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Burdeles, picaderos y lupanares, de Javier Rioyo

Burdeles, picaderos y lupanares, de Javier Rioyo

Madrid no siempre fue una ciudad decente. También fue, y durante siglos, un escaparate de deseo, miseria, hipocresía y negocio. Este libro nos propone una travesía literaria, histórica y canalla de la prostitución en nuestro país y, muy especialmente, en la capital.

En Zenda ofrecemos el primer capítulo de Burdeles, picaderos y lupanares (Almuzara), de Javier Rioyo.

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CAPÍTULO PRIMERO

Del erotismo ibérico al burdel de la Edad Media

ERÓTICA IBÉRICA

Nuestro ser erótico empieza mucho antes de que esta Corte, epicentro de todos nuestros pecados, hubiera imaginado su existencia.

Madrid todavía no era reposo de ningún poderoso guerrero, mucho antes de ser el sueño loco, la psicosis de aquel monarca que por azar o necesidad la hizo Corte, y ya tenía un futuro señalado en el saber estar del erotismo. El eros ibérico que andaba buscando su centro, aquí lo encontró, para nuestro placer y nuestra enfermedad.

Cuando no era, ni por ensueño, escenario de tragedias o comedias, cuando ni lo que llamamos España tenía visos de realidad, no muy lejos de esos bosques que conocieron el oso, en una tierra de fuego y agua, andaban asentándose rudos pueblos que se organizaban, cazaban y procreaban al sur de Europa. Ya se veneraba a una diosa que todos llamaron Venus. Cuenta Rodrigo Caro en sus Antigüedades de Sevilla: «Adoraban los béticos a la diosa Venus, a la cual llamaban Salambona, nombre que vino con las ceremonias y deidad desde la provincia de Siria y nuestras mujeres la celebraban cada año en un día señalado, trayéndola por la ciudad en procesión y las mujeres que la acompañaban iban dando grandes gemidos y haciendo tristes cantos por su Adonis, enamorado y muerto en el monte Ida por un jabalí, que por las ingles le pasó con su agudo colmillo, en esa ceremonia —las béticas— renovaban la del malogrado mancebo y a la fiesta la llamaban Adonia.» Tampoco encontraría resistencia el culto de Isis en su extensión por nuestra Península.

RITOS AMOROSOS DE LOS PRIMEROS POBLADORES

Antes de que llegaran los complejos y libertinos griegos; mucho antes de los imperiales romanos, cuando para nuestros iberos o celtíberos la mujer era un poco más que una máquina trabajadora y reproductora, el contacto con los organizados fenicios ya nos introdujo una elemental organización del amor alquilado, comprado o canjeado.

Con los hábiles comerciantes fenicios nos llegaron los prostíbulos, sórdidos habitáculos donde podíamos olvidar la mala navegación, la fallida caza del jabalí o celebrar la buena transacción que se había conseguido a costa de engañar a algún rústico ibero.

Con los griegos aprendimos a distinguir las «hetairas» —lujosas cortesanas— de las «dicteriadam» —verdaderas esclavas reunidas en casas públicas— y aun de las «anletrides», esas bailarinas y tocadoras de flautas que amenizaban las fiestas, que se alquilaban en fechas señaladas y que se consideraban libres. Recibimos la prostitución con los fenicios, la organizamos con los griegos y la «refinamos» con los romanos. Hay ciertas materias en las que siempre hemos demostrado nuestra capacidad para aprender la lección, incluso para enmendar la plana al maestro.

DE LA MUJER REPRODUCTORA A LA MERETRIZ IMPERIAL

Estrabón ya se hace eco de adulterios en las comunidades celtas o iberas; pero todavía no conocían el concepto de prostitución. Sí sabemos que aquellos fieros cazadores iberos castigaban la infidelidad de sus mujeres consideradas siervas y reproductoras.

