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3 de septiembre de 1936: La caída de Talavera

3 de septiembre de 1936: La caída de Talavera

Para conmemorar el 90º aniversario de la Guerra Civil, José Ángel Mañas recrea en Zenda, día por día en esta sección, lo que aconteció en 1936, quizá el año más trascendental de toda la historia reciente de España.

Jueves, 3 de septiembre de 1936: La caída de Talavera

El general de brigada soviético Vladímir Gorev había llegado como asesor militar y era el encargado por Moscú de distribuir el material de guerra soviético. Ese día, Gorev estaba echado junto a Koltsov y un oficial en las posiciones republicanas de las colinas que rodeaban Talavera de la Reina, a un lado de la carretera que unía Madrid con Badajoz, a menos de cien kilómetros de la capital.

A su alrededor, varios españoles empuñaban viejos fusiles y el jefe militar de la columna, un Winchester corto. Detrás humeaban los edificios alcanzados por la artillería rebelde. Koltsov, echado junto a Gorev, miró hacia la ciudad con los gemelos. Al cabo, murmuró: «Nos iremos de España sin haber visto a los moros de Yagüe».

—Pues mire —dijo el oficial republicano—, yo en cambio creo que dentro de dos horas en este mismo lugar en que nos hallamos habrá un hombre de piel oscura con turbante o fez.

—Usted duda de las fuerzas gubernamentales —repuso Koltsov, volviendo la cabeza.

—Yo solo constato la realidad: mire a su alrededor.

"Ustedes los rusos son tremendos. Pretenden dar lecciones a todo el mundo. Eso les da mala prensa entre casi todos menos los militares, y con razón"

Era la última hora de la tarde. Las balas silbaban sobre sus cabezas. En las filas republicanas seguía disminuyendo el número de combatientes. Según avanzaba el día, eran cada vez más los que se levantaban a beber agua o hacer sus necesidades, y no volvían.

—Mire ese de ahí, que se olvida el fusil y abandona su puesto… ¡Por lo menos llévatelo a la retaguardia, que se lo den a otro! ¡Y en Madrid bébete un buen vermú a mi salud!

—¡Camarada! —le recriminó Gorev—. Los está animando a irse, cuando su misión debía ser mantener a su unidad in situ, a costa, si hace falta, de fusilar a los desertores.

El fuego fascista se intensificó. Los republicanos respondían con tiros rápidos y el oficial disparó con su fusil, sin hacer puntería.

—Es que esto no es Europa, jefe —dijo—, ni siquiera Rusia. Esto es África. Y es cierto que, desgraciadamente, no confío en estos milicianos, qué le voy a hacer. Yo debería ahora reunirlos y atacar al enemigo por donde avanzan con poca fuerza. El problema es que intenté algo parecido esta mañana y quisieron fusilarme por conducirlos adonde el enemigo podía cercarlos. De no ser por su camarada Lister, no salvo el pellejo. Ustedes los rusos son tremendos. Pretenden dar lecciones a todo el mundo. Eso les da mala prensa entre casi todos menos los militares, y con razón. Si yo fuera Largo Caballero, en vez de preocuparme de crear un Ejército profesional, lo que haría sería enviar a estos hombres a pasar tres meses en Rusia, o por lo menos en el Partido Comunista. De ahí sí que vienen adiestrados.

"Gorev, fuera de sí, masculló que en ningún otro país del mundo había tanta indisciplina. Esta vez el oficial republicano no se rio. Una cosa es criticar uno a la patria, otra que la critiquen los demás"

Hubo una explosión cercana. Algunos milicianos se levantaron, corrieron en todas las direcciones. Pronto los sobrevolaron tres Junkers: Gorev y Koltsov agacharon la cabeza. Gorev, fuera de sí, masculló que en ningún otro país del mundo había tanta indisciplina.

—Pero mírelos. Miren cómo corren todos. ¡Como liebres!

Esta vez el oficial republicano no se rio. Una cosa es criticar uno a la patria, otra que la critiquen los demás.

—Se ve que lleva usted poco en España — dijo—. Pero no se equivoque. Esos hombres son capaces de grandes sacrificios. Cuando contemos las bajas, el número será muy alto. El problema es que la mayoría son obreros y campesinos, y no han sido otra cosa en su vida. Les falta preparación. Y eso no se consigue en dos días.

Los Junkers se alejaron. Los milicianos se agolparon en torno a los autobuses parados a un lado de la carretera. Unos se metieron. Otros salieron corriendo camino de Talavera. Por la carretera, destrozada por las explosiones, se aglomeraban coches, carros, mulos de carga y asnos con enseres. Los refugiados cruzaban en larga fila el puente de hierro sobre el Tajo. Al otro lado había casas, fábricas e iglesias en llamas. Y en la base del puente trabajaban los dinamiteros del general Riquelme, que preparaba la voladura.

—Rindámonos a la evidencia, camaradas. Talavera ha caído, y con ella cae el último obstáculo importante para los rebeldes antes de llegar a Madrid.

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