Hay un instante en Pedro Páramo en el que Juan Preciado, recién llegado a Comala, comprende que ha entrado en un territorio donde los vivos y los muertos comparten mesa, conversación y, presumiblemente, también vicios. Rulfo no lo dice con esas palabras, porque Rulfo nunca dice las cosas con esas palabras, pero la insinuación queda flotando en el polvo del pueblo como una baraja olvidada sobre el mostrador de una cantina. México, ese México mítico que el escritor jalisciense fijó en la literatura universal con apenas trescientas páginas, ha sido siempre un país atravesado por la noción del azar, por la conciencia aguda de que la vida es una mano que se reparte sin que uno pueda mirar las cartas del adversario, que casi siempre es la muerte. Conviene leer a Rulfo desde esa clave, y conviene también, cuando se cumplen cuarenta años de su ausencia, recordar que Comala no es solo un pueblo fantasma sino una metáfora exacta del país que apuesta sin descanso contra su propio destino.
Mario Bellatin, heredero involuntario de esa estirpe, llevó la cuestión un paso más allá. Sus libros son ruletas literarias en las que el lector nunca sabe qué número va a salir, dónde se mezclan biografías inventadas, fotografías que pueden ser falsas y narradores que se desdoblan como naipes marcados. Leer Salón de belleza o El gran vidrio es asomarse a una mesa de juego donde el escritor es a la vez jugador, banca y trilero, y donde el lector apuesta su tiempo a cambio de una experiencia que puede ser revelación o engaño, sin que importe demasiado la diferencia. Bellatin entendió que en México la frontera entre lo real y lo apostado es porosa, y que la literatura podía operar como un casino sin horarios donde las fichas son palabras.
El azar, en esa tradición, no es nunca un accidente sino una estructura. Los naipes españoles que llegaron en las bodegas de los galeones, el tute aprendido en las cantinas, el dominó de los portales coloniales, el albur verbal que es también una forma de juego, todo ello compone una arqueología del riesgo que late bajo la superficie de la cultura mexicana. Cuando Octavio Paz escribió que el mexicano vive en diálogo permanente con la muerte, estaba describiendo, sin nombrarla, la mecánica íntima del jugador, esa figura que apuesta porque sabe que la casa siempre gana y que aun así, o precisamente por eso, vuelve cada noche a la mesa.
En las últimas décadas, esa pulsión ha encontrado un nuevo escenario. Lo que antes ocurría en los cuartos traseros de las cantinas y en los hipódromos de provincia se ha trasladado a la pantalla, y existe ya un ecosistema digital tan amplio que puede recorrerse según estafa.info/mexico, donde el paisaje contemporáneo del juego revela hasta qué punto la vieja intuición rulfiana sigue operando. Comala se ha mudado al servidor, los espectros conservan su nombre de usuario y el polvo del camino se ha vuelto fibra óptica, pero la apuesta sigue siendo la misma: el jugador entrega su tiempo y su dinero a cambio de un instante de suspensión, esa pausa minúscula en la que la mano gira, la bola rueda y todo parece, por un segundo, posible.
Lo interesante, lo verdaderamente literario, es que esa transformación digital no ha disuelto la mitología sino que la ha amplificado. Las máquinas de azar contemporáneas funcionan con algoritmos que serían incomprensibles para Rulfo, pero el sentimiento que producen en quien las acciona es exactamente el mismo que el de aquellos personajes suyos que cruzaban Comala buscando algo, sin saber muy bien qué, con la certeza melancólica de que la vida es un préstamo que la muerte va a reclamar. Bellatin, Pitol y Rulfo escribieron, cada uno a su manera, sobre esa condición. Y la literatura mexicana, esa cantera inagotable, sigue ofreciendo claves para entender por qué un país construido sobre cementerios y revoluciones perdidas mira con tanta naturalidad las pantallas iluminadas que prometen, una vez más, esa victoria pequeña contra el destino que ya Pedro Páramo, desde su silla de cacique, sabía imposible.
Acaso por eso seguimos leyéndolos. Porque en cada página de Pedro Páramo, en cada viaje oblicuo de Pitol, en cada novela ruleta de Bellatin, late la misma pregunta que se hace el jugador antes de poner la ficha: si esta vez será distinto, si esta vez la mano será buena, si esta vez, contra toda evidencia acumulada, ganaremos algo a la muerte.


Laura, vaya mi más sincero agradecimiento por este artículo. Ha logrado algo tremendamente considerable, que es establecer una conexión fluida entre Rulfo, Pitol y Bellatin, sin que se perciba ninguna discontinuidad. Esta tarea, le aseguro, no está al alcance de cualquiera.
Sin embargo, permítame confesarle algo. Para mí, Juan Rulfo trasciende la figura de un referente literario; representa una deidad de las letras, de aquellas que emergen una vez por siglo y dejan una obra breve pero incontestable. Conozco «Pedro Páramo» de memoria, de verdad. Y cada vez que releo sus páginas, las cuales evocan un país en sepia y en silencio, descubro siempre algo nuevo. Y es que Rulfo no describe México; lo exhala. Y en ese aliento se encuentran los vivos y los muertos, el cacique y el peón, la fe y la superstición, el polvo y la lluvia, la lluvia que no llega. Todo ello que usted ha sabido tan requetebién capturar con su metáfora de los naipes.
Me ha resultado particularmente interesante su observación sobre que el azar en esta tradición no es un mero accidente, sino una estructura intrínseca. Es una idea de gran potencia. Permítame añadir que en Rulfo existe un elemento adicional. No se trata únicamente de que la vida sea una apuesta; es que las cartas ya estaban marcadas antes de nuestro nacimiento. Y aun así, sus personajes continúan su camino, como Juan Preciado, como Pedro Páramo y como todos nosotros.
Y ya que mencionamos México, a mi modo de ver, pocas literaturas en nuestra lengua son tan deslumbrantes como la mexicana. De Sor Juana Inés de la Cruz a Rulfo, de Paz a Pitol, de Carlos Fuentes a Elena Garro, de Laura Esquivel a Fernanda Melchor… México nos ha legado una tradición literaria que constituye, en sí misma, todo un continente y más. Pero es que, además, México es un país maravilloso, acogedor, cuya amabilidad se respira por doquier. Y usted ha sabido honrar ambas cosas con este texto.