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Con el tiempo habrá otro

Quince escritores, reunidos por Sergio del Molino, cuentan Historias del Camino en este Año Jacobeo. Este nuevo libro gratuito de Zenda —el quinto en colaboración con Iberdrola—, que lleva por subtítulo Ficciones y verdades en torno al Camino de Santiago, incluye relatos de Rosa BelmonteRamón del CastilloLuis Mateo Díez, Pedro Feijoo, Ander Izagirre, Manuel Jabois, José María Merino, Olga Merino, Susana Pedreira, Noemí Sabugal, Karina Sainz Borgo, Cristina Sánchez-Andrade, Ana Iris Simón, Andrés Trapiello e Isabel Vázquez. 

El libro, que no estará a la venta en librerías, está editado y prologado por Sergio del Molino, coordinado por Leandro Pérez y Miguel Munárriz y la ilustración de la portada es de Ana Bustelo. La versión electrónica de Historias del Camino podrá descargarse de forma gratuita en Zenda desde hoy. A lo largo de los próximos días, además, en Zenda iremos publicando los diferentes relatos que pueblan el libro.

Hoy es el turno de Pedro Feijoo y de su relato, titulado «Con el tiempo habrá otro».

***

Con el tiempo habrá otro

Hambre, frío, dolor. Ampollas en los pies. Y sangre, por supuesto. ¿Qué historia que se precie merece ser contada si en ella no hay algo de sangre? Philippe ha mordido el polvo tantas veces a lo largo del camino, que ahora la tiene por todas partes. En las manos, en las rodillas, en los pies destrozados… De hecho, son tantas las marcas que nunca diría que toda esa sangre sea suya. Pero ahora eso es lo de menos. Ahora, lo que de verdad importa es que, por fin, aquí está. Y, agotado, sonríe al contemplar las interminables columnas de piedra que, alzadas a su alrededor, se pierden en la penumbra de las bóvedas. Inmóvil ante el altar mayor, Philippe se deshace de los bultos que carga a su espalda y, sin demasiados miramientos, deja caer todo el peso de su cuerpo sobre uno de los bancos de la primera fila. «Así que esto era…». Después de tanto tiempo en el camino —o tal vez debería decir en los caminos—, después de tantos paisajes diferentes, de tanta tierra, de tanto polvo, de tanto sufrimiento, por fin, aquí está.

En los últimos días, Philippe Mercier ha tenido como nunca antes la sensación de haber conocido los límites de su geografía personal. Enero nunca es un buen momento para echarse al camino, menos aún en esta parte del mundo. Los días son cortos, sin apenas la más breve noticia del sol. Y las noches, trenzadas de frío y cansancio, tan solo son aptas para el sueño en incómodos plazos. Un sueño frágil, fugitivo, indefenso bajo la manta de los cielos más negros que cualquiera podría imaginar, mientras el cuerpo, siempre dolorido, atraviesa madrugadas de hielo a las que ningún amanecer parece querer asomarse. No, enero nunca es un buen momento para encontrarse en el camino, pero, desde luego, éste ha sido el más agotador de toda su vida.

Anteayer, al mirar atrás y contemplar el mar por última vez, volvió a maldecir entre dientes la hora en que se le ocurrió aceptar semejante viaje. Es cierto, después de todo, llegar hasta allí, concluir esa etapa de la expedición, acabó convirtiéndose en una pequeña victoria. Pero es tanto lo que aún queda por delante… Desandar el camino. ¿Y quién sabe lo que aguarda a la vuelta de cada esquina? No, ni éste es un país fácil, ni sus habitantes son de los que siempre están dispuestos a recibir al extranjero con los brazos abiertos. Tierra ésta dura como pocas… ¡Que por algo fue por muchos siglos el fin del mundo, carajo! Es cierto que los compañeros de Philippe son los mejores. En silencio, los observa a su alrededor. Algunos caminan entre las naves, deambulando sin rumbo concreto, perdiéndose en el asombro de los mil detalles de la catedral. Otros, tan exhaustos como él, han ido a buscar reposo en los bancos posteriores. Allá donde mire, allá donde huela, hay agotamiento. Pero también determinación, la mirada cómplice del que, satisfecho, sabe que ha alcanzado un objetivo. Sí, hay que ser de una pasta especial para llegar hasta donde ellos han llegado. Y eso está muy bien, incluso podría ser todo un orgullo. Pero, ahora mismo, a Philippe Mercier un poco más de descanso —o sencillamente algo de descanso— tampoco le habría sentado mal. Anteayer era inútil siquiera pensarlo. Tan solo imaginarlo habría minado aún más sus ya de por sí exiguas fuerzas. Y el camino las reclama todas. Sentado en su banco, Philippe repasa la factura. La espalda rota, ateridos los dedos de las manos. Y los pies… Maldita sea, si por lo menos estas botas no fuesen tan ruines. Y sí, es verdad que las dos últimas noches han sido tan frías como duras, pero también lo es que sus días no les han ido muy atrás. ¿O acaso es ésta toda la luz que las gentes de esta parte del mundo conocen? Una claridad minúscula, débil, apenas el tímido regateo que consigue filtrarse a través de un cielo de gris eterno, como hecho del plomo más inquebrantable. Y este aire, siempre cargado de bruma, niebla, humedad.

