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Comala, los naipes y la sombra larga del azar mexicano

Comala, los naipes y la sombra larga del azar mexicano

Hay un instante en Pedro Páramo en el que Juan Preciado, recién llegado a Comala, comprende que ha entrado en un territorio donde los vivos y los muertos comparten mesa, conversación y, presumiblemente, también vicios. Rulfo no lo dice con esas palabras, porque Rulfo nunca dice las cosas con esas palabras, pero la insinuación queda flotando en el polvo del pueblo como una baraja olvidada sobre el mostrador de una cantina. México, ese México mítico que el escritor jalisciense fijó en la literatura universal con apenas trescientas páginas, ha sido siempre un país atravesado por la noción del azar, por la conciencia aguda de que la vida es una mano que se reparte sin que uno pueda mirar las cartas del adversario, que casi siempre es la muerte. Conviene leer a Rulfo desde esa clave, y conviene también, cuando se cumplen cuarenta años de su ausencia, recordar que Comala no es solo un pueblo fantasma sino una metáfora exacta del país que apuesta sin descanso contra su propio destino.

La literatura mexicana del siglo XX se construye sobre esa intuición. Sergio Pitol, viajero perpetuo, supo verlo desde la distancia veracruzana y desde las embajadas remotas que habitó durante décadas. En su viaje oblicuo de la memoria, Pitol describió un país que se mira a sí mismo a través del espejo deformante del azar, donde nada es enteramente lo que parece y donde la fortuna, esa palabra que comparte raíz con el infortunio, decide los destinos con la indiferencia con que un crupier reparte naipes. El propio Pitol, huérfano tempranísimo, malárico durante seis años de infancia inmóvil, supo que la vida es un lance que uno no elige y que escribir es una manera elegante de hacer trampas al destino, de barajar de nuevo las cartas que nos tocaron. Sus relatos, sus diarios, sus ensayos disfrazados de novela, son apuestas en voz baja contra el silencio.

"El azar, en esa tradición, no es nunca un accidente sino una estructura"

Mario Bellatin, heredero involuntario de esa estirpe, llevó la cuestión un paso más allá. Sus libros son ruletas literarias en las que el lector nunca sabe qué número va a salir, dónde se mezclan biografías inventadas, fotografías que pueden ser falsas y narradores que se desdoblan como naipes marcados. Leer Salón de belleza o El gran vidrio es asomarse a una mesa de juego donde el escritor es a la vez jugador, banca y trilero, y donde el lector apuesta su tiempo a cambio de una experiencia que puede ser revelación o engaño, sin que importe demasiado la diferencia. Bellatin entendió que en México la frontera entre lo real y lo apostado es porosa, y que la literatura podía operar como un casino sin horarios donde las fichas son palabras.

El azar, en esa tradición, no es nunca un accidente sino una estructura. Los naipes españoles que llegaron en las bodegas de los galeones, el tute aprendido en las cantinas, el dominó de los portales coloniales, el albur verbal que es también una forma de juego, todo ello compone una arqueología del riesgo que late bajo la superficie de la cultura mexicana. Cuando Octavio Paz escribió que el mexicano vive en diálogo permanente con la muerte, estaba describiendo, sin nombrarla, la mecánica íntima del jugador, esa figura que apuesta porque sabe que la casa siempre gana y que aun así, o precisamente por eso, vuelve cada noche a la mesa.

En las últimas décadas, esa pulsión ha encontrado un nuevo escenario. Lo que antes ocurría en los cuartos traseros de las cantinas y en los hipódromos de provincia se ha trasladado a la pantalla, y existe ya un ecosistema digital tan amplio que puede recorrerse según estafa.info/mexico, donde el paisaje contemporáneo del juego revela hasta qué punto la vieja intuición rulfiana sigue operando. Comala se ha mudado al servidor, los espectros conservan su nombre de usuario y el polvo del camino se ha vuelto fibra óptica, pero la apuesta sigue siendo la misma: el jugador entrega su tiempo y su dinero a cambio de un instante de suspensión, esa pausa minúscula en la que la mano gira, la bola rueda y todo parece, por un segundo, posible.

"Lo interesante, lo verdaderamente literario, es que esa transformación digital no ha disuelto la mitología sino que la ha amplificado"

Lo interesante, lo verdaderamente literario, es que esa transformación digital no ha disuelto la mitología sino que la ha amplificado. Las máquinas de azar contemporáneas funcionan con algoritmos que serían incomprensibles para Rulfo, pero el sentimiento que producen en quien las acciona es exactamente el mismo que el de aquellos personajes suyos que cruzaban Comala buscando algo, sin saber muy bien qué, con la certeza melancólica de que la vida es un préstamo que la muerte va a reclamar. Bellatin, Pitol y Rulfo escribieron, cada uno a su manera, sobre esa condición. Y la literatura mexicana, esa cantera inagotable, sigue ofreciendo claves para entender por qué un país construido sobre cementerios y revoluciones perdidas mira con tanta naturalidad las pantallas iluminadas que prometen, una vez más, esa victoria pequeña contra el destino que ya Pedro Páramo, desde su silla de cacique, sabía imposible.

Acaso por eso seguimos leyéndolos. Porque en cada página de Pedro Páramo, en cada viaje oblicuo de Pitol, en cada novela ruleta de Bellatin, late la misma pregunta que se hace el jugador antes de poner la ficha: si esta vez será distinto, si esta vez la mano será buena, si esta vez, contra toda evidencia acumulada, ganaremos algo a la muerte.

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