El creador del irreverente policía Rocco Schiavone inaugura una nueva serie protagonizada por un periodista de sucesos llamado Walter Andretti. Con esta novela, Manzini vuelve a demostrar que es el mejor convirtiendo una investigación criminal en un retrato moral de nuestro tiempo.
En Zenda ofrecemos las primeras páginas de La verdad oculta de Walter Andretti (Salamandra), de Antonio Manzini.
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PRIMERA PARTE
No siempre acertamos. Aparece el chaval, la inexperta, el jugador que nadie tenía en cuenta y cambia los pronósticos, desestabiliza las apuestas, hace exultar al público. Para muestra, un botón: en 1985 Boris Becker, con tan sólo diecisiete años, triunfa en Wimbledon. Lo recuerdo, yo iba con él contra Kevin Curren. ¿Y cómo olvidar a Fabio Grosso, el casi desconocido que en el Mundial de 2006 marcó el penalti decisivo contra Francia? ¿Quién habría apostado un euro por él? ¿O el Leicester de Ranieri, que triunfa en la Premier League derrotando uno tras otro al City, al Liverpool, al United, al Arsenal y toda la pesca? No siempre acertamos. Pero es por un motivo: no somos buenos observadores, no miramos con atención, nos tomamos a la ligera detalles o comas que en realidad son cruciales, esenciales, decisivos. Subestimar a una campeona en sus comienzos o descartar a un grupo de cuatro jovencitos de Liverpool vaticinándoles una vida breve: todo nace de nuestro ego. Nos situamos por encima de la historia, creemos, es más, estamos convencidos de poder controlar los acontecimientos, de que nuestros numerosos años de experiencia nos conducirán hasta donde es justo y necesario llegar. La arrogancia es nuestra peor enemiga. Si nos piden nuestra opinión, no es para nutrirse de nuestra sabiduría, sino porque están convencidos de que la suya es mejor, sólo buscan la prueba. Y ésta es la historia del enésimo error de apreciación. Usted no me conoce. Me llamo Walter Andretti, soy periodista, y éste es mi diario, que empecé a escribir el día en que me pasaron a la sección de sucesos. Se habrá fijado en que además de mi diario le envío un manuscrito. Pero no es obra mía. Verá, parece más complicado de lo que es, pero si tiene la paciencia de leer hasta el final entenderá el motivo por el que le entrego todo este material.
*
Daba vueltas en la penumbra del piso. Las cortinas echadas, dobles, organza y terciopelo. Polvo en los muebles, manchas de humedad en el papel pintado a la altura del techo. ¿Cuánto llevaban allí? Por lo menos treinta años, pensó, sobre todo la de al lado de la tubería que pasaba por arriba a lo largo de todo el pasillo. ¿De qué era esa tubería? ¿Gas? ¿Agua? ¿Calefacción? Nunca había llegado a saberlo. De niño colgaba allí la serpentina en carnaval o los calcetines para fastidiar a la criada. El mármol del suelo estaba pulido, desportillado en algunos puntos, algunas baldosas estaban agrietadas por la mitad, otras tenían las esquinas hundidas, como si una fuerza superior las hubiera combado hacia abajo para redondearlas. Entró en la cocina, donde el grifo perdía agua, y, al ser domingo, con las calles en silencio, parecía que perdiera aún más: se oía el eco de cada gota al caer en el cuenco medio lleno de agua recubierta por una capa de aceite donde flotaban tres macarrones pálidos e hinchados, como ahogados en un río. Buscaba las gafas, pero no estaban en la cocina. Revisó las encimeras de formica, la mesa, miró en lo alto del frigorífico y en el frutero de madera que contenía dos manzanas arrugadas. Volvió al pasillo, en dirección al aseo. Encendió la luz: un plafón de cristal mate pegado al techo en cuyo interior se adivinaban cadáveres de palomillas. No encontró nada en el lavabo rosa, nada en la repisa del espejo ni tampoco en el mueblecito con el frasco de agua de rosas lleno de polvo y medio vacío. El cuarto de sus padres ni se le pasó por