Y lluvia.

Desde que Philippe y sus compañeros de expedición entraron en Galicia, apenas ha dejado de llover. En algún momento, el muchacho incluso ha levantado la cara al cielo y, con la perplejidad del hombre que no alcanza a comprender la inmensidad bajo la que se encuentra, ha escudriñado en cada pliegue de esa masa nubosa e impenetrable, preguntándose cómo es posible que existan tantas formas distintas de lluvia.

Lluvia arrasadora, implacable. Agua arrojada con la misma furia con la que un enemigo invisible abriría un fuego líquido, dispuesto a borrar de la faz de la tierra cualquier vestigio de vida en movimiento bajo el más denso telón de mar vertical.

Lluvia constante, monótona, inagotable. Insensible a la fatiga de los hombres.

Lluvias voraces, insaciables…

Y, sin embargo, la peor es ésta otra. La lluvia fina. Aquélla casi invisible que, como un paisaje sin fin de minúsculas motas de polvo en suspensión líquida, resulta ser la que más moja, la que más cala. Esa humedad que se te mete dentro, llenándote los huesos de agua, de frío, de cansancio. Haciendo que hasta tu pensamiento se vuelva lluvia…

Pero por fin, ahora, aquí está. Todavía mojado. Calado hasta los huesos, sí. Pero aquí está. Justo cuando había abandonado toda esperanza de reposo.

No en vano, de todas, las dos últimas jornadas de camino han sido las más duras. Apenas unos días antes, Philippe Mercier y sus compañeros caminaban justo detrás de un grupo de ingleses, que eran quienes marcaban el ritmo. Pero ahora los ingleses ya no están… Llevaban la prisa metida en el cuerpo los condenados, avanzando hacia el mar como si la vida les fuese en ello. Durante varias jornadas, a Philippe y a sus compañeros no les quedó más remedio que apurar el paso, cerciorándose de pisar donde los ingleses pisaban para no perder el rumbo. Para no perderse por las sombras de esta tierra. Pero siempre caminando tres zancadas, dos, una por detrás de ellos. Sin embargo, hace tres días todo cambió. El enfrentamiento acabó con la compañía, y durante las dos últimas jornadas Philippe y sus compañeros han vuelto a caminar solos. El mar de Coruña al fondo. Elviña, Carral, Ordes, Mesón do Vento, Sigüeiro…

Y por fin, hoy al amanecer, Santiago.

Pero antes, su padre.

Fue ayer, al pasar por la aldea de Cabeza de Lobo, cuando el recuerdo de su padre volvió a salirle al paso. Estaba ahí mismo, agazapado tras un alto. Mientras refrescaba la garganta en una fuente del camino, Philippe detuvo su mirada en la concha de vieira labrada en la piedra. La concha del peregrino… Y, como en una escaramuza, la memoria de todas aquellas descripciones interminables vino a emboscar su pensamiento. «Así que esto era, ¿eh, viejo?» Y, para su sorpresa, una sonrisa resignada se le encajó en la expresión.

«Así que esto era…».

Ayer, Philippe fue por fin plenamente consciente de lo que estaba sucediendo: al igual que una vez su padre, ahora también él estaba haciendo el camino a Santiago.

Es cierto que el que ha llevado a Philippe a Compostela no es el mismo recorrido que en su momento realizó su padre. Él, monsieur Jean-Jacques Mercier, lo había hecho muchos años atrás, cuando Philippe no era más que un mocoso que apenas levantaba un par de palmos del suelo. Y en aquella ocasión, como era lo más natural, la ruta elegida había sido la del llamado Camino Francés, entrando en España por Roncesvalles para atravesar todo el norte de la península hasta llegar a Compostela, mientras que la de Philippe vendría siendo la del Camino Inglés.

Y sí, también es verdad que el medio empleado para el desplazamiento tampoco había sido el mismo. De hecho, y tan al contrario que su hijo, Jean-Jacques apenas había puesto un pie en el suelo: a pesar de que en los últimos años hubiera ido modulando convenientemente las formas de su discurso, lo cierto es que su padre siempre había sido un hombre de apego a las tradiciones de la aristocracia. Sobre todo, a aquéllas relacionadas con el estilo, el buen gusto —o cuando menos lo que él interpretaba como tal—, el hedonismo y, por qué no decirlo, con la comodidad personal. De manera que, en su momento, el viejo Mercier se había decantado por la opción de hacer el camino a caballo.

Y, por concluir con las diferencias, es igualmente cierto que, en el apartado de las motivaciones, los argumentos tampoco coincidían, ya que las razones por las que el ahora anciano señor Mercier se había decidido a convertirse en peregrino atendían a cuestiones de índole espiritual. Aunque, a fuer de ser honestos, cabe señalar que tales razones solo gozaban de crédito para el mismo señor Mercier. Porque, a pesar de que nadie se hubiera atrevido nunca a llevarle la contraria al viejo, todos en la casa conocían la verdadera motivación por la que el señor Mercier se había lanzado a la aventura del camino.

Porque, a pesar de las interminables sobremesas en las que su padre no perdía ocasión para señalar lo importante que era para cualquier buen espíritu cristiano la posibilidad de ganarse el jubileo —evocando, además, lo muy especialmente revelador que le había resultado encontrarse consigo mismo en aquello que Jean-Jacques Mercier siempre describía como su «gran epifanía mística»—, en la residencia de los Mercier-Triché todos sabían que si el cabeza de familia se había echado al camino tan solo era porque, escudriñando por una rendija de la historia, Jean-Jacques había contemplado una verdad indiscutible: bien jugadas sus cartas, la vía jacobea también podía convertirse en una oportunidad de expansión incomparable, no solo espiritual sino, sobre todo, económicamente hablando.

Y es que, a fin de cuentas, ésa era la realidad: históricamente, y al igual que ocurría con tantas otras rutas de peregrinación espiritual, el camino de Santiago siempre había sido una fecunda vía de expansión cultural, artística y, evidentemente, también comercial. Y sí, para qué engañarnos, de las tres opciones, el último tipo de expansión era el que más le había interesado siempre al cristiano espíritu del señor Mercier. Que no solo de pan vive el hombre, y, además, en Burdeos ya todos sabían que el vino de las bodegas Mercier apenas servía para abastecer las tascas, fondas y tabernas más infames de la región, aquellas barras selectas en las que tanto las discusiones sobre la calidad del vino como, ya puestos, sobre cualquier aspecto de la vida en general, solían dirimirse en favor de aquél que fuera más rápido en el manejo de la navaja. No, en aquella buena parte del mundo ya no quedaba mucho que rascar para la expansión y crecimiento del Château Mercier. Pero, tal vez al sur… Ah, Jean-Jacques, ¡viejo zorro!

Y así, desde entonces, cada vez que el señor Mercier rememoraba sus aventuras a lo largo y ancho del camino de Santiago, todos a su alrededor disimulaban el aburrimiento que cualquiera de los múltiples episodios del relato tantas veces escuchado les producía, intentando imaginar a cuántos españolitos no habría engañado el artero Jean-Jacques con su disfraz de pequeño bodeguero espiritual y místico. Pero, eso sí, sin que nadie en todo el auditorio dejase de asentir con gesto complaciente. Porque, siendo realistas, ¿de qué iban a renegar? Por más que las memorias del camino les resultasen terriblemente aburridas, lo cierto era que la jugada del señor Mercier había salido bien, y los puentes tendidos a lo largo del camino sirvieron para establecer nuevas relaciones comerciales para los Mercier-Triché, gracias a las cuales la familia se benefició durante un buen tiempo de una cierta prosperidad e incluso comodidad.

Una pena que, al final, ni la riqueza fuera tanta ni, sobre todo, hubiera durado lo suficiente como para haber alcanzado algún que otro contacto más elevado. Porque ésa era la verdad: mucho cuento con la gran epifanía mística, pero lo cierto es que el honorable Jean-Jacques tardó casi tan poco en amasar su fortuna como en bebérsela… Quién sabe, si hubiera durado un poco más, tal vez ahora Philippe habría dispuesto de otros privilegios. Y, lo que era más importante, quizá no se sentiría tan cansado, no habría acumulado tanta fatiga en tantos aspectos y, sobre todo, tal vez habría podido disponer de unas botas que no le apretasen tanto los pies.

Todavía sentado —en realidad casi derramado— en el primer banco de la nave central, Philippe Mercier concluye que es un poco tarde para semejantes disquisiciones. Ahora, lo importante es que aquí está él, tantos años después, siguiendo también los pasos de su padre. Aunque nada más sea en cierto sentido, claro.