El profesor Navarro Fernández en su libro sobre la prostitución en Madrid nos recuerda cómo eran de expeditivos esos pueblos ante la sospecha de adulterio de su legal esclava. Cuando existían dudas acerca de la paternidad de un nuevo vástago, «poníasele un broquel y se le arrojaba a la laguna o riachuelo más próximo; la tribu presenciaba con impasibilidad la terrible prueba, de la que deducían: que si el niño o niña sobrenadaba en el agua, la criatura era del legítimo matrimonio y del adulterio en el caso de que se sumergiera. En este caso, los vaceres (jueces druidas) sentenciaban a la madre al suplicio del látigo y a ser sumergida en el mismo río».

Los fenicios fueron un pueblo que se ilustró en su continuo navegar el Mediterráneo, en sus orillas habían conocido la sagrada prostitución de Babilonia, el culto fálico de las jóvenes egipcias y habían escuchado las historias de que algunas pirámides fueron construidas con el dinero que dilectos padres obtenían de la prostitución de sus hijas. También conocieron a las bíblicas cortesanas de Judea, los vicios de Sodoma o las míticas prostitutas hebreas. Las mismas que en las encrucijadas de los caminos, casi desnudas y tocando la flauta, ofrecían sus encantos a los viajeros. 

LOS PADRES DE LA CIVILIZACIÓN

Griegos y romanos nos dieron el pensamiento, la filosofía, la poesía; nos dieron la lengua y sentaron las bases de nuestra comunicación, de nuestros caminos. Organizaron el Estado, la milicia y la política. Las cortesanas griegas, que habían recibido los secretos sensuales de egipcias, sirias y frigias, sabían del poder y la importancia de las artes amorosas, de su complejidad y de su fuerza. Las «dicteriadas» eran esclavas, sí, pero soñaban con conseguir algún día el mismo estatus que esas aristócratas del deleite, de esas mujeres libres y lujosas que se llamaban «hetairas».

Ciertamente la mujer en las primeras culturas de nuestro mundo no podía considerarse afortunada. Si exceptuamos las lujosas meretrices, la mayoría de las mujeres apenas eran un objeto con el que comerciar. Como nos recuerda García Eslava, la mujer «en Grecia era esclava del hombre; en Judea podía ser repudiada; en Siria era puesta en venta a la voz del pregonero; en la India podía ser muerta por su marido; el chino la vendía o la jugaba; el tártaro la amarraba con una cadena; el árabe podía degollarla al nacer; el romano tenía sobre ella derecho de vida o muerte; el mogol la compraba a cambio de ganado; el persa la podía matar si le desobedecía tres veces; el bosnio la robaba o compraba en el mercado; los galos tenían derecho de vida o muerte sobre esposas e hijas; los germanos tomaban mujeres en virtud de la tarifa de las «leyes bárbaras»; entre los longobardos el tutor la vendía al marido; los francos tasaban la muerte de la mujer si era estéril en ocho mil dineros; si había tenido hijo en veinticuatro mil y si estaba encinta en veintiocho mil; el japonés la ofrece al forastero; en el imperio de Annam basta romper una marmita de cofre para divorciarse de la mujer y en Marruecos se vende en el mismo mercado que el caballo».

No fueron en esos pueblos las dedicadas a la prostitución las más desgraciadas, ni las que peor vivían, ni las que menos libertad tuvieron; muchas veces ocurre todo lo contrario. La cortesana, la mujer del lupanar, fue modelo para las jóvenes, no solo para las siervas sino para castas matronas de clase elevada. Nunca como en el Imperio romano, «las mujeres del amor», como se las llamaba, fueron tan admiradas y tan imitadas. La mayoría vivía en una cárcel —el lupanar—, dulce cárcel si la comparamos con la generalidad de simples esclavas. Hasta qué punto fueron las prostitutas el «modelo» deseado de casi todos los hombres lo pone de manifiesto el consejo de Marcial a su legítima: «Hazte a mis costumbres o vete enhoramala, esposa mía. Yo no soy un Curio, ni un Numa, ni un Tacio; a mí me gusta pasar alegremente las noches apurando copas, y tú, por el contrario, te apresuras a levantarte de la mesa después de haber bebido tristemente agua clara: me gusta alumbrar con lámpara mis placeres, y que Venus se huelgue a la luz del día, y a ti te gustan las tinieblas; me gusta la desnudez de tal modo, que la mujer que se acueste a mi lado nunca esté bastante desnuda, y tú te envuelves en velos, túnicas y mantos; me gustan los besos a la manera de las tórtolas, y los que tú me das se asemejan a los que recibes de tu abuela todas las mañanas. Jamás te dignas secundar mi ardor amoroso, como si presentaras el vino y el incienso de un sacrificio.» Los maridos romanos, incluso los más exquisitos poetas, eran frecuentadores del lupanar, gozadores de las meretrices. Así, la mujer que quisiera conservar la armonía familiar, se veía impelida a imitar a la prostituta; incluso las más enamoradas asistían al prostíbulo para aprender las refinadas artes del goce sensual.

