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Aprende a escribir con… Ignacio Martínez de Pisón

Fotos: Iván Giménez

Ignacio Martínez de Pisón es un hombre normal. Esta afirmación puede parecer un tanto extraña si no se tiene en consideración que, en Aprende a escribir con…, llevamos meses destacando las excentricidades de los escritores más importantes del momento, cuando menos en lengua castellana. Hasta la fecha han pasado por aquí autores de muy diverso pelaje, cada uno de los cuales se ha sincerado con nosotros y nos ha contado sus secretos de despacho. Y así es como nos hemos enterado de que Élmer Mendoza habla con Dios por las mañanas, de que Marta Sanz se identifica con Rosie la remachadora, de que Luis Landero escribió gran parte de su obra en la misma mesa camilla donde comían sus hijos, de que Guadalupe Nettel cree en ese «azar objetivo» que hace que le ocurran cosas de algún modo vinculadas a la novela que tiene entre manos, de que Juan Villoro aporrea las teclas con tanta rabia que acaba desgastando las grafías y de que Arturo Pérez-Reverte trabaja en un sótano tan aislado del mundo exterior que ni siquiera tiene internet. Este tipo de cosas hemos descubierto metiendo las narices donde nadie nos llamaba y no sería de extrañar que, después de tantos ejemplos llamémoslos estrambóticos, hayamos generado en la mente del lector la idea de que, para devenir narrador, lo primero que hay que hacer es convertirse en un rarito. Y no. No hace falta.

"Martínez de Pisón considera contraproducente que los escritores se rodeen de un aura de misterio. Cree que la única forma de describir el mundo pasa por habitarlo de un modo sencillo"

El ejemplo más evidente de esto lo encontramos en la figura de Ignacio Martínez de Pisón, que cuenta con una obra de más de veinte títulos y que, sin embargo, podría seguir haciendo su trabajo con apenas un bolígrafo Bic y un cuaderno Centauro. De hecho, la habitación en la que escribe es tan sencilla que el párrafo más corto sería largo para describirla: una mesa de pino que no ha cambiado en treinta años porque le da pereza vaciar los cajones, una batería de librerías BILLY con las baldas más atiborradas que la panza de Ignatius Reilly, un ordenador que no sería de extrañar que todavía funcionara con Windows 95 y unas vistas tan emocionantes como puedan ser las de las ventanas de la acera de enfrente. En resumidas, un despacho estilo IKEA que, si no fuera por las columnas de libros que se levantan desde el suelo y por la cantidad de recortes de prensa que hay sobre el escritorio, podría pertenecer a cualquier ciudadano a quien hubieran mandado a casa a teletrabajar.

Martínez de Pisón considera contraproducente que los escritores se rodeen de un aura de misterio. Cree que la única forma de describir el mundo pasa por habitarlo de un modo sencillo, sin estridencias ni postureos ni nada que se le parezca, y no pierde ni un segundo tratando de vender una imagen de sí mismo que no sea la de un tipo que se toma la vida con calma. Él lo hace y le funciona. Por las mañanas, ni siquiera escribe. Prefiere leer periódicos, contestar correos electrónicos y practicar los tres idiomas que maneja (inglés, italiano y francés) haciendo ejercicios en alguna página web. A las dos en punto come, y treinta minutos después se sienta a escribir. Lo hace hasta las seis de la tarde, que es la hora en la que antiguamente iba a buscar a sus hijos al colegio, y luego sale a correr por el barrio, queda con un amigo para tomar una cerveza o se acomoda en el sofá para leer. Así pues, un horario laboral más bien corto que él defiende alegando que, si con esta estructura vital ha conseguido publicar tantos libros, para qué va a cambiarla. Y razón no le falta.

"Martínez de Pisón nunca borra lo que sus dedos han tecleado. Teme que al día siguiente no se le ocurra nada mejor"

Ahora bien, hay una verdad que sólo los autores conocen y que Martínez de Pisón comparte con nosotros: cuando uno está escribiendo, la forma de pensar cambia. Es un lugar común decir que las buenas novelas son más inteligentes que sus creadores y, aunque la frase sea un tópico, no puede negarse su autenticidad. De manera que cada día, durante tres horas y media, Martínez de Pisón es una persona distinta. La simplicidad de los objetos que le rodean desaparece durante ese espacio de tiempo y, por así decirlo, las estanterías LACK, las librerías BILLY y los armarios PAX se convierten en lámparas de araña, sillas isabelinas y cómodas art-decó. Es la magia del oficio. Una magia que hace que muchos autores, igual que le ocurre a él, lean lo que han escrito durante la jornada y se sorprendan de la belleza que ha salido de ellos. Porque escribir, queridos lectores, es ser otro.

Y es precisamente por eso por lo que Martínez de Pisón nunca borra lo que sus dedos han tecleado. Teme que al día siguiente no se le ocurra nada mejor y, en vez de eliminar los párrafos que no acaban de encajar en la historia, los copia en el portapapeles y los pega en la última página del documento de Word en el que escribe su novela. Así, en el manuscrito original y después de la palabra «Fin», hay un montón de párrafos que, aun habiendo sido descartados, brillan por sí mismos. Son destellos puntuales, estrellas fugaces, aullidos dispersos que nadie escuchará jamás, pero que, si los juntáramos, compondrían un cementerio de fragmentos huérfanos que ya quisiera más de uno visitar. Pero eso, ay, eso forma parte de una historia de la literatura que nunca nos permitirán leer.

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La última novela de Ignacio Martínez de Pisón es Fin de temporada (Seix Barral).

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