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Aprende a escribir con… Vicente Molina Foix

Fotografía: MT Slanzi – Editorial Anagrama

Hay algo maravillosamente anticuado en la forma en que Vicente Molina Foix concibe su oficio. Sus costumbres son como de otra época, dibujan a la perfección al escritor de finales del siglo pasado, encajan como un guante en la imagen que todos esperamos encontrar cuando nos presentan a un literato. De hecho, si nos pidieran que cerráramos los ojos e imagináramos a un autor trabajando en su obra, sin duda lo describiríamos a él. Y de todos los elementos que evocaríamos —la noche, la soledad, la estilográfica, los papeles, el güisqui— sólo nos equivocaríamos en uno: el de la nube de humo. Porque Molina Foix no tiene el vicio del tabaco. Y no lo tiene porque, según dice, Javier Marías ya fuma por él. Por él y por muchos más.

Todos los tópicos que asociamos al oficio de escritor se dan en Vicente Molina Foix. Y lo hacen con tanta precisión que se podría decir que estamos ante uno de los grandes representantes de una antigua forma de encarar la profesión. Una forma tal vez pasada de moda, pero que ha dado a la literatura española títulos tan buenos que tal vez convendría recuperar. Si es que lo comenta él mismo: «Yo formo parte de la generación de la estilográfica». Fíjense bien: la generación de la estilográfica. Qué forma más elegante, y a la vez evocadora, de encapsular a toda una quinta.

"Escribe en un despacho cerrado a cal y canto. Aunque vive solo, no logra concentrarse si hay puertas abiertas a su alrededor, ni tampoco si no le acompaña la música"

Molina Foix escribe por las noches, cómo no, y lógicamente no se levanta hasta bien entrada la mañana. Desayuna mientras lee los periódicos, una costumbre que define a la perfección tanto a quien la ejercita como a quien no, y tarda un par de horas en ponerse a escribir, tal vez porque sabe que las prisas son el peor enemigo del arte. Es un creador que necesita la agenda libre de compromisos para alcanzar el nivel de concentración deseado y que, para escribir tres horas, ha de tener un mínimo de ocho libres. Por suerte, ahora dispone de tiempo. Antiguamente dedicaba parte del día a la docencia, a la traducción y al periodismo, pero la jubilación le ha librado de esas obligaciones y hoy puede dedicarse enteramente a la literatura. Aun así, la noche sigue siendo su fuente de inspiración.

Escribe en un despacho cerrado a cal y canto. Aunque vive solo, no logra concentrarse si hay puertas abiertas a su alrededor, ni tampoco si no le acompaña la música. Define lo que suele sintonizar como música ligera tipo Los 40 Principales o Top of the Pops —que es la forma británica de decir lo mismo—, y reconoce que escucharía algo más de clásica si los locutores de las respectivas emisoras no soltaran peroratas tan largas. Que una cosa es conectar la radio para sentirse acompañado y otra muy distinta aceptar que a uno le roben la concentración con turras de media hora.

Foto: © Asis G. Ayerbe

El escritor alicantino trabaja durante todo el día y sólo interrumpe su labor a las nueve de la noche, cuando se quita las bermudas, se viste con elegancia y pone rumbo al cine de su barrio. Le gusta tomarse un descanso viendo una película en la gran pantalla, que es como considera que hay que disfrutar del séptimo arte, y luego vuelve a su casa, se sirve un dedo de güisqui y escribe hasta las tres de la mañana, a veces incluso más.

"Molina Foix añade que es un trapero de la literatura, en el sentido que Walter Benjamin dio al término"

Molina Foix define su disciplina laboral como prusiana, que no me negarán que es una antigualla de definición, y añade que es un trapero de la literatura, en el sentido que Walter Benjamin dio al término. Y es que en su domicilio no sólo guarda sus propios manuscritos, sino también los de algunos de sus amigos. Tiene un original de Javier Marías y una reescritura de Leopoldo María Panero, por poner dos ejemplos, además de las distintas versiones de sus propias novelas, de los treinta y cinco volúmenes que ocupan los diarios personales que lleva escribiendo desde hace veintitrés años, de las cartas que ha recibido y también de las que ha enviado, y en definitiva de cualquier documento con un mínimo de valor documental que pueda tanto haber generado él mismo como haber caído en sus manos. Incluso conserva el primer ordenador que compró en 1993, tras dejarse convencer por Fernando Savater sobre la necesidad de cambiar la máquina de escribir por ese artilugio que anticipaba el futuro. Reconoce —y no tiene reparos a la hora de confesarlo— que empezó a almacenar estas pruebas de su paso por el mundo de las letras porque, cuando era joven, soñaba con que algún día llamaría a su puerta un estudioso de la Universidad de Harvard y que él le entregaría todas y cada una de las muestras de su evolución como escritor. Y, la verdad, aplaudimos esa actitud, entre otros motivos porque tenemos comprobado que en este oficio quien no tiene ambición no va a ningún sitio.

¡Ah!, y un último detalle para ilustrar los hábitos tan añejos como admirables de este escritor: cuando habla sobre su trabajo, menciona sin parar a sus colegas. Tanto vivos como muertos. Que si Javier Marías, que si José Hierro, que si Vargas Llosa… Y eso hay que resaltarlo. Porque, como sabemos por aquí, actualmente los escritores sólo se citan a sí mismos. Vicente Molina Foix es un señor, y en consecuencia no actúa de un modo tan abyecto. Él sabe que forma parte de una generación y ni se le ocurre hablar de su esfuerzo sin nombrar a quienes siempre han estado a su lado.

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La última novela de Vicente Molina Foix es Las hermanas Gourmet (Anagrama).

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