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El Buscón de Vierge, de Francisco de Quevedo

El Buscón de Vierge, de Francisco de Quevedo

El Buscón de Vierge (Reino de Cordelia) es la obra de Francisco de Quevedo (1580-1645), Historia de la vida del buscón, llamado Don Pablos, ilustrada por Daniel Urrabieta Vierge (1851-1904) y puesta en castellano moderno, íntegra y fielmente, con introducción y notas de Arturo Echavarren.

Zenda publica el prólogo del editor, Jesús Egido, una pequeña parte de la introducción y unas páginas del libro.

Prólogo

Las dos manos de Vierge

La obsesión española por mirar puertas afuera antes de atender a lo que hay en casa ha permitido que uno de los grandes ilustradores del siglo XIX, Daniel Urrabieta Vierge (Madrid, 1851 – París, 1904), sea prácticamente desconocido para el gran público. Y eso pese a que la mayor parte de su producción la realizó para Francia e Inglaterra, incluidos sus dos proyectos más ambiciosos, El Quijote y El Buscón.

Vierge ilustró muchos libros de Victor Hugo, que admiraba el trazo del artista español; es autor de uno de los dibujos de la edición de L’Assommoir de Émile Zola publicada en 1878, en la que también participó Auguste Renoir; y en 1880, nada más regresar de una visita por España, en donde llegó hasta Santiago de Compostela, realizó una de las imágenes de la gran edición francesa de Histoires extraordinaires, de Edgar Allan Poe, que con traducción de Charles Baudelaire fue publicada por A. Quantin en 1884.

Los editores de mayor prestigio y los autores más célebres se lo disputaban, pero él había puesto su interés en culminar dos ambiciones: ilustrar El Quijote de Miguel de Cervantes y El Buscón de Francisco de Quevedo.

Recién llegado de España en 1880, donde acumuló cientos de bocetos de personajes sacados de su experiencia viajera, se puso a trabajar en Histoire de Pablo de Ségovie, título francés de El Buscón. No se dedicó a otra tarea hasta finales de febrero de 1881. El 27 de ese mes participó en la manifestación homenaje a su amigo Victor Hugo, quien el día anterior había cumplido 79 años. Bajo un intenso frío, desde una ventana del primer piso Hugo saludaba a los más de 600.000 manifestantes que profesaban su admiración al maestro, mientras Vierge, aterido por la temperatura gélida, no paraba de tomar del natural bocetos y apuntes del acontecimiento.

Al día siguiente se sintió tan cansado por el esfuerzo que no salió de casa, y el martes 29 su mujer, Clara, advirtió que Daniel había sufrido una hemiplejia que le paralizaba el lado derecho del cuerpo y lo había dejado sin habla. Un artista diestro perdía de ese modo su principal herramienta de trabajo: la mano derecha.

Los noventa dibujos de Histoire de Pablo de Ségovie que había realizado hasta entonces fueron publicadas en 1882 por el editor Léon Bonhoure, quien lamentaba en nota de cubierta la desagradable circunstancia que afectaba a Urrabieta Vierge, lo que le obligaba a dar a la imprenta los últimos cuatro capítulos del libro sin ilustrar.

Dicen que la primera palabra que Vierge logró pronunciar al cabo de los meses fue «paciencia». Clara decidió apartarlo de la insalubre París y alquiló una casa en Meudon, un pueblecito rodeado de bosques a las afueras de la capital francesa, a orillas del Sena, residencia habitual de artistas y músicos.

Allí, Daniel Urrabieta Vierge empezó a ejercitar su mano izquierda. Primero copiando su propia firma y luego rememorando algunas de sus obras, alentado siempre por su amigo Manuel Rico, que le visitaba con frecuencia para cantarle a la guitarra canciones españolas que reavivasen su memoria. El 27 de enero de 1883, el día que murió Gustave Doré, publicó su primer dibujo tras la hemiplejia, una alegoría poética que reprodujo Le Monde Illustré. Pasaron otros dos años hasta que consiguió con la mano zurda la misma pericia que mostrara con la derecha. A principios de 1884, cuando los progresos de su mejoría resultaban evidentes y comenzaba a recuperar el habla, Clara, la compañera que le había cuidado en la enfermedad, murió repentinamente de un ataque al corazón.

