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Cinco poemas de Todas direcciones, de Inmaculada Pelegrín

Cinco poemas de Todas direcciones, de Inmaculada Pelegrín

Inmaculada Pelegrín pasa varias horas al día mirando a través de un microscopio, y tal vez por esto sus versos estén llenos de cosas mínimas. Todas las mañanas se sorprende cuando, al salir de casa, alguno de los perros que viven allí se le acerca moviendo la cola. Quizás sea el motivo por el que sus palabras se refieran al asombro de lo cotidiano.

Le gusta contemplar el cielo y hacerse preguntas. El cielo nunca se repite, las preguntas tampoco. Se podría pensar que a través de la poesía busque permanecer alerta ante el milagro, porque si pasase desapercibido sería como si no hubiese existido. En su vida hace muchos números, seguramente habrá llegado a la conclusión de que somos estadísticamente imposibles, y sin embargo somos. Es probable que escriba para advertirnos de tal contingencia.

PRIMERA ENSEÑANZA

El globo se dirige,
en su ascenso imparable,
camino al firmamento.
Como si adivinara el recorrido
se balancea, toma
recodos transparentes en el aire.
Arrastra tras de sí
la cuerda que lo uncía,
se aleja y disminuye
hasta hacerse invisible.

Su determinación no entiende de nostalgias.

Atrás quedó la feria con un niño
que, al volver la cabeza, recibió
de su mano vacía
la primera enseñanza.

MATERIALES DE CONSTRUCCIÓN

Que nos vamos haciendo
a cada paso y con lo que nos pasa,
a tu edad y la mía
no es ninguna sorpresa.

Que nos vamos haciendo
igual que un edificio o un suflé,
lo mismo que un poema. En el aire,
atravesando el aire,
de abajo a arriba el vértigo.

No hay recetas, al menos, que sepamos
ni planos ni estructura ni siquiera
un mapa que seguir,
certeros, con el índice
y caminar alegres al desastre.

Encontrarse no es más que el resultado
de innumerables pérdidas.

Las cuentas están claras:
si nos vamos haciendo y deshaciendo
en la misma medida,
el tiempo que nos queda por vivir
esta mañana es mucho
menor que lo vivido
y sin embargo existen otras cifras
con las que apuntalarse en el ahora:
Que sean siempre más las cosas que no dices,
que el silencio le gane el pulso al ruido,
que no pronuncie nadie
la última palabra.

MATADERO MUNICIPAL

Hacen falta dos pedernales

para encender un fuego.

Louisa May Alcott

Escucho, desde aquí, cómo gritan los cerdos.

Un instante después
observo sus cadáveres
que, siendo transportados por la cinta,
descienden hasta un hombre.

Su trabajo consiste
en colocar grilletes
a sus patas traseras
para izarlos luego con la grúa
y que queden colgando al desangrarse.
Los cerdos ya no piensan
o creo que no piensan
o quisiera creer que ya no piensan.
Sí me pregunto, en cambio,
qué pensará ese hombre
que con el lanzallamas
hace quemar sus flancos indefensos,
cuando muerde el olor a pelo churruscado.
El obrero metódico
repite el movimiento:
agarrar, empujar, poner grilletes,
izar, hacer arder, dar al botón
en una y otra vez,
en una y otra vez.

Los cerdos, sin embargo,
únicamente mueren
una vez cada uno.

Hoy es jueves, por tanto
sólo se sacrifican
ciento treinta animales.

Como todo va bien, sonará pronto
la sirena que anuncia
el fin de la jornada.
Habrá llegado entonces el momento
de lavarse las manos.

MATERIAL DE DERRIBO

La casa se deshace
bajo el peso del tiempo
y ya no queda nada –o casi nada–
salvable en su interior.
Unas cajas, tan sólo,
con trastos que indultar del cataclismo.

Una de ellas contiene unas muñecas
vestidas de una moda incomprensible
como si, con las prisas,
se pusieran la ropa equivocada.

Su dueña las dispuso para el viaje
de forma cuidadosa.
Ordenadas y juntas; de este modo
se les ve asustadizas, obedientes.

Despeinadas y sucias en sus caras
tienen unas sonrisas que no entiendo.

ALGUIEN

Tomando Pedro la palabra dijo a Jesus:

Señor, si quieres haré aquí tres tiendas”

San Mateo.

Alguien tiene que hacerlo.
Ocuparse de las cuestiones prácticas:
a este lado los suéteres que llevar al asilo,
a éste los objetos de valor.
Hagamos tres montones.

Alguien para embalar lo frágil.
Cuidado con las copas.
Poned aquí las cartas
y allí van las preguntas
que han sido interrumpidas.

Alguien para bajar los muebles a la calle
(y qué frío da verlos esperando
el camión de mudanzas).

Alguien para cortar la luz
para correr al tope el resbalón.

Alguien para enfrentarse al papeleo
y tomar un café
entre los números de un ataúd
de madera de roble
provisto de cojín y tapizado.

Alguien tiene que hacerlo
tan sólo por haber quedado vivo.

La muerte no termina, continúa
en todo lo que falta por hacer
cuando ya no podemos hacer nada.

Inmaculada Pelegrín (1969, Lorca, Murcia) ha publicado, entre otros, Trapos sucios (ed. Tres Fronteras 2008); Óxido (Pre-Textos, 2008), Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego; Cuestión de horas (La isla de Siltolá, 2012), Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez.

Ganadora del Premio Pulchrum 2020 que concede la Fundación O­Lumen. Le han traducido poemas a otros idiomas pero no puede asegurar que, una vez traducidos, sean realmente sus poemas. Con Todas direcciones (Hiperión), ha ganado el XXIV Premio Internacional de Poesía «Antonio Machado en Baeza».

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Autor: Inmaculada Pelegrín. Título: Todas direcciones. Editorial: Hiperión. Venta: Todostuslibros 

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