Leopoldo Alas Clarín (1852-1901) ha pasado a la historia por su magna novela La Regenta. Además de su labor estrictamente literaria, el escritor asturiano dejó un imponente legado de más de 1.500 artículos de prensa, que constituyen una referencia imprescindible para entender la política y las letras de finales del siglo XIX.
El propio Clarín alardeaba de que “cuando me preguntan qué soy, respondo principalmente periodista”. El periodismo, en efecto, ocupó la mayor parte de su tiempo. En parte porque le gustaba implicarse en todas las polémicas y, en parte, porque le ofrecía unos ingresos para la subsistencia familiar. Según se puede leer en su biografía, exige que se le “pague bien y a tocateja” y promete “rechazar la colaboración gratuita”.
Mientras estudia en Madrid, irrumpe en el periodismo con solo 23 años, Se inicia en el semanario El Solfeo, que llevaba por lema “Bromazo para músicos y cantantes”. A los pocos meses adopta el seudónimo de Clarín, con el que firmaría todos sus textos desde entonces. Cuando la publicación se convierte en diario, comienza sus secciones “Paliques” y “Libros y libracos”, donde ejerce la crítica literaria con intención “higiénica” y “de policía”.
Sus artículos se convirtieron en lectura obligada para los sectores más informados. Republicano hasta la médula, ejerce un periodismo militante. Fue muy crítico con los políticos de la Restauración, a quienes califica de “liliputienses de baja política”. Arremetió contra la mediocridad de la clase política de su tiempo, hasta el punto de describir a los políticos como “holgazanes y papanatas que no habían sido capaces de llegar a ser nada que exigiera estudios”.
Su bestia negra sería el conservador Cánovas del Castillo, a quien flageló sin piedad durante toda su vida. “Cánovas es la política del pino. El pino mata toda vegetación en derredor suyo”. Lo define como “demócrata en pañales” y ”autócrata”. “¡Cánovas presidiendo la Justicia! Es como la zorra presidiendo el gallinero!”, escribe a propósito de la pretensión del político de controlar el poder judicial.
Con el cadáver de Cánovas aún caliente tras el asesinato de 1897 en Mondragón, llega a decir que del “atentado se pueden extraer algunos beneficios”. “No de la muerte de este señor —precisa—, sino de las consecuencias de esta muerte, pueden venir bienes para España: verbigracia la destrucción del partido conservador, la victoria del progreso sobre la reacción, el despertar de las energías liberales del país, etcétera, etcétera”.
De la biografía de Rafael Jiménez Asensio se desprende que opinó sobre todo. Y contra todo, en especial contra la corrupción y el caciquismo, encarnado por su paisano Alejandro Pidal y Mon, a quien entre los muchos motes que le adjudicó se encuentran los de “el zar de Asturias” o “el Barba Azul de montera picona”.
Detestó la alternancia entre conservadores y liberales. “Sea como sea, el turno de los partidos no puede dar de sí nada bueno en un país donde se entiende que gobernar [no es] transigir, sino reventar a los otros. Y lo peor es que, así como se ha dicho “el que no está conmigo está contra mí”, los partidos entienden aquí por los otros todos los que no están con ellos, y las contribuciones y las arbitrariedades las pagan las masas neutras lo mismo que los caídos. Verdad es que el país es de los caídos y los alicaídos”.
Aprovecha una estancia en la capital para fundar su propia revista, Folletos Literarios. En el primer número publica “Un viaje a Madrid”, crónica de su viaje a la capital. Incluye un reportaje sobre su ídolo político, Castelar, el último presidente de la República. Cuenta cómo es su vida cotidiana, los detalles de domicilio de Madrid, la diferencia entre el “Castelar oficial” y el “Castelar doméstico”…
Además, se puede leer otro artículo sobre cómo su amigo Menéndez Pelayo trabaja en una pensión bulliciosa, o cómo fue su vuelta a la Cervecería Inglesa. “Alrededor de unas cuantas mesas de mármol los grupos negros de siempre: periodistas, políticos, literatos, bolsistas, vagos y gente indefinible, vestidos casi todos lo mismo (…), todos con ideas parecidas, con anhelos iguales: lo mismo, lo mismo que años atrás, lo mismo que siempre… Casi todos aquellos señores tan pulcros, tan semejantes, tan fáciles de olvidar, querían ser diputados…”.
En los artículos políticos de Clarín aparecen reflexiones de extraordinaria actualidad, explica el autor de la biografía, que reproduce estas reveladoras reflexiones. “El justo medio de Aristóteles (…) no siempre es muy cómodo, a lo menos en países como España, donde todo se polariza. Vivimos siempre en el injusto extremo”. Y sobre el partido socialista. “Si el socialismo no fuera más que ser partidario de los que tienen menos, de las clases obreras (y de los menesterosos), yo sería sin reservas socialista”.
