Ambientada en el Shanghái cosmopolita y fracturado de 1935, esta novela arranca con un asesinato en el consulado de España y crece hasta convertirse en una intriga internacional donde se cruzan el auge del nazismo, la amenaza japonesa en Asia y los prolegómenos de la Guerra Civil española.
En este making of Luis Melgar explica cómo escribió La noche cae sobre Shanghái (Plaza & Janés).
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El Paramount, Shanghái. Jueves, 20 de junio de 1935. Son las diez de la noche. Frente al espejo de su camerino, Mei Lanfang termina de transformarse. Un toque de carmín en los labios. Una nueva capa de blanco sobre el rostro. Máscara en las pestañas. Sobre el tocador se amontonan los pinceles, los polvos de arroz, los peines, los frascos de perfume y un abanico de seda. Las bombillas que rodean el espejo dibujan un círculo de luz alrededor de su cara. Dentro de unos minutos, Mei Lanfang dejará de ser Mei Lanfang. Saldrá al escenario del club más elegante de Shanghái convertido en Yang Guifei, la concubina ebria: una mujer imperial, caprichosa, enamorada, abandonada por su emperador y entregada al vino.
Esa escena fue una de las primeras que tuve claras al escribir La noche cae sobre Shanghái. No solo porque Mei Lanfang fue uno de los artistas más extraordinarios de su tiempo, sino porque me abrió una puerta hacia otra ciudad que también quería explorar: el Shanghái de quienes no encajaban.
Durante el proceso de investigación previo a escribir la novela, descubrí que no existía algo que pudiéramos llamar, en términos actuales, un «ambiente queer» organizado… pero sí algo que se le podía parecer. Obviamente, no había banderas, ni bares claramente identificados, ni una comunidad más o menos cohesionada como la que encontramos hoy. Había, más bien, una geografía secreta de baños y salas de masaje, pistas de baile, cafés de marineros, pensiones, calles oscuras y apartamentos donde lo impensable podía volverse posible, al menos, por una noche.
También descubrí una ciudad dividida en jurisdicciones. El Shanghái de los años treinta no era una sola ciudad, sino tres: la Concesión Internacional, la Concesión Francesa y la ciudad china. Para un ciudadano británico, el delito de «sodomía» era una realidad y el riesgo de acabar en la cárcel era muy real. Para una mujer francesa, la intimidad privada era legal desde hacía más de un siglo, aunque la policía pudiera intervenir por escándalo, prostitución o alteración del orden. Para los chinos de Shanghái, tanto hombres como mujeres, la ambigüedad era la clave.
Los libros me ayudaron a encontrar esa ciudad invisible. Denton Welch, que pasó su infancia y adolescencia en Shanghái, dejó en Maiden Voyage una mirada intensamente extraña y sensual sobre el deseo de un joven extranjero en una ciudad a la que no termina de pertenecer. En sus páginas encontré habitaciones cerradas, cuerpos observados de reojo, criados, jardines, familias asfixiantes y mucho deseo contenido.
Christopher Isherwood y W. H. Auden llegaron a China juntos en 1938, unos años después de la época de mi novela. Su viaje dejó también rastros de ese otro Shanghái, el de los baños masculinos, los masajes, los jóvenes que ofrecían compañía a los extranjeros y un mundo de deseo atravesado siempre por la clase, el dinero, la raza y el poder. No era libertad, desde luego. Pero tampoco era un silencio oprobioso como en otros lugares del mundo. Como en Europa, sin ir más lejos.
A partir de ahí, empecé a imaginar la trama de Asier, el pelotari vasco que, en la novela, llega a Shanghái huyendo de una España cada vez más violenta. Asier conoce los baños, los callejones y la noche; frecuenta el entorno del Canidrome, donde el ruido de las carreras y la música permiten perderse entre la multitud; termina en The Trenches, la zona portuaria de marineros, burdeles y bares, donde todo parece posible durante unas horas. Allí visita el Café de París, regentado por una francesa llamada Jeanne, donde los marineros franceses bailaban entre ellos.
No quería que Asier fuese solo «el personaje gay» de la novela. Quería que fuera un fugitivo, un amante, un hombre fuerte y vulnerable, alguien capaz de meterse en problemas y de encontrar belleza en los lugares más peligrosos. Su relación con Chao Yungli, un joven chino misterioso y esquivo, nace precisamente en esa frontera entre el deseo y el riesgo. Mei Lanfang, Asier, Yungli e Isabel terminaron formando parte de una misma pregunta: ¿qué ocurre cuando alguien no cabe en el papel que le han asignado? Mei Lanfang responde desde el escenario. Asier, desde la huida hacia delante. E Isabel, desde la cámara.
Y yo, casi cien años después, volví a encontrarme frente a otro espejo.
En Pekín, ayudaba a una drag queen a prepararse antes de una actuación. Las luces del camerino, las brochas, el carmín, las pestañas postizas, el vestido aguardando en una percha: el ritual era extrañamente parecido al de Mei Lanfang. Yo estaba detrás, como Isabel, mirando cómo alguien se construía una presencia para salir al mundo. Pero a aquella artista no la esperaban los aplausos del Paramount. Al terminar su actuación, la esperaba un coche de policía. Querían llevársela a declarar. Su único delito había sido compartir su arte con el público.
Para mí, escribir sobre el pasado es una forma de hablar del presente.
La noche cae sobre Shanghái es una novela en la que tres españoles quedan atrapados en una conspiración internacional que conecta la Guerra Civil española con el auge del fascismo en Europa y Asia. Pero también es una historia sobre quienes buscan una ciudad donde poder ser vistos sin miedo. Una ciudad para los que no encajaban, entonces y ahora.
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Autor: Luis Melgar. Título: La noche cae sobre Shanghái. Editorial: Plaza & Janés. Venta: Todos tus libros.


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