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Avión Club, una historia de los 80

Avión Club, una historia de los 80

El periodista Carlos Santos presenta su nuevo libro, Avión Club, una crónica novelada de los años 80 sobre el mítico club, este martes a las 19.30 horas, en el Salón de Actos del Ateneo de Madrid (Calle del Prado, 21). Ofrecemos un fragmento de la obra, publicada por La Esfera de los Libros.

 

Hermosilla, 99

El sargento Paloma es un sentimental, eso César siempre lo ha tenido claro.

—A mí, como si se la folla un regimiento, pero cuando yo la busque, que la encuentre.

La del regimiento es la señora Pilar, su jefa. Desde que salió de la legión, Valeriano Paloma se gana la vida como reventa en la plaza de toros. Un trabajo agradable, al aire libre, pero no exento de riesgos. De vez en cuando lo trincan los guardias, le quitan el bloque, como él llama el taco de entradas, y lo meten unos meses en la prisión de Carabanchel. Cuando vuelve con la piel más blanca pero con mejor aspecto, después de pasar un tiempo sin beber cerveza y comiendo con regularidad, siempre contesta lo mismo:

—¿Que dónde he estado? En el sanatorio. Vengo del sanatorio.

Luego, tras el segundo tercio de cerveza, volverá a hablar de la se- ñora Pilar. Es una mujer hermosa, rotunda, morena, más ajamonada que amojamada, más cerca de los cincuenta que de los cuarenta. Con su marido, que es un vaina, controla el trapicheo de las entradas que permiten al sargento Paloma redondear su pensión. Dicen que también la redondea con bujarrones de los que buscan en las sombras de la plaza de toros, cuando cae la noche, y que alguno ha venido alguna vez al bar a declararle su amor, a grito pelado. César no lo cree. A Valeriano le gustan muchísimo las tías, casi tanto como a él, y en particular esa tía.

—Es un putón, se ha tirado a todos los taxistas de Madrid, ya lo sé, pero a mí me da igual, ya te digo, si cuando la busco la encuentro.

No la encuentra siempre que la busca, qué más quisiera él, pero ella de vez en cuando se deja encontrar y con un polvo rápido o una mamada urgente consigue que Valeriano siga siendo su esclavo más fiel. Y el más sentimental, desde luego. Esta noche volverá a demostrarlo.

 

César se levantó a mediodía, como siempre, se fumó un pitillito en la terraza, mirando al Retiro, se comió la merlucita que le preparó Rosario, acompañada por dos vasos de tinto con Casera, y se fumó otro pitillo mirando el mapa de España del hule, por la parte de Badajoz y Don Benito, mientras Rosario se marchaba a la cocina refunfuñando. Al cabo de tantos años juntos ni se hablan, pero las cosas son como son: nadie prepara la merluza como ella. Esa manera de escachar las patatas y cocerlas sin prisas, echando el pescado al final, cuando están casi hechas, esa ajada, con su puntita de pimentón y su chorro de vinagre, en el momento mismo de retirarlas del fuego. A César le vuelve loco, pero nunca se lo ha dicho ni se lo dirá, porque César es muy suyo para esas cosas. Y para casi todas.

Una vez despachada la merluza se fue al piano y, como cada tarde, se encerró con Bach durante hora y media, minuto arriba, minuto abajo, que Bach es una ciencia exacta pero no una disciplina militar. Luego se metió en el cuarto, se arregló (aunque parezcan las mismas, a diario cambia de camisa, corbata y chaqueta), se miró en el espejo del hall, se vio elegante, cogió el abrigo del armario de la entrada, se marchó sin despedirse y se fue caminando al bar.

Le llevó casi dos horas. Entre su casa y el Avión Club, en el número 99 de la calle Hermosilla, hay dos mil pasos, si se cuentan los que da con la pata de palo, y solo mil, si se cuentan solo los de la pierna de carne y hueso. Él los recorre sin prisa, qué remedio, y con varias paradas, o sea, varios cigarritos, en diferentes bancos de la calle de Alcalá. Esta tarde está esa calle más tranquila que de costumbre, pero él, que va rumiando la «Partita número 2 en do menor» de Bach, no se entera. Será Manolo quien le dé la noticia, al llegar.

