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Charlas de un feriante de gorro y disfraz

Charlas de un feriante de gorro y disfraz

No hace falta que os confiese que un gorro de lana que usé en una conferencia como recurso de emergencia para evitar dar explicaciones de por qué no habíamos hecho la presentación no es el mejor complemento de ropa que llevar en las actividades de verano. Es un gorro para hacer snowboard, que es lo que practico yo para partirme la crisma como complemento al monopatín, y no un elemento decorativo del conjunto que deben vestir los hackers. Pero ya veis, cosas que pasan, me quedé con él, y ya no es fácil vivir sin él.

Lo cierto es que ni yo he llevado siempre el gorro, ni lo llevo todos los días, ni lo llevo por la calle, ni lo llevo en mi trabajo diario, y algunas conferencias y charlas las doy sin el gorro. Al final, el que se sabe las cosas soy yo, no el gorro, ¡que para eso he “estudiao”! Y aun así intento ponérmelo, porque sé que para los que vienen a verme, verme sin el gorro… no es lo mismo. Es como ver a los KISS sin la cara pintada o con la cara pintada. Sí, ya sé, dan conciertos desde hace años sin la cara pintada… ¿pero a que no es lo mismo? E igual sucede con Fito Cabrales, que lo quiero ver con su gorra puesta.

"El titular El Rey y el Hacker llamó mucho la atención a algunos, que llegaron a tildarme de quinqui ciberdelincuente del 15M"

De hecho, a muchos aún les maravilla que lleve el gorro, y —ávidos intelectuales de la moda, el decoro y la ortodoxia más cetrina— me dan consejos de cómo debo vestir, cómo debo actuar, cómo debo llevar el peinado. Y no sabéis lo mucho que agradezco esos consejos de los expertos en moda, estilismo y saber estar. Sin embargo, desde hace años aplico una máxima que recomiendo a mis hijas, a mis amigos y conocidos:

“No escucho consejos de personas que están en sitios a los que no quiero ir”.

De hecho, siempre cuento la aventura del día en que conocí por primera vez a Su Majestad Felipe VI en el Mobile World Congress. La foto de un diario de tirada nacional nos sacó en el momento del saludo, y el titular «El Rey y el Hacker» llamó mucho la atención a algunos, que llegaron a tildarme de “quinqui ciberdelincuente del 15M”.

“El rey y el hacker”.

Maravillosa composición de palabras tiradas al vuelo así, como quien no quiere la cosa, sobre mi persona. Y os confieso que cuando escuché el audio, que os dejo por aquí, me hizo mucha, mucha, mucha gracia.

El final de la historia ya lo conocéis, porque lo publiqué integro en el artículo llamado “El día que conocí a Felipe VI y me convertí un quinqui ciberdelincuente del 15M”. Mi pobre madre estaba escandalizada. Años luchando para que la gente entienda que un hacker no es lo mismo que un cibercriminal, y de repente esto.

El quinqui ciberdelincuente del 15M. Vale, seguro que ya sabes quién fue el que me llamó así.

"Al final, lo cierto es que el gorro se convirtió en parte de mi imagen, como lo pudo ser el hacha de Gimli, con el que di alguna conferencia"

Sorprendentemente, a lo largo de mi vida los que más han sufrido porque yo llevaba un gorro han sido los más abiertos de mente, según ellos. Personas tolerantes, según su propia definición. Solidarios, según ellos. Inclusivos, según ellos. Hubo uno que me llamó mucho la atención, porque en su Twitter, en el tweet anterior a ponerme a caer de un burro por mi gorro, defendía a una drag queen por su derecho a ser libre. Y era un político. De hecho, estuve enseñando esa cuenta a mis amigos durante mucho tiempo. Yo, con mi gorro, no me merecía mi derecho a ir como quisiera, y él podía faltarme al respeto desde su Twitter de político y concejal de su pueblo. Eso sí, inclusivo según él, y tolerante, según él.

Al final, lo cierto es que el gorro se convirtió en parte de mi imagen, como lo pudo ser el hacha de Gimli, con el que di alguna conferencia, y de la que tuve que dar muchas explicaciones en un control rutinario de la Guardia Civil buscando armas y drogas, en la que localizaron en mi maletero un hacha de un metro y pico. Menos mal que era de plástico, si no lo mismo aún sigo haciendo rayas en la pared de una celda.

