Este es un libro de fábulas contemporáneas donde lo salvaje y lo humano intercambian máscaras. La autora escribe como quien acaricia con una mano y araña con la otra, con una prosa feroz y delicada al mismo tiempo, lírica y afilada.
En Zenda ofrecemos un relato de Animal Print (Reservoir Books), de Irene Cuevas.
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Nadar se parece mucho a estar solo. Me sumerjo en la piscina y todo se apaga. Con la cola de sireno me impulso, me dejo llevar. A veces cuando saco la cabeza para respirar vuelvo al día en que nací, en una piscina en el fondo de mi madre. No recuerdo nada de todo ese tiempo dentro de ella, por eso imagino que era feliz. El recuerdo es para cuando hemos perdido algo. O para cuando estamos perdidos.
Marc casi me lo escupe. En la mano llevo la cola de sireno que me acabo de quitar en el vestuario. Estoy esperando en la puerta, porque no sé dónde se han metido ni mis padres ni mi hermana Ángela. Venimos a esta piscina los domingos para nadar. El resto de la semana entreno con Marc en la piscina de nuestro club. No sabía que Marc iba a estar aquí. No tenía que estar aquí. Debería estar descansando en nuestro único día libre.
Esto es de mi hermana, está en el vestuario, contesto.
Más te vale, dice. No queremos nenitas en el equipo.
Y al pasar a mi lado me empuja con su hombro.
¿Has venido a bajar la marca o qué?, me pregunta.
Sí. ¿Y tú?
Yo también, dice y se da un golpe en la espalda para animarse. O le meto caña o el cabrón de Eric me va a reventar el campeonato. Venga, tío, nos vemos mañana en el entreno.
Luego lo veo irse por el pasillo hacia el vestuario. Bueno, no lo veo a él. Veo su espalda, enorme, musculada.
Yo me quedo pegado a la cola, que sobresale de mis brazos. Todavía está mojada. Es una pasada la cantidad de agua que se le es curre. Mi padre la pilló por internet, había leído un artículo sobre el mermaiding y quería que viniéramos todos a probarlo. Yo quería pasar más tiempo con mi padre porque es un buen tío. Y, además, siempre está comiéndose mis competiciones, chupando grada y aplaudiendo, aunque eso signifique no tener sábados disponibles para nada más que para hojear un periódico en los descansos. Mer maiding viene a ser hacer apnea con una cola de sirena. Hacemos apnea con la fantasía. La buceamos.
Lo veo venir de las máquinas de refrescos, sonriente. Mi padre es una mezcla entre Joaquin Phoenix y Papá Noel. Joaquin Phoenix por la cara, Papá Noel por la tripa. Si alguien lo viera por la calle no creo que pensase que los domingos viene a la piscina y se disfraza de tritón. Somos una familia en la piscina y somos otra familia en la superficie. Como todas. Depende de dónde nos pilles olemos a cloro o a champú.
No sabía que ya habías terminado de cambiarte, dice él.
Se ha creado un pequeño charco en el suelo entre los dos.
Pues sí.
Gotas, gotas enormes escurriendo, el vapor del baño se difumina y se queda mi cara al otro lado del espejo. Toco los pelos que me han nacido en la barbilla, como púas pequeñas, esparzo la espuma por mi cara y me voy afeitando. Luego miro mis pectorales, intento sacar músculo. Por mucho que coma no logro coger volumen. A veces pienso que mi padre se ha quedado todo para él. O que soy de otro padre, de uno que nació de brotes y de espigas. Vuelvo a dar al agua caliente, porque me gusta verme desaparecer.