Gustave Dumontier, su vecino de Meudon, le ayudó a superar ese momento tan difícil, obligándole a dar largos paseos en su compañía por los bosques cercanos al pueblo. En uno de ellos, en 1885, conoció a Marie Boucher, joven casada y madre de un hijo, con la que estableció una estrecha amistad.

En 1885 Boucher enviuda y Urrabieta Vierge se casa con ella. El matrimonio se traslada a la calle Alesia de París. Él reanuda su actividad como ilustrador, viaja a Londres y de nuevo a España, y en 1885 recibe la visita del artista americano Joseph Pennell, a quien acompaña su esposa, Elizabeth Robins, y el editor británico Thomas Fisher Unwin, que deseaban encargar a Urrabieta Vierge que completase las ilustraciones de El Buscón que le faltaban a la edición de Bonhoure.

Presentó los originales de ese trabajo en la Exposición Universal de París celebrada en 1889 a la sombra de la recién levantada Torre Eiffel. Tan grande fue el éxito que le concedieron una medalla de oro por su trabajo Pablo de Segovia.

La segunda edición del libro apareció en Londres en marzo de 1892 bajo el título Pablo de Segovia: The Spanish Sharper, publicada por la editorial Unwin Brothers. Contiene ciento diecinueve ilustraciones, veintiocho de ellas nuevas y realizadas con la manzo izquierda, aunque realmente retocó o revisó con la zurda la mayoría de los dibujos de la edición primera.

Los originales se expusieron en el Barnard’s Inn Hall londinense coincidiendo con la aparición del libro y, pese a las numerosas ofertas que le realizaron, no quiso vender ninguna. La edición se abre con un prólogo de Pennell que da paso a un pequeño resumen autobiográfico del propio Urrabieta Vierge:

20 de febrero de 1892

… Nací el 5 de marzo de 1851 y a la edad de tres años comencé a dibujar, lo que al parecer se convirtió en mi único entretenimiento de niño; mi padre veía en mí una gran disposición para el dibujo y me hizo trabajar sin relajo.

Hasta los siete años mi salud fue delicada; por este motivo mis padres dejaron la ciudad, para ir a vivir a una localidad, cerca de Madrid, llamada Pinto, y en la que mientras recuperaba mi salud tomaba apuntes, desde la mañana a la tarde, del natural.

En 1864 ingresé en la escuela de Bellas Artes de Madrid. Tuve como maestros a Federico Madrazo, M. de Hatt, Borglini, etc. En 1865, el 18 de julio, obtuve una calificación estimada como nota excelente. En 1866, el 8 de julio, la misma recompensa; en 1867, el 16 de junio, un diploma de honor. Es en esta época que he ilustrado Madrid la Nuit, escrito por Eusebio Blasco; Los misterios de Roma y del Globo. En las salas del museo de Madrid, he copiado cantidad de estudios de pinturas según Velázquez y Goya. En 1869 llegué a París con la esperanza de no hacer otra cosa que pintar, pero nada más llegar a esta ciudad estalló la guerra Franco-Alemana. A causa de este incidente me encontré acaparado por Le Monde Illustré y por La Vie Moderne. En esta época he ilustrado cantidad de libros, entre otros, Les Travailleurs de la Mer, Année Terrible, Notre-Dame de Paris y otros escritos de Victor Hugo; La Mosaïque, Le Musée des Familles, Le Magasin Pitoresque; El Gran Tacaño de Quevedo, Los Cuentos de Edgar A. Poe y también L’histoire de France et la Revolution de Michelet y un gran número de textos. En 1882 fui nombrado comandante de la orden de la Reina de España Isabel la Católica. El 29 de septiembre de 1889 recibí la medalla de Oro de la Exposición Universal de París, y, el 29 de noviembre, del mismo año, mi nombramiento como Caballero de la Legión de Honor…

Daniel Vierge

Esta edición de El Buscón de Vierge no hubiera sido posible sin la generosa y desinteresada ayuda de Justo y Carmen Fernández, grandes estudiosos de Urrabieta Vierge y coleccionistas de sus obras, que atesoran en su biblioteca varias y diferentes ediciones de Quijotes y Buscones, entre ellos las princeps de Histoire de Pablo de Ségovie de Léon Bonhoure, fechada en 1882, y la de Pablo de Segovia: The Spanish Sharper, editada en Londres por Unwin en 1889. De esta última se han tomado las ilustraciones que acompañan al texto de la novela picaresca de Quevedo.