El hacha, disfrazado de Gimli para dar la charla, haciéndome fotos con “jóvenes” fans.

O podía haber si el traje de Cazafantasma con el que entré en una conferencia para hablar de mis queridos “Técnicoless”, ya sabéis, esa raza de comunicadores que sin tener ni idea de tecnología se pone a dar consejos sobre ella. Y alguna vez los saco en mis charlas.

"También podría haber sido el traje de Los 4 Fantásticos con el que me subí a un escenario, o algún que otro de los muchos que he usado a lo largo de estos 25 años para dar charlas y pasármelo bien con los asistentes"

También podía haber sido parte de imagen el casco de Darth Vader, el traje de ruso, la capa de jedi con su sable láser, o el rifle de cuatrero con los que he adecentado alguna charla de las mías en mi época de “joven hacker divertido que sabe mucho de tecnología y solo quiere divertirse”. Si hasta me disfracé con traje y corbata, de Batman —con los calzoncillos por fuera, que luego un día sorteé—, de árbitro y juez de línea para hacer el “Rafa, no me jodas”, de rockero y de pitufo. Sí de ¡pitufo! para dar una pitufo-charla que estuvo pitufante.

Cazando cibercriminales de cuatrero.

Pero no, fue el gorro. También podría haber sido el traje de Los 4 Fantásticos con el que me subí a un escenario, o algún que otro de los muchos que he usado a lo largo de estos 25 años para dar charlas y pasármelo bien con los asistentes. Que ese era y es el objetivo siempre.

Con mi compañero y amigo Ricardo Varela (izquierda) dando la presentación como Los 4 fantásticos. Sí, el cinturón es de Batman… ¿lo pillas?

Y es que dar una charla no es demostrar lo listo que eres, lo mucho que sabes y lo culto que eres utilizando palabras esdrújulas con epítetos polisémicos llenos de cruzadas referencias literarias —a ser posibles a la Grecia clásica o la Roma imperial—, sino hacer que los que han venido a invertir parte de su tiempo sentados a escucharte pasen un buen rato. Se diviertan, aprendan, y se vayan con un recuerdo que les dure mucho tiempo. Que no sea algo así como:

—¿Has ido alguna vez a ver una charla de Chema Alonso?

Y conteste:

—Pues no lo sé.

Mal. Muy mal. Eso no puede pasar. No. Si alguien va a ver una charla tuya y luego no sabe si ha ido o no, entonces vamos mal. Esto tiene que ser otra cosa. Tiene que ser que se acuerde. Luego le gustará más o menos. E incluso te odiará por las “tonterías”.

—Sí. Pero fatal, tío. Llevaba un gorro de lana que seguro que no ha lavado en años.

Sí, lo lavo. A mano. Con mucho cuidado. Mucho, mucho, mucho cuidado.

—Y empieza con un «hola, hackers«… Pufff. Es que no lo aguanto. Y luego, dice «orejas arriba» pero levanta la mano. ¿Sabes? ¡Vaya gracia más tonta llamar orejas a las manos, ¿no?! No lo entiendo. Y luego lo que contó, pues bueno… estaba bien, pero no era para tanto. Y siempre con la dichosa FOCA.

Y es que… si agradas a todos, entonces no estás siendo tú mismo, ni haciendo nada nuevo.

"Cuando tenía 22 años y daba mis primeras charlas estaba aprendiendo. Comenzaba en un mundo en el que no sabía cuánto iba a estar en él. No sabía si me iba a gustar. Si se me iba a dar bien"

Aun así, el esfuerzo que haces por que la gente disfrute una de tus charlas es agradecido por muchos. El equipo de protocolo de la Casa Real, siempre que tengo que estar en un acto público, se acuerda de recordarme que yo puedo ir con mi gorro, como siempre. Y recuerdo con mucho cariño cómo se portaron mis compañeros de Telefónica el día que tuve que irme a hacer la foto con Barack Obama —la que os publiqué en el artículo de “El protagonisma de mi propia fantasía”— cuando llamé al departamento de comunicación y les dije:

—A ver, voy a hacerme una foto con Barack Obama, ¿cómo queréis que me haga esta foto? ¿Con gorro o sin gorro? No quiero generar un problema a mi casa por una simple foto.