Cenamos los cuatro juntos, contentos, porque cada vez aguantamos más tiempo haciendo apnea. Yo hoy he conseguido estar un par de minutos. Ángela nos dice que el domingo que viene igual trae a su novio a la piscina a probarlo. Ella tiene veinte años, me saca cuatro, aunque a veces parece más pequeña que yo. También competía, pero ya no lo hace. Lo dejó el año pasado cuando tuvo una rotura del ligamento cruzado en la rodilla. Se tiró medio año sin poder nadar, pero durmiendo, y ahí es cuando se dio cuenta de que podía vivir sin ello. Creo que ese es el punto, cuando te das cuenta de que puedes vivir sin algo. También un día mi padre vino, rompió un cigarro y dijo: «Puedo vivir sin esto». No fue verdad, pero lo de Ángela sí. Nadamos desde que somos pequeños porque mi madre tuvo un sueño en el que nos ahogábamos. Así que su ansiedad creó nuestra rutina. Casi todas nuestras fotos de niños son con manguitos y flotadores o con bañadores y medallas. Ángela y yo competimos a ver quién se come el filete más rápido. Me río de su cara y termino echando el agua por la boca. Mi padre también se ríe. Mi madre dice: «Mirad que sois bobos los tres, ¿eh?».
Antes de dormirme me meto a un subforo de Reddit y escribo:
Tengo una cola de sireno, ¿quieres verla?
Espero unos minutos a que se conecte cualquier hombre.
Entonces me quito los pantalones y el calzoncillo delante de la cámara, me quedo en bolas. Luego cojo la cola de sireno, me siento en la cama y me la voy poniendo. Tardo unos minutos en hacerlo, porque lo hago despacio, mientras me voy acariciando. Cuando termino, muevo la aleta en el aire. Ni siquiera le veo la cara al hombre. No me interesa.
6.30 de la mañana y mi padre me deja en la puerta de la piscina. Ahora se irá a una cafetería y desayunará su dónut o su cruasán y hará algo con las dos horas que le he robado de sueño. Le doy un beso y las gracias y salgo del coche volando. En el vestuario me encuentro con Marc, que ya está enfundado en su bañador y dándose golpes en los músculos para despertarlos. También me encuentro con el resto de los chicos del equipo. Alguien cuenta un chiste de mierda sobre una entrenadora. Otro alguien le dice que no hace gracia. El primer alguien le contesta: «Eso es porque eres un maricón». Me cambio en un microsegundo y salgo.
Lo que más me gusta del agua es la evasión. En el primer largo todavía estoy aquí, pienso en mis manos entrando en el agua, en mis pies rompiendo la superficie, en los músculos que empiezan a despertarse y todavía se quejan. En el segundo largo, sin embargo, ya me he ido, estoy lejos. A partir de aquí aparecen como un torbellino en mi cabeza: Rubin y Dylan riéndose conmigo en el patio, mis padres, el trabajo que tengo que hacer para Biología de la fosa de las Marianas, la fosa de las Marianas y la idea de que sea el punto más profundo conocido del océano, las fotos que he estado viendo de las criaturas que lo habitan, un pez abisal con dientes terribles que no mide ni un palmo, el hombre de anoche, que me dijo…
¿podremos hablar mañana? Lo bloqueé. Me tiro nadando media hora con Marc en la cabeza. La otra media hora pienso en bajar los 22.40 segundos de mi marca, en el pódium. En el campeonato que tenemos en diez días. Me visualizo con la medalla puesta. Con el chándal del club, que es azul con bandas blancas en los laterales. Los últimos minutos del entreno, cuando hacemos series de cincuenta metros, me imagino compitiendo en las Olimpiadas un día, tal vez dentro de un par de años, con una cámara enfocándome siempre que saco la cabeza y respiro. Cuando pienso eso, los pies van solos. 22.20. Nuestro entrenador me aplaude al salir.
Dylan y Rubin vienen juntos a clase, cogidos del brazo. Son las 8.29 y ya arrastro mi cansancio húmedo por el mundo. Nos abrazamos y yo me dejo caer un poco sobre sus hombros. «¿Qué tal tu vida acuática?», dice Dylan. «Cansada», digo yo.
No se llaman Dylan y Rubin, como yo tampoco me llamo Liam, pero son nuestros nombres elegidos. Rubin es guapísima. Dylan, también. Los tres estamos enamorados de conocernos. Por nuestros apellidos no nos sentamos juntos, pero en clase formamos una espe cie de triángulo de las Bermudas. Todo lo que queda en medio desa parece. Solo basta con mirarnos entre nosotros y sonreírnos para saber que ninguno va a ahogarse mientras estemos los otros dos aquí.