—¿Es que no sabes lo que está pasando en las Cortes? ¡Han entrado guardias civiles disparando!

—Ahora que lo dices, había sitio en todos los bancos y no estaban llenos de viejas pellejas, como siempre.

—La gente está asustada. Leo se ha quedado en casa.

—¿Y Aurora?

—La llamé por teléfono para que no viniera, pero ha venido. Dice que si pasa algo qué pinta ella sola en su casa. Se está tomando un cafelito en La Villa, para quitarse el susto.

 

Mientras César empieza a tocar el piano, a las nueve en punto, Manolo Zapatero toma posiciones en la barra, como ha hecho cada noche desde el 2 de abril de 1950. Delgado, de rostro anguloso, razonablemente calvo, tiene las orejas bien abiertas, en el sentido literal de la expresión y en el otro, los ojos grandotes y claros, la sonrisa siempre a punto. Es un par de años mayor que César, pero la camisa de cuadros, el jersey sobre los hombros y la mayor agilidad (ventajas de no estar cojo) le hacen parecer más joven. Los dos andan alrededor de los sesenta, o, como dice César, cincuenta y diez.

Aurora, que ya ha vuelto de tomar el café en el bar de al lado, está en su puesto de trabajo, entre el guardarropa y el lavabo de señoras, con las dos manos en el bolsillo delantero de la bata, como si tuviera que darle una ficha a un cliente para que llame por teléfono. Pero todavía no hay ninguno. Los dos primeros llegarán a eso de las once. Son Miguel y Fernando. Miguel, alto y estirado como un poste, tiene pelo abundante, corto y apretado, y en la cara las marcas de unos tiempos en los que la pediatría no estaba tan avanzada como ahora; es anarquista, de la CNT, combina el aire de intelectual despistado con un carácter fuerte y, si viene al caso, contundente. Fernando, gordo y recio como un tonel, pero de una energía pasmosa, es el típico amigo al que siempre le puedes pedir ayuda cuando tienes que hacer una mudanza o cambiar un armario de sitio. A él le encargó Carrillo que fuera a la calle Mayor a comprar la bandera de España con la que sorprendió a todo el mundo en su primera rueda de prensa tras la legalización del Partido Comunista, en abril de 1977. Fernando, que vive en Conde de Peñalver, cerca de Lista, estaba en el servicio de seguridad del partido, al que pertenece desde su más tierna infancia.

Miguel y Fernando van camino de los treinta años, la mitad que César y Manolo. Como ni en la CNT ni en el PCE les han dado consignas ni instrucciones para un golpe de Estado, lo suyo es tomarse un par de copas y a ver qué pasa. La izquierda, esta noche, está en situación técnica de sálvese quien pueda.

Ahí está también Perico, el camarero. Se llama Pedro Alberto Martínez, pero lo llaman Perico. Gasta bigote, mosca debajo del labio, guedejas rizadas, boina, barriga, tirantes. Presume de ser el último estudiante del franquismo. Empezó magisterio en septiembre de 1975, dos meses antes de que muriera Franco, y por culpa de la música y la gimnasia no conseguirá sacar la carrera hasta 1986. Es aragonés vocacional, pero en el nuevo estado de las autonomías su pueblo, Molina de Aragón, ha ido a parar a Castilla-La Mancha. Entró a trabajar en el Avión para poder pagar las copas que debía y no hay nada en el mundo que le guste más que este trabajo. Se lleva un disgusto cada noche cuando César anuncia el cierre con el popurrí de despedida, que es siempre el mismo: el «Vamos a la cama», con el que despedía a los niños en TVE la Familia Telerín, el charlestón «Mamá, cómprame unas botas, que las tengo rotas de tanto bailar» y un repique final de aires andaluces que termina con la melodía de la sevillana «Arenal de Sevilla y olé, Torre del Oro».

