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El comienzo de lo no escrito

El comienzo de lo no escrito

Nada, salvo la vida extinta y esa otra vida presunta, a veces deseada y siempre desasida del penúltimo impulso que anticipa el final y lo desmiente. Nada entre fragmentos de memoria, que solo el azar enjuicia cuando la noche, siempre única y territorial, alisa ese estupor de quien se sabe débil y a oscuras. Nada, porque solo en ella pueden solidificarse los estados de ánimo que algún día se desprenderán de su cautiverio. «¡Qué desarraigado —escribió Pedro Salinas—, ingrávido, entre voces, entre imanes, entre orillas, fuera, arriba, suelto!». En esa nada imperativa que también describió Carmen Laforet, y que muchos autores han prolongado con resacosos retorcimientos, discurre la obra de Álvaro Pombo y su fortísima, a pesar de todo, teoría literaria.

Así, su primera gran obra narrativa llevó por título Relatos sobre la falta de sustancia, y no fue sino el germen de esa visión deshilachada y, a la vez, impetuosa, líquida e inconformista de la existencia humana. Una visión, o cosmovisión, en cuya arquitectura se trenza un esfuerzo prospectivo y firme por afianzar la memoria; por acoplar sus pliegues, siempre mutilados e inveraces, a la infinitud de lo no escrito. Nadie como el también premio Cervantes José Manuel Caballero Bonald supo rastrear las hendiduras, no siempre visibles, con las que el pasado y su liturgia de muerte permean las existencias más insustanciales: vidas deshilvanadas alrededor del conformismo que no siempre concluyen en la merecida oscuridad. En el torpe regreso a los lugares que un día creímos iniciáticos se descubre que en el pasado no hay final ni principio, sino una nada y un todo que cristalizan como una frágil alegoría de lo venidero, como esas míseras ecuaciones en las que el gesto más sencillo no logra despejar las incógnitas. Son los indultos de la memoria o un pasaporte hacia la página en blanco. «A esa vida —escribió el poeta jerezano— me aferro, igual que a las aristas tan engañosas de la realidad, dádivas que conciernen a lo que menos tengo, al recuento de pérdidas que el presente propaga. A esa vida quisiera repatriarme hasta llegar al centro ritual de lo perpetuo».

"Es algo más que un ejercicio deliberado y exquisito de introspección. Se trata de un regreso hacia lugares de su geografía física y anímica que son también laberintos intelectivos"

Ese núcleo insobornable al que alude Caballero Bonald, en el que lo que fue se convierte en el trasunto de una fidelidad capaz de prolongarse hacia el futuro —acaso perfeccionando su abanico de probabilidades, aciertos y redenciones, y abrillantando la imaginación para volverla menos dolorosa—, es también, con algunas diferencias, el núcleo emocional de la literatura de Álvaro Pombo. El segundo volumen de sus cuentos autobiográficos así lo demuestra. Esta continuación de la primera entrega, que vio la luz en 2025, es algo más que un ejercicio deliberado y exquisito de introspección. Se trata de un regreso hacia lugares de su geografía física y anímica que son también laberintos intelectivos por los que fluyen las preguntas incompletas y un devenir a orillas de lo nimio que nunca, gracias a su envergadura intangible, será superfluo, con el fin de reconstruir aquello que el pasado no tardará en desmantelar. Y, si bien el género del cuento, tal y como confiesa el autor santanderino, permite una brevedad reflexiva y espacial impropia de la novela, sus relatos constituyen un reflejo de esa particular visión filosófica.

Son sus relatos un cuerpo nuclear de su obra, cuya lectura pone a nuestro alcance una guía no solo literaria, sino también personal; no solo filosófica y altamente conceptual, sino privada y, por momentos, orbital, en las regiones más vulnerables del ser. No son los treinta y tres relatos de este volumen piezas menores. Su aparente brevedad esconde una pulsión muy presente en la literatura de Pombo, que este, a modo de espejo, atribuye al protagonista del cuento titulado “El novelista”: se trata, en definitiva, de describir un estado de ánimo pétreo y, a veces, cruel. Es la falta de sustancia a la que aludíamos antes y que resulta deudora, al menos desde los albores académicos de Pombo, de pensadores como Xavier Zubiri y José Luis Aranguren. Falta de sustancia o tragedia de la inutilidad que sufren la mayoría de sus personajes y quizá el propio creador. Es este el principio tutelar que apuntala la obra de Álvaro Pombo: la inutilidad de quienes sobrevuelan la realidad sin llegar a tocarla, de quienes carecen de anclajes trascendentales y son incapaces, más allá de las formulaciones y los discursos, del heroísmo moral. No es esta una tacha, sino la consecuencia de un fenómeno que Zygmunt Bauman describió como sociedad líquida y sobre el que el autor cántabro ha desarrollado una línea de pensamiento existencialista y una visión formal y genuina del texto narrativo.