Mis compañeros de comunicación se reunieron, hablaron del tema, y me llamaron.

—Chema, es una foto tuya. En la web de Telefónica sales con el gorro. Así que puedes ir como quieras, con gorro o sin gorro. Eres libre de ir como quieras, y a Barack Obama seguro que le da lo mismo, que tiene muchas fotos con mucha gente con gorro.

Lo cuento mucho en privado, pero que mis compañeros pensaran así fue una de las muchas veces que me han demostrado por qué esta compañía es distinta. Porque, como muchos me preguntan, llevo más de una década trabajando en Telefónica —dure lo que dure esta relación, que ojalá sea mucho—.

Al final, cuando tenía 22 años y daba mis primeras charlas estaba aprendiendo. Comenzaba en un mundo en el que no sabía cuánto iba a estar en él. No sabía si me iba a gustar. Si se me iba a dar bien. Si sería más o menos importante en mi vida. Pero, como siempre que tengo una oportunidad por delante, decidí aprovecharla y dar todo lo que había en mí. Así que intentaba con esfuerzo que la gente disfrutara con mi charla. Que se llevara algo. Que algo de mí quedara en sus memorias.

"Sigo cometiendo muchos errores en las presentaciones, que he de mejorar, y sigo recibiendo ayuda de amigos y compañeros que me siguen empujando a hacerlo un poquito mejor cada día"

Eso hace que, aunque muchas veces la charla parezca “casual”, “natural”, “sencilla”, “que fluye sola”, lo cierto es que para lograr eso he metido muchas horas detrás. Eligiendo los temas, simplificando los contenidos, simplificando los mensajes, haciendo más visuales las demos, incorporando los “chistes”, “gracietas”, “bromas” en cada parte de la charla, como cuando echo a alguien de la sala por no haber visto Frozen. Y el gorro, la puesta en escena, o la manera en la que te presentas, sigue siendo importante. Os dejo una de hace unos años “para todos los públicos”.

Y no dudéis ni por un instante de que me queda mucho que aprender en esto de dar charlas y compartir conocimiento. Sigo cometiendo muchos errores en las presentaciones, que he de mejorar, y sigo recibiendo ayuda de amigos y compañeros que me siguen empujando a hacerlo un poquito mejor cada día, para que sean todo lo buenas que puedan ser mis charlas. Pero, como buena persona mayor, ya hay cosas que no puedo cambiar. Y entre ellas, el gorro. Podría deciros que soy muy mayor para cambiar la imagen. Podría decir que no sería lo mismo. Bla, bla, bla. ¿La verdad? Es que me encanta esa imagen con el gorro. Y a mi mamá también. Así que, mientras tenga mi gorro: con gorro.

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Ricarrob
Ricarrob
1 mes hace

Tópicos. Este señor está lleno de tópicos. Tópicos en lo que habla, en lo que hace, tópicos en su forma de vestir y en su imagen. Todo ya muy visto. Eso sí, tópicazos siempre de lo buenista-politicamente-correcto También su gorro del que estamos todos hasta el gorro por aguantar su pretendida originalidad. Parecería que la inagen obligada del informático o del tecnócrata debería ser esa. Falso. Muy manido todo ello. Llevamos más de un siglo aguantando a todos los inaguantables y originalísimos Duchamp y a sus urinarios. Siempre, desde antiguo, ha sido más importante el contenido que el continente o lo que ahora está tan de moda: el contexto. Actualmente, TODO es contexto, aunque realmente nadie sepa lo que es. Si este señor da una conferencia y todo el mundo está más pendiente del gorro, de como lo lleva colocado y de los colores y rayas de su camiseta y de sus chistes, la inteligencia de «ese todo el mundo» deja mucho de desear y los contenidos también. Pero es el signo de los tiempos. No me inagino al presidente de EEUU anunciando el inicio de la IIIGM vestido de Pato Donald.