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Akúside, de Ángel Vallecillo

Akúside, de Ángel Vallecillo

El tema principal de esta distopía de Ángel Vallecillo, Akúside (Difácil), es la barbarie a la que conduce el nacionalismo de sangre. Quizá no haya fórmulas suficientes para describir la locura vivida en los llamados “años de plomo”, de los que en esta obra hay un trasunto sobre el terrorismo de ETA con la complicidad de sus colaboradores. La novela está dividida en tres partes: El Sílex, nombre del libro sagrado que recoge las leyendas míticas de la patria de los akusaras; República, que narra los seis días previos a las terceras elecciones de Akúside; y Las Memorias de Axiámaco, que alterna dos tiempos de la vida del protagonista de República. El primero es la transcripción de sus diarios como terrorista, y el segundo es el presente, en que abjura, en su lecho de muerte, de sus años pasados.

Ángel Vallecillo es el autor de las novelas Colapsos (Premio Miguel Delibes de Narrativa, 2006), Hay un millón de razas; 9 Horas para morir o Bang Bang, Wilco Wallace. Ha sido calificado como novelista “duro y de vanguardia”, en especial por su libro Colapsos, pero también por embarcarse en proyectos heterodoxos como Lo demás es silencio: literatura improvisada en sesiones de música electrónica. Su nombre es una referencia en el naturalismo canario. Ha colaborado con los mejores fotógrafos y naturalistas de Canarias en los libros Mar Atlante y Aves rapaces de Canarias; también es guionista de documentales submarinos y el director de la película documental Mar de nadie. Incansable viajero, ha recorrido con su cámara infinidad de países, en especial África. En 2012 publicó Bienvenido a La Graciosa, una guía turística del archipiélago chinijo. Ha trabajado también en radio en programas como Objetivo la luna o como director de Una hora con satán.

I

EL SÍLEX

AKÚSIDE

En el reino de Akúside, a orillas del mar Alado, en el norte, una larga sequía arrasó las cosechas, esquilmó la tierra y la dejó estéril. Los ancestros, los penantes, construyeron un enorme barco de madera y se hicieron a la mar. Vagaron cien años por los océanos hasta que por azar retornaron al mismo cabo desde el que partieron. Al desembarcar, nadie recordó que aquella tierra fuera la misma que antaño abandonaron sus antepasados. Al reino lo llamaron Akúside, y a su mar, mar Alado. Levantaron una ciudad de hierro y lucharon contra sus vecinos del sur. La guerra les hizo fuertes y soberbios y el reino de Akúside sufrió un diluvio que anegó los campos y ahogó la vida. Sus habitantes construyeron una nave de chapas de acero y navegaron cien años a la deriva hasta que una corriente los devolvió a la playa desde la que partieron. Nadie reconoció su antiguo reino. Llamaron a la tierra Akúside y mar Alado a su mar. Levantaron un país, amaron una patria y guerrearon hasta vencer a sus vecinos del sur. La victoria los hizo confiados y ambiciosos. Pasados mil años cayó sobre el reino una plaga que destruyó cosechas y extinguió el ganado. Los habitantes de Akúside botaron un barco gigante de piedra al que llamaron Ce y arrumbaron al norte durante cien años hasta que un viento los arrastró al sur y un hombre señaló tierra. Desembarcaron felices en el mismo país que abandonaran sus ancestros, aunque nadie lo recordara. El más fuerte se alzó como rey y quiso llamar al reino Sanhape, pero sus hermanos, que lo envidiaban, le mataron y decidieron llamar a su nuevo país Akúside y a su mar, el Gran mar Alado. Metieron a su hermano en una caja, la llenaron de plomo y la arrojaron al mar.

ORIGEN DE LOS UKINTZAS

En el reino de Akúside, a orillas del mar Alado, en el norte, hubo una primera tribu y una guerra que nadie recuerda y que terminó con la victoria de Atul, una familia no civilizada. Los Atul instauraron un reinado de sangre que duró cien años. Su apetito sólo se saciaba con fetos humanos. Conservaban óvulos fecundados en frascos de cristal que comían a cucharadas. Los fetos de entre veinte y treinta semanas eran su manjar. Abrían los vientres de las embarazadas, y asaban los fetos y los comían enteros, pues carecen de huesos. A otras mujeres las dejaban alumbrar, dar un primer amamantado a sus hijos y se los arrebataban del pecho y demediándolos en vivo los hervían y los comían con las manos. Los akusaras estaban aterrorizados.

—Son poderosos, pero su locura acabará con ellos.

Pero los atules, lejos de menguar, aumentaron en número y fuerza, y cuando quisieron darse cuenta, Akúside había sucumbido a esa raza, y las madres sabían que sus hijos serían devorados por los monstruos, y se acostumbraron y ellas también comieron, y el primer Akúside, el reino que nació al pie de una montaña, del río Abur y del mar Alado, sucumbió bajo la losa del horror, y encerraron la esperanza en una caja, la llenaron de plomo y la arrojaron al mar.

