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Una librería en llamas y sofocada

Una librería en llamas y sofocada

Sobre cómo Santiago Rodríguez e Hijos, librería de Burgos y la quinta más antigua del mundo, se ha salvado de una deuda tras un micromecenazgo popular, y otras divagaciones.

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Una librería es como el médico de cabecera, el consuelo para algunos males del alma y un recurso para mañanas sin sal. Podemos acostumbrarnos a una librería por cercanía, porque el librero tiene olfato fino, porque está especializada en poesía o en arquitectura. O todo eso y nada a la vez: simplemente nos gusta la escalera, el apartado de libros de bolsillo o ese cajón de madera con ejemplares de tercera mano. “Anda, los diarios de Gombrowicz”. O la biblia del Oso. O las cartas de Salinas a Katherine Whitmore. A saber. Porque de eso se trata, que salte la liebre.

Nos acostumbramos a una librería como lo hicimos con aquel jersey de ochos, una taza desportillada o a un lado de la cama. Y no hay modo. Así que cuando nos cambian de sitio la librería, malo; pero cuando dicen que la van a cerrar uno se acuerda de aquella frase de Belauste, jugador del Athletic de Bilbao de los años 20, que gritó en un partido “¡A mí el pelotón, Sabino, que los arrollo!”.

Eso ha ocurrido, hace poco, en Burgos. La librería Santiago Rodríguez desaparecía.

—¿Seguro? ¿Es una broma? ¿Quién te lo ha dicho?

Fue una pequeña / gran conmoción en una ciudad sin demasiadas hechuras, con sabor, un poco como de andar por casa, donde se sabe casi todo de casi todos. Con sus costumbres de paseo por el Espolón a su hora, del vermut en el Pancho y los domingos de misa de una en los Jesuitas. Y de rebeca por las tardes.

—¿Lo estás diciendo en serio? No me lo creo. Vamos ahora mismo.

"Había que hacer algo y se hizo, sin tardanza. Una campaña de micromecenazgo se montó al vuelo"

Fue, es un decir, como si el Papamoscas no abriera la boca a las horas en punto, como si el Arlanzón se desbordara (con estas sequías, harto improbable), como si declarasen que la morcilla fuera un atentado contra el colesterol.

Había que hacer algo y se hizo, sin tardanza. Una campaña de micromecenazgo se montó al vuelo. Había que reunir 60.000 euros y en cuatro días se saldó la deuda. Porque la librería Hijos de Santiago Rodríguez se fundó en 1850, es la más antigua de España y la quinta del mundo.

Juan Gómez Jurado, César Pérez Gellida y Maxim Huerta, a cada uno lo suyo, dieron la voz de alarma en sus redes sociales y se movilizó desde el carnicero que compra cuentos al nieto, el jubilado que no olvida nunca “el taco” a fin de año a la señora que no se pierde lo último de Landero. Asunto solucionado. ¿De verdad? ¿Y ahora?

—Creo firmemente que la librería tiene futuro, y la mejor prueba de ello es la cantidad de gente que la ha apoyado. No fue solo dinero: fue un grito colectivo diciendo que este lugar importa. Eso no se improvisa, y tampoco se olvida.

Así responde Lucía Alonso a Zenda, al frente de la librería en cuestión y ya miembro de la sexta generación de la saga familiar.

—Lanzamos la campaña el 1 de mayo bajo el título “40 días para salvar 176 años”. La meta se cubrió en tan solo doce, lo que nos dejó sin palabras. Participaron cientos de personas de toda España y de fuera; muchos donantes son anónimos y no podemos saber con exactitud su procedencia. La donación más pequeña fue de cinco euros, la que más nos llegó al corazón. La más generosa, de mil.

Lucía cuenta también la historia del hombre y antepasado suyo que puso en pie aquella aventura.

