El 18 de febrero salió a la venta Islandia, mi última novela. Desde entonces he recorrido la península de punta a punta. He presentado el libro en ciudades grandes y pequeñas, en ferias, librerías, bibliotecas y auditorios. Madrid, Barcelona, Sevilla, Zaragoza, Valencia, Málaga, La Coruña, Bilbao, Badajoz, Gijón, Burgos. Sería más fácil decir dónde no he estado. Me faltan dos ciudades: Tarragona y Lugo.
Yo hago promociones largas y exigentes. Como tantos otros escritores que veo cruzarse conmigo en estaciones, aeropuertos y hoteles. Es una vida extraña: pasamos más tiempo de camino que en destino.
Quizá por eso pienso tanto en mi padre.
Mi padre era viajante de comercio. Recorrió durante años las carreteras vendiendo tejidos, telas para trajes y ropa de confección. Vendía lo que podía. Como hacemos todos; yo también vendo lo que puedo. Los dos somos vendedores. Ahora que paso tantas horas en trenes y aviones, siento que me acerco a él. He aprendido a hacer una maleta perfecta en pocos minutos. Pliego una camisa sin una arruga. Sé lo que sobra en una maleta y lo que es imprescindible. He aprendido a dormir lejos de casa. He aprendido a llegar cansado y sonreír igualmente ante la gente. Muchas veces llego destrozado a una ciudad, porque tengo profundas caídas de ánimo que proceden de las pérdidas y de los fracasos y de las adversidades y de la soledad de mi vida, pero no lo nota nadie, absolutamente nadie, porque ese es mi trabajo.
A veces, sentado junto a la ventanilla de un AVE o esperando un vuelo en cualquier aeropuerto, imagino que mi padre viaja a mi lado.
—Has prosperado, hijo mío—me dice—. Tú viajas en trenes rápidos y en aviones. Yo iba en mi Seat 124. A ti te reciben en hoteles y te dan bien de comer; yo dormía en pensiones y cenaba la sopa del día.
—¿Estás contento? ¿Te sientes orgulloso?
—Muy orgulloso. Pero hay algo que me gusta todavía más.
—¿Qué?
—Que no te da miedo trabajar.
Entonces sonrío.
Porque sé que tiene razón. No se trata de vender más libros. No se trata siquiera de la literatura. Se trata de algo más antiguo y más profundo: honrar el esfuerzo de quienes vinieron antes que nosotros.
—Si me quedara en casa —le respondo— no podría encontrarte. Ningún milagro nos reuniría. Viajo porque tú viajabas, al hacer lo mismo nos encontramos más allá del tiempo y del espacio.
Y él asiente.
Yo vendo libros. Él vendía telas. Los dos hemos llamado a puertas desconocidas. Los dos hemos atravesado carreteras persiguiendo una oportunidad. Los dos hemos confiado en que alguien, al otro lado, quisiera escuchar lo que teníamos que ofrecer.
La diferencia es que él recorría Aragón y yo recorro España entera y parte del extranjero. Como buen hijo lo que he hecho es ampliar el negocio.
Todos acabamos heredando algo de nuestros padres. A veces una casa, a veces un apellido. Otras veces, algo mucho más valioso: una manera de estar en el mundo, una manera de rodar, de estar siempre en movimiento.
Yo heredé el gusto por la carretera. Yo heredé la camisa bien planchada, el miedo a no vender nada, y siempre la sonrisa alta, muy alta.


Manuel, ¡qué alegría encontrarte esta mañana en Zenda! A decir verdad, no esperaba leerte por aquí y ha sido una grata sorpresa.
Tu artículo me ha encantado. Tu conversación imaginaria con tu padre en el tren, ese «no te da miedo trabajar», esa sonrisa que aguanta aunque estés agotado, me han parecido de una ternura inmensa. Y detrás de todo eso, sin que lo menciones, he visto cómo, indirectamente, asoma la capital del Vero. Se nota de dónde vienes, y eso también me ha gustado mucho.