Me como un plátano en el vestuario antes del entreno de las 17.00. Marc me sorprende por la espalda y me da un golpe. Toso porque casi me atraganto.
Ey, enhorabuena por la marca de esta mañana.
Y mi humedad.
Por la noche vuelvo al foro. Conecto mi cámara. Veo unas piernas al otro lado de la pantalla y escribo:
Tengo una cola de sireno, ¿quieres verla?
Eso va a estar difícil, soy ciego, escribe él.
Me quedo un rato pensando qué responder, luego digo:
¿Puedo comprobarlo?
El chico deja de enfocarse el paquete y se enfoca a la cara. No debe de tener más de dieciséis años, como yo.
Entonces ¿qué quieres que haga?
Pon el audio. Y cuéntame lo que vas haciendo.
Okey. Dame un momento, no te vayas, ¿eh?
Salgo de la habitación y me asomo al pasillo. Mis padres están en el salón viendo una película. Entro, les digo que me voy ya a la cama. Mi madre me da las buenas noches sin apartar la vista de la pantalla. «¿Mañana a las seis?», pregunta mi padre. «Mañana a las seis», digo yo. Luego cierro la puerta del pasillo. Toco la puerta de la habitación de mi hermana. No me escucha. Abro, está tumbada con los cascos puestos: «¿Qué quieres?», dice bajándoselos. «Nada, da igual», digo. «Pues cierra». Cierro. Entro a mi habitación y echo el pestillo.
El chico sigue al otro lado de la cámara, se ha puesto unos auriculares. Me quedo un rato mirándolo sin decirle que ya estoy. Lleva un pendiente en la oreja y las puntas del pelo teñidas de blanco. Me fijo en que al fondo de la habitación tiene un terrario, así que imagino que tendrá una iguana, un lagarto o algo así. Es muy mono, me gusta. Tengo curiosidad por saber qué está pensando él y en cómo piensa. Si nunca ha visto una sirena, ¿cómo va a imaginar cómo es una cola de sirena? No se puede tocar lo que no existe.
Pongo el audio. Y digo susurrando.
Vale, aquí estoy, perdona. Me da un poco de vergüenza esto, nunca he mandado mi voz por aquí.
Tranquilo, tu voz ya me gusta.
Eso no me pone tranquilo, pero intento que no se note y sigo susurrando.
Pues, a ver… Me estoy quitando los pantalones y ahora el calzoncillo delante de la cámara, me quedo desnudo. Luego cojo la cola de sirena, es preciosa, es amarilla, ¿sabes? Tiene escamas. Y una aleta enorme. Me siento en la cama y me la voy poniendo encima. La parte de mi paquete se queda abultada, ya sabes.
¿Cuánto?
Mucho.
Él se empieza a acariciar por encima de sus calzoncillos.
Y ahora me tumbo en la cama y empiezo a aletear, susurro.
Espera. No lo oigo. Acércate el micrófono a la aleta, please.
Lo acerco y lo dejo ahí, ya no hablo y me vuelvo a tumbar bocarriba. Pienso que estoy en la piscina y empiezo a mover los pies en el aire. Los muevo rapidísimo. Como para batir mi récord. En el aire la aleta suena como si estuviera dando latigazos a alguien. Al otro lado el chico se empieza a tocar. Cuanto más rá pido muevo los pies, más rápido mueve él la mano. Estoy en la piscina y estoy a punto de llegar. Pero me gana y llega él antes. Se ríe. Me río.
Gracias, criatura marina.
Sonrío. Y, justo cuando le voy a preguntar cómo se llama, desaparece.
Me quedo un rato mirando la pantalla vacía. Luego me tumbo bocarriba, con los brazos estirados. He renacido. Miro la mancha blanca que se ha quedado pegada entre las escamas. Pongo mi mano encima.
