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La piscina. Fuente: Pixabay

Ir a la piscina semeja al día de la marmota. Suena el despertador, me ducho, me afeito, me visto, saco el perro, coche, aparco, enseño la tarjeta a la entrada, me desvisto, guardo la ropa en la taquilla, espero sentado a que el reloj marque las nueve, me meto de golpe (me dejo caer), me impulso con la pared de la piscina y doy las primeras brazadas. Ocho, diez largos, doce una vez, antes de empezar la clase. Y así. Todo parece un poco inútil. No progreso. No hay diferencia con el día anterior. No hablo (¿para qué, de qué?), sólo saludo si me saludan. Miro a mi alrededor para saber cuántos somos en la calle. Da igual, porque siempre vienen a y cinco, o y diez dos o tres y ya… Me desilusiono. Hay que estar pendiente de si tocas a quien va delante de ti, o si te alcanzan. Nadamos hasta cinco en la misma calle. El vecino aparece panzudo, tranquilote, la que trabaja en Televisión y la casquivana.

"Enseña medio glúteo. Las demás no, son más pudorosas. Y tiene un cierto punto de provocadora. De esas que sabes que lo saben todo."

No sé si esta palabra es demasiado dura. Tampoco sé a buen seguro si lo es. Anda a zancadas, con mucho tacón y pantalones muy ceñidos a sus piernas muy flacas. Sale con el pelo mojado, largo, requetenegro, medio recogido y cayéndole por delante, por encima de uno de sus pechos, se mete en un coche pequeño, pero coqueto, de color amarillo y desaparece en el tráfico hacia… ¿su apartamento? ¿Hacia el de él? Creo que es una mantenida. Tú viste bien, mantente flaca, en forma, que del resto ya me encargaré yo. El otro día se anudó la toalla a la cintura, como si fuera una falda y eso me dio que pensar. Ahí caí. Y en el bañador. Enseña medio glúteo. Las demás no, son más pudorosas. Y tiene un cierto punto de provocadora. De esas que sabes que lo saben todo. Y no habla con nadie. Ella sí que es diferente a todos. Vive en otro mundo, sus reglas de juego son muy distintas. Vive la noche, en medio de la ostentación, de las falsas identidades. Él tiene dinero y quizá familia. No se ven a diario (mejor así, se dicen los dos), nada de agobios, cierta desconfianza cuando no están los días que no están juntos. Pero se entienden en la cama y eso les une por encima de cualquier sospecha.

Quizá tenga algún antecedente de Sudamérica, o de alguna raza medio india. Puede que sea hija única. Quizá le viva su madre. La ve poco, prefiere llamarla. Mantiene su estancia en una residencia y la lleva siempre flores, un broche, una revista.

–Hija, ¿de verdad que eres feliz, un poco al menos?

–Que sí, mamá. No te preocupes por mí.

–Eres lo único que me queda, cómo no me voy a preocupar.