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De qué hablamos cuando hablamos de cultura

De qué hablamos cuando hablamos de cultura

Cuando el pasado viernes supimos que se había muerto Carlos Ruiz Zafón, el escritor Manuel Vilas publicó un tuit lamentando que los telediarios, en vez de abrir sus ediciones de ese día con la triste noticia —Zafón era el autor de La sombra del viento, el mayor fenómeno literario a escala internacional que ha conocido España en lo que llevamos de siglo—, le dedicaran unos pocos minutos antes de dar paso a la información deportiva. Las palabras de Vilas —que replicó en su perfil de Facebook y que pretendían poner en evidencia la escasa importancia que conceden los medios de comunicación a todo lo que no sea política, sucesos o fútbol— dieron pie a un reguero de comentarios que, con más o menos acritud en función del caso, cuestionaban que lo que escribía Carlos Ruiz Zafón se pudiese considerar cultura, resucitando ese viejo prejuicio según el cual toda creación que alcanza ciertos niveles de aceptación popular ha de ver cuestionada, o directamente refutada, no ya su factura, sino también su mera catalogación dentro de un ámbito que, según ciertos criterios, ha de reservarse para otros frutos creativos de carácter más restringido o, digámoslo así, minoritario.

"Negar que las novelas de Carlos Ruiz Zafón se adscriban a lo que podemos o debemos considerar cultura es tan absurdo como negar que el perejil forme parte del gazpacho"

Se trata, una vez más, de la vieja distinción entre alta y baja cultura, que en el fondo sólo concede una consideración plena a la primera y siempre termina trazando una frontera tan artificiosa como falaz en la que se dilucida no tanto la calidad de las manifestaciones que se enmarcan en uno u otro grupo —lo que tendría un pase, en tanto que se trataría de enjuiciar el valor o la pertinencia de una parte concreta dentro del todo— como la clasificación de aquéllas en función de su propia naturaleza. Se trata del mismo prejuicio que durante décadas mantuvo el cómic en una esfera inferior a la que ocupaban las novelas, ya fuesen éstas obras maestras o simples ejercicios de estilo, y relegaba las canciones populares a un plano secundario respecto al que podían disfrutar, pongo por caso, las sinfonías de Beethoven. Se olvida a menudo que el sentido que damos al término cultura no es más que una simplificación de su significado original, en tanto que implica un severo constreñimiento del inmenso campo que éste abarca. En su dimensión más amplia, el sustantivo cultura designa el conjunto de modos de vida y costumbres, conocimiento y grados de desarrollo artístico, científico o industrial alcanzados por una época o por un grupo social. Como se ve, el espectro resulta casi inaprehensible. Por esa razón, cuando hablamos de cultura, en general, solemos referirnos, en particular, a las manifestaciones artísticas, o creativas, o intelectuales, de una determinada época, lo cual no deja de ser a la vez un reduccionismo y un reconocimiento. Reduccionismo, porque obviamos cuestiones que en sentido estricto también forman parte de la cultura, desde las rutinas laborales o los hábitos alimenticios hasta los avances tecnológicos; reconocimiento, porque implícitamente se da por sentado que son esas manifestaciones las que, a la larga, dejan asentadas las claves del mundo que las ha visto emerger o, dicho de otra forma, que en ellas queda inscrito el reflejo de lo que éramos mientras se desarrollaban. Siempre pongo el mismo ejemplo: cada vez que escucho hablar del Siglo de Oro, lo primero que se me viene a la cabeza no son los nombres de los reyes que ocuparon el trono en esos años, ni las circunstancias políticas y económicas del imperio español, ni su división administrativa; mi primer pensamiento se orienta hacia los textos dramáticos de Lope, los versos de Quevedo o los lienzos de Velázquez. Sería ocioso explicar que, de algún modo, en ellos está condensado todo lo demás.

"Sería injusto, y hasta estrambótico, negar la importancia de Zafón en el contexto cultural de su propio tiempo"