Al filo de las doce se suma al grupo Julia, una chica jovencísima, que casi siempre viene con dos amigas, aunque hoy ha llegado sola. César, que acaba de terminar la «Polonesa» de Chopin, le da un rápido repaso visual. Es profesora de instituto y, no es que sea guapa, pero tiene la belleza donde hay que tenerla: en la mirada, en el movimiento, en la manera de hablar. Seguramente no le pegan voces los albañiles desde los andamios, pero es atractiva. Espigada, pelo oscuro, largo y rebelde, que hoy trae recogido de cualquier manera, con una gomilla violeta, tiene los ojos grandes y la cara ancha, sin llegar a cara de pan o de fallera mayor.

—Sara y Lola están de guardia en el hospital y yo volví del instituto a las nueve. Los tiros los oímos en directo porque estábamos en la sala de profesores y el de química tenía puesto el transistor. Camino de casa he visto que en las gasolineras hay colas, como si todo el mundo estuviera pensando en marcharse de Madrid, y antes de subir he ido al Spar, a comprar leche, harina, yo qué sé, por lo que pueda pasar. ¡No quedaba casi nada!

—Pues has hecho bien en venir —dice Manolo, mientras le pone un plato de pipas, con copete—. Aquí nos queda de todo.

—Se me caía la casa encima. Fíjate, lo que es estar viviendo un momento así y no poder comentarlo. He llamado a mi madre a Valencia, con idea de irme con ella, pero me ha dicho que allí están peor que aquí, con tanques por la calle. Le he dado el teléfono del Avión, para que me llame si pasa algo gordo. Ponme a mí también un gin-tonic, anda. Hoy pensaba empezar un régimen, pero que sea lo que Dios quiera.

Pasada la medianoche entra en escena el sargento Paloma, ciego como un piojo.

—Han llegado los míos, pero no os preocupéis. Aquí estoy yo para decirles que sois mis amigos. No os va a pasar nada.

Valeriano esta noche está tan contento que no paga ni una de las cervezas que se toma. Y se toma muchas. Al día siguiente, cuando le digan que los suyos se han vuelto a sus cuarteles, mientras él dormía la curda, y el golpe militar se ha quedado en nada, pondrá cara de perro asustado, pedirá un tercio y soltará su frase favorita:

—Se fusila poco en España.

César, sin dejar de tocar, lo mirará de refilón, por encima del hombro, alzará las cejas escéptico y le dará una calada al Peninsulares, bien cogido entre los dientes.

 

¿De dónde saca el maestro los Peninsulares? Debe de ser la única persona del mundo que fuma ese tabaco, el más barato del mercado, un duro como mucho. ¿Cuántos paquetes fumará al día? Dos o tres, por lo menos, eso seguro. Las siete horas que pasa cada noche en el Avión siempre tiene un cigarrillo entre los labios y la cajetilla a mano, sobre la tapa del piano. Cuando sale a dar una vuelta para estirar las piernas, la de verdad y la otra, nunca se olvida de echar el tabaco al bolsillo.

¿En qué pensará cuando da esos paseos solitarios por las calles cercanas? ¿En qué pensará las demás horas del día, cuando no está tocando el piano? ¿Y en qué pensará cuando está tocando, si es que piensa en algo? ¿Y cuando se acercan los clientes a pedirle una canción? ¿Y cuando se la exigen en plan chulo, como recordando que quien paga manda?

¿En qué puede pensar, noche tras noche, un hombre que lleva toda su vida envuelto en humo, risas, gritos y susurros de borrachos de toda condición?

Son preguntas que se hace Julia desde que pisó por primera vez el Avión, hace cinco meses. Y muchas más. ¿Dónde vive César? ¿Con quién? ¿Tiene mujer, tiene hijos, está casado o ha estado casado alguna vez?

El maestro, que jamás habla de nada pero mucho menos del maestro, es una larga incógnita para todos los clientes del bar. Para ella está empezando a convertirse en una obsesión, por el momento saludable.