8.00. Bañadores Speedo, bañadores mojados. Culos apretados. Me gusta el culo de Marc, redondo y perfecto, lo miro de reojo cuando sale de la ducha. Es como el emoticono del melocotón. Me encantaría meterme dentro.
Estamos sentados en el poyete del patio comiéndonos el bocadillo. Dylan nos habla de su madre y de que anoche tuvo una recaída, lo abrazamos porque nos encanta su madre, es profesora de Filosofía y siempre nos hace bizcochos mientras nos habla del devenir. Rubin nos habla de su padre y de que sigue empeñado en su silencio. También la abrazamos, pero aquí solo porque nos encanta Rubin. Entonces me toca a mí. Digo rápido y de pasada: «Ayer conocí a un chico muy mono online». Ellos se emocionan. «¿Cómo?, ¿cómo?, cuenta», dicen. Se emocionan aún más cuando les digo que es ciego. Por lo que sea, evito la parte en la que le conozco en un foro de porno. Ya saben que tuve problemas con eso, pero también saben que me he recuperado.
Escribo en el foro y espero un rato por si aparece el chico ciego. Voy rechazando varias solicitudes. Estoy cachondo y me pongo más cachondo esperando. Quince minutos después acepto al primer usuario.
«Solo veintisiete personas han descendido al abismo Challenger, el punto más profundo de los océanos, en la fosa de las Marianas. A los 1.000 metros empieza la zona afótica y ya no hay luz. El abismo mide unos 11.000 metros. Estas son algunas de las criaturas que han encontrado en la oscuridad total».
Mientras lo cuento paso unas diapositivas de peces abisales con pieles gelatinosas, gusanos marinos, pepinos de mar y organismos microscópicos terribles. En la agonía del mar ya no hay presión por la belleza. La última foto es una bolsa de patatas fritas habitando en lo más profundo del océano.
Eso sí que da miedo, dice la profesora.
Me sumerjo con mi cola de sireno y aguanto la respiración. Hoy estamos en la piscina de saltos, que tiene cinco metros. Bajo hasta el fondo. Voy contando los segundos en mi cabeza. Tengo los ojos cerrados para que no me entre el agua. En un momento los abro y veo las aletas de los demás flotando ya en la superficie. Llevo dos minutos y pienso aguantar más. Pienso convertirme en un relicario. Uno que se quede en el fondo para que alguien lo tenga que encontrar. Lleno de imágenes de cuerpos y no de santos. Los cierro. Leí que a partir de los tres minutos en apnea mucha gente se desmaya. A partir de los cinco ya empieza a haber riesgos para el cerebro si no estás entrenando. Yo entro en un estado de calma absoluta. Todo está callado aquí abajo. Noto mi cuerpo latir despacio. El golpe de mis oídos que es el golpe de mi corazón. ¿Así es como se siente no ver, como una expansión de ti hacia la nada? De repente alguien me tira del brazo. Abro los ojos bruscamente y veo a Ángela borrosa diciéndome algo, aunque solo le salen burbujas. Intento soltarme de ella para que me deje en paz. Pierdo el aire. Forcejeamos. Me arrastra a la superficie.
Eres imbécil.
Tú sí que eres imbécil, le digo ya en el coche de vuelta a casa. Va sentada en la otra ventanilla y en el medio va su novio, que nos separa con sus manos alargadas.
Vale ya, chicos, tengamos la fiesta en paz, dice mi madre.
No, es que es imbécil, no puede hacer eso. No está preparado y es peligroso.
Estaba perfectamente, no me pasaba nada.
Hazle caso a tu hermana, dice mi padre, es peligroso.
Por la noche busco cualquier cosa peligrosa.
6.35. Estoy sentado en un banquillo del vestuario cambiándome rápido cuando llega Marc sonriendo y abre su taquilla. Todos calientan afuera.
¿Qué pasa, sirenito?
¿Por qué me llamas así?
Te vi ayer en la piscina. Saliendo del agua con tu cola. Qué bonita es, ¿no?
Que te den.
Ya te gustaría.
