Inicio > Firmas > Textos de autor > La siempre amenaza del verdor terrible

La siempre amenaza del verdor terrible

La siempre amenaza del verdor terrible

A Octavio Vinces

He pensado siempre que la física es la filosofía expresada a través de fórmulas matemáticas. Tuve por ella una fascinación e incomprensión porque mi mente guardaba espacio para otros intereses. En mi clase del bachillerato del Colegio Alemán de Caracas, el mejor alumno era Joaquín Jugo y nos resolvió con una facilidad admirable un problema que consistía en calcular la masa total de un iceberg teniendo en cuenta la superficie externa y un oso polar encima. Todavía recuerdo ese día con la emoción y frustración para este pensamiento concreto que juega a la abstracción para ceñir la realidad. Esa atracción ha regresado y, curiosamente, con un texto literario que ha vuelto a exhibir los misterios y descubrimientos de la física y de la ciencia en los últimos cien años invocando el trabajo de una serie de científicos europeos reputados, en su mayoría alemanes o judíos alemanes. En la película de Cristopher Nolan Oppenheimer se dice que Adolfo Hitler pensaba que era la física era una ciencia judía y de allí su escaso apoyo. Independientemente de la veracidad de la anécdota porque los nazis desestimaron el apoyo a la física teórica y en particular a la Teoría de la Relatividad de Albert Einstein, esa displicencia pactó afortunadamente la pérdida de la Segunda Guerra Mundial, mientras la física avanzaba en los Estados Unidos hacia la división del átomo y sus sorprendentes consecuencias en las armas nucleares de destrucción masiva que definieron el curso de la guerra y el reparto posterior del mundo.

El texto seductor e hipnótico es Un verdor terrible, del chileno Benjamín Labatut, (Anagrama, Barcelona 2025, 217 p.) alrededor de la ciencia y especialmente de la física, que comienza narrando el descubrimiento fortuito del Azul de Prusia en la época en que “la química no se había separado de la alquimia”, como un hecho preliminar a los grandes descubrimientos que lo sucedieron. A la hora de cuestionar un descubrimiento científico, este necesariamente escapa de todo cerco moral: su juicio estará definido por su uso, posesión y destino. La humanidad le debe al químico Fritz Haber en 1907 y a la sociedad entre Haber y Bosch (que le valió recibir el Premio Nobel de Química en 1918) que hubiese conseguido extraer nitrógeno del aire para la fabricación de los fertilizantes que posibilitaron que la población mundial pasara de 1,6 a 7 mil millones de personas en cien años. A la vez, Haber creó un gas para exterminar humanos a gran escala. Su drama fue familiar y doméstico: su esposa, la químico Clara Immerwahr, la primera mujer en obtener un Doctorado en Química en la Universidad de Breslau, supo de la muerte masiva causado por el gas de su marido en la batalla de Ypres, se lo echó en cara, discutió acaloradamente con él por su contribución al asesinato colectivo, salió al jardín de su casa y con la pistola reglamentaria del capitán Haber, una Luger P08 semiautomática de 9 mm., apuntó a su pecho y se arrebató la vida a los 44 años el 2 de mayo de 1915 en horas de la madrugada. Su hijo Hermann y su nieta Claire persiguieron la misma ruta del suicidio años después al no haber superado la sombra familiar. La tragedia no contuvo moralmente a Fritz Haber, quien continuó sus investigaciones, de las cuales surgió un pesticida en gas llamado el Zyklon A, que evolucionó a Zyklon B y fue utilizado por los nazis en los campos de exterminio de Polonia para gasificar judíos, aunque ya Haber no estuvo en esa fase de la investigación. Haber era un judío convertido al catolicismo, pero que tuvo que huir de Alemania ante el ascenso de la plaga nazi. Murió en Basilea sin saber que el gas que inventó evolucionaría de tal forma hasta convertirse en la herramienta mortífera para la solución final de la suerte de los judíos europeos en el holocausto genocida en el que perecieron muchos familiares del propio Haber.

"El vuelo alto de este texto de Labatut asciende a la metáfora común que vincula la búsqueda de los grandes científicos del siglo XX, particularmente físicos y matemáticos, en su lucha por acercarse al germen fundamental del universo"