Cuando llega a Madrid, para realizar sus estudios, pronto se interesa por el mundo periodístico, y el mundo periodístico queda fascinado por la dureza en sus juicios y su particular socarronería. El periodista Clarín llama la atención de sus compañeros porque escribe a todas horas y en cualquier lugar —según relata Rafael Jiménez Asensio—. Tiene pluma fácil. Busca notoriedad, y aspira a tener un hueco entre los grandes críticos literarios…”.
Pronto lo consigue. Sobre todo, gracias a sus polémicas. “La crítica debe usar sobre todo una saludable severidad, indispensable siempre, más hoy que nunca, por los abusos de que somos testigos a cada momento”, asegura. Definía su trabajo como crítico literario como “una acción patriótica y desinteresada, que tal vez mis contemporáneos no estimen en todo lo que vale”. La compara con la Guardia Civil, “que persigue allá en los montes a los malhechores”. Justifica su dureza para evitar esa “plaga que va tomando proporciones alarmantes”, cuyas obras deben ser enjuiciadas con la mirada de la “posteridad, tribunal de alzada para todos los genios ocultos”.
En otra ocasión escribió que “la crítica es cosa seria, que sin revestir formas tirantes debe sin embargo meditar mucho antes de juzgar, y sobre todo usar una saludable severidad, indispensable siempre, más hoy que nunca por los abusos literarios de los que somos testigos en cada momento”.
La nueva biografía recoge ofrece múltiples ejemplos de sus épicos enfrentamientos literarios. Incluso llegó a mantener un duelo con el pendenciero Fray Candil (seudónimo del poeta y crítico cubano Emilio Bobadilla). Clarín fanfarroneaba diciendo que el enfrentamiento sería “coser y cantar”. El lance hubo de ser suspendido tras recibir dos cortes el asturiano, uno en la boca y otro en el brazo. Se cuenta que el cubano cantaba y alardeaba al grito de “el pronóstico de Clarín se ha cumplido: a él lo están cosiendo, mientras yo canto”.
Alas no solo se enfrentó a los escritores contemporáneos, sino también a los propios colegas de la crítica. “La crítica, señores imbéciles, no puede morir, porque aun dando este nombre solo a la que tiene que censurar, señalar defectos y pobreza de ingenio, aun así habrá crítica mientras haya letras, porque ¿cómo los necios han de dejar de escribir necedades?”.
Si hay alguien con quien las críticas de Clarín no se ensañaron ese es Benito Pérez Galdós. El asturiano escribió innumerables reseñas de las obras del canario, siempre positivas y con pequeñas objeciones para no caer en la adulación. Sentía verdadera devoción por el autor de Fortunata y Jacinta, devoción que no fue correspondida, al menos en público.
Le apoyó sin fisuras en sus aspiraciones de ingresar en la Academia. “La elección de Galdós o el triunfo de los gacetilleros”, titulaba su palique. Contestaba así a quienes vetaron su entrada tiempo antes con el argumento de que no querían “un candidato impuesto por los gacetilleros”.
El ejemplo más notorio del desdén de Galdós hacia Clarín es el prólogo que le pidió para una edición de La Regenta. Los ruegos postales para que entregara el prólogo resultan humillantes. Tardó Galdós años en entregar el texto. Hasta tal punto que Clarín no llegó a ver el libro impreso. La muerte le sobrevino y solo pudo ver la prepublicación que hizo el diario El Imparcial.
Probablemente la relación más difícil de Clarín fue con Emilia Pardo Bazán. Al principio se mostró muy elogioso en sus críticas de las novelas de la escritora. Se ignora si era conocedor de la relación de ella con Galdós y pretendía satisfacer a su admirado escritor canario. Sin embargo, la escritora gallega no fue tan generosa con Clarín. No escribió una línea sobre La Regenta. La ruptura entre ambos escritores fue cruenta. Ella le castigó con el silencio y él a ella con las más variadas vejaciones.
Clarín fue acusado, con razón, de misoginia. Queda de manifiesto en lo que escribió cuando la autora de Los pazos de Ulloa mostró su interés por entrar en la Academia. “También se dice que a doña Emilia le gustaría ser académica (…). ¿Como quiere que sus verdaderos amigos le alabemos esa manía? Más vale que fume. ¡Ser académica! ¿Para qué? Es como si se empeñara en ser guardia civil o policía secreta”.
Acabó siendo tal el enconamiento entre ambos que al día siguiente de la muerte de Clarín la escritora lo tachó de “cruel y poco indulgente”. “Con Clarín se nos muere un pedazo, un resto de nuestra juventud —afirmó—. ¿Quién nos desgarrará como aquel perro? Mire usted que yo pasé cuatro o seis años de mi vida sin que un solo instante dejasen de resonar los ladridos furiosos del can”.
Clarín también mantuvo una guerra dialéctica con los bohemios, los autodenominados “gente nueva”, que veían un obstáculo para sus innovadores propuestas en la “gente vieja” (Clarín, Galdós, Pardo Bazán, etc.), contra los que arremetían sin piedad a la menor ocasión. Leopoldo Alas llegó a decir de ellos: “¡Esos bohemios recalentados son nauseabundos!”.