El setenta por ciento de la superficie de la tierra es agua, el sesenta por ciento de mi cuerpo es agua. El otro cuarenta por ciento de mi cuerpo es deseo que se transforma también en agua y humedad. Me gusta llorar debajo del agua. Me gusta tocarme debajo de la ducha hasta que se vacía todo lo oscuro que hay en mí. Mi cuerpo acuático se funde con la sustancia de la que salió y me perdona.
Es martes y el sábado tenemos el campeonato. Lo pienso mientras nado y me pierdo en mi cabeza. La marca que haga también me sirve para las eliminatorias nacionales, así que es muy importante que baje de los 22.00 segundos. Llevo esquivando a Marc desde ayer, he llegado media hora antes para meterme el primero a la piscina. El agua estaba helada porque no había ningún cuerpo dentro. Ni siquiera el de nuestro entrenador. Marc llega y se pone en la calle de al lado. Cada vez que pasa noto elevarse el agua con sus brazadas de mariposa. Respiro, lo veo; respiro, ya no.
Llego el último al vestuario, porque he remoloneado para darle tiempo a Marc a que se fuera. Estoy solo. Cojo mis cosas y me meto a la ducha. Aprieto el botón del agua y entonces escucho una cisterna sonando de fondo. Marc entra a la ducha, todavía sigue en bañador.
Ey, sirenito, que no te he visto desde ayer, ¿qué tal?
Aunque las duchas son gigantes se pone en la de al lado. No solo se pone él, claro, se pone su cuerpo enorme.
Deja de llamarme así, tío.
Él aprieta el botón y empieza a mirarme. También empieza a acariciarse por encima del bañador. Es un bañador slip que se pega a la piel, así que veo perfectamente que está excitado.
¿Qué mierda haces?, le digo.
¿No te gusta?
No.
¿Y esto?
Entonces se me echa encima y me intenta tocar. Yo le muerdo donde puedo. En la espalda. En el cuello. Le doy un puñetazo en la cara. Le doy un puñetazo en el pecho. Le doy un puñetazo en su mandíbula perfecta y cincelada que amo y que desearía destrozar. Él me da un puñetazo a mí. Y otro. Y ahora nos damos patadas. Gri tamos «déjame, hijo de puta» y «te voy a matar». No sé quién grita qué. Nuestro entrenador llega y nos separa. El agua arrastra la sa gre hasta el desagüe y se la lleva.
Vamos en el coche mi padre y yo. Tengo el ojo morado, el labio ensangrentado y mi mano monstruosa con un bulto horrible que podría saltar y devorarnos. Lo único que sé es que Marc se ha que dado con la frente abierta. Mi padre está serio. Le pido perdón. Él relaja la expresión y me dice: «¿Perdón por qué, cariño? Yo le hubiera pegado más fuerte todavía».
En el hospital me escayolan la mano y el brazo hasta el codo. Me dicen que tengo que estar un mes en reposo y al menos otro en rehabilitación. Pienso en el campeonato diluyéndose. Las ventanas del coche se empañan de gotas que en realidad son de mis ojos.
En mi habitación me tiro a la cama y me pongo a llorar con rabia. Pataleo. Me levanto y lanzo mis medallas contra el suelo. Las odio y odio nadar y odio todo lo que se moja y duele. Luego abro el armario y saco la cola de sireno. La muerdo, pero mis dientes no hacen nada contra el tejido impermeable. Parece que lo que resiste al agua también resiste a la violencia. La pongo contra la cama y le empiezo a dar puñetazos con mi mano buena, hasta que me canso y me duermo abrazado a ella.
Por la mañana soy otro: tan solo un chico que ha aceptado su des tino de escayola.
Paso toda la semana con Rubin y Dylan, vamos al cine, comemos bizcocho en casa de Dylan y el viernes bebemos vodka en un aparcamiento antes de entrar a la discoteca. Bailamos, nos besamos los tres, me sostienen el brazo en cabestrillo y le hacen una reverencia. Llegamos a casa a las 7.00 de la mañana y por el camino vemos el sol naciendo, un sol que nunca había visto con estas ganas de comérmelo entero. Duermo cinco horas y me despierto por una pesadilla, una en la que me ahogo y tengo que salir como puedo a la superficie. Me incorporo y me quedo sentado en la cama miran do el vacío de la habitación. Son las 12.00. Ángela toca la puerta y se asoma:
Dormilón, ¿estás bien?
