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Diario de invierno

Gógol, Turguénev, Dostoievski, Tolstói, Chéjov…

Amo a los clásicos de la literatura rusa. Hace ya muchos años —tantos que el recuerdo se pierde en aras de la literatura— viajé a Londres con Marta. Fue por estas fechas, poco antes de Navidad. Éramos jóvenes y caminábamos horas y horas sin descanso para llegar a los lugares que deseábamos visitar. Uno de ellos fue el 221 B de Baker Street, la casa apócrifa de Sherlock Holmes, convertida en museo del detective. Sabía que se trataba de un lugar para turistas y mitómanos, pero qué íbamos a hacerle: yo pertenecía a ambos grupos. Cuando llegamos al fin, entre las brumas del Támesis, nuestros pies estaban congelados a pesar de los calcetines de lana. Por fortuna, no había muchos visitantes y pasamos rápido al interior. La sala de estar ofrecía el aspecto de las narraciones de Conan Doyle: dos butacas frente a una mesita de centro con la gorra de tweed de Holmes y el sombrero hongo del doctor Watson; la chimenea; estanterías atestadas de libros; figuritas de porcelana en las repisas; la jeringuilla hipodérmica con la que el detective se inyectaba cocaína, para estimular su actividad intelectual y evitar el esplín de la vida cotidiana.

Todo en aquel lugar me pareció completamente falso, era como un museo de cera sin figuras. Sin embargo, un detalle me resultó verdadero: el pequeño fuego que crepitaba en la chimenea frente a los sillones vacíos de Holmes y Watson. Las llamas daban vida al conjunto y provocaban en el espectador la sensación de que el detective y el médico fueran a llegar en cualquier momento de resolver un misterio y se sentaran en las butacas frente a la lumbre que ellos mismos habían encendido por la mañana.

"Así como la literatura francesa encarna la estética, la inglesa el pragmatismo o la española la decadencia, la literatura rusa es portadora de la verdad de la vida"

Hoy, en cambio, mientras paseo con Marta y nuestros tres niños por las calles de Zaragoza, no pienso en la presencia de Holmes y Watson sentados en sus sillones, sino en los sillones vacíos de nuestra casa acogiéndonos tras arribar de la calle, helados y con ganas de descansar. Me sugieren la idea del hogar como refugio: un lugar desordenado, pero lleno de nuestras cosas, donde podemos descansar frente al fuego, relajarnos en nuestros sillones y, finalmente, comenzar a leer en ellos un clásico de la literatura rusa.

Si dispusiera de horas ilimitadas me dedicaría a leer sin pausa las obras completas de Gógol, Turguénev, Dostoievski, Tolstói, Chéjov… Sus narraciones tratan sobre la vida.

Así como la literatura francesa encarna la estética, la inglesa el pragmatismo o la española la decadencia, la literatura rusa es portadora de la verdad de la vida. Por eso cuando la leo me adentro en ella como si se tratara de un episodio vital: soy yo, y no el protagonista, quien camina por las calles nevadas de Moscú o de San Petersburgo.

Para mi propósito, acabo de descubrir una pequeña y excelente editorial. Se llama Ediciones Invisibles y contiene nada menos que dieciséis colecciones de libros cuyos temas abarcan la salud, el éxito empresarial, la vuelta a la naturaleza, el cuidado de los perros, la espiritualidad, el arte, la infancia, el turismo distinto, la memoria histórica, la cocina saludable.

Cuando descubrí Ediciones Invisibles y su elenco de colecciones, cuyos títulos eran de lo más sugestivos, quedé anonadado; mucho más al descubrir que entre las colecciones había una titulada “Pequeños placeres”, destinada a la recuperación de clásicos literarios de la narrativa breve que, ¡oh, fortuna!, contenía varios títulos rusos traducidos nada menos que por Marta López Nieves: Dos amigos, de Turguénev; y por Marta Rebón: El reino de las mujeres, de Chéjov; El brazalete de granates, de Kuprín; y ahora: La infeliz, también de Turguénev.