A los romanos les debemos el establecimiento de la prostitución controlada, reglamentada y matriculada. Esa matrícula se llamó meretricium —evidente origen de la palabra meretriz—, la tarifa la cobraba un edil y el lupanar estaba controlado por las autoridades. Lupanar, nombre que haría tanta fortuna para designar el lugar de los placeres pagados, proviene de lupa —loba— y se tomó de la mujer de un pastor llamado Faústulo a quien su mujer, llamada Lupa, no dejó de engañar mientras él cuidaba el ganado. Desde entonces a las mujeres de vida disoluta las conocieron como las «lupas», campesinas que solían hacer su comercio carnal en guaridas que pasaron a llamarse «luparias», loberas, como nos recuerda Rodríguez Solís.

Los romanos las llamaron lobas y nosotros las llamamos «zorras», animal más común en nuestros pagos.

El lupanar abandona su guarida y se hace institución. Se obligó a las mujeres que lo habitaban a solicitar una especie de permiso, de carnet profesional, llamado licencia stupri, y a pagar un impuesto llamado el «vectigal». Fueron negocios perfectamente regulados; se

señalaban las horas de apertura al público, los vestidos de las «ofertantes», sus peinados —bien diferentes si eran establecimientos de lujo o suburbiales— y, por supuesto, el precio de la «mercancía». No hay constancia que llegaran a los conocidos reclamos de nuestros tiempos: «Si no queda satisfecho le devolvemos su dinero…» Pero sí conocieron la publicidad; «tractores» se llamaron los que comerciaban con la prostitución, los que ofrecían el «producto», buscaban la clientela y los que se llevaban la parte del león. Diferentes intermediarios en este comercio eran los «procultores», aquellos que convencían a las jóvenes de las ventajas de la profesión; los «aductores», los que las procuraban y, por encima de ellos, los «lenas» o «lenas», que eran los responsables del lupanar, los encargados de estar en orden con la justicia, con la hacienda y con los poderes públicos.

El lupanar está reglamentado desde el año 260 de Roma.

LA HISPANIA PROSTIBULARIA

La Hispania romanizada no tardó en conocer la casa de lenocinio. El lupanar, como el Imperio, vivió sus momentos de gloria con Julio César; el gran admirador de putas y «putos» dijo una frase para la historia: «Quisiera ser el marido de todas las mujeres y la mujer de todos los maridos.»

No había decaído el Imperio, el bético Trajano gobernaba el mundo. Aquel sevillano, como nos recuerda Jesús Pardo en su biografía novelada, además del «mejor de los príncipes» fue un gran borracho y un indisimulado pederasta; poco antes de morir todavía aconsejaba a Critón de manera animosa: «Escuchad siempre a los soldados. Júpiter habla por su boca. Fijaos, si no, cuando llamaron “reina” a Julio César. A mí ahora me llaman “garañón”, sabedores de que he sufrido un desvanecimiento tras “montar” a un prisionero hermafrodita. No me negaréis que salgo ganando…» Y sin embargo fue un esposo ejemplar, lo cual no debe causarnos sorpresa después de conocer los consejos de Marcial a su esposa.

