Lana Corujo, niña de Lanzarote, creció fascinada y aterrorizada por los volcanes. En las noches de luna llena se perfilaban oscuros, hermosos, amenazantes, y ella sentía deseos de acercarse para acariciarlos y de alejarse para que no la devoraran. Sus padres, trabajadores en el aeropuerto, tuvieron que inventar una mentira para calmarle las ansias: si un volcán explotaba, tendrían prioridad para huir en avión. El padre le contó otra: de niño conoció una erupción y no fue nada peligrosa, él incluso saltó y bailó sobre la lava. Cuando la abuela le narraba historias de hadas, las zapatillas de Lana amanecían llenas de flores y caramelos. “Yo quería ser adulta para contar mentiras”, dice, “porque de niña no te dejan”.


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