El cautivante recorrido de Labatut hace paradas por los grandes hitos de la ciencia del siglo XX: el mismo año de 1915, Albert Einstein, recibió una carta del físico judío alemán de Frankfurt-am-Main, Karl Schwarzschild, con la solución exacta a las ecuaciones de su teoría de la relatividad con las que definió lo que conocemos hoy en día como los agujeros negros. Como sostiene nuestro escritor, Karl Schwarzschild “creía que Alemania tenía la capacidad de convertirse en una potencia civilizatoria comparable a la antigua Grecia, pero para ello era necesario llevar su ciencia a la altura que ya habían alcanzado su filosofía y su arte, ya que ‘solo una visión de conjunto, como la ve un santo, un loco o un místico, nos permitirá descifrar la forma en que está organizado el universo’.” (Labatut, 50). Aquí hay dos cosas fundamentales para entender el carácter alemán, la saga civilizatoria que se propuso esa sociedad, y el sentido último de esa visión de conjunto. Desde el siglo XVIII, durante los años del Aufklärung, la Ilustración, hasta el siglo XIX y comienzos del XX, Alemania pese a ser un archipiélago de principados, reinos, ducados, obispados, y ciudad libres comerciales, desarrolló un espíritu de búsqueda y construcción de su propia paideia y areté, basados en el ideal griego. Eso tuvo consecuencias en todos los órdenes creativos, en su literatura, en su arte, en su música, en su filosofía, en su educación, en sus universidades, en sus libros. Alemania se tomó muy en serio su rol civilizatorio en continuar el ejemplo griego. Recordemos la frase de Henry Miller sobre Grecia en El coloso de Marusi: “En Grecia se tiene la convicción de que el genio, no la mediocridad, es la norma. Ningún país ha producido en comparación con su población, tantos genios como Grecia. En un solo siglo esta minúscula nación ha dado al mundo cerca de quinientos hombres geniales”. Naturalmente, este afán de construir cultura que partió de la imitación a Grecia (Thomas Mann afirma en las Consideraciones de un apolítico que la esencia de un alemán está ligada a la cultura) se estrelló con la catástrofe destructora que fue la Primera Guerra Mundial y la emergencia de la patota del nazismo. El militarismo de los Junkers prusianos era una contradicción en esas composiciones del espíritu. No en balde, Voltaire dijo que Prusia era un ejército que tenía una nación. La segunda parte de la frase que cita Labatut sobre Schwarzschild es la que más nos interesa a los efectos de este libro, “descifrar la forma en que está organizado el universo”. Porque en relación a encontrar el principio básico, el propio Schwarzschild apunta: “Existe acaso alguna cosa que esté en descanso, alrededor de la cual el resto del universo está construido, o acaso no hay donde aferrarse en esta cadena sin fin de movimientos, en la cual todo parece estar atrapado? ¡Dense cuenta de hasta qué punto hemos caído en la inseguridad, si la imaginación humana no puede encontrar un solo lugar donde dejar caer el ancla y ninguna piedra del mundo tiene el derecho de considerarse inmóvil!” (Labatut, 56).

La frase anterior es fundamental en la formulación de una hipótesis primigenia que anticipe todo lo posterior. El vuelo alto de este texto de Labatut asciende a la metáfora común que vincula la búsqueda de los grandes científicos del siglo XX, particularmente físicos y matemáticos, en su lucha por acercarse al germen fundamental del universo. Si este libro, aun escrito con la prosa elevada que exhibe, fuese exclusivamente un recuento de lo que el mundo terminó siendo con el esplendor científico, perdería mucho de la alquimia universal que nos propone en recorrer el camino para comprender en que se fundamenta el origen de todo lo que somos. A la manera del Génesis en que al principio era el verbo, Labatut va describiendo cada uno de estos grandes hacedores de ciencia y traza desde ellos la preocupación para llegar a la pregunta de si hay un instante en que todo se desencadenó y por qué causas. Alexander Grothendieck, matemático alemán, judío y francés quiso develar las “estructuras que subyacen a todos los objetos matemáticos”. El matemático japonés Shinichi Mochizuki, a quien acusan de ser Satoshi Nakamoto, el supuesto creador de la criptomoneda Bitcoin, leyó la obra “colosal y amedrentadora” de Grothendieck en Princeton y fue encontrado a medianoche delirando con sus textos tras días sin comer ni dormir, hablando de la existencia de un “corazón del corazón” que era la justificación de la naturaleza misma de las matemáticas. La frenética búsqueda de Grothendieck por su misticismo matemático lo llevó a desdeñar la compañía de su familia y cortó todo lazo con la sociedad; se volvió un eremita, un faquir que rechazaba toda comodidad y sólo se sentía a gusto entre los pobres, los jóvenes y los marginados. Al final de su vida llegó a decir: “Tengo el sentimiento irrecusable y blasfemo de conocer a Dios más íntimamente que a cualquier otro ser de este mundo, aunque Él sea un misterio incognoscible, infinitamente más vasto que todo ser de carne jamás creado.” (Labatut, 97).

"La división del átomo se enlaza con el origen del universo y de la poesía misma. Dice Labatut sobre las matrices creadas por Heisenberg que describió en un artículo cuasi místico que atestigua la explicación del nacimiento del mundo"

