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Cuando la realidad te sorprende en la esquina

Cuando la realidad te sorprende en la esquina

Una nieta visita cada vez con más frecuencia a su abuela para ayudarla en el día a día. Aunque la anciana parece algo esquiva a las preguntas que la pequeña le hace, al final empieza a rememorar la historia de su familia, que en parte es también la historia de un país: guerra civil, Pirineo aragonés, Barcelona de posguerra, madres de Peraltilla, accidente del avión LeO 451… Una historia llena de ternura que, además, nos recuerda de dónde venimos.

En este making of Reyes Salvador narra los orígenes de Dinero caído del cielo (Pregunta).

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Hace ya algunos años, leyendo el maravilloso libro A peu per Aragó (Josep Maria Espinàs, La Campana, 2006), sentí un chispazo cuando apareció el nombre de la población de Yésero. En aquel párrafo que tuve que releer varias veces se recogía el testimonio de Jesús Lacoma Langlara, que comenzó la guerra en el bando republicano, combatió en la Bolsa de Bielsa y terminó la contienda en el lado nacional. Contaba que cuando estaban atrincherados en Yésero acudieron al pueblo un grupo de mujeres, entre las que se encontraba su madre. Al joven soldado solo se le ocurrió decir: «Tenga, mamá, la cartera, quédesela por si me matan». No lo mataron y gozó de una envidiable memoria y una larga vida, aunque no los años suficientes (siempre llegó tarde a estas cosas), para que pudiera conocerlo y gozar de su conversación. Quien sí pudo disfrutar de sus recuerdos y recopilarlos en un blog fue Eduardo Budiós, con el que pude contactar por Facebook y que me esperó a la entrada de la población de Peraltilla una calurosa tarde de agosto. Fue una gentileza que nunca le podré agradecer lo suficiente, ya que no me conocía de nada y puede ser hasta peligroso (con el sol cayendo directo en la cabeza como solo lo hace en aquellos lugares) esperar sin apenas sombra la llegada de alguien con ínfulas de escritora. Brujas, magos y espectros abundan por la zona, aunque sus horas de esparcimiento suelen ser las nocturnas. Eso debió de despejar sus recelos.

"Ya en la localidad de Yésero pregunté con insistencia sobre ese episodio. Pero nadie parecía saber, y quien pudiera recordar andaba desmemoriado o descansando en un nicho"

Yo acababa de ser madre, y con los terrores y el trajín hormonal propio de una primípara añosa no podía encontrar mayor dolor que perder a un hijo. Me sorprendía de aquel grupo de mujeres el hecho de que el trayecto a pie desde Peraltilla a Yésero supusiera una ruta de varios días, vadeando las carreteras tomadas por los nacionales y cruzando no quiero saber cómo la Sierra de Guara. Denominar a esa travesía «excursión» sería una frivolidad. Las que ahora denominaríamos «madres coraje» se encogerían de hombros y apuntarían que qué menos que ir a ver a un hijo. Tras consultar mapas militares y volverme loca con los GR fue Vicente Campo, guardia forestal, el que me ofreció la ruta más plausible: la Cabañera Principal que atraviesa la Sierra de Sevil.

Ya en la localidad de Yésero pregunté con insistencia sobre ese episodio. Pero nadie parecía saber, y quien pudiera recordar andaba desmemoriado o descansando en un nicho. Me acordé entonces muchísimo de mi abuelo, que no se cansaba de contar historias de la guerra, y al que mi abuela hacía callar, porque según ella no debía calentarme la cabeza con monsergas.