Porque esto también es cierto: en su caso, el joven Philippe Mercier no ha experimentado nada que se parezca a ninguna epifanía mística, ni grande ni pequeña. De sobra sabía con anterioridad que su padre tampoco había sentido tal cosa más allá de en sus más que acomodadas memorias, pero, para su mayor sorpresa, al hacer ahora repaso de todas aquellas experiencias tantas veces relatadas, a todas ellas las ha echado en falta. No, Philippe ni se ha encontrado consigo mismo en ninguna ocasión de la que se haya sentido especialmente orgulloso, ni mucho menos está cerca de ganarse ningún jubileo. Es más, el muchacho está seguro más allá de cualquier duda razonable de que, si es cierto que vive algún dios, a Philippe le va a costar mucho ganarse su perdón. Más aun, teniendo en cuenta lo que está a punto de hacer.

—Es impresionante, ¿verdad?

Con la mirada aún perdida en algún rincón de las bóvedas de arista, allá, tan arriba, Philippe se limita a asentir en silencio. En realidad, no sabe a qué se refiere su compañero, pero eso da igual. Sea cual sea el objeto del comentario hecho por Armand, la afirmación es una buena respuesta.

, es impresionante el espacio. El crucero de la catedral, el altar mayor, la figura del apóstol. Lo es incluso el Botafumeiro, el famoso incensario de cuyo impresionante vuelo tantas veces había escuchado hablar a su padre, ahora inmóvil ante a ellos.

, es impresionante el viaje que los ha llevado hasta aquí. El camino…

…Y , es impresionante la cantidad de muertos que han ido dejando a su paso. Los últimos, todos esos soldados ingleses a los que, después de tantas jornadas de persecución incansable, siguiendo sus pasos desde el norte de Portugal hasta las puertas de Coruña, por fin alcanzaron hace tres días en los campos de Elviña, a las afueras de la ciudad. Pobres diablos, los cazaron como a ratas justo cuando, exhaustos, intentaban embarcar, huyendo de regreso a Inglaterra. Es verdad que muchos lograron escapar, alcanzar las naves y, esquivando el fuego, zarpar hacia el norte. Pero también lo es que no fueron pocos los que cayeron. Empezando por su comandante, el general sir John Moore, abatido por una bala de cañón que el propio Philippe se encargó de disparar. La sangre de todos esos desgraciados, el joven Mercier todavía la siente fresca en sus manos… Todo, todo es impresionante. Sí.

Aunque, por supuesto, su compañero Armand no se refiere a nada de ello.

—Plata y piedras preciosas —continúa, con la mirada fija en el incensario—, y los aldeanos ahí fuera, pasando hambre…

Philippe sonríe con desgana.

—No será gracias a nosotros que dejen de hacerlo.

Armand Lemaitre también niega en silencio.

—Órdenes son órdenes —se exime.

En efecto, órdenes son órdenes, piensa Philippe. Y lo que menos importa es que esas órdenes sean correctas o incorrectas, justas o injustas. Órdenes son órdenes…

Los dos hombres vuelven a ponerse en pie y, con gestos automáticos, proceden a desenganchar el Botafumeiro de los correajes que lo mantienen amarrado a la larguísima soga suspendida desde las poleas, en lo alto del crucero. «Sólo es un incensario», se dice a sí mismo Philippe, intentando disculparse de antemano ante el enojo que presumiblemente le supondría a su padre si éste llegara a saber lo que el joven Mercier está a punto de hacer: cargar el incensario en el carro del mariscal. Pero ¿y qué otra opción le queda? Órdenes son órdenes, lo sabe hasta el cabo más patán. Y un soldado nunca desobedece el mandado de un superior. Menos aún cuando el tuyo es el ejército más poderoso que pisa el suelo del mundo conocido. De modo que, si esto es lo que quiere el mariscal Soult, esto será lo que tenga. Al fin y al cabo, no es más que un incensario. Uno muy grande, sí. Uno de plata y piedras preciosas, también. Pero ¿qué puede hacer Philippe Mercier al respecto? Con el tiempo habrá otro, y si no es de plata que sea de latón, que para el caso hará el mismo servicio. Philippe es un soldado, y se debe a las órdenes de sus superiores. Desde el primero hasta el último. Desde el cabo hasta el emperador. Y, a fin de cuentas, nadie desobedece a un oficial del ejército de Napoleón Bonaparte…

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VV.AA. Título: Historias del Camino. Editorial: Zenda. Descarga: Fnac y Kobo (gratis).

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