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3 de octubre de 1936: Ola de refugiados

3 de octubre de 1936: Ola de refugiados

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Sábado, 3 de octubre de 1936: Ola de refugiados

En el plazo de siete días, a partir de la publicación de este decreto en La Gaceta de Madrid, toda persona española, individual o colectiva, entregará en el banco de España, sucursales o establecimientos bancarios, oro o monedas, así como las divisas o valores extranjeros de toda clase que estén dentro de territorio nacional y que estuviesen a su disposición, bien de su propiedad o en custodia. El tenedor podrá optar entre recibir el pago del oro entregado en pesetas al cambio oficial o recibir un resguardo como garantía del depósito por él realizado…

Dolores Ibárruri, la Pasionaria, dejó la Gaceta a su lado en el asiento del coche, entre ella y el escolta. Esa era la medida por la que presionaban al presidente de la República desde hacía semanas los comunistas, a instancias de Koltsov y Rosenberg. En un principio, Azaña se mostró reacio. Pero por fin había accedido y el decreto apareció publicado esa mañana. Eso suponía el reconocimiento de la influencia cada vez mayor que tenía el Partido en el Gobierno. Nunca antes había sentido Pasionaria ese poder, y le gustaba.

—¿Adónde vamos? —preguntó el chófer, un joven callado, cejijunto, el más prudente de los conductores que tenía asignado.

El chico había aparcado por la mañana a las puertas de la sede del Partido en Serrano a esperarla. A su lado, delante, viajaba uno de los milicianos que la escoltaban. Junto a Pasionaria, en el asiento trasero, otro, con boina calada, miraba por la ventanilla y sujetaba su fusil entre las piernas.

—A la villa de Navalcarnero, camarada.

"En la plaza de Cibeles, Pasionaria comprobó que ya estaban instalados los cañones antiaéreos y frunció el ceño al ver centenares de refugiados en Castellana y Recoletos"

El chófer miró al frente. Unos instantes después pasaron por delante de la Puerta de Alcalá. Desde hacía unos días, un gigantesco retrato de Stalin sobre una lona ocupaba la arcada central. En la plaza de Cibeles, Pasionaria comprobó que ya estaban instalados los cañones antiaéreos y frunció el ceño al ver centenares de refugiados amontonados bajo los árboles de Castellana y Recoletos. Algunas mujeres guisaban en fogatas sobre el pavimento. El coche comunista pasó por delante del Ministerio de la Guerra y el Banco de España, tomó Gran Vía, plaza de España. Allí los detuvieron hasta cinco controles seguidos. Y ya en la carretera de Extremadura, según se acercaban a Navalcarnero, se toparon con grupos cada vez más numerosos.

—Quién es toda esa gente? ¿De dónde vienen? —preguntó uno de los escoltas.

—De Maqueda. Huyen de los fascistas.

Por las cunetas yacían montones de trapos, ropas, correajes, gorros, mantas, vasos, platos, hasta fusiles inservibles. Cada vez aparecían más despojos y también milicianos de las fuerzas de relevo saliendo de Madrid. A algunos se les veía, a un lado de la carretera, descansando. A medida que avanzaban sorteando controles, la carretera se convirtió en una riada humana de campesinos tirando de la mula o el burro con la mujer, un niño o un anciano encima. Alguno llegaba con el carro de labranza lleno de bultos y la familia encaramada en lo alto, sobre colchones.

—Esto es un espanto —murmuró Pasionaria.

Cada mañana llegaban huidos con carros y perros famélicos a quienes se acomodaba en casas incautadas del barrio de Salamanca. La propia Dolores supervisó la instalación en varios palacetes de mujeres, chiquillos y viejos cargados de colchones y orinales. Pero como seguían llegando, los últimos acampaban al aire libre en los paseos. Hasta ahora, con el buen tiempo, era factible. Pero pronto llegarían el frío y las lluvias otoñales.

La Pasionaria necesitaba verlo. Desde detrás de la ventanilla del coche, no dijo nada, pero tuvo la sensación de que el cerco sobre Madrid se estrechaba cada vez más.

—Ya es suficiente. Podemos regresar a la sede del Partido, camaradas —indicó la dirigente comunista.

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