Uno de los capítulos más entrañables del libro es “Cuando dejamos de entender el mundo”, que retrata las luchas internas y la disputa casi a muerte de las ideas entre el austriaco Erwin Schrödinger y Werner Heisenberg en las profundidades de la comarca subatómica y la física cuántica inaugurada por Max Planck. Apunta Labatut sobre la solicitud de la ruta original: “Heisenberg vivía torturado … porque las leyes que habían funcionado tan bien para el mundo macroscópico desde Isaac Newton en adelante perdían validez en el interior de los átomos. Heisenberg quería entender qué eran las partículas elementales y desenterrar la raíz que unía todos los fenómenos naturales.” (Labatut, 108) Su conexión con el físico danés Niels Bohr es fascinante porque abre una nueva puerta para la comprensión de la totalidad. Antes de esto, recordemos a Johann Gottfried Herder, que decía que la poesía era la lengua materna de la humanidad. Por otra parte, el maestro Borges se refería libremente a Roger Bacon recordando una frase suya de que Dios había escrito dos libros: el de la naturaleza y el de las metáforas. Bohr le sugirió a Heisenberg que para hablar de los átomos la lengua debía ser la de la poesía, lo que nos lleva a las metáforas de Bacon y la lengua materna de Herder. La división del átomo se enlaza con el origen del universo y de la poesía misma. Dice Labatut sobre las matrices creadas por Heisenberg que describió en un artículo cuasi místico que atestigua la explicación del nacimiento del mundo: “Heisenberg había modelado un sistema cuántico solo en razón de lo que se podía observar directamente. Había reemplazado las metáforas con números y descubierto las reglas que gobernaban lo que ocurría en el interior de los átomos.” (Labatut, 121)

No es fácil entender este corpus de ideas. El sistema ideado por Heisenberg del mundo subatómico está basado en ondas lineales, mientras que el de Erwin Schrödinger crea ondas sinusoidales y tridimensionales alrededor del átomo. Estos gigantes estaban viendo el alma de la creación con unas ondas diferentes y de allí sus encarnizadas hostilidades. Se asomaron a espiar cómo los dioses hacían su trabajo y de qué palabras disponían para nombrar el mundo. Más adelante, Niels Bohr hablaría de complementar ambas tesis. Labatut lo explica para integrar las dos posiciones: “… la ecuación de Schrödinger … era capaz de hilvanar los infinitos de una partícula, todos sus estados, todas sus trayectorias, en una sola trama, la función de onda, que los mostraba superpuestos. Una partícula tenía muchas maneras de atravesar el espacio, pero elegía una sola. ¿Cómo? Por puro azar. Para Heisenberg, ya no se podía hablar de ningún fenómeno subatómico con certeza absoluta. Donde antes había una causa para cada efecto, ahora existía un abanico de posibilidades.” (Labatut, 185) Nuestro autor también se refiere a la Conferencia de Solvay en 1925, en la que Heisenberg y Bohr explicaron la Interpretación de Copenhague por la que los sistemas físicos existen en estados de probabilidad hasta que una medición los obliga hacia un resultado definido. Dice Labatut al respecto: “Como la luna en el budismo, una partícula no existe; el acto de medición la vuelve un objeto real”. También esto nos lleva al famoso gato de Schrödinger que está y no está simultáneamente.

"En una carta póstuma que encontraron de Fritz Haber, no se arrepentía de haber contribuido al asesinato masivo, sino de haber extraído nitrógeno del aire. Fritz pensaba que había alterado las leyes del universo"

El libro de Labatut es un trabajo literario, no lo olvidemos, pero un texto que ha sido capaz de amancebarse plácidamente con la ciencia y explicarla con las virtudes que ufana la estética creativa. En La odisea Homero cuenta que cada vez que un Dios se encerraba con una mortal o con una diosa, no había esterilidad posible. La fecundidad de este relato permite a quienes nos encandila la ciencia entender o imaginar los fundamentos que encienden y le dan vida a lo que nos rodea. El autor además dedica sus párrafos iniciales a la locura de la guerra en que los aviadores de la Luftwaffe consumían metanfetaminas como el Pervitín para bombardear con euforia y no agotarse en las misiones de vuelo. También era muy popular entre los soldados de la Wehrmacht. La imagen que recuerda Labatut del mariscal Göring drogado, disfrazado de Nerón, y con las uñas pintadas de carmín, nos hace volver a preguntarnos si hemos asegurado que el destino de la humanidad vinculado a la ciencia y su uso dependa de quien la posea y a qué fines la destine. Nos hacemos la misma interrogante con la inteligencia artificial en nuestros días, teniendo en cuenta que el manejo de esos sistemas lo controlan hoy unos plutócratas desatados. En una carta póstuma que encontraron de Fritz Haber, no se arrepentía de haber contribuido al asesinato masivo, sino de haber extraído nitrógeno del aire. Fritz pensaba que había alterado las leyes del universo. Que el futuro podía pertenecer a las plantas si la población mundial disminuía significativamente con lo que estas ocuparían todo con un verdor terrible. De allí el título del libro. Igual sucede con la IA con sus eventuales problemas de la singularidad a la que se refiere Raymond Kurzweil, el triunfo de la máquina sobre el hombre, la dictadura del transmisor, de la nanotecnología, la poshumanidad en pocas palabras. No dejo de recomendar este libro de Benjamín Labatut. Sucede que al terminar su lectura tenemos la tentación inescapable de releer sus iluminados párrafos.

0/5 (0 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)
Notificar por email
Notificar de
guest

0 Comentarios
Feedbacks en línea
Ver todos los comentarios