Portada: Jaime Ferrán con la que entonces era su novia, Carmen Rodríguez Velasco, a quien cantará toda su vida, en sus años de universidad en Madrid.
No busquen ese libro de poemas, porque no lo hallarán. El título hace referencia a una edición futura —que quizás algún editor se anime a armar—, y que recogería tres libros de poemas de Jaime Ferrán, inspirados en la misma mujer y en las vivencias comunes —siempre enamoradas— durante más de medio siglo. “Llegaste de la mano / amiga. Me miraste / y quedé para siempre / prendido en tu mirada. / Desde entonces /sólo puedo mirar contigo todo…” Así es cómo conoció —década de los cincuenta— a Carmen Rodríguez Velasco, la que luego sería su mujer, compañera de viajes, de trabajos (tradujeron juntos a Ezra Pound, a quien conocieron) y compañera de vida, ya de por vida. ”Poco a poco / fui dejando de ser para ser tuyo / y entonces me encontré / definitivamente. Yo era aquel / que vivía tan sólo / cuando tú aparecías / y que se iba conmigo”.
Todos estos viajes y esa lucha, dura pero siempre esperanzada, por la vida, los va reflejando Jaime Ferrán en sus poemas: “Los últimos años / fueron los más duros. / Las enfermedades / nos minaron —una / tras otra—. Soñábamos / que un día sería / posible la vuelta…” Nunca volvieron a España (salvo en los periodos vacacionales). Ya se quedarían para siempre en Estados Unidos; se jubiló en la Universidad de Siracusa, cercana a Nueva York, en donde llegó a ser director del Centro de Estudios Hispánicos.
Murió en 2016. Su mujer Carmen se le adelantó al comenzar el siglo. Jaime Ferrán la recordó en uno de los más hermosos y emocionados poemarios que he leído: Libro de horas (Península, 2008), un feliz y casual descubrimiento que es el origen de esta crónica. Más que un libro de duelo, es una canto agradecido al amor, al amor acompañado, al amor mantenido a lo largo de una historia común: “No te dio tiempo / a envejecer. / Me pareciste / más joven que / cuando te vi por / primera vez…”

El poeta Jaime Ferrán con Caballero Bonald, compañero de la Generación del 50, y el antólogo José María Castellet.
El poeta, devastado por la muerte de Carmen (que había sido su vida), en vez de avanzar hacia un agujero negro, vuelve los ojos hacia atrás, hacia los momentos felices, para recordar y celebrar la suerte que tuvo, y describir aquellas escenas cotidianas como momentos de felicidad que aún se pueden respirar. Leamos un poema de sus primeros encuentros en Madrid.
Al declinar la tarde
subía la escalera
de nuestra Biblioteca
Nacional, y te hallaba
encerrada
entre libros.
Salíamos después
al laberinto ciudadano
buscando un sitio, aquí o allá,
donde estar solos.
Al final
te dejaba en tu casa y al llegar a la mía
te volvía a llamar,
una vez más…
Como se aprecia es una poesía confesional, que incorpora la vida cotidiana y el lenguaje coloquial a la poesía, algo propio de la Generación Poética del 50, a la que pertenece Jaime Ferrán; en concreto al grupo de la escuela de Barcelona, en el que también estaban Jaime Gil de Biedma, Carlos Barral, José Agustín Goytisolo y otros, como Alfredo Costafreda, su amigo más íntimo, a quién dedicó Libro de Alfonso, tras el suicidio —en 1974— del autor de Nuestra elegía. A todos ellos (y otros) los reunió en el libro Antología parcial, que da forma a esta escuela. Como anécdota diremos que fue él quien introdujo en el grupo a la entonces joven periodista Carmen Balcells.
Los libros de horas eran devocionarios ilustrados (únicos) para rezos particulares, propios de la Edad Media. El Libro de horas, de Jaime Ferrán, me llamó la atención por ese singular título, que una vez leído, adquiere todo su significado; lo encontré, casualmente, entre los volúmenes de la Biblioteca Provincial de Burgos, y a él acudo regularmente, ya que este poemario es el que más me ha gustado o emocionado en los últimos años, pero —esa es la lástima— está agotado.
Tras leerlo, busqué libros vivos de Jaime Ferrán, y hallé dos: El tiempo del amor no tiene historia, una antología de sus dieciséis libros de poemas, con un prólogo de Luis Antonio de Villena, que en el 2023 publico la Editorial Milenio (con algunos inéditos), y Mientras tú duermes, editado en el 2022 por Renacimiento. Esta editorial sevillana, que es un vivero de rescates y sorpresas literarias, también tiene en su catálogo un libro de ensayo del hijo del poeta (profesor universitario en Estados Unidos), Jaime María Ferrán: La ruptura posmoderna, un estudio sobre los novísimos españoles.

Jaime Ferrán y su mujer, Carmen Rodríguez, con el filósofo José Ferrater Mora en su visita a la Universidad de Siracusa, donde trabajaban.
Mientras tú duermes fue el último libro publicado en vida por Jaime Ferrán, y —¡atención!— es una especie de continuación de Libro de Horas. Estos dos títulos son como la cara A y la cara B de un mismo disco. En Mientras tu duermes, Jaime Ferrán sigue con el duelo sonreído de su anterior libro, pero aquí la amada no está muerta, sino dormida; mientras ella duerme, le va contando sus experiencias y vivencias en soledad, a la vez que evoca las horas juntos: “Entre niebla y nieve / sigo recordando / los viejos caminos / que anduvimos ambos / en este país / al que ayer llegamos /pensando que