Son varias las antologías publicadas de la obra poética del escritor ciudarrealeño Ángel Crespo (1926-1995), pero recién ha aparecido una que se diferencia de cualesquiera otras anteriores por su clara singularidad autorial, como enseguida concretaré. Ha visto la luz en Zaragoza al amparo del sello Olifante, Ediciones de poesía, una veterana apuesta editora fundada y dirigida con tanta pasión como buen hacer por Trinidad Ruiz Marcellán. La edición y el prólogo se lo debemos a la estudiosa italiana Laura Dolfi, catedrática de la universidad de Parma, y el epílogo al joven investigador universitario Luis Gracia Gaspar, bajo cuya dirección científica y organizativa se ha realizado el congreso internacional Ángel Crespo: La realidad entera, que contó con el patrocinio de la vallisoletana Fundación Jorge Guillén y de la universidad de Alcalá de Henares, en cuya sede tuvo lugar el evento durante los días 23, 24 y 25 del pasado mes de junio.
Como sea que Macrí no insertó en su obra todos los textos que el poeta manchego le había ofrecido para su posible inclusión, y que suman cuarenta y nueve, sino bastantes menos, ha sido precisamente esa cifra tan cercana al medio centenar la que Laura Dolfi ha editado, rescatando todo el elenco escogido por Crespo. Lo ha hecho ateniéndose textualmente a la edición al cuidado de Pilar Gómez Bedate y Antonio Piedra publicada en tres tomos por la Fundación pucelana Jorge Guillén en 1996. Ha puesto asimismo algunas notas a determinados poemas de la Antología personal (para Oreste Macrí) para la que ha escrito un sustancioso estudio preliminar titulado “Un proyecto para la poesía”, y ha recopilado también, al término de esa colección de composiciones, un “Apéndice documental” en el que se recogen seis cartas cruzadas entre Macrí y Crespo que acreditan una relación de amistad e intelectual que acabará centrándose en el mencionado proyecto de una edición aumentada de un libro, Poesia spagnola del Novecento, cuya salida inicial data de 1952, y su primer implemento de 1974.
Antes de pasar a referirme al corpus de poesía antologado por su propio autor voy a hacer referencia a la fructífera sorpresa que supone haber adjuntado Laura Dolfi el “Apéndice documental” epistolar, porque este inesperado y atípico aporte contiene muchas informaciones utilísimas. Respecto a esa media docena de misivas entresacadas de entre una epistolografía más amplia intercambiada entre Crespo y Macrí, subrayo que tienen gran interés por diversas razones, entre ellas las de carácter biográfico, las relativas a opiniones del poeta sobre su creación poética, las del crítico sobre la poesía crespiana, así como las de índole textual. Anoto, por ejemplo, que en la carta del 12 de abril de 1966 fechada en Madrid el poeta le dice al destinatario: “Ve usted muy bien mis esfuerzos por conciliar lo mágico con lo real” (130). La del 24 de octubre de 1983 enviada por Macrí debió complacer sobremanera al escritor manchego, no solo porque le dijo que en su poesía no se dan altibajos, “altibassi”, sino porque es autor de una suerte de poesía “ininterrumpida” que pudiera leerse como “un solo poema” (162).
En esa misma comunicación le pedía también que le aclarase ciertos puntos de determinados poemas a fin de traducirlos con la mejor propiedad posible, y asimismo que le diese alguna información sobre en qué había podido consistir su compromiso político al que Crespo no solía hacer mención: “Nunca he sabido nada exacto de tu tomar parte a la lucha clandestina” (sic, 164). A propósito de esta cuestión, copio unas líneas de la carta escrita por Crespo el 19 de noviembre de 1983 que biográficamente no tienen desperdicio, pues todavía hoy sigue siendo escasamente conocida su más o menos intensa peripecia o militancia clandestina. El poeta le confía a Macrí que “nunca he hecho valer, tras la restauración de la democracia en España, mi oposición y lucha contra la dictadura, porque nadie piense que quiero pasar la factura” (172). Renglones más abajo, prosigue así: “En realidad, he trabajado en la organización de publicaciones antifranquistas en España y fuera de España, particularmente en Francia, he repartido propaganda, he ayudado a portugueses y españoles a irse clandestinamente a Francia, cuando los perseguían, pero todo ello sin comprometerme con ningún partido político, aunque, naturalmente, colaborando con gentes pertenecientes a ellos.” (1973).
