A los treinta y cinco años de haber aparecido la primera de las selecciones poéticas de Ángel Guinda (1948-2022), publicada en 1991 en Zaragoza por Olifante Ediciones de Poesía, en Visor Libros ha visto la luz la más reciente y actualizada de las antologías del aragonés. Si con el título de Claustro se recopilaron entonces textos escritos entre 1970 y 1990, en el corpus antológico publicado en 2026 en Madrid, en edición de Luis Gracia Gaspar, y con el título Me he fumado la vida, el período creativo seleccionado supera cronológicamente en mucho al referido, pues comprende incluso composiciones creadas a comienzos de 2022. A esta aportación ha de añadirse otra filológica de rango incontestable: los poemas antologados se atienen con rigurosa fidelidad al texto fijado por el autor tal como constan en la edición publicada por Olifante en 2025 con el título de Vida ávida: Poesía reunida.
Lo de poeta maldito fue asumido por otros críticos, entre ellos el poeta y narrador Manuel Rico, quien añadiría a ese perfil el de poeta lateral y la empática complicidad de identificarlo también como “un raro en el universo de los raros”. En contrapunto, el propio Ángel Guinda llegó a ironizar sobre la etiqueta que le había endosado Ángel Crespo. Lo hizo en su libro Breviario, aparecido en 1992 con el subtítulo paradójico de “Máximas mínimas”, donde parece acusar recibo de aquel etiquetado crespiano con un antitético y ambiguo juego onomasiológico: “No soy un ángel malo, sino un diablo bueno”. Esas palabras se alineaban con su progresivo distanciamiento de performances y pautas de escritura de sesgo malditista.
En los preliminares de Me he fumado la vida el profesor Luis Gracia Gaspar, a quien debemos la monografía de 2024 Diálogos entre Ángeles: El epistolario inédito entre Ángel Crespo y Ángel Guinda, aporta más sumandos a los perfiles humano y poético guindianos, vertientes ambas que van de la mano entrecruzándose, dada la asidua intercambiabilidad producida entre la vida y la poesía del autor. Al subrayar lo personal, enfatiza el analista su carácter indómito, su rebeldía, su propensión iconoclasta, sus actitudes de misántropo bien consciente de serlo, su voluntad de situarse en los márgenes, contribuyendo sin pesar alguno a su relegación. Al poner el acento en su obra literaria destaca un afán contestatario contracultural que se manifiesta en ella frente a las estéticas dominantes y su existencialismo de fondo. Y cabría añadir su remedo de formas métricas tan consagradas como el soneto; su experimentación con configuraciones poéticas como el micropoema y el poema en prosa. También modos de lenguaje bien directos entre los que tiene peso específico lo coloquial y lo sentencioso.
Resalta en Ángel Guinda un singularísimo y constante diálogo poético con la muerte que va teñido de humor negro y es poetizado desde el punto de vista atípico de la autoinculpación de haber fallecido su progenitora cuando le daba a luz. Leyendo la antología Me he fumado la vida se constatan todos esos factores, el inveterado asunto metafísico de la afectación corpórea y síquica del paso del tiempo, versos de índole solidaria, e incluso atisbos de creencia religiosa cristiana, pero ha de ponerse el debido énfasis en su poesía amorosa, constatada en entregas como la de 2008 Toda la luz del mundo, la de 2013 Materia del amor, y la antología de 2022 El arrojo de vivir.
El carácter rompedor de las poéticas de Ángel Guinda no le indujo a mirar por encima del hombro la tradición literaria más consagrada, sino muy al contrario: la asimiló muy a su manera a través de un sello propio trufado de extrañezas de diverso signo. Los estímulos literarios proceden desde muy lejos y llegan hasta los recibidos de autores del pasado siglo. Anoto por ejemplo la recontextualización de metáforas seculares de tanta prosapia como las de la vida imaginada como naufragio, más bien como naufragio mental, o el vivir diario como trago, metáforas que suponen guiños irónicos autorreferenciales, al igual que la genuina imagen de la caja, tan ilustrativa de su visión del mundo y de su propio desajuste en él, como leemos al término del texto “Caja”: “Todo está hecho para que encajemos. / Nos encajan la vida. / Algunos no encajamos, y nos desencajamos.” (103).
Pasando a algunos poetas concretos en los que se ha inspirado Ángel Guinda, me limito a referirme a aquellos a los que apuntan determinadas composiciones de la antología. En la lírica de un antimístico declarado donde los haya y como el que más, veo que no faltan ecos de rotundos clasicones como san Juan de la Cruz. Por ejemplo en “Adamar”, texto perteneciente al tan emblemático libro Vida ávida. Esta composición nos remite al Cántico Espiritual en su contrafaz de multiplicado amor humano a prueba de huida y ausencia. Otro clásico áureo, Francisco de Quevedo, también está presente, y cómo, en el meollo de la obra poética guindiana. Así lo deduzco de su alusión al vivir enfocado como una sucesión imparable de muertes diarias; del reconocimiento del daño infligido a uno mismo en el poema “Del natural”, donde la aseveración “He sido siempre mi mayor peligro” nos puede hacer pensar en aquellos versos metafísicos quevedianos que dicen “Y mientras con mis armas me consumo, / menos me hospeda el cuerpo que me entierra”; y de la pregunta ontológica formulada en “Pregúntate” al decirnos “Pregúntate qué eras antes de lo que eras”, la cual nos reconduce al Quevedo ascético de La cuna y la sepultura.
Si nos acercamos mucho más en el tiempo, y sin entrar en la consideración de más poetas, sean españoles, sean foráneos, encontraremos en sus versos ramalazos posibles de Gustavo Adolfo Bécquer y de Juan Ramón Jiménez, pero en el poema “Tronco” muy evidentes de César Vallejo y de Rafael Alberti. Y más acá aún el influjo de dos poetas catalanes que se expresaron, el primero en su lengua nativa, el leridano Joan Vinyoli, y el barcelonés del grupo poético del medio siglo Jaime Gil de Biedma, cuya lectura de la vida y del quehacer poético reivindicó Ángel Guinda.
Termino reproduciendo un poema metafísico guindiano de inquietante final y de gran hondura. Sus versos transmiten un patetismo meditativo sereno, así como una incontestable contundencia conceptual y expresiva. Su título es “Las desapariciones” y figura en el grupo que en la antología lleva el marbete de “Los deslumbramientos seguido de Recapitulaciones (2015-2020)”. Dice así:
La vida es nuestra.
Nosotros somos de la muerte.
(Cuando la luna se va como un borrón
el sol se esparce como un huevo roto).
A cada uno acallará el silencio,
arrasará el olvido a cada uno.
¿Desaparecerá todo lo aparecido?
Así fue, así es, así será. (157).
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Autor: Ángel Guinda. Título: Me he fumado la vida: Antología poética. Editorial: Visor Libros. Venta: Todos tus libros.


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