Uno de los grandes humoristas de la historia de la literatura, Aristófanes, hizo correr ríos de tinta sobre esta comedia en la que aparee el propio Sócrates, su contemporáneo.
En Zenda ofrecemos el arranque de esta edición crítica de Las nubes (RBA), de Aristófanes.
***
(La decoración representa, a un extremo de la orquestra, la casa de Estrepsíades, en el otro, la de Sócrates. A la puerta de la primera tres personas yacen en tres camastros.)
Prol.
ESTREPSÍADES
¡Ay! ¡Ay!, ¡Zeus rey! ¡Qué tabarra de noches! Interminable. ¿No llegará nunca el día? Hace rato oí al gallo, y los criados siguen roncando. No lo hubieran hecho antes.
¡Maldita seas, guerra! Entre otras muchas razones, porque ya ni siquiera me es posible castigar a los criados. Tampoco este buen mozo se despierta por la noche y no deja de peerse, arrebujado como una bola entre cinco pieles. ¡Ea!, si a eso toca, embocémonos y ronquemos.
Pero no puedo dormir, pobre de mí: me pican… el gasto, el pesebre y las deudas contraídas por culpa de este hijo. Él, con su melena, practica la equitación, conduce carros y sueña con caballos. Yo me consumo viendo cómo la luna trae los diez últimos días del mes. Los intereses corren. (Despertando al criado.) Enciende un candil, chico, y saca el registro de cuentas, para que lea la lista de mis acreedores y calcule los intereses. (Tomándolo.) Veamos, ¿qué debo? Doce minas a Pasias. ¿De qué doce minas a Pasias? ¿En qué las empleé? En la compra del caballo marcado con la copa. ¡Ojalá! Me hubiera ‘copado’ antes un ojo con una piedra.
FIDÍPIDES
(En sueños.) Filón, hace trampas. Conduce por tu pista.
ESTREPSÍADES
Esa es la desgracia que me ha llevado a la ruina. ¡Hasta dormido sueña con la equitación!
FIDÍPIDES
¿Cuántas carreras darán los carros de guerra?
ESTREPSÍADES
Carreras, las muchas que le van a dar a tu padre. Pero, después de Pasias, «¿qué débito me llega?». Tres minas por un asiento de carro y un par de ruedas a Aminias.
FIDÍPIDES
Haz revolcarse al caballo antes de llevarlo a casa.
ESTREPSÍADES
¡Desgraciado! ¡A mí sí me has revolcado de mis bienes! He perdido pleitos y otros dicen que van a tomar garantías por el interés.
FIDÍPIDES
(Despertándose.) La verdad, padre, ¿por qué estás de mal humor y no dejas de revolverte la noche entera?
ESTREPSÍADES
Me está picando un…. demarco desde las coberturas.
FIDÍPIDES
Déjame, so pelmazo, dormir un poco.
ESTREPSÍADES
Tú duerme. Pero estas deudas, entérate, caerán todas sobre tu cabeza. ¡Ay! ¡Ojalá hubiera reventado la casamentera que me indujo a casarme con tu madre! Vivir en el campo ¡qué agradable me era! Cubierto de roña, desaseado, tumbado a la buena de Dios, rebosante de abejas, de rebaños y orujo. Después me casé con la sobrina nieta de Megacles el de Megacles, yo, un paleto, con una señoritinga de ciudad, empingorotada, remilgada, que se las daba de Césira. Cuando me casé con ella, olía yo en el banquete a mosto, a higos secos, a lana, a abundancia; ella, a perfume, a azafrán, a besos con lengüeteo, a gastos, a voracidad, a ritos de Colíade y Genetílide. No diré que no diera golpe, porque le daba a la lanzadera, tanto que yo me alzaba este manto y se lo mostraba como pretexto para decirle: mujer, aprietas demasiado la trama.
CRIADO
No nos queda ya aceite en el candil.
ESTREPSÍADES
¡Ay! ¿Por qué encendiste el candil tragón? Ven acá, para que escarmientes.
CRIADO
¿Por qué tengo que escarmentar?
ESTREPSÍADES
Porque metiste una mecha de las gordas. (Para sí.) Después, como a esa buena mujer y a mí nos nació este hijo, nos pusimos a regañar con motivo de su nombre. Ella le añadía siempre –hipo: Jantipo, Caripo, Calípides. Yo me empeñaba en ponerle el de su abuelo: Fidónides. Durante un tiempo estuvimos porfiando. Por último, llegamos a un común acuerdo y le pusimos Fidípides. Ella cogía a la criatura y entre arrumacos le decía: «cuando seas mayor y conduzcas tu carro hacia la ciudad, con una larga túnica, como Megacles…». Y yo replicaba: «cuando traigas las cabras del pedregal, cubierto con una pelliza, como tu padre». Pero no hizo ningún caso a mis razones y contagió una «caballitis» a nuestros dieros. Ahora, tras cavilar la noche entera, solo he encontrado una salida divina, rápida, extraordinaria. Y si logro convencerle de ella a este, me salvaré. Pero primero quiero despertarle. ¿Cómo, diantre, lo haré con la mayor delicadeza? ¿Cómo? (Volviéndose al lecho contiguo.) ¡Fidípides! ¡Fidípides!
FIDÍPIDES
¿Qué, padre?
ESTREPSÍADES
Bésame y dame la mano derecha.
FIDÍPIDES
Ahí la tienes. ¿Qué hay?
ESTREPSÍADES
Dime, ¿me quieres?
FIDÍPIDES
Sí, lo juro por esa imagen de Posidón, patrón de los caballos.
ESTREPSÍADES
Al patrón ese no me lo mientes siquiera. Ese dios es el culpable de mis desgracias. Pero, si de verdad me quieres de corazón, hijo, hazme caso.
FIDÍPIDES
¿En qué debo hacértelo?
ESTREPSÍADES
Cambia inmediatamente de conducta, y ve a aprender lo que yo te aconseje.
FIDÍPIDES
Habla entonces. ¿Qué me mandas?
ESTREPSÍADES
¿Me obedecerás?
FIDÍPIDES
Sí, lo juro por Dioniso.
ESTREPSÍADES
Mira aquí entonces. ¿Ves esa puertecilla y esa casucha?
FIDÍPIDES
Sí. ¿A qué viene eso, padre?
ESTREPSÍADES
Ese es el pensadero de espíritus sabios. Ahí viven unos hombres que, cuando hablan del cielo, convencen de que es un horno que está a nuestro alrededor, y de que nosotros somos carbones. Si se les paga, enseñan a vencer con la palabra en lo justo y en lo injusto.
FIDÍPIDES
¿Y quiénes son?
ESTREPSÍADES
El nombre exactamente no lo sé. Unos cavilosos pensadores, hombres de pro.
FIDÍPIDES
¡Qué va! Unos mangantes, lo sé. Te estás refiriendo a esos embaucadores, paliduchos y descalzos, entre los que se cuentan el desgraciado de Sócrates y Querefonte.
ESTREPSÍADES
¡Eh!, calla. No digas tonterías. Si te preocupas de los garbanzos de tu padre, hazte uno de ellos y renuncia a la equitación.
FIDÍPIDES
Ni aunque me ofrecieras, ¡voto a Dioniso!, los faisanes que cría Leógoras.
ESTREPSÍADES
Anda, te lo suplico a ti, a quien quiero más que a nadie. Ve y hazte enseñar.
FIDÍPIDES
¿Y qué voy a aprender?
ESTREPSÍADES
En su poder tienen, según dicen, ambos argumentos: el más fuerte, cualquiera que sea, y el más débil. De ambos aseguran que hacen vencer a este último, el más débil, con sus razones hasta en las causas más injustas. Con que, si me aprendes este argumento injusto, de lo que debo por tu culpa, de todas las deudas, no devolvería a nadie ni un óbolo.
[…]
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Autor: Aristófanes. Título: Las nubes. Traducción: Luis Gil. Editorial: Gredos. Venta: Todos tus libros.


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