España estuvo en Filipinas; eso lo sabemos holgadamente. Lo que quizá no resulte tan evidente es que Manila —fundada por Miguel López de Legazpi— se convirtió desde muy temprano en el gran nodo de una empresa evangelizadora destinada a irradiar el catolicismo por buena parte de Asia. Y contra lo que pudiera suponerse, el territorio que despertó un mayor interés para aquella misión no fue China, sino Japón. Tal vez por disipar la bruma legendaria del Cipango medieval o, quizá, porque los propios nipones se mostraron tan curiosos como beligerantes ante aquellos europeos que comenzaron a frecuentar sus costas meridionales a mediados del siglo XVI.
En 1543, y casi por accidente, dos exploradores portugueses, António da Mota y Francisco Zeimoto, alcanzaron la isla de Tanegashima. Tras ellos llegaría Francisco Javier, quien inauguró la primera misión cristiana en Japón al desembarcar en Kagoshima junto al valenciano Cosme de Torres y al cordobés Juan Fernández. Canonizado medio siglo después, Javier había decidido dirigirse al archipiélago mientras participaba en la expedición de Ruy López de Villalobos, a quien administró la extremaunción en las Molucas mientras este buscaba para España una posición firme en el paraíso de las especias.
Durante sus dos años en Japón, el jesuita predicó con intensidad al tiempo que enviaba cartas a Goa describiendo la compleja realidad política y social del país. Aquellas misivas despertaron rápidamente el interés de la Iglesia: Japón no solo aparecía como una tierra exótica y remota, sino también como un territorio especialmente fértil para la expansión del cristianismo.
No tardaron en llegar más religiosos. En 1579 desembarcó Alessandro Valignano, nombrado visitador de las misiones de Asia. Hombre de extraordinaria inteligencia política, comprendió enseguida que la evangelización de Japón exigía algo más que fervor doctrinal. Fue él quien organizó el célebre viaje a Europa de cuatro jóvenes nobles cristianizados de Kyushu —Mansio Ito, Miguel Chijiwa, Julián de Nakaura y Martín Hara—, cuya presencia en las cortes europeas causó un impacto descomunal. Aquel viaje, unido a las crónicas que comenzaban a idealizar el refinamiento del sistema feudal japonés, alimentó durante décadas la fascinación europea por el archipiélago. Comerciantes, marinos y misioneros comenzaron a arribar al sudeste del país atraídos tanto por el proselitismo como por el negocio.
Sin embargo, la evangelización japonesa pronto dejó de ser únicamente un asunto espiritual. Aunque distintas órdenes religiosas fueron instalándose en el Pacífico, los jesuitas conservaron durante años una posición hegemónica, hasta que en 1585 Felipe II decidió quebrar aquel monopolio en abierta pugna con los deseos de Roma. La tregua duró poco. A la muerte del monarca vallisoletano, el papado volvió a favorecer exclusivamente a la Compañía de Jesús, dejando de nuevo en una posición marginal a franciscanos, dominicos y agustinos. Comenzó entonces una feroz competencia misionera entre España y los jesuitas protegidos por Portugal. Unos operaban desde Filipinas; los otros, desde la India. Todos gravitaban alrededor del inmenso circuito comercial articulado por el Galeón de Manila. Y es que aquella nave, tan evocadora de odas al sándalo y la seda, fue mucho más que un simple barco mercante: durante dos siglos y medio concentró buena parte del capital manufacturero del Pacífico y sostuvo una red económica que hoy no resulta exagerado considerar la primera globalización de la historia.

Reconstrucción física del Kabuto japonés escaneado en las Colecciones Reales, basado en las únicas 2 fotografías que se conservan y crónicas.
En ese contexto nació, en 1584, el barrio manileño de Nihon-Machi, una ciudadela portuaria que prosperó gracias a la llegada constante de japoneses cristianizados. Pero Manila no era únicamente un enclave japonés. Muy cerca del río Pasig y prácticamente cosido a las murallas de Intramuros, se desarrolló también el Parián, el gran barrio de los mercaderes chinos o sangleyes asentados bajo administración española. Aquella alcaicería, impulsada por el gobernador Gonzalo Ronquillo en 1581, acabaría convirtiéndose en uno de los grandes motores financieros de la colonia. No extraña, por ello, que la Hacienda filipina figurase entre las más robustas de todo el Imperio. Mientras tanto, Japón avanzaba lentamente hacia su reunificación. Ōda Nobunaga, Toyotomi Hideyoshi y, finalmente, Tokugawa Ieyasu trataron de consolidar un poder central sin renunciar a las oportunidades que ofrecía la apertura comercial con los europeos. El problema residía en que esa relación exterior alteraba inevitablemente los equilibrios internos. El comercio con los castellanos reportaba enormes beneficios a los daimyō tozama del sur de Japón, precisamente aquellos que rivalizaban con los grandes caudillos reunificadores.
A ello se sumaba una cuestión aún más delicada: el crecimiento del cristianismo. Hacia 1580 existían ya cerca de 151.000 conversos, y Toyotomi Hideyoshi observaba con inquietud cómo aquella fe extranjera promovía una lealtad superior a cualquier obediencia terrenal. A largo plazo, aquello amenazaba directamente la autoridad del shogunato. Pese a todo, Japón y España trataron todavía de entenderse. Diversas embajadas tributarias buscaron establecer un marco estable para el comercio entre las prefecturas japonesas y los dominios hispanos de Asia. Madrid respondió proponiendo nuevas condiciones arancelarias para productos japoneses destinados al Galeón de Manila —hierro, cobre, biombos o lacados—, negociaciones que quedaron en manos del gobernador Gómez Pérez Dasmariñas y de un puñado de franciscanos cuya diplomacia descansaba, paradójicamente, en la humildad de sus sayales.
Pero a finales del siglo XVI Tokugawa Ieyasu comprendió, no sin decepción, que España privilegiaba sus vínculos económicos con China por encima de cualquier alianza estratégica con Japón. Para Madrid, el archipiélago parecía haberse convertido sobre todo en un territorio apto para continuar expandiendo el catolicismo. Aquella falta de equilibrio geopolítico terminó por enfriar las relaciones justo cuando el shogun mostraba un creciente interés por la tecnología minera empleada por los españoles en América para la extracción de plata. El progresivo aislamiento japonés, que se prolongaría prácticamente hasta el siglo XIX, tuvo, sin embargo, una excepción memorable: la aventura europea impulsada por Date Masamune. Convencido de que aún era posible reforzar los acuerdos comerciales con España, el poderoso daimyō patrocinó la célebre Embajada Keichō y puso al frente de ella a su vasallo Hasekura Tsunenaga. Tan confiado estaba aquel samurái de Tōhoku en el éxito de la misión que hizo construir un galeón capaz de atravesar el Pacífico. Partió de Sendai en 1613. Pero esa travesía —la más extraordinaria de todas— merece ser contada aparte, muy pronto…




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