 

El enigma de César, el pianista del Avión Club, tiene para Julia un elemento de morbo añadido: le gusta. No hay ninguna explicación lógica, como no sea que a ella le gustan todos los tíos, cuanto más raros mejor, pero le gusta. Está cojo, parece de otra época y con las gafas de montura ligera, la corbata, la chaqueta y el pelo escaso echado hacia atrás, se parece muchísimo a Tierno Galván, el alcalde de Madrid, a quien llaman el Viejo Profesor, lo que da una primera idea de su edad: ninguno de los dos cumple ya los cincuenta. Pero le gusta, quizá porque, a diferencia de Tierno, que siempre parece a punto de dar una conferencia, César está siempre sonriendo.

¿Qué motivos tiene para sonreír un tipo con una pata de palo, que lleva toda la vida tocando el piano en locales nocturnos de dudosa condición? Es otra de las preguntas que contribuyen a su encanto. Y a su misterio. Julia Ferrer, que con veinticuatro años es un cóctel agitado de curiosidad, deseo y afición a lo desconocido, tiene intención de encontrar todas las respuestas, una por una.

 

Al Avión llegó por casualidad, a los pocos días de venir a Madrid y entrar de interina en el instituto. Su padre había hecho la mili con un tío de la UCD (un buen tío, todo hay que decirlo, algo estirado pero un buen tío) que antes era letrado sindical con la Falange y ahora está en la delegación provincial de Educación. Fue quien pronunció las palabras mágicas:

—Que venga tu chica el lunes, que le arreglo lo suyo.

El enchufe es el mejor sistema para meter cabeza en la Administración pública española, mucho mejor que las oposiciones, dónde va a dar. Se ha muerto Franco, hace ya unos cuantos años, y estamos todos contentísimos con la democracia, pero nos hemos quedado con lo bueno de la dictadura: el enchufe. No parece que estos que mandan ahora tengan especial interés por cambiar el sistema.

Julia no ha renunciado a los sueños revolucionarios de la universidad, incompatibles con el enchufismo y el compadreo, que es cosa de franquistas, pero lo primero es lo primero y lo primero ahora es encontrar trabajo, como sea. Ya lo dice su madre, que cuando quiere enfatizar algo saca el acento andaluz y alarga mucho la u.

—Está la cosa muuuu mala.

Hizo la maleta, cogió el tren para Madrid, que le llevó siete horas y media, con parada incluida en Moreda para esperar el de Almería, y se instaló en el piso de su prima Lola, que es granadina, como toda la familia materna, y trabaja de enfermera en el hospital provincial Francisco Franco. El piso está enfrente del hospital, en el número 66 de la calle Ibiza.

El lunes, a las nueve, estaba como un clavo en la delegación provincial de Educación y Ciencia. Llevaba el pelo recogido y había elegido el bolso menos hippie, el que le regaló la abuela Rosa en el cumpleaños, y una falda gris ni larga ni corta, de las de pasar inadvertida.

Después de dar sus datos en el control de entrada y antes de subir al despacho, en la segunda planta, se quitó de la rebeca la banderita de Andalucía (verde, blanca y verde) y la echó al bolso. Desde que se la regaló un novio de Málaga, en la manifestación del 4 de septiembre, aquella en la que mataron a un chaval, no se la había quitado nunca. Ella seguirá siendo siempre andalucista, feminista, antifranquista y de izquierdas. Pero si en una cosa tiene razón mamá es en esa:

—Está la cosa muuuu mala.

Carlos Santos ©Ana_Mayoral

Sinopsis de Avión Club, de Carlos Santos

El Avión Club fue uno de los locales más singulares de la época de la movida. Por él pasó media España, gentes muy diversas que cantaban al son que tocaba César, un pianista sacado de una película o un blues, pero que, a diferencia de los pianistas de los blues y las películas, sonreía todo el rato, sin el menor atisbo de melancolía. Al Avión no se iba a figurar ni a hacer tertulias. Se iba a vivir.

En esta novela, Carlos Santos rememora aquellos años, aquel bar, aquellas gentes, la música que les acompañaba, el humo que lo rodeaba todo con su neblina…, y compone un maravilloso relato lleno de vivencias ochenteras, incluidas sexuales y políticas, en el que cualquier parecido con la realidad no es mera coincidencia.

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Autor: Carlos Santos. Título: Avión Club. Editorial: La Esfera de los Libros. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro