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Andrzej Wajda, el heraldo del gran cine polaco maldito por el estalinismo

Andrzej Wajda, el heraldo del gran cine polaco maldito por el estalinismo

Frecuenté la Filmoteca durante los casi cuarenta años que se fueron entre 1980 y 2019. Desde que la presidía Luis G. Berlanga y la dirigía Florentino Soria, todo un ejemplo para los cinéfilos —el primero que organizó en España un ciclo del gran Godard— hasta los comienzos de la gestión de Josetxo Cerdán. Dicho de otra manera, desde que su sala de proyecciones se encontraba en el cine Príncipe Pío, de la cuesta de san Vicente, hasta que, finalmente, tras pasar por el Círculo de Bellas Artes y el Torre de Madrid, obedeciendo a un viejo sueño de Berlanga, se asentó en el cine Doré. Naturalmente, siempre me sentaba en la primera fila —me gusta que el cine me envuelva hasta el aturdimiento— y la de la Filmo, no me cabe duda, ha sido la pantalla frente a la que más veces he dado cuenta de mi quimera cinéfila: saciar ese apetito que, de hecho, es insaciable: la necesidad imperante de ver películas.

Desde una última sesión en el año 19, solo he vuelto una tarde, cuando se me invitó a presentar una proyección de La campana del infierno (1973), del también grande, aunque malogrado, Claudio Guerín Hill. Además de por una razón que no viene al caso, dejé de ir a la Filmo porque, después de casi cuarenta años de entrega filmófila, había visto la mayor parte de las cintas programadas, en tanto que las que me eran desconocidas no solían ser de mi interés.

"Aunque Polonia sea un horizonte más o menos remoto de la cultura española, el gran cine polaco también alude a España"

Pero aquellas innumerables e inolvidables sesiones en la Filmo cuentan entre los mejores recuerdos de mi vida. Y fue que el pasado miércoles, durante la presentación de la próxima edición de Eñe, tuve ocasión de expresar a Maria Ślebioda —directora del Instituto Polaco de Cultura— la admiración que me inspira el cine de autor de su país. Lo descubrí en la Filmoteca Española, y mi memoria me devolvió, en un carrusel de imágenes, aquellas viejas proyecciones que me procuraron tanto placer. Sí señor, aquellas cintas del gran Wojciech Has —El manuscrito encontrado en Zaragoza (1965), sobre la novela homónima, de 1804, de Jan Potocki; El sanatorio de la clepsidra (1973)—, Andrzej Munk —La pasajera (1963)—, Jerzy Kawalerowicz —Tren de noche (1959)—, Jerzy Skolimowski —Walkower (1965)—… De la altísima estima en la que tengo a Krzysztof Kieślowski y Andrzej Żuławski, que realizaron una buena parte de su obra en el exilio francés, ya he dado cuenta en estos mismos artículos. Hoy vengo a escribir sobre Andrzej Wajda, el heraldo de todas estas películas que no solo reflejan la historia y la identidad de Polonia, sino que también hablan de temas universales que resuenan entre las audiencias de cualquier parte del mundo. De modo que, aunque Polonia sea un horizonte más o menos remoto de la cultura española, el gran cine polaco también alude a España: el estalinismo que persiguió estas obras maestras pretende imponerse aquí y ahora vandalizando nuestras calles —especialmente las de Madrid—, alentado sin comedimiento alguno por los políticos que lo representan en los parlamentos. Scorsese venía a decir que cada uno de los filmes del repertorio ideal del cine de autor polaco es una ventana a la experiencia humana, con un equilibrio entre lo personal y lo político. ¡Vaya si lo es!

En mis primeras sesiones en la Filmoteca, el cine de los Países del Este era una referencia fundamental entre la cinefilia. La pantalla polaca destacaba incluso por encima de la soviética, que, empero su constante apología del comunismo, fue grande como pocas en los gloriosos días de la imagen silente. Finalizado el esplendor del cine al dictado del Kremlin, ya mediados los años 50, la excelencia polaca tuvo un heraldo: Andrzej Wajda. Víctima de la represión comunista como lo fueron todos los creadores que se alzaron contra una de las peores tiranías que anegaron de sangre el siglo XX —Polonia sufrió las dos—, Wajda rodó con frecuencia en Francia y Alemania. Incluso mereció un Oscar al conjunto de su filmografía en 2000.