—El fundador fue Santiago Rodríguez Alonso, nacido en 1829 en Isar, una pequeña localidad cercana a Burgos e hijo de una familia de labradores que supo ver en los libros y la imprenta una forma de transformar la sociedad. Se instaló en Burgos siendo joven y fundó su librería e imprenta en la calle Laín Calvo. Era un hombre de una vitalidad y una visión empresarial extraordinarias: importó maquinaria tipográfica de Londres, formó a numerosos aprendices, editó y dirigió publicaciones pedagógicas como La Imparcialidad, la única revista de enseñanza de la provincia, y organizó certámenes pedagógicos y literarios.

" Además de libros vendían también papel de dibujo, tintas, cartabones, paralés, plumillas, pinceles y paletas"

Pero uno se acuerda de cuando la librería estaba en la Plaza Mayor, frente al Ayuntamiento, en uno de los soportales. Tenía dos plantas (hay quien sostiene que tres y que en la última había máquinas de escribir), unos veinte empleados, unos techos altísimos, una escalera ancha y unos enormes cristales que daban a la calle. Además de libros, vendían también papel de dibujo, tintas, cartabones, paralés, plumillas, pinceles y paletas, ese mundo tan fascinante, esos objetos como de otra época ante los que te quedas mudo, inmóvil.

En la de ahora, en la calle Avellanos, en plena zona de vinos, detrás del mostrador y en un papel blanco enmarcado en rojo, se puede leer:

LAS 7 LIBRERÍAS MÁS ANTIGUAS DE EUROPA

1. Librería Maras. 1610. Cracovia, Polonia.

2. Librería Bertrand. 1732. Lisboa, Portugal.

3. Librería Hatchards. 1797. Londres, Reino Unido.

4. Librería Galignani. 1801. París, Francia.

5. Librería Hijos de Santiago Rodríguez. 1850. Burgos, España.

6. Librería Lello. 1869. Oporto, Portugal.

7. Librería Dom Knigi. 1919. San Petersburgo, Rusia.

Uno va de librerías como otros de rebajas, o de chiquiteo, que de todo ha de haber. La gracia está en que la una no tiene lo que la otra, pese a que muchas estén repletas de novedades y con escasa posibilidad para las sorpresas. Uno, en ese peregrinaje que tiene algo de errático y de curioseo, se deja llevar por esos libritos que caben en el bolsillo, para degustarlos mientras espera el autobús o en la cola de la frutería, siempre a mano, como un caramelo de menta, y tan refrescantes como el agua de manantial.

"Nos hemos desviado, nos hemos perdido. El hilo de Ariadna nos devuelve a la librería en llamas que, hemos visto, no es una cualquiera"

¿Hace La corista de Chéjov? Vale. ¿San Manuel Bueno, mártir? Bueno. ¿Y el Rinconete y Cortadillo? Venga, que decía Cela. Y no lo digo al tuntún. Estos títulos se editaron en los 90 en la colección Alianza Cien y costaban eso, cien pesetas. Eran finos, con apenas lomo y un diseño de cubierta vistoso de Ángel Uriarte. Otro caso: Chus Visor regalaba por Navidad otros aún más diminutos, con una tirada de 300 ejemplares; sin ir más lejos, Notas sobre el arte de la poesía, de Dylan Thomas. Y un servidor de ustedes, que tiene algo (poco) de Trapiello y Bonet, esa pareja incansable de rastreadores con zurrón por el Rastro de Madrid y que no perdonan el domingo, encontró en una edición liliputiense (Ediciones Pulga, Barcelona) y sin fechar, una biografía de Miguel Ángel de un tal J. Mas Grau con esta leyenda al dorso: “Servidores de la Cultura. Pequeños Grandes Libros. Ayer – Hoy – Mañana. 1,50 Ptas”.

Nos hemos desviado, nos hemos perdido. El hilo de Ariadna nos devuelve a la librería en llamas que, hemos visto, no es una cualquiera. Pero uno teme, no sé si con fundamento, que después de sofocar el incendio llegue el olvido. Y que, además, el resto de las librerías, de Burgos o de Úbeda, también tienen que comer; muchos son los llamados, pocos los elegidos.

—¿Tiene Las lunas de Júpiter?

—Sí.

—Hecho.

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