Yo también escribo. Llevo toda la vida haciéndolo, aunque solo hace poco que he decidido moverme, buscar mi sitio, probar suerte. Por eso te entiendo bien cuando cuentas tus viajes, el cansancio, poner buena cara cuando llegas roto. Es duro, mucho, pero forma parte del oficio. Los escritores que no lo necesitan serán afortunados, sí, pero quizá se pierdan algo. Esas personas que te esperan con tu libro, en una feria, en una librería, en un intenso día de Sant Jordi… Una sonrisa, un autógrafo, un apretón de manos, un «gracias». Treinta segundos que pueden cambiarlo todo. La amabilidad es lo más valioso que se puede ofrecer, y más si te dedicas a esto. Lo saben los músicos, lo saben los actores, y lo sabemos los que escribimos, nos debemos a los lectores y lectoras.
He aprendido también, con los años, a escuchar a quien se acerca. Antes me costaba más. Pensaba que era egocentrismo, que la gente solo hablaba de sí misma. Ahora, no obstante, lo entiendo distinto. Cada uno carga con su historia y necesita soltarla. Contarla es una forma de existir ante los demás. Y cuando comprendes eso, la relación con los lectores cobra otra dimensión, más honda, más de verdad.
Sueño, como supongo que sueña cualquiera que empieza, con vivir algún día algo parecido a lo que vives tú. Que alguien me espere. Que alguien me diga que algo que yo escribí le tocó profundamente.
Gracias por este artículo, Manuel.
Buenas tardes. Me ha maravillado y caído muy hondo ese párrafo del autor que, en síntesis, nos confiesa que heredó de sus padres “una forma de estar en el mundo”. Creo que también es mi caso, y no deja de ser una forma de poder perpetuar y honrar la memoria de nuestros directos ascendientes. Mucho más importante que los bienes, los patrimonios o los títulos nobiliarios.
Respecto a usted, Amanda, me repiquetea en el corazón la bondad de la frase referida a que, la amabilidad es lo más valioso que se puede ofrecer. Que bien iría el mundo si, en el fondo y en la forma, todos practicáramos esta máxima con alegría, sinceridad y una sonrisa.
Y, para rematar la faena, que bonita es esa conclusión de tu comentario: “cada uno carga con su historia y necesita contarla. Contarla es una forma de existir ante los demás”. Una forma de perdurar un ratito más, sólo un poquito, antes de que, como sabes que predijo Zweig, el viento borre inmedistamente nuestros pasos por los caminos del mundo. Tal vez, sin arrogancia, para eso existimos; para intentar aguantar ese ratito más en la memoria colectiva o de nuestra gente. Y la escritura es un vehículo tal vez mejor que muchos otros para ello.
¿Sabes, Á.? Lo que más me gusta de este ágora virtual, Zenda, no son solo la mayoría de los (buenos) artículos que aquí publican, sino, también y muy especialmente, el haberme topado con contertulianos de tu talla y tu altísima sensibilidad y exquisitez.
Tu comentario me ha tocado la fibra sensible, la buena, por supuesto, y tus palabras aún me flotan.
La bondad es, sin lugar a dudas, lo más valioso que se puede ofrecer, y en tu caso, que, además, la practicas en cada intervención, me ha parecido de una coherencia preciosa. Escribir no es solo un acto íntimo, sino un modo de resistir, de quedarse un poco más, de burlar por unos instantes ese viento que, como bien sabemos, acaba por llevarse todas las huellas.
Gracias por leerme con tanta atención. Es un auténtico lujo tenerte al otro lado.
¡Pasa un estupendo finde, Á.!
Vivo fuera de España hace mucho tiempo. También viajo mucho, aunque no por trabajo. Este precioso artículo tiene un elemento adicional, que imagino yo noto porque no vivo allá. Y es que huele a España: el Seat 124, las correteras de antes de las nacionales, la comida del día, las pensiones…No es un recuento vacío, sino que trae la infancia que vivimos y que escuchamos a nuestros padres. Leo algo así y es un abrazo de hogar. Gracias.