Muchos nombres tuvieron las residentes en las casas públicas, lugares perfectamente reconocibles por el falo o «príapo» en piedra que señalaba en la puerta la función del lugar. En España cambiamos el miembro viril de la puerta por una rama, y así conocimos como «rameras» a nuestras moradoras de los lupanares. Más que en las grandes ciudades estuvieron instalados en las afueras, en chozas cubiertas de ramas y no especialmente confortables. No está debidamente documentado el número y la importancia de la prostitución española en los tiempos romanos, pero sí sabemos que se extendió por toda la colonia y que su número fue numeroso. Ya el padre Mariana nos habla del sitio de Numancia, donde Escipión Emiliano arrojó fuera del campamento a unas dos mil prostitutas.

Aun siendo muchas nuestras mujeres dedicadas «profesionalmente» al ejercicio prostibulario, nunca llegamos a la variedad y la cantidad de la capital del Imperio.

Tomamos del libro de Rodríguez Solís —Historia de la prostitución— la consignación de las diferentes clases de prostitutas de Roma: Junices y Juvenae eran las groseras y de grandes mamas. Scortum, pellejo, piel, quizá porque en tiempos remotos vistieron trajes de piel,

Valerio Máximo dice que fue porque se sentaban sobre pieles. Togate, a las que se obligó vestir la toga para diferenciarse de las matronas que usaban una túnica llamada estola. «Meretriz», la que vendía sus favores de noche. «Cortesana», la que procedía de las clases elevadas. Delicate o «pulida», la que se entregaba por placer la más hermosa de éstas fue Flavia Domicia, mujer del emperador Vespasiano. Famosae, matronas o patriotas que se prostituían por el lujo y las alhajas. Nonarie, que se prostituía en la hora nona, correspondiente a las tres de la tarde, a la dulce hora del amour après-midi. Prostibulae, la que permanecía día y noche a la puerta del lupanar. «Errática», la errante o soldadesca. Además de estas nominadas, conocidas y más o menos públicas, hay que sumar a las mujeres libres que se prostituían bajo un nombre prestado.

A los lupanares también se los llamó «fornices», de fornis, bóveda; cellae, de celda; prostibulum, mansión de crápula; desidiabula, lugar de ociosidad; senatus mulierum, senado de mujeres; libidinum consistorium, reunión de todos los placeres; meritoria taberna, posada, mesón, taberna.

El más lujoso de los lupanares fue establecido por el emperador Tiberio en su propio palacio y decorado por los mejores artistas de su tiempo. En las ruinas de Pompeya hemos visto alguno de esos lujosos lupanares, con sus pinturas mitológicas cargadas de erotismo. En su interior había pocos muebles; se adornaban con multitud de esteras, lámparas de bronce, pieles y, por supuesto, camas. Generalmente eran lechos de piedra cubiertos con mantas y cojines, separados de los demás habitáculos por unas cortinillas, una tabla en la puerta con el nombre de la ramera y con la indicación de si estaba ocupada o libre.

En el burdel, además del dueño y las muchachas, vivían los sirvientes y algunas mujeres, como las ancille ornatrices, que cuidaban del aseo de las trabajadoras y a las que ayudaban en su maquillaje. También estaban habitados por los aquarii que, además, de llevar el agua a las chicas cuando habían terminado con el cliente, servían vino y bebidas a los que esperaban su turno. El personaje más siniestro del burdel, una especie de antecedente del rufián o del chulo, era el villicus, a mitad de camino entre el matón y el organizador de orgías.

No solo había prostíbulos de mujeres públicas; cuenta el aragonés y residente en Roma, Marcial, sino que la prostitución más frecuente era la de hombres y niños. Sin olvidar los lugares para el lesbianismo, los «cotizados» hermafroditas o los muy reservados belluarii, que eran los encargados de suministrar animales adiestrados para complacer cualquier perversión imaginable.

En medio de esta orgía perpetua, apenas molestados por los rebeldes cristianos de los primeros siglos, llegaron los godos y mandaron parar.

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Autor: Javier Rioyo. Título: Burdeles, picaderos y lupanares. Editorial: Almuzara. Venta: Todos tus libros.

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