AKRÁN DAKÓN Y LA SERPIENTE YIGUM

En el reino de Akúside, a orillas del mar Alado, en el norte, los ciudadanos eligieron como presidente a Akrán Dakón, quien resultó ser un tirano y un cobarde, fuerte con el débil y débil con el fuerte. Un año antes del final de su mandato, cambió la ley para perpetuarse en un nuevo cargo de presidente divino. El pueblo protestó, pero Akrán Dakón mandó construir una enorme serpiente de plata a la que llamó Yigum y se la regaló a su pueblo. Los ciudadanos, deslumbrados por la hermosura de Yigum, olvidaron la traición y entonaron orgullosos el himno del soldado.

Pasaron los años y llegaron las lluvias. Y la serpiente Yigum se deshizo. Lo que se dijo plata, era papel; y lo que hierro, barro, y del pecho de la serpiente cayeron los cadáveres de aquellos que antaño rechazaron la ley del dios presidente.

Los ciudadanos despertaron del sueño de la serpiente Yigum, metieron a Akrán Dakón en un caja, la llenaron de plomo y la arrojaron al mar.

EL ÚLTIMO GUERRERO

En el reino de Akúside, a orillas del mar Alado, en el norte, vivía en las montañas la tribu de los ukintzas, antiguos atules, descendientes de los penantes, marineros guerreros que tres veces Akúside nombraron. Los ukintzas creían en la tierra sagrada y en la pureza de la sangre akusara. Durante siete mil años mataron a los aketom, impuros de sangre por su mezcla con los basuras, los habitantes de Sur. Los aketom, cansados de enterrar cadáveres, emigraron a Sur por millares, hasta que sólo quedó uno: Oncbal Raal.

—Vete o te mataremos —le dijeron los ukintzas—. Aquí eres el último de tu ralea y tu choza ocupa el último trecho de nuestra patria.

—Aquí nací y de aquí no me moveré, pero os propongo una lucha uno contra uno. Yo con mis armas y vuestro guerrero con las suyas.

Los ukintzas confiaron en sí mismos pues nunca los aketom fueron verdaderos guerreros. Llegado el día, los ukintzas presentaron a Ataekatadisaskunasu, bestia sin cabeza, sanguinaria, armada con un hacha. Oncbal Raal se presentó a la lucha con las manos vacías.

—No vemos tus armas, impuro, ¿acaso te acobardas y no vas a luchar?

—Traigo silencio.

Los ukintzas rieron a carcajadas y el guerrero Ataekatadisaskunasu le segó la cabeza de un hachazo. Metieron la cabeza y el cuerpo en una caja, la llenaron de plomo y la arrojaron al mar.

TAKAUNITA

En el reino de Akúside, a orillas del mar Alado, en el norte, nació un niño a quien su madre parió de pie y al que criaron entre piel de árates a la orilla del río Abur. Cuando cumplió un año hablaba cuatro lenguas, entre ellas la beriaditak. A la edad de siete años fue nombrado rey y lo llamaron Takaunita, El que viene a salvar. Prometió acabar con la guerra, así que los siete ancianos fantos se reunieron en torno a su trono y le preguntaron cómo iba a hacerlo.

—Los ancestros me visitaron en sueños. La solución es sencilla: matar a Ataekatadisaskunasu.

Los ukintzas montaron en cólera.

—Ataekatadisaskunasu es nuestro orgullo. ¡El único que nos llevará a la victoria! Sin él estamos indefensos. ¡Quién puede creer que la guerra acabará si matamos a nuestro gran guerrero!

Los habitantes de Akúside, hartos de sangre, apoyaron al rey y se echaron a la calle para matar a Ataekatadisaskunasu, meter su cadáver en una caja, llenarla de plomo y arrojarla al mar. Los ukintzas temieron la firme resolución del pueblo. Trataron de sabotear los decretos reales, infiltraron consejeros, les vistieron con ropas de pajes, pero todas sus tretas para engañar a Takaunita fueron vanas. Temiendo las represalias si no entregaban a su guerrero, los ukintzas lo amortajaron como si hubiera muerto de forma natural y escoltaron su cadáver entre vítores hasta el palacio para ofrendarlo a los pies del rey. Takaunita sospechó que Ataekatadisaskunasu no estaba muerto y ordenó colocar sobre su pecho una pluma de doolo. Y al instante se tiñó de negro. Entonces Ataekatadisaskunasu se incorporó y de dos hachazos cortó el cuerpo del joven rey en tres pedazos.

Los ukintzas fingieron alborozo y defendieron que en las puertas del cielo el gran guerrero Ataekatadisaskunasu había sido resucitado por los dioses para matar al verdadero enemigo del pueblo, el rey Takaunita. El pueblo akusara, compungido y resignado, metió las tres partes de su rey en una caja, la llenaron de plomo y la arrojaron al mar.

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Autor: Ángel Vallecillo. Título: Akúside. Editorial: Difácil. Venta: Amazon y Casa del Libro.