Tú viniste hacia mí, como yo fui hacia ti y nos encontramos,
olvidados ambos de nosotros mismos.
Franz Kafka, El castillo
Querido Mateo,
Todo arrancó como cualquier otro día de esa semana: tú en el campus de baloncesto, tu madre en el trabajo, yo con los preparativos de última hora (la merienda nunca puede faltar, hijo mío) y, un poco antes de la hora de comer, los tres juntos de camino a la playa elegida. El tráfico era algo más denso de lo habitual y, conforme nos acercábamos, empezaba a tener la impresión de que mi plan no iba a funcionar, como si media Galicia hubiese decidido lo mismo que nosotros y nos sacasen demasiada ventaja…
Como ya habrás adivinado, no era el caso y recuperé el pulso cuando el coche quedó aparcado en el lugar que habíamos seleccionado meticulosamente durante las semanas previas. Teníamos una reserva allí mismo, en uno de los locales cercanos, donde pudimos disfrutar una comida tranquila antes de bajar para darnos un baño, aprovechando que la tarde era muy agradable. Para ti resultó una auténtica novedad, aunque ya hubieras estado allí de mucho más pequeño, en tu primer verano con nosotros. El mar subía y bajaba con bastante más fuerza de la que acostumbras a encontrar en nuestras playas de siempre y tú disfrutabas de aquel ambiente distinto mientras yo flotaba cerca, pendiente de ti. El mar parece gustarte más cada año que pasa: me hace ilusión pensar que eso es buena señal, Mateo.
Volvimos al coche algo antes de las siete, con tiempo, para una merienda ya preparada, y allí empezó lo que de verdad quería contarte. Porque el eclipse, según fue avanzando, resultó bastante menos espectacular de lo que cabría esperar del acontecimiento más extraordinario que esta tierra iba a vivir en mucho tiempo. Tú merendabas, jugabas, me llamabas para enseñarme alguna cosa y, de cuando en cuando, te acordabas de mirar al sol con las gafas puestas, casi por cumplir, para comprobar cómo aquella mancha oscura iba comiéndole, muy poco a poco, un mordisco cada vez mayor. En algún momento pensé que resultaba curioso que algo tan excepcional no consiguiera mantener tu atención durante demasiado tiempo. Pero tenías seis años y una merienda por delante, y el sol siempre había estado ahí, así que por qué no iba a seguir estando.
Fue en el último tramo cuando todo cambió. Sugestión o no, lo cierto es que la temperatura parecía ir descendiendo lentamente, a pesar de que la claridad seguía siendo la habitual: con qué poca luz basta para que el mundo siga pareciendo de día. Y con qué rapidez se presentó aquella noche prematura, qué poco hizo falta para que de pronto todo se hubiese apagado alrededor. Estábamos delante del capó del coche y te cogí la mano, no sé si porque tú la buscabas o porque la busqué yo. Miramos el último hilo de sol con las gafas puestas hasta que dejamos de ver nada. Me las quité, eché la vista arriba, volví a ponérmelas; seguía sin verse nada. Entonces sí, te dije que ya era seguro prescindir de ellas porque la oscuridad, en pleno agosto, con el lugar todavía repleto hasta donde la vista alcanzaba, era por fin completa. Como ya sabíamos, aquella fase final duró poco más de un minuto. Soy consciente de que habrá quien nazca y muera sin contemplar algo semejante desde esta esquina del mundo, y ahora mismo no sé si nosotros veremos otros fenómenos parecidos, en otros lugares. Pero sé que me será muy fácil conservar aquel minuto y poco, porque en mi recuerdo, en mi eclipse personal, tú tendrás siempre seis años y permanecerás a mi lado durante aquel instante.
A la mañana siguiente, en la cocina, mientras te preparaba el desayuno, retomamos el tema. Te pregunté qué te había parecido y tú, que últimamente adjetivas todo con esa seriedad tan nueva, dijiste que había sido “maravilloso”, sin más explicación, como quien da por cerrado un asunto que ya no da más de sí. Y fue entonces, no la víspera, cuando entre los tres caímos en algo que ninguno había señalado la tarde anterior: durante aquel minuto largo no habíamos oído nada. Ni un pájaro, ni un perro ladrando, ni siquiera una gaviota, en una playa llena de gente. Puede que no lo hubiésemos percibido, claro, pero en nuestro recuerdo, desde la distancia del desayuno familiar, aquel silencio único que habíamos vivido sin nombrarlo se convirtió por fin en palabras. Tal vez algunas cosas suceden antes de que sepamos siquiera qué nos ha sucedido. Aquella tarde fuimos a ver cómo durante poco más de un minuto desaparecía el sol. A la mañana siguiente, descubrimos que también había desaparecido el sonido.
Como te he dicho en demasiadas ocasiones, pero hoy creo que está más justificado, no sé si cuando leas esto recordarás algo de aquella tarde, o si para ti será solo una fotografía y una fecha que otros te repitieron tantas veces que acabó por parecer algo verdaderamente propio. Me conformo con que sepas que mientras el eclipse avanzaba, no fue el sol, ni toda la astronomía del mundo, lo que más me importó, sino algo mucho más pequeño y cercano. Y espero que, si alguna vez te preguntas qué se siente al vivir algo que no va a volver a suceder de la misma manera, puedas responder con la misma sencillez con la que ya lo hiciste aquella mañana. Después de darle tantas vueltas para escribir esta carta, me doy cuenta de que yo tampoco sería capaz de decirlo mejor: había sido maravilloso.
Muchos besos, hijo.


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