El modernismo, encarnado por Rubén Darío, fue otro de los objetivos de las diatribas de Clarín. “El señor Darío… es mucho más cursi que decidor —escribió—; y para corromper el gusto y el idioma y el verso en castellano, ni pintado. No tiene en la cabeza más que una indigestión cerebral de lecturas francesas y el prurito de insultar en español ciertos desvaríos de los poetas franceses de tercer orden”.
También hay que concederle al autor de La Regenta, en su labor como crítico, el buen ojo para descubrir nuevos talentos. De ello deja constancia este libro. Por ejemplo, un joven desconocido entonces, mucho antes de convertirse en Azorín. “No sé quién es un señor Martínez Ruiz que escribe artículos de costumbres en El País, pero quien quiera que sea tengo el gusto de decirle que, en mi humilde opinión, si publica muchos trabajos como el titulado “El crítico”, acabará por merecer que se vea en él una de las pocas esperanzas de nuestra literatura satírica”.
También tiene palabras de elogio para Valle-Inclán, pese a que entonces estaba muy próximo a los denostados bohemios. “¿Quién es Valle-Inclán? Un modernista, gente nueva, un afrancesado franco y valiente. Según mis noticias, aunque nuevo, es listo y ha leído”.
La integridad como crítico de Clarín, pese a sus manifiestas manías, quedó de manifiesto en varias ocasiones, según Jiménez Asensio. No admitía injerencias en sus artículos. El propietario de El Día, por ejemplo, le reprochó su defensa de Zola y el naturalismo y le sugirió que fuese más crítico. La diferencia de pareceres terminó con la dimisión de Alas.
También se enfrentó a José Lázaro, promotor de La España Moderna y muy amigo de Emilia Pardo Bazán. Clarín se negó a escribir reseñas de los últimos libros de la autora gallega, no sabemos si porque no le gustaron o por venganza. Lázaro le chantajea con no publicar un artículo sobre la poética de Campoamor en la que está empeñado el asturiano, si no escribe antes sobre los libros de Pardo Bazán. Clarín no lo piensa dos veces y abandona la revista, entonces una de las publicaciones literarias más prestigiosas del país.
Lo tenía muy claro. “¡Artículos de encargo! ¡Una orden de prioridad impuesta por el editor! Con los mejores modos, advertí al señor Lázaro que en la crítica de Clarín solo debía mandar Clarín”.
Animado por la actriz María Guerrero, el escritor asturiano se decide a estrenar su obra teatral Teresa. Probablemente como venganza, la crítica a la que tanto había denostado recibió su drama con un tremendo varapalo. No es de extrañar que Clarín se refiriera al “deplorable estado de nuestro periodismo literario, particularmente con relación a la escena”.
La reacción ante su obra provocó un muy duro enfrentamiento con el severo crítico de El Liberal, que firmaba como Arimón. Escribe el asturiano en El Heraldo de Madrid: “Me quejo, sí, y pongo el grito en el cielo, de que El Liberal no tenga un especialista para la crítica de dramas y comedias (…). Arimón sigue sin explicar por qué es mala Teresa. Su único argumento es el fracaso, pero (…) así, dicho sea sin ofensa, juzga como un acomodador”.
Cuesta imaginarlo, pero Clarín también practicó el reporterismo, aunque de forma aislada. Y de ello se hace eco esta biografía. Durante su estancia en Zaragoza, donde ejerció de catedrático, recibió el encargo de escribir algunos artículos sobre el hambre en Andalucía. Pidió una baja por enfermedad en la Universidad y durante dos meses se dedicó a viajar por Andalucía, junto a su mujer, con la que se acababa de casar, y el resultado fueron veintiún reportajes sobre el tema.
En el primero de la serie deja claras sus intenciones. “Nadie podrá obligarme a sostener lo que no creo, pero tampoco El Día está obligado a publicar todo lo que yo creo (…). Así que solo hablaré de aquello en que podamos convenir periódico y corresponsal”. El Día era un periódico liberal conservador. La fama de Clarín había hecho que recibiera encargos de periódicos no necesariamente afines a su pensamiento, que, por cierto, pagaban mejor que los republicanos.
El reporterismo volvió a llamar a su puerta en el año 1901. En Gijón estaba teniendo lugar una muy enconada huelga de los trabajadores del puerto, a los que se unieron otros muchos sectores, convirtiéndola en huelga general, la más importante hasta entonces. El Imparcial encargó al escritor una serie de reportajes sobre el conflicto. Su conciencia social no le permitía quedarse al margen. Quien se había convertido en un periodista “de sillón” o “de oficina”, como él mismo se calificó, ya gravemente enfermo, se lanzó a la calle y escribió varios artículos, que, además, le costó cobrar. Sólo cuatro años después, el 13 de junio de ese año, Clarín falleció con solo 49 años, después de que su enfermedad se agravara tras sus denodados esfuerzos como reportero a pie de calle.
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Autor: Rafael Jiménez Asensio. Título: Clarín: Republicano de las letras. Editorial: Ediciones Orígenes. Venta: Todostuslibros.


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