«Hace poco me preguntaste por qué digo que te tengo miedo. Como de costumbre, no supe darte una respuesta, en parte precisamente por el miedo que te tengo, en parte porque para explicar los motivos de ese miedo necesito muchos pormenores que no puedo tener medianamente presentes cuando hablo». Son las primeras líneas de la extensa carta que Franz Kafka (1883-1924), temeroso, inteligentemente introspectivo, tortuosamente analítico, le escribió en noviembre de 1919 a su padre, y que otros publicaron treinta y tantos años después.
Los diccionarios despachan los significados de calificativos derivados de escritores, como dantesco, shakespeariano, ciceroniano, quevedesco, kafkiano, con el trámite de «perteneciente o relativo o propio de» tal autor o «con rasgos característicos de su obra». Alguna pista se atreven a veces a sugerir: «que causa espanto», si se refieren, por ejemplo, a un escenario dantesco: llamas altas que arremeten contra matorrales y crepitan y forman curvas anaranjadas o amarillentas y envuelven de humo y ceguera los metros que se levantan por delante. O el resumen de que se trata de una situación «absurda, angustiosa…», como la que esta narradora catalana, periodista y doctora en Filología Hispánica y gestora cultural traza en «Aniquilación o metamorfosis». Angustiosa, aunque con comprensiva humanidad a la vez.
Sobre Kafka, uno de los transformadores de la literatura, dos voces recientes —el británico James M. Hawes y el alemán Reiner Stach— han querido desdibujar los tópicos sobre un Kafka kafkiano. Han planteado borrar la imagen fija de un escritor checo tristón, asocial, de alma agazapada, torturado por dentro, que repiten tantos estudiosos, bastantes biógrafos y algunos dicharacheros guías turísticos de Praga.
Sea como sea, cuesta demoler los tópicos y deshabitar los lugares comunes. Pero Kafka no solo expuso con gravedad el peso de vivir sin sentido, la condena a la soledad, el apoyo a las víctimas que la sociedad engendra, el miedo que paraliza, la sospecha, los trastornos en que podemos enmarañarnos, las murallas que levantan las legislaciones inhumanas y hasta la retorcida burocracia, la degradación hasta recluirse en la soledad, el encararse la persona contra un mundo poco inexplicable… Kafka nos ayudó. Le echó un humor extravagante, pariente de la ironía, con esa amalgama que hizo al unir realismo cotidiano y pesadillas entre fantasmagóricas y alegóricas. No siempre comprensibles de inmediato. Porque suele ocurrir que artistas y espectadores no se entienden. O cambian de gustos y preferencias. Versiones de «la ventana de Overton»: cómo gradualmente pasamos masivamente de aceptar una idea o una concepción o una tendencia social o una opinión común a rechazarla. O al contrario.
Uno de sus mejores relatos, «Un artista del hambre», toma como punto de partida algo que aún persistía en tiempos de Kafka: ferias y circos donde se exhibían rarezas como atracciones. Además de payasos, trapecistas, magos, lanzadores de cuchillos… también, en ocasiones, incluían tragafuegos o tragasables o personas con alguna particularidad: gigantes, albinos, siameses, mujeres barbudas… O «esqueletos vivientes», como el norteamericano Isaac W. Sprague, que desde los doce años vivió afectado por una atrofia muscular: a los 44, medía 167 centímetros y no pesaba ni veinte kilos.
El cuerpo como espacio de conflicto. Una guerra más de esas que en estos siglos nos echamos encima.
Sònia Hernández compone una confesión en primera persona de alguien que somete su cuerpo a un proceso de deliberado deterioro. Ayuna, apenas come lo imprescindible, le cuesta dormir sin medicamentos, se aísla… y va desvaneciéndose, desapareciendo. Esa narradora del microrrelato, lúcida de su condición y sus lastres, produce fascinación. Al menos a mí. Obsesiva y meticulosa, oscilante entre las ganas de huir de la vida y del morir, posiblemente enferma —los médicos no coinciden en sus diagnósticos—, aislada socialmente, contemporáneamente, reflexiona y describe un cuerpo que nota mutilado. Su aguda introspección plantea si destruirse a sí mismo es una forma extrema de control ay si cabe la posibilidad de transformarse gracias a pérdidas, a desprenderse, a deshacerse de algo propio que no siempre se sabe elegir.
No se trata solo de simples palabras, incómodas palabras —«Aniquilación o metamorfosis»— que exigen encaminarse hacia una de las dos. Ni se igualan destrucción y transformación. Sugieren, más bien, la explicación de ese peculiar ser y actuar. Una segunda lectura puede conseguir que mientras volvemos a repasar los párrafos nos veamos dentro de los barrotes de esa historia, no espectadores de rarezas sino testigos de la inseguridad o de la incertidumbre. Tal vez protagonistas. Leer es releer. Leer es revivir.
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Aniquilación o metamorfosis
Someto a mi cuerpo a castigos vergonzosos. Aunque soy una persona inteligente. Hay algo de revitalizante en la alarma que surge al tomar conciencia de que una se encuentra en un punto limítrofe, muy cerca en tiempo y en espacio de pasar al otro lado del mundo.
La sombra de mis ojos también se ha suavizado. Por fin he conseguido dormir. Una pastilla por la mañana y otra por la noche. No son siempre las mismas, porque los dos especialistas a los que consulté no se pusieron de acuerdo. No pueden tener la razón siempre los mismos.
Sea como sea, he conseguido dormir, y no sólo por la noche. Durante el día me instalo en una dulce duermevela que me aleja de los demás. No hay ningún motivo por el que salir corriendo alarmada. Nada es tan grave. El cuerpo funciona: vida verdadera.
Vivo el presente. Calculo el mínimo alimento necesario para seguir funcionando. No hay tantos motivos para moverse. Es lo mismo de siempre, aunque el escenario cambie, aunque los demás vayan desertando. Estar en el límite casi me convierte en otra persona. Qué fácil sería continuar. Pasar al otro lado. Qué sencillo aniquilar ese cuerpo que ya no se queja.
Castigo mi cuerpo manteniéndolo encerrado. Aquí y en mi pensamiento. En el mismo de siempre. Imposible salir. Una cárcel cada vez más pequeña, más delgada, con los límites más cerca. Las pastillas sólo sirven para dormir y alejarse de los demás. La cárcel resta posibilidades de movimiento, así que también es una forma de mutilación. Mi cuerpo ya está mutilado. Por dentro y por fuera. Faltan varias partes, algún órgano —no vital, por supuesto—, extremidades, apéndices y mucha piel. Extirpaciones y pérdidas para traspasar fronteras, para conseguir ser otra. ■
Inédito


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