Al final de este último título leemos: “La primera edición de La infeliz se terminó de imprimir a finales de un diciembre inesperadamente frío”. Como aquel en que Marta y yo caminábamos bajo la niebla de Londres, tras abandonar el 221 B de Baker Street, pensando en lugares cálidos y acogedores, no necesariamente bellos ni lujosos, donde ardiera un fuego protector, un fuego inspirador que nos llevara a la lectura.

"El manejo por Turguénev de la trama es magistral. Durante casi la primera mitad de la novela el relato se desarrolla con placidez, sin incidir en el drama subyacente"

Acierta Ediciones Invisibles al acoger La infeliz en su colección de «Pequeños placeres», pues es una novela breve magnífica, tanto por su mensaje como por su técnica narrativa. Trata sobre la situación de los hijos ilegítimos y de las mujeres en la Rusia zarista, pero su mensaje se eleva, trasciende el zarismo y se convierte en metáfora de la exclusión social. Contaré brevemente el argumento: Susana Ivanovna es hija secreta de un aristócrata que la mantiene a su lado haciéndola pasar por hijastra de su administrador, el señor Ratch, un tipo frívolo cuya maldad iremos descubriendo conforme avanzan las páginas. Si bien Susana Inanovna se cría entre los de su clase, como bastarda carece de dote, no se le permite casarse con aristócratas y recibe el trato de una criada. Encarna, como decía más arriba, una parábola sobre los desheredados, sobre quienes no cuentan en la sociedad.

El manejo por Turguénev de la trama es magistral. Durante casi la primera mitad de la novela el relato se desarrolla con placidez, sin incidir en el drama subyacente. Intuimos la intrahistoria que mueve a los personajes, pero el novelista no nos permite verla. Cuando finalmante se desencadena la desdicha, lo hace con un cambio del punto de vista, a partir de un diario que Susana Inanovna entrega al protagonista de la novela y este lee en plena noche a la luz de una vela. Es ella quien nos cuenta en primera persona su propia historia, que hemos intuido hasta ese momento. A partir de semejante clímax narrativo, el drama queda atrás y nos adentramos, capítulo a capítulo, en la tragedia. La habilidad del novelista reside en su imprevisibilidad, en desconocer qué sucederá el capítulo siguiente.

"Han pasado veinte años de nuestro viaje a Londres, y Marta y yo volvemos a caminar por las calles invernales de Zaragoza, pero esta vez ya no lo hacemos solos"

Es cierto que esa imprevisibilidad era un resorte típico de los folletinistas del XIX, para conseguir que los lectores compraran la siguiente entrega de sus novelas; pero en el caso de La infeliz no se trata de un mero truco, ni de una simple astucia de relatista, sino que los giros narrativos se imbrican en el sentido de la obra: es la vida misma la que se desenvuelve ante nuestros ojos, en este caso de un modo inexorable y patético.

Han pasado veinte años de nuestro viaje a Londres, y Marta y yo volvemos a caminar por las calles invernales de Zaragoza, pero esta vez ya no lo hacemos solos, nos acompañan nuestros tres hijos. Los niños apenas se fijan en la iluminación navideña de la plaza de San Felipe, que imita a la aurora boreal; ni en las hileras de copos de nieve resplandecientes de la calle Alfonso I; ni en los dibujos geométricos estilo Bauhaus del paseo de la Independencia. Ellos solo juegan, corren, gritan, se pelean… Mientras tanto, centenares de motoristas de Glovo aguardar a la entrada de los restaurantes, donde camareros atareados les entregan platos de pasta, pizzas, bocadillos… Centenares de personas trabajan y pasan frío para que otros permanezcamos calientes en nuestras casas.

Y yo pienso una vez más en el magnífico proyecto editorial de Ediciones Invisibles. Ojalá en 2021 muchos lectores descubran el interés y la gran originalidad de esta pequeña gran editorial y compren sus libros. ¡Feliz año nuevo, amigos!

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