Imagen de portada: Photograph Courtesy of Sotheby’s, Inc. © 2026
La lucha por restituir los libros robados durante la Segunda Guerra Mundial no ha terminado, ni mucho menos. Cada cierto tiempo salen a la palestra nuevos descubrimientos y pistas que nos obligan a replantearnos la dimensión de este saqueo literario.
Permítanme que les haga un breve resumen:
El Mahzor fue creado en Viena en 1415 por un escriba judío llamado Moisés, hijo de Menachem, que lo decoró con lujosos paneles de oro bruñido y motivos de criaturas fantásticas. Sólo seis años más tarde se produjo la expulsión de los judíos de Viena. De algún modo, el Mahzor también se vio obligado al exilio. Sus márgenes están llenos de anotaciones de lectores de diferentes lugares que adaptaron sus oraciones y lo convirtieron en un registro vital.
En 1842, Solomon Mayer Rothschild encontró el libro en Núremberg y lo compró por el rocambolesco precio de 151 monedas de oro. Fue él quien marcó la portada con el escudo de armas de la familia Rotschild e incluyó además una dedicatoria en la primera página. El Mahzor permaneció en el seno de la familia hasta que, en 1938, los nazis anexionaron Austria. Una de sus primeras decisiones fue confiscar las propiedades de los Rotschild, que incluían su colección de obras de arte y, además, su extensa biblioteca.
Como ya saben, este saqueo no fue un hecho aislado. El ejercito alemán, a las órdenes de Alfred Rosenberg, desvalijó algunas de las bibliotecas y colecciones de libros más importantes de Europa. El plan era hacer desaparecer a sus enemigos privándolos de su historia y, por tanto, de su identidad. Bajo esta premisa, millones de libros fueron robados y separados de sus legítimos dueños. En la actualidad, un pequeño grupo de bibliotecarios lucha por encontrar estos libros y restituir este importante legado cultural.
El Mahzor fue subastado el pasado 5 de febrero por un precio que superó las estimaciones iniciales, convirtiéndose en la restitución más valiosa hasta la fecha. Sin embargo, la verdadera noticia no es esta. A nadie debería sorprenderle que un libro robado sea puesto en valor y devuelto a sus propietarios.
Lo extraordinario, lo que no debemos perder de vista, es que por cada libro recuperado hay miles que siguen desaparecidos.
Están por todas partes. Pasan desapercibidos en bibliotecas, en librerías de viejo y en trasteros polvorientos, donde están condenados a languidecer sin marcas ni pistas que delaten su procedencia. Permítanme recordarles que la Biblioteca de la Comunidad Judía de Roma, saqueada en 1943, continúa desaparecida. Su búsqueda se ha convertido en el Santo Grial para muchos buscadores de libros y cada vez hay más expertos y coleccionistas tras su pista. ¿Dónde pueden estar los siete mil libros que forman esta fastuosa colección?
Yo mismo dediqué a este misterio mi última novela, Tinta y fuego.
Al igual que en el caso del Mahzor, el verdadero valor de estos libros robados reside en su trayectoria vital y en las condiciones en las que fueron arrebatados a sus dueños. La lucha para restituirlos es una labor titánica y, por qué no decirlo, abocada al fracaso. El tiempo pasa, las pistas se diluyen y los dueños fallecen, muchos sin dejar descendencia. Sin embargo, lo que no mengua es el entusiasmo de los encargados de hacer justicia en nombre de todos esos libros y de reparar las tropelías cometidas hace más de ochenta años.
Un enigma de tinta y fuego, ¿no les parece?



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