En ambos casos, sus editores tradujeron al francés y al inglés, respectivamente, un texto del Siglo de Oro, publicado por primera vez en 1626. En sus versiones actualizan y aclaran en sus respectivos idiomas la opacidad del conceptismo quevedesco y otros usos del español del siglo XVII que habían quedado oscuros en el XIX.

Parecía, por tanto, misión obligada que la gran obra de Quevedo resultara tan clara al lector de hoy en día como las ilustraciones que la acompañan. Si ya se ha vertido al castellano moderno El Quijote, cuya comprensión es más fácil que la de El Buscón, había que asumir ese nuevo reto que el filólogo Arturo Echavarren ha resuelto con brillante maestría. Pues lo bueno de leer a los clásicos es, sin duda, entender lo que cuentan.

JESÚS EGIDO

Editor

Introducción

Un Buscón modernizado

Cuando en 2001, pocos días después del atentado contra las Torres Gemelas, llegué para Creta a disfrutar de una beca predoctoral, no sabía aún griego moderno, por lo que en las primeras semanas de estancia hube de recurrir al griego homérico, que sí conocía, para comunicarme con los habitantes de la isla, pues por un prurito romántico no quería acudir a la lengua inglesa. Cuando pronunciaba aquellas voces arcaicas y legendarias, mis interlocutores me escuchaban con tres cuartas partes de asombro y una parte de guasa, como si me hubiera escapado de algún museo arqueológico o me hubiera hecho con la máquina del tiempo de H. G. Wells. Aunque en ocasiones lograba hacerme entender, con notable satisfacción para mí y para el farmacéutico cretense que por fin entendió que lo que yo quería comprar era agua oxigenada, la distancia de más de dos mil setecientos años que media entre uno y otro sistema lingüístico suponía una brecha casi insuperable para la comunicación.

La lengua de Quevedo, por fortuna, está mucho más próxima a nosotros que la lengua homérica a los modernos griegos; después de todo, solo han pasado cuatrocientos años. Pero, dado que toda lengua es un objeto histórico sujeto a la propia historicidad del ser humano, los cuatro siglos que han pasado por encima de todas las palabras y todos los sombreros han producido cambios fonéticos, morfológicos, léxicos, semánticos y sintácticos sin cuento. De la envergadura de estas transformaciones da testimonio el hecho de que cualquier texto del Siglo de Oro requiere un aparato de notas más o menos amplio para que el receptor contemporáneo lo interprete con la mayor nitidez posible.

Por ello, quien lea el Buscón se verá forzado, mal que le pese, a buscar con la mirada la nota a pie de página que le hará notar que «huésped» en el Siglo de Oro apunta no solo al hospedado, sino al hospedador; que «correrse» tiene el sentido de ‘avergonzarse’ o ‘afrentarse’; y que «razones» en numerosas ocasiones significa sencillamente ‘palabras’.

El empleo de los tiempos verbales en esta novela, especialmente los del modo subjuntivo, supone en ocasiones un escollo para el lector moderno, al igual que la posposición del pronombre personal al verbo, el hipérbaton, la concurrencia de zeugmas, el empleo de «que» con valor causal o final, la sufijación expresiva, la acumulación de oraciones de gerundio y, en menor grado, la pujanza de la parataxis en detrimento de la hipotaxis.

A todos estos rasgos que, en mayor o menor medida, corresponden al estado de la lengua en el siglo XVII, hay que sumar el conceptismo de Quevedo, más precisamente el conceptismo burlesco, que contribuye notablemente a que para cualquier lector su prosa resulte mucho más complicada que, por ejemplo, la de Cervantes. El conceptismo quevediano consiste en un abigarrado y asombroso florecimiento de los más variados juegos mentales y verbales con fines generalmente cómicos. Destaca la función de la metáfora y la comparación, que implican asociaciones sorprendentes, así como la dilogía en diversos grados de desarrollo, la hipérbole extravagante, la alusión chistosa y la animalización o cosificación de personajes secundarios, con resultados grotescos. Gran parte de los símiles y metáforas incorpora alusiones satíricas, para cuya correcta decodificación es preciso a menudo conocer el lenguaje de germanía de la época, poco diáfano para el lector moderno. Baste mencionar el caso de «gato», que, además de su sentido recto, significa ‘ladrón’, sentido este ya perdido en nuestro siglo.