la cabeza, llevaba años sin entrar, ni tampoco el de invitados, que servía de almacén para los libros viejos que no se decidía a tirar. Al final del pasillo de paredes revestidas de cuadritos pequeños e insignificantes, barcos de vela y a motor, se dirigió a la última habitación, la suya, con la cama todavía deshecha a las tres de la tarde, porque Ida, que trabajaba allí desde hacía veinte años, no iba los domingos, y buscó entre las mantas y sábanas amontonadas. A lo mejor se las había dejado allí. Sólo encontró aquel olor asqueroso, su olor, así que abrió la ventana. Entró un rayo de sol que deslumbraba, era un invierno bipolar que alternaba los días templados y serenos con periodos de hielo y lluvia, absurdo y espantoso al mismo tiempo. Nada encima de la cómoda, nada en la mesita de noche, nada en el suelo, nada de nada de nada, joder. «¡Mierda!» Y le pegó una patada a la cama de hierro forjado. «¿Dónde están?» La cabeza empezaba a darle vueltas. Salió. ¿En el despacho? Imposible, allí todavía no había entrado, y el suplemento del Corriere lo había leído en el sofá y… «¡Gilipollas!», murmuró mientras recorría de nuevo el pasillo y se daba un tortazo en la frente con la mano abierta, dobló la esquina, donde antaño estaba el teléfono en la pared, negro, de disco, y en la repisa la agenda con el bolígrafo colgando, pasó por delante del otro baño, cruzó la doble puerta de cristal y encendió la araña de cristal de Murano en la que de seis bombillas sólo funcionaban tres. Buscó en la mesita que había frente a los sofás de terciopelo. Allí tampoco, nada. No estaban en la mesa de comedor para ocho, tampoco en la superficie de mármol del aparador de marquetería, ni sobre el televisor de tubo catódico ni en la repisa de la chimenea. «¡Ah!» Se habían mimetizado como una serpiente, pero ahora las había visto. Se las puso, ya podía ir a trabajar. Regresó al pasillo y entró en el despacho. Cerró tras de sí la puerta, una puerta de madera oscura y brillante con algunas grietas, la manilla de latón, era la única de la casa que conservaba la llave, las demás habitaciones hacía años que la habían perdido, en los baños usaba el pestillo. Cerró con dos vueltas y dejó a oscuras el pasillo, excepto por una lengua de luz que sobresalía por debajo del umbral, porque en su despacho, vetado para el mundo, Carlo Cappai usaba focos halógenos y mantenía ventanas y postigos cerrados a cal y canto.
No saldría hasta bien entrada la noche.
*
En los bulevares, a la una de la mañana, sólo quedaban las nigerianas, que no tenían horario. Flavio Zigon lo sabía, llevaba tres años frecuentando su compañía, aunque cambiaban a menudo. En la primera época estaba Jamila, o por lo menos así decía llamarse, su favorita. Pequeñita y delgada con unos pechos enormes, hablaba italiano mal. Luego había desaparecido. Era inútil preguntar, ninguna compañera la conocía, ninguna la había visto ni había hablado nunca con ella. Daba igual, Flavio la sustituyó por otra, luego por otra. Aquella noche había escogido a Lubabah, que, en cambio, era grandota y se reía siempre, le transmitía alegría, y además sabía hacer las mamadas como ninguna.
—¿Vamos?
Llevaba puestas un par de botas rojas de plástico que le llegaban a la rodilla y unos pantaloncitos cortos de lentejuelas. Una camiseta de tirantes abierta por delante mostraba el sujetador celeste, y encima, un abrigo de piel de leopardo de imitación.
—Pero ¿tú sales así vestida de casa o te cambias?
Lubabah se reía. Guardaba su ropa escondida detrás de la caseta eléctrica, al lado de la farola. Flavio no tenía que pedir indicaciones, se sabía el camino de memoria. En cuanto se dejaba atrás la ciudad y empezaban a verse los árboles de nuevo, debía enfilar una pista de tierra que conducía hasta el lago de pesca deportiva. Dos curvas y allí, en un pequeño claro en medio del bosque, Lubabah le chuparía la polla.