Así pues, negar que las novelas de Carlos Ruiz Zafón se adscriban a lo que podemos o debemos considerar cultura es tan absurdo como negar que el perejil forme parte del gazpacho, por más que no sea su ingrediente principal. Y yendo un paso más allá, el que no se les conceda un gran valor literario no debería impedir reconocer su valor cultural, es decir, su relevancia a la hora de ejercer una cierta influencia en su tiempo. Es evidente que, desde la perspectiva de la mayor parte de la crítica especializada, ni La sombra del viento ni sus continuaciones reúnen virtudes suficientes para incorporarse al canon del que sí forman parte obras que no tuvieron la misma repercusión, pero cuyo valor artístico tiende a considerarse superior. Sin embargo, sería injusto, y hasta estrambótico, negar la importancia de Zafón en el contexto cultural de su propio tiempo, en tanto que catalizador de una fiebre lectora que, más allá de las cifras de ventas, logró inducir en una cantidad nada exigua de personas un hábito que tal vez no habrían adquirido de otro modo. Hace un año, aproximadamente, me referí en este mismo lugar a Corín Tellado, de cuyo fallecimiento se cumplía una década por aquel entonces, y hubo quien entendió que al hacerlo reivindicaba su legado literario cuando, en realidad, lo que pretendía era defender su valor como hito cultural, dada su condición de responsable de que millones de personas de todo el mundo —en su mayoría mujeres de clase media o baja, repartidas entre España y Latinoamérica— se animasen por primera vez a abrir un libro para encontrarse con historias que quizá no merecieran pasar a la posteridad, pero a ellas les abrían las puertas de un mundo que habían sentido vedado hasta ese instante. No me parece que sea en absoluto poco mérito; y, desde luego, sería injusto escamotearle ese reconocimiento.

"A Dickens lo acusaron de populista y populachero por escribir novelas que hoy se consideran clásicos indiscutibles"

Esa disyuntiva entre el valor artístico de una obra y su valor cultural tiene su correlato en el campo de las disciplinas o los géneros, donde a menudo se establece una clasificación un tanto tendenciosa entre lo popular y lo elevado o elitista —me permito señalar que no me apasiona ninguno de esos términos—, como si se le negara a lo primero el valor que se le presupone de antemano a lo segundo. Y sin embargo, la historia nos enseña que campos que en un principio fueron considerados inferiores —el cine frente al teatro, o el ya mencionado caso del cómic frente a la novela— han terminado por hacer valer sus credenciales, y también hemos podido ver cómo creaciones engendradas sin prejuicio alguno con el ánimo de entretener al público han acabado incorporándose al reguero de obras imprescindibles o imperecederas que han ido dejando tras de sí las distintas artes. Podríamos referirnos a La isla del tesoro, de Stevenson, o Frankenstein, de Mary Shelley, sin forzar mucho la máquina. Pero también podríamos recordar que el Quijote fue, recién salida de imprenta, una novela, más que popular, popularísima. Tanto que, como recientemente me recordaba Javier Cercas, los más egregios representantes de las letras de su tiempo se ocuparon de menospreciarla. La convicción de que unos géneros tienen per se menos valor o relevancia que otros olvida dos cosas: que lo único que importa a la hora de juzgar una determinada creación es su valor particular y no su adscripción y que, si la cultura nace de la gente, por fuerza lo popular marca el origen de todo lo demás. Sin las jarchas mozárabes o el Cantar del Mío Cid —también una composición estrictamente popular—, no habrían existido el Libro del buen amor o las Coplas de Jorge Manrique. El mismo Cervantes inventó a su ingenioso hidalgo partiendo de arquetipos extraídos de novelas de caballerías y entremeses de los que apenas queda memoria en nuestros días. A Dickens lo acusaron de populista y populachero por escribir novelas que hoy se consideran clásicos indiscutibles. Los Cien años de soledad de Gabriel García Márquez no habrían sido lo que fueron sin las historias que el autor escuchó en su infancia de boca de su abuela. Quizá Borges no habría escrito ciertos relatos si no fuese aficionado a las novelas policiacas. Hasta el Ulysses de Joyce, en fin, perdería una parte no desdeñable de su impronta si se le priva de los usos coloquiales que emplean al hablar sus personajes. Quién sabe si algún futuro gran autor no habrá adquirido la vocación tras leer La sombra del viento, o si no ocupará ese título un lugar primordial entre los que van conformando su afición por la lectura. Por las mismas, hay novelas de géneros presuntamente menores cuya lectura depara grandes placeres y libros supuestamente profundos que adolecen de una pretenciosidad ilegible. Y puede ocurrir que obras de largo aliento surjan de un impulso primario, casi pueril, al que se da curso sin que exista la menor ambición de alcanzar una posteridad que, sin embargo, terminan ganándose gracias a su factura. Recuerdo lo que decía el muy prestigioso Umberto Eco cuando hablaba de las razones que le llevaron a escribir El nombre de la rosa, al cabo una novela tan popular como excelsa: «Tenía ganas de envenenar a un monje.»

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