Por todo ello, se ofrece aquí una versión modernizada del Buscón, cuyos criterios de elaboración son variados y de compleja exposición, por lo que no incidiré en ello más de lo necesario. El objetivo era elaborar una versión del Buscón que, respetando el modus scribendi del autor, pudiera leer sin tropiezos y de forma fluida cualquier lector poco familiarizado con la prosa aurisecular. He apelado tanto al oído como al instinto en todo el proceso, procurando discernir qué puede resultar opaco y qué precisa de renovación. La operación ha requerido mucho tiento, como quien de un castillo de naipes sustrae algunas cartas con el índice y el pulgar sin que se le venga todo abajo, pues al afán de producir una versión fácilmente inteligible para los lectores del siglo XXI se sumaba —y, en ocasiones, se oponía— el deseo vehemente de no abaratar en modo alguno la prosa magistral de Quevedo. Tres han sido los interrogantes que han orientado esta labor renovadora: qué remozar, qué no remozar y cómo remozar lo llamado a remozarse. Siempre que he podido, he recurrido a la sustitución de un término o locución en desuso por un vocablo o sintagma empleado por el propio Quevedo en otro lugar, cuyo significado se me antojaba más transparente para los lectores de hoy. Cuando esto no ha sido posible, he procurado emplear un término que no disonaría en exceso en un texto de nuestro pasado literario. Para algunos refranes, expresiones lexicalizadas e interjecciones más bien herméticas he buscado equivalencias fácilmente comprensibles o he tanteado reconstrucciones aproximadas. He vertido palabras desusadas en moldes nuevos, pero he dejado algunas que remiten a la realidad palpable del momento, como «herreruelo », «gregüescos» o «rodela», que he juzgado inseparables del entramado textual. A menudo he recurrido a perífrasis para exprimir el sentido de una expresión, con el fin de apurar la significación del pasaje. Aquellos juegos de ingenio, alusiones chistosas, agudezas y retruécanos que, por desgracia, resultaban poco transparentes han sido sustituidos por construcciones más o menos coincidentes, en las que he tratado de conservar la jocosidad del original. En ocasiones, una misma palabra ha sido vertida de manera diferente en su aparición en distintos pasajes, pues así me lo pedía el contexto lingüístico en que se inscribía, teniendo en cuenta no solo lo semántico, sino también la eufonía de la frase.

Historia de la Vida del Buscón,
Llamado Don Pablos,
Ejemplo de Vagabundos y Espejo de Tacaños

Al lector

Qué deseoso te considero, lector u oidor —que los ciegos no pueden leer—, de registrar lo gracioso de don Pablos, príncipe de la vida buscona. Aquí hallarás en todo género de picardía —de que pienso que los más gustan— sutilezas, engaños, invenciones y modos, nacidos del ocio, para vivir del cuento y no poco fruto podrás sacar de él si tienes atención al escarmiento. Y, en el caso de que no lo hagas, aprovéchate de las reprensiones, que dudo que nadie compre un libro de burlas para apartarse de los estímulos de su natural depravado. Sea, no obstante, lo que quisieres. Dale aplauso, que bien lo merece. Y, cuando te rías de sus chistes, alaba el ingenio de quien sabe que tiene más deleite conocer vidas de pícaros, descritas con gallardía, que otras invenciones de mayor ponderación. Su autor ya sabes quién es. El precio del libro no lo ignoras, pues ya lo tienes en tu casa, si no es que en la del librero lo hojeas, cosa pesada para él y que se tendría que prohibir con mucho rigor, pues hay gorrones de libros como de almuerzos y hay quien saca cuento leyendo a pedazos y en diversas veces y luego lo zurce. Y es gran lástima que tal se haga, porque este murmura sin costarle dineros, poltronería bastarda y miseria no hallada del Caballero de la Tenaza. Dios te guarde de mal libro, de alguaciles y de mujer rubia, pedigüeña y carirredonda.

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Autor: Francisco de Quevedo. Ilustrador: Daniel Urrabieta Vierge. TítuloEl Buscón de Vierge. Editorial: Reino de Cordelia. Venta: Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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