—Pago antes, cariño —dijo la chica en cuanto Flavio apagó las cortas.
Abrió la cartera y contó. Un billete de veinte y otro de diez. Luego se desabrochó el cinturón, se desabotonó los pantalones y sacó la polla, ya dura de la excitación.
—Ve despacio, ponle sentimiento… —le dijo.
La chica cogió el bolso y sacó un preservativo.
—No —dijo Flavio—, ¡sin eso!
—Sin eso olvídate —respondió ella—. O con esto o llévame otra vez al bulevar.
El hombre resopló.
—Pero me lo pongo yo.
—Pues póntelo tú —accedió ella entregándole el envoltorio.
Flavio lo abrió. Le repugnaba el olor a plástico del anticonceptivo.
—Pero ¿por qué? ¿Es que las africanas os quedáis embarazadas por la boca?
—No te hagas gracioso.
Se lo apoyó en la punta y lo desenrolló.
—Ya está, listo.
Lubabah se lo deslizó hasta la base, luego se apartó el pelo de la cara y al inclinarse se golpeó la mejilla con el volante. Se echó a reír. A Flavio no le gustaban las risas ni las distracciones en esos momentos.
—Perdona… —murmuró Lubabah, y luego empezó a besársela.
—Sí, así… así… —Él le agarraba el pelo con los ojos cerrados—. Sigue así… así… Despacio, despacio, suave.
Sólo se oía el tintineo de los pendientes y las pulseras que Lubabah llevaba en la muñeca izquierda.
—Aprieta… ¡aprieta!
Él seguía acariciándole un mechón de pelo, negro y duro, quizá recubierto de alguna laca o aceite. Luego consiguió meterle una mano debajo de la camiseta, tocarle el pecho, grande y carnoso.
—Me corro… me corro… ¡No te pares, negra de mierda!
Lubabah no se paró. El semen llenó el depósito y Flavio se dejó caer sobre el asiento liberando toda la tensión acumulada. La chica retiró el preservativo con un movimiento rápido y lo envolvió en un pañuelo de papel.
—Las mamadas que haces tú…
—Me has llamado «negra de mierda».
—¿Yo?
—Tú.
Flavio se echó a reír.
—Bueno, ¿y qué? ¿Qué eres? ¿No eres una negra?
Lubabah se colocó bien el sujetador. Entonces se abrió la puerta del lado de Flavio. Una sombra, dos disparos. A Lubabah apenas le dio tiempo a darse la vuelta, y ya no había nadie. Sólo Flavio con un ojo abierto de par en par y el rostro machacado, ensangrentado; miraba el parabrisas con aquel ojo abierto, el otro lo había eliminado la bala. Lubabah trató de gritar, pero no le salió ni un hilo de voz. Luego también se abrió su puerta. La sombra había rodeado el coche y ahora estaba en su lado. Lubabah se meó encima. El hombre llevaba el rostro oculto por un pasamontañas, la mano derecha enguantada todavía agarraba la pistola.
Se acercó el índice de la izquierda a la cara.
—Shh —dijo.
Lubabah lloraba, las lágrimas le inundaron el rostro. Luego el hombre desapareció rápidamente en la oscuridad, entre los troncos y las ramas, y dejó a la chica sola en el coche con el cuerpo de Flavio a su lado. De la boca le borboteaba sangre mezclada con saliva, la pierna derecha temblaba como si una corriente eléctrica la atravesara. La chica salió del coche llorando, apretando el bolso contra el pecho, y a paso veloz regresó a la carretera principal tropezándose por culpa de los tacones de doce centímetros de sus botas de plástico rojo.
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Autor: Antonio Manzini. Título: La verdad oculta de Walter Andretti. Traducción: Irene Oliva Luque. Editorial: Salamandra. Venta: Todos tus libros.


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