Bien sugestivas son un par de cartas en las que el autor español se pronuncia acerca de poetas del cincuenta a cuya nómina se le adscribe, y que tienen que ver con la crítica y la historiografía poética de mediados del pasado siglo. En la del 1 de septiembre de 1974 le señala a Macrí la importancia literaria de Eduardo Chicharro y de Miguel Labordeta, amén de hacerle la recomendación, a instancia del hispanista, de diferentes autores del medio siglo, entre ellos Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Ángel Valente, José Manuel Caballero Bonald, Francisco Brines y, pese a ciertas reservas estéticas que no le oculta, a Claudio Rodríguez. Llama la atención, sin embargo, que no recomendase a su paisano José Corredor-Matheos, pues en una carta que le dirigió al alcazareño en 1977 le había dicho que “siempre me ha gustado mucho tu poesía”, de modo que en ese “siempre” entiendo que se comprenderían las diferentes obras corredorianas aparecidas hasta la de 1961 titulada Poema para un nuevo libro. Retomando el hilo informativo dejado atrás en 1974, un hilo continuado en conversaciones personales ad hoc mantenidas en estancias italianas del poeta, una de ellas en casa de Laura Dolfi el 28 de mayo de 1982, Macrí le pedirá a Crespo por carta el 13 de junio de 1983 que le señale a algún poeta de su leva para que sea antologado junto a él en la ampliación de Poesia spagnola del Novecento. Y en su respuesta del 5 de septiembre le recomienda que incluya sin la menor duda a Francisco Brines.
Los distintos poemas seleccionados por Crespo para que el crítico eligiese los que entendiera más convenientes, los eligió desde su primer libro de libros, En medio del camino, aparecido en 1971, y con textos datados entre 1949 y 1970, hasta El aire es de los dioses, editado en 1982. Con composiciones fechadas entre 1978 y 1981, de ese libro extrajo una docena de textos, más del doble de los que había seleccionado de su conjunto anterior inmediato, Donde no corre el aire, de 1981. La presencia en ese corpus de la modalidad literaria del poema en prosa es notable, no sin acaso constituye un tipo de creaciones en las que se distinguió el autor en el mosaico de la poesía española del siglo XX, como ha reconocido y resaltado la crítica especializada. Aún así, Crespo no puso en el listado de textos todos los poemas en prosa que deseaba, pues en carta sin fecha pero acaso añadida en el mismo sobre que la del 5 de septiembre de 1983, según Laura Dolfi, le hacía saber a Macrí que había procurado seleccionar los textos más líricos, advirtiéndole también que de la selección efectuada “En primer lugar he eliminado casi todos los poemas largos; en segundo lugar, muchos en prosa, que habría incluido” (155).
A lo largo de la Antología personal (para Oreste Macrí) se van ilustrando poemáticamente distintas fases por las que fue discurriendo la singladura poética de Ángel Crespo, y en ellas se perciben marcas del Postismo que asomaron de vez en vez en toda su obra. La selección comienza con los textos que se han calificado como pertenecientes al llamado realismo mágico crespiano con el que, tras una prolífica prehistoria poética, el poeta de Ciudad Real quiso fundamentar, merced a su libro de 1950 Una lengua emerge, el principio propiamente dicho de su itinerario. A estas composiciones siguen las de trasunto y sesgo humanístico que principian con el libro de 1965 Docena florentina, y a las cuales sucederían aquellas en las que se evidencia la plasmación de un espiritualismo trascendental, y que arrancan de Donde no corre el aire, algunos de cuyos versos remontan a 1974.
De entre los distintos poemas que reproduciré, para poner punto final a la reseña, he elegido los siguientes versos de la composición “Luz en Lucerna”, perteneciente al libro Colección de climas, y que no forma parte de las veinte elegidas por Oreste Macrí para su Poesia spagnola del Novecento. Los he elegido porque, mediante una tensión sintáctica resaltable, y a vueltas de un asunto progresivamente privilegiado en la poesía crespiana, el de los cuatro elementos, anticipan una temática que el poeta desarrollará con muchas variaciones en su conjunto de 1990 Ocupación del fuego. Dicen así:
Pero yo no soy de la forma
que se complace en sí misma hijo,
y son mis alimentos
el aire que, más alto, la avasalla
y el agua que por dentro y por fuera
la va reduciendo a llanura
sobre la que han de correr
todas las tribus del deseo,
y el fuego, que es el único
vencedor. Pues a todos
nos sabe consumir.
En él me sé más cerca de mi ser (86).
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Autor: Ángel Crespo. Título: Antología personal (para Oreste Macrí). Editorial: Olifante. Venta: Todos tus libros.


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