"Me interesé por la aviación militar y descubrí episodios nunca contados de mi familia, como la estancia de mi padre en las colonias de Estadilla y su posterior evacuación en la población francesa de Auch"

Una excursión a Panticosa (esta sí, poco ecológica, comodona y en vehículo) me hizo conocer la historia del avión siniestrado y de algún nombre, no confirmado y dicho en voz baja, que se había enriquecido gracias al dinero encontrado dentro del aparato. ¡Vaya, aquí sí que hay tema! Indagué en foros militares y apareció hasta el inventario del dinero y los objetos encontrados en el avión. Y entre todos esos datos, la sospecha de que algo raro pasó y que no se investigó lo suficiente, porque no interesaba o no procedía, las razones del siniestro y los pormenores de la misión.

Elaboré mil teorías en mi cabeza, me interesé por la aviación militar —algo que hasta aquel momento me iba al pairo— y descubrí episodios nunca contados de mi familia, como la estancia de mi padre en las colonias de Estadilla y su posterior evacuación en la población francesa de Auch. Mi familia materna también ha sido motivo de estudio, en especial mi tía abuela Teresa Cavero, enfermera en la Guerra Civil y casada, por lo civil, con un periodista judío francés. historia muy al estilo de Por quién doblan las campanas sin, evidentemente, la genialidad de Hemingway.

"Puedo apuntar que debe ser un orgullo para un escritor que lo reconozcan desde una ventana, pero mi encuentro no fue precisamente una versión de Bienvenido, Míster Marshall"

He disfrutado lo indecible rememorando las andanzas de la abuela de mi pareja, un personaje al que no le he tenido que añadir ni un punto de exageración, porque la palabra «extravagancia» se hizo para ella. Indagar en la Barcelona de la postguerra hasta nuestros días, establecimientos y costumbres, me ha hecho querer todavía más mi ciudad. Y he llorado mientras escribía, recordando las sensaciones que me embargaron cuando el camping de las Nieves de Biescas fue arrasado por las aguas, dejando a su paso un dolor inimaginable.

Hasta aquí lo que aparece en mi novela. Lo que no aparece es el cariño de los habitantes de Yésero, en donde presenté la novela (al margen de la Feria de Frankfurt o la de Guadalajara hay muchos eventos literarios que se merecen más líneas en los medios que los dominados por los grandes grupos editoriales, ¡ahí lo dejo!); la vergüenza por aparecer hasta en el pregón de las fiestas de Peraltilla y haber visitado la población en una sola ocasión. Que se presente para que le dediques el libro la sobrina-nieta de la protagonista (un personaje totalmente inventado) es de las cosas más alucinantes que me han pasado. Aunque no lo fue menos que cuando husmeaba en las inmediaciones del cementerio de Acumuer (lugar donde según mis datos estaban enterrados los tripulantes del avión siniestrado LeO 451) apareciera un vecino de la población para interrogarme sobre el origen de mis investigaciones. Puedo apuntar que debe ser un orgullo para un escritor que lo reconozcan desde una ventana, pero mi encuentro no fue precisamente una versión de Bienvenido, Míster Marshall. Conocer de primera mano a personas que vivieron los hechos ha sido un privilegio, pero ha añadido más intriga y misterio al accidente aéreo. Ya me aconsejaron voces literarias/comerciales que era en el tema del siniestro en donde tenía que hacer hincapié, pero yo he contado la historia que quería contar y no me arrepiento. Que hace solo hace tres años los restos de los ocupantes del avión fueran reclamados por el gobierno francés y que solo hace uno se presentaran en la zona miembros del ejercito para intentar reconstruir el avión me hace pensar que queda mucho por contar. Pero soy tozuda y aprovechando este púlpito hago una llamada: ¡Señores de Netflix, Amazon, HBO, productoras y canales nacionales, háganme caso! No quiero que nuestros vecinos los franceses —aunque a una coproducción no habría que hacerle ascos— se apoderen de esta historia. Es mía, es de mis lectores, pero ya hay muchos que ya me han dicho que les da pereza, que se esperan a la peli. Así que ya saben.

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Autora: Reyes Salvador. Título: Dinero caído del cielo. Editorial: Pregunta Ediciones. Venta: Todostuslibros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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