No.
Ella entra, sube la persiana y se sienta a mi lado. La luz me da en los ojos y la rechazo con la mano buena.
¿Es por el campeonato?
Sí. Ahora estaría compitiendo.
Ángela me abraza y acopla su cabeza en mi hombro.
Te entiendo. Yo también me sentí así cuando dejé de nadar. Pero luego te das cuenta de que hay otra vida. Una mucho mejor.
Me husmea.
De hecho, huele a que te lo pasaste bien anoche.
No te imaginas.
¿Ves?
Ya, si lo sé, pero también… No sé, Angie, ¿tú no soñabas con ir a las Olimpiadas?
Ángela se ríe.
Sí, y además soñaba con batir el récord Guiness, que es peor.
¿De qué?, digo alucinado.
De la nadadora con más medallas de la historia.
Le doy un golpe en el brazo. Nos reímos. Luego miramos los trofeos y las medallas que he vuelto a poner por toda la habitación. Ángela se levanta y coge una foto de los dos juntos con nuestros gorritos. Éramos una monada. Fue la primera en quitarme el churro en la piscina para obligarme a flotar. No lo hice y casi me ahogo. Pero también de ahí me sacó.
Bueno y, además, ¿sabes qué?, dice Ángela mordiéndose un poco el labio, nerviosa. No te lo he dicho, pero he visto que hay un campeonato de mermaiding.
¿Qué? ¿Dónde? No te creo.
En Taiwán.
Pues ya sabes a dónde vamos a ir cuando me quiten esta mierda.
Seguro que ahí batimos todos los récords.
El de comer fideos taiwaneses sí.
Por la noche recibo un mensaje privado en mi cuenta del foro y entonces caigo en que llevo una semana sin entrar. El mensaje dice: «Soy un chico ciego, ¿quieres verlo?».
Me conecto y la cara del chico aparece al otro lado. Está sin camiseta, aunque con pantalones, y me alegro de que esta vez no vaya a ser todo tan rápido. Tardo un rato en darme cuenta de por qué no me dice nada de mi ojo morado ni de mi escayola. Me había olvidado de lo esencial.
¿Cómo estás?, me pregunta.
Bien, no me quejo, digo. ¿Tú qué tal?
También, estaba pensando en ti, quería saber cómo te iba, dice. No te he visto por aquí últimamente y me he preocupado. Aunque, claro, tampoco veo.
Me río.
Oye, no tengo hoy mi cola de sireno, ¿te apetece que hagamos otra cosa?
Claro, ¿qué quieres hacer?
Me quedo un rato pensando mientras miro su habitación y la luz que emana del terrario como una llama. Quiero ir hacia ahí. Todavía no sé su nombre ni en qué parte del mundo vive, pero quiero ir hacia el misterio. El misterio siempre es lo primero. Es el anzuelo, lo que te arrastra contra las rocas.
¿Qué tienes en el terrario?, ¿me lo enseñas?
Claro, dice. Pero no te asustes, no hace nada.
Luego se levanta, va hacia él como si se supiera el camino de sobra y no tuviera que tantear nada con las manos. Veo cómo lo abre y saca una serpiente amarilla con manchas naranjas. Es enorme. Vuelve a sentarse en la silla con ella. La serpiente se enrosca en su mano, después en su torso desnudo y le va trepando por el cuello hasta que se queda cerca de su pendiente. Mueve la lengua. Él la acaricia y tengo la sensación de que se conocen desde siempre. La piel de la serpiente se funde con la suya igual que me fundo yo con las escamas cuando estoy en el agua. No sé muy bien qué sentir. No sé si me gusta o me aterra, pero no puedo dejar de mirar. Es justo eso. Me quedo fascinado mirando.
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Autora: Irene Cuevas. Título: Animal Print. Editorial: Reservoir Books. Venta: Todostuslibros.


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