La confección de antologías de la poesía de Miguel Hernández en editoriales de diverso alcance puede que se haya ido incrementando en los años más recientes no solo en virtud del alto interés que suscita y mantiene el escritor de Orihuela, sino también a causa de la ventaja editorial de que, a partir de 2022, su obra ya pasó a ser de dominio público. Ambas razones acaso concurren a la vez y en distinto grado para que haya visto la luz en 2026, bajo el sello de la valenciana Editorial Pre-Textos, y en su colección La Cruz del Sur, la selección de poemas hernandianos titulada Mis ojos y mis manos, un título que remite a la estrofa del comienzo de la sección segunda del texto “El herido”, inserto en El hombre acecha, versos imponentes que, aun siendo bien conocidos, vamos a recordar: “Para la libertad sangro, lucho, pervivo. / Para la libertad, mis ojos y mis manos, / como un árbol carnal, generoso y cautivo, / doy a los cirujanos.”. La edición la ha llevado a cabo el poeta y filólogo jienense Juan Carlos Abril, catedrático de la Universidad de Granada, a quien debemos igualmente el prefacio de la antología.
Acerca de las características de su edición asegura Juan Carlos Abril que ha incluido en el libro “Todas las etapas y estilos de Miguel Hernández”, señalando también que ha ofrecido a los lectores “una variada y equilibrada muestra de sus registros” (32). Ocurre, sin embargo, que un registro tan relevante e identificador de Miguel Hernández como el que supuso su lenguaje de carácter religioso no aparece atestiguado en la selección, y por tanto esta veta no está representada. Dejando al margen dicha salvedad, resulta aceptable que la selección de poemas puede considerarse equilibrada, como dice el editor, o, mejor dicho, ponderada, pues no supone desequilibrio alguno, sino una cualitativa razón de peso, que el amplio número de composiciones elegidas de una obra de tanta hondura como Cancionero y romancero de ausencias no solo sea superior a cualquier otra obra del poeta, sino asimismo a la suma de los textos procedentes de Viento del pueblo y El hombre acecha, con ser libros bien significativos del oriolano en los que sobresale una épíca rehumanizadora, y en el segundo en especial “el intimismo depurado de la canción de tipo popular.” (16). La porción de textos procedentes de El rayo que no cesa resulta notable también, no sin acaso en este libro que Juan Ramón Jiménez asociaba a la poesía pura, y calificaría como excepcional, se mostró el oriolano como uno de los mejores sonetistas de la entera historia de la poesía española, amén de incluir la “Elegía” inspirada en la muerte de Ramón Sijé, igualmente un hito en las letras hispánicas.
En el supuesto de esta antología tampoco cabe considerar desequilibrado el alto índice de presencia de textos seleccionados de Perito en lunas, porque entiendo que el antólogo ha decidido resaltar precisamente el valor estético de la primera de las obras que el poeta publicó, y a la que tantas veces se le concede menos atención de la que en tantos aspectos merece. Y ese énfasis lo ha marcado de dos maneras: merced a una sustanciosa porción de octavas seleccionadas, y mediante la concesión de un espacio analítico que supera con creces al dedicado al de todos los demás libros hernandianos, lo que constituye a mi entender una reivindicación en toda regla del libro de referencia.
Uno de los puntos más brillantes del escrito prologal de Juan Carlos Abril es precisamente la perspicaz lectura que hace de Perito en lunas, libro que no duda en calificar como “una auténtica joya” (18), señalando que hay muy pocos ejemplos de poesía cubista española tan remarcables, hasta el punto de haberse convertido en canónico en esta línea estilística. Libro esplendoroso, al crítico jienense le da pie a subrayar también que tal vez sea la muestra más lograda de la vanguardia pictórica y estética “al intentar captar la esencia de la realidad desde sus formas, a través de las cuales se piensa que se puede llegar a una visión total de sus propiedades y comprender el objeto en sí” (20).
La trayectoria literaria del levantino se nos enfatiza en el prólogo resaltando que fue breve, meteórica, intensa, de gran calidad estética, y caracterizada por una dicción en la que “sobresalen fuerza, vigor, crudeza humana.” (17). Creada en un lapso temporal de menos de diez años, es parangonable sin la menor duda a la de cualesquiera de los mejores escritores españoles del pasado siglo. No sitúa Juan Carlos Abril a Miguel Hernández en la nómina del 27, porque no es de recibo, pero sí aproxima bastante al poeta oriolano a los poetas de esa leva, aun no perteneciendo a ella. Lo hace primeramente citando la conocida calificación que Dámaso Alonso dio en 1965 al poeta de Orihuela, la de que fue un “genial epígono del 27”. Más adelante apunta que, “a pesar de no pertenecer al Veintisiete, inició una relación cercana con ellos. Si la Guerra Civil no lo hubiera impedido, habría estado a su par precisamente por esos años.” (14).
Algunos trazos que inequívocamente distinguen a la persona de Miguel Hernández nos son recordados en el prólogo. Por ejemplo: su voracidad lectora; la autopercepción que tuvo de su talento; su seguridad de que Madrid iba a posibilitarle crecer como escritor, y a costa de sacrificios varios, entre ellos el de haber llegado incluso a verse en el trance de dormir en la calle (13). Juan Carlos Abril añade también convicciones tan asumidas como estas dos: la firme voluntad de formar una familia con la pareja que mejor se la asegurase; y la entrega a una radicalidad comunista ligada al factor anticlerical.
