de las cabinas pensé que, después de todo, aunque los tiempos cambien, aún sigue habiendo gente que entra en esos lugares para no salir ya nunca más. Y es que te puede pillar en cualquier lugar y a cualquier hora. La Parca es una maldita muy diligente.

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