"Es Pombo —y sus treinta y tres relatos lo confirman— un disidente que choca con la insustancialidad y que, por otro lado, renuncia a las certezas en beneficio de la duda y de la confesión filosófica"

Reconoce Pombo que «uno escribe, como diría Unamuno, desde el hondón del alma, desde el sentimiento trágico, por lo menos dramático, de sí mismo. Se puede ser en esto más o menos discreto, pero nadie puede evitar —ningún escritor puede evitar— serse, sentirse a sí mismo en el acto de escribir. Y tampoco puede evitar que sus textos se rijan por sus peculiaridades más que por sus verdades. Lo peculiar se asemeja a lo verdadero en cada caso, pero tiene mala universalización. El célebre imperativo categórico kantiano —obra de tal modo que tu máxima de conducta pueda automáticamente convertirse en tu norma universal de conducta— es endiabladamente atractivo, fascinante y erosivo. Se nos cuela el yo por todas partes, como un deseo excesivo o inapropiado. El propio yo se nos acerca tanto que aparece a veces casi como una representación del yo ajeno: fingiéndose ajeno, cree que se encuentra más próximo a uno mismo».

No es el yo, por tanto, una excusa, sino una razón: la recurrencia obsesiva de quien escribe, el dolor que tamiza la visión de lo cotidiano y, más aún, la de los mecanismos del mundo. En el caso de Álvaro Pombo, el yo está asociado a un lugar, Santander, y a otras ubicaciones periféricas —Madrid y, más tarde, Londres—, donde ese yo intentó hacerse universal, o serse, como describe el propio autor, introduciendo la universalidad en una conciencia desarraigada y frágil que termina desplegándose, sin más pretensión ni recurso, en las cuatro estaciones de un teatro de sombras. Anclado para Pombo en la alta burguesía de su ciudad natal, ese teatro es la gran herencia del autor y un motivo para atacar el largo camuflaje de la nada, en el que solo puede y debe sobrevivir la palabra.

Es Pombo —y sus treinta y tres relatos lo confirman— un disidente que choca con la insustancialidad y que, por otro lado, renuncia a las certezas en beneficio de la duda y de la confesión filosófica. Incluso su percepción de lo religioso constituye un ejemplo de lo que bien podríamos definir como una ocupación ética y heterodoxa de lo sagrado, que también desarrolló en su ensayo La ficción suprema. Un asalto a la idea de Dios.

"Estos cuentos autobiográficos, lejos de ser un epílogo, constituyen el comienzo de lo no escrito, de aquello que, en la memoria, murió sin llegar a ser y que ahora permite construir una vida por delante"

Rodear la duda y penetrar en ella sin pretender la supervivencia inmediata, pensando que todo daño es el germen de lo futuro; concebir la nada como sujeto activo del pasado, al que solo cabe desarmar con esa fantástica inclinación hacia la epifanía que exhiben sus personajes; adoptar un modo nada pudoroso de narrar que Carmen Martín Gaite —a quien alude en el cuento titulado “Un encuentro con Henry James”— describió como la retahíla, es decir, como la habilidad del novelista para atrapar la atención del lector y que, en el caso de Álvaro Pombo, responde a una cuidadosísima confusión entre la realidad y la ficción; suspender la acción y discursear con un grado absoluto de lirismo, de cercanía natural y de sustancia lingüística y conceptual, dentro de esa nada que fluye en nosotros como un río oscuro que llama a la piedra para horadarla; dosificar finísimamente la ironía en los muchos pasajes en los que el yo se transmuta en otro, en un sujeto de ficción que prolonga la experiencia y el deseo del narrador; y mostrar un odio impávido hacia la inmovilidad y hacia las muchas soledades que impiden la reinserción después de décadas de quietud: todo ello me lleva a afirmar que estos cuentos autobiográficos, lejos de ser un epílogo, constituyen el comienzo de lo no escrito, de aquello que, en la memoria, murió sin llegar a ser y que ahora permite construir una vida por delante.

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Autor: Álvaro Pombo. Título: Cuentos autobiográficos (Volumen II). Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.

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