No sé si en su prefacio Juan Carlos Abril se ha metido, o al menos se ha acercado, a lo que coloquialmente llamamos un jardín o no, pero el caso es que una de sus opiniones puede contribuir a que se reabra un melón que a según quienes va a costarles lo suyo de digerir, pese a que su parecer cuenta con precedentes como el de Carmen Conde. Recordaré que la escritora cartagenera, después de caracterizar a Miguel Hernández con los rasgos de persona leal, generosa, desinteresada y fiel, decía en un escrito de 1946 que le distinguió una característica que a su juicio es común a los poetas de cualquier época de la historia, pero que el oriolano representa de manera superlativa, y que acabaría perjudicándole. Es la de comportarse “como el más inepto hombre para las tareas de guerra y paz entre los hombres…, pues llegaría a mostrar un absoluto desconocimiento de la realidad, de lo que se debe o no se debe hacer. Y el resultado fue su propia ruina.”
De algún modo encuentro conexión entre lo que decía alguien que conoció de cerca al poeta de Orihuela y un profesor universitario del siglo XXI como Juan Carlos Abril al afirmar que estando preso Miguel Hernández “pudo colaborar con el régimen publicando en la prensa, no a favor del Caudillo, sino con algún poema o colaboración lírica” (26). Aunque no se nos especifica más, imagino que podríamos hacer referencia a que rehusó colaborar en la revista de presos Redención, lo que no suponía retractación explicita, o bien simplemente que tampoco aceptó colaborar en probables tareas intelectuales de la mano de José María de Cossío en Madrid, ni tampoco en predios de la casona cántabra de Tudanca que poseía el vallisoletano, donde podría asimismo dedicarse a labores relacionadas con el campo. En ambos supuestos, sin embargo, su decisión es obvio que se habría leído como cierta clase de connivencia con el nuevo orden imperante, y no parece en absoluto que el orcelitano aceptase unas tesituras para él denigrantes. Al respecto, Juan Carlos Abril argumenta el comportamiento del poeta como sigue, no sin algún toque un tanto novelesco:
Ciertamente rebajarse es inaceptable, pero mucho más inaceptable es la muerte. Si hubiera cedido, adoptando una actitud menos orgullosa o vanidosa, habría salvado la piel, consiguiendo que lo llevaran a un sanatorio para curarse, y algún trato de favor carcelario hasta que lo liberaran. Después habría podido escapar a la más mínima ocasión. En fin. Qué se puede argumentar llegados a ese punto. Todo son hipótesis. (26-27).
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Autor: Miguel Hernández. Título: Mis ojos y mis manos. Antología poética. Editorial: Pre-Textos. Venta: Todos tus libros.


Asombra que alguien pueda póstuma mente cuestionar a Miguel Hernández por su coraje, por su valentía, por su integridad, por su entereza, por su coherencia, por su dignidad para enfrentar la opresión de la Dictadura de Franco y no ceder, no contemporizar y plantarse ante ella al costo de morir de mengua por falta de atención médica estando preso en sus cárceles, prisionero político de la feroz Dictadura. La Humanidad admira a Don Quijote, personaje literario, porque derrotado en una playa de Barcelona, prefirió la muerte que renegar de su Dulcinea. La Humanidad admira a Miguel Hernández, héroe de carne y hueso, porque a merced de sus verdugos no se rebajo a la súplica para salvar la vida, no busco ni acepto negociar, transarse, no cedió y prefirió su dignidad aunque le costara la muerte. No le escribió cartas al gobernante para ofrecer sus servicios a cambio de su libertad como Francisco de Miranda, el traidor que aún pasa por héroe. Miguel Hernández no fue hipócrita, ni fue oportunista, no fue falso ni acomodaticio. Impertérrito, prefirió la muerte antes que el deshonor. Cuando el valor no tiene límites las mentalidades comunes son incapaces de entenderlo, por eso cometen el desvarío de reclamarle a un muerto que fuera tan valiente, porque se requiere grandeza de alma para ser un verdadero héroe y a Miguel Hernández le sobró grandeza. Fue un héroe, murió como un héroe y será recordado y admirado como un héroe, no como un cobarde, como un acomadaticio, como un oportunista, capaz de cualquier indignidad para salvar el pellejo, como Francisco de Miranda, como el General Santa Ana, el Presidente de México que prisionero del Ejército de Estados Unidos firmó todo papel que le pusieron delante para salvar su pellejo a costa de amputar el territorio de México porque su inmensa cobardía le impidió preferir la muerte o amputarse las manos. No permita Dios que un hombre cambie su valentía por cobardía para extender su vida, porque lo perdería todo. Esto siempre lo entendió Miguel Hernández y por esto murió antes que renegar de si mismo. Nunca fue cobarde ni pusilánime, al contrario, fue un hombre de convicciones, de ideales y de guaramo, como llamamos en mi tierra, Costromo, al valor personal.