"Aquellos eran los días en que las películas incluían planos que simbolizaban cosas, y aquel equino aludía a la tradición militar polaca"

Pero si en su innumerable palmarés hubo un premio que destacó entre todos los demás, ése fue la Palma de Oro que concedió Cannes a Canal (1957), su segundo largometraje. Aquella conmovedora crónica de los últimos días del alzamiento de Varsovia en 1944 contra los alemanes —recuérdese que Polonia sufrió las dos grandes tiranías del siglo XX—, fue la mayor rebelión civil contra el nazismo de toda la guerra. El gran Wajda la sublimó en la experiencia de un grupo de resistentes que intentan huir por las alcantarillas. La voz en off que acompañaba el largo plano de apertura —“Miren a estos hombres y mujeres: vamos a verlos morir”— aún resuena en los oídos del buen cinéfilo, como debía de resonar en los espectadores del circo romano el saludo al césar de los gladiadores que, al punto, iban a morir en la arena.

Andrzej Wajda nació en Suwałki en 1926. Hijo de una profesora en una escuela ucraniana y de un capitán de caballería, asesinado por los estalinistas junto a otros 22.000 polacos en la masacre del bosque de Katyn (Smolensk, entonces Unión Soviética), la profesión y el destino del padre no son datos baladís. De hecho, cuando el cineasta que habría de ser el joven Andrzej se pusiera en marcha, lo más granado de su filmografía oscilaría entre el romanticismo polaco —siempre trágico y nacionalista, como correspondía a un país al que se le venía negando la identidad desde que en el siglo XVIII fuese repartido entre Rusia, Prusia y Austria— y el yugo del realismo socialista impuesto por los comunistas en la Polonia de su juventud. De modo que puede decirse que el romanticismo de Cenizas y diamantes (1958), otro de los grandes filmes de Wajda, es tan exaltado y nacionalista como las polonesas de Chopin. Y ojo también al dato respecto al caballo blanco que aparecía en esta última cinta. Aquellos eran los días en que las películas incluían planos que simbolizaban cosas, y aquel equino aludía a la tradición militar polaca. Por no hablar de la yegua de Lotna (1959), otro de los grandes títulos del maestro. Regalo de un aristócrata moribundo a un oficial de caballería, que está a punto de enfrentarse con su escuadrón a los panzers nazis al oeste de Varsovia en 1939, dio lugar a otro de los grandes símbolos del cine de Wajda. El mostrado en Lotna fue un ataque suicida de la caballería polaca contra los tanques alemanes. El cineasta lo sintetizó en el destino de la montura, pasando de un oficial a otro según van cayendo los jinetes, hasta que es el mismo animal quien resulta fulminado por uno de los tanques.

"Al socaire de esa apertura a la cartelera internacional que en 1953 posibilitó la muerte de Stalin, también llegaron cintas del resto de los países del otro lado del Telón de Acero"

Habiéndose quedado huérfano tras el asesinato de su padre por los soviéticos, y con su país invadido por los alemanes, el joven Andrzej se vio impelido a emplearse como tonelero, herrero, carpintero y restaurador. Aun así tuvo tiempo de ingresar en la Armia Krajowa, la resistencia polaca dependiente del gobierno de su país, exiliado en Londres. Todavía era un adolescente cuando participó en sus primeros combates con la ilusión de liberar Polonia antes de que lo hiciera el Ejército Rojo. Como los protagonistas de Canal, ya era consciente de lo que supondría pasar del yugo de los nazis al de los comunistas. Liberada finalmente Polonia por estos últimos, Wajda estudió pintura en la Escuela de Bellas Artes de Cracovia. Allí llegó a liderar, junto al pintor Andrzej Wroblewski, el grupo Los Autodidactas. Su estética iba del neorrealismo al grafismo mexicano. Ya en 1953 se matriculó en la legendaria escuela de cine de Lódz, de cuyas aulas también habrían de salir realizadores del calibre de Román Polanski o Krzysztof Kieślowski.

Gran admirador de Aleksander Ford, uno de los maestros de los albores del cine sonoro polaco, Wajda fue su ayudante de dirección en Los cinco de la calle Barska (1954). Habiendo compaginado aquellos primeros rodajes con la actividad como cortometrajista que venía desarrollando desde 1950, su primer largometraje, Generación (1955), fue a coincidir con lo que la crítica internacional vino a llamar el “Cine Soviético del Deshielo”. Sí señor, al socaire de esa apertura a la cartelera internacional que en 1953 posibilitó la muerte de Stalin, también llegaron cintas del resto de los países del otro lado del Telón de Acero, que se llamaba entonces a los estados satélites de la URSS. Siempre estrenada en festivales y distribuida en el circuito de arte y ensayo, la calidad de aquella producción, en su conjunto, cautivó a cuantos cinéfilos y espectadores exigentes tuvieron acceso a ella.

"Al menos, se le permitió a Wajda rodar con una libertad mucho mayor de la disfrutada por Zoltán Fábri, Imre Feher y el resto de sus colegas húngaros"

Generación, aquella primera cinta de Andrzej Wajda estrenada en las pantallas internacionales, destacó entre tanta excelencia. Primera entrega de lo que en el canon cinéfilo se conoce como La Trilogía de la Guerra —de las que Canal y Cenizas y diamantes fueron sus siguientes títulos— narraba cómo un adolescente tomaba conciencia política e ingresaba en una organización comunista durante la ocupación alemana. Como se ve, su asunto encajaba a la perfección en el canon del realismo socialista.

Pero el cariz que fueron tomando los acontecimientos políticos en Polonia, donde en octubre de 1956, a diferencia de lo acaecido en Hungría —donde los comunistas atajaron lo que en principio fue un movimiento estudiantil con uno de sus constantes y cruentos baños de sangre—, sí se consiguió alguna concesión del estalinismo. Al menos se le permitió a Wajda rodar con una libertad mucho mayor de la disfrutada por Zoltán Fábri, Imre Feher y el resto de sus colegas húngaros.

Así pudo llevar a buen fin Cenizas y diamantes, cuyo argumento versaba sobre dos miembros de la Armia Krajowa que deben asesinar al comisario de la resistencia roja el día de la rendición alemana. Como estaba rodada en aquel blanco y negro de antaño, que reproducía la vida en toda su brutalidad a través de una gama de grises, cuando uno de los asesinos, ya herido de muerte, mancha con su sangre unas sábanas tendidas, los polacos vieron en aquel símbolo los colores de su bandera: blanca y roja. Y en verdad que Cenizas y diamantes era un fresco sobre la sociedad polaca.

"Ni que decir tiene que yo, que maldigo a los políticos en su conjunto en la misma medida que admiro a los autores de películas, me quedo con el Wajda de Cenizas y diamantes"

Después llegaron brillantes adaptaciones literarias —La tierra de la gran promesa (1975), La línea de la sombra (1976)…— hasta El hombre de mármol (1977), sobre una realizadora de televisión empleada en un documental acerca de un estajanovista.

Tras abandonar Polonia en 1981 con la implantación de la ley marcial por el general Jaruzelski, se instaló en Francia, donde rodó Danton (1982). Simpatizante del sindicato Solidaridad y de su líder, Lech Wałęsa, Wajda volvió a su país como senador y director del Teatro Powszchny de Varsovia cuando éste alcanzó la presidencia.

Estuvo casado con las actrices Beata Tyszkiewicz y Krystyna Zachwatowicz. Ni que decir tiene que yo, que maldigo a los políticos en su conjunto en la misma medida que admiro a los autores de películas, me quedo con el Wajda de Cenizas y diamantes, con el heraldo del gran cine polaco, antes que con el afecto a Lech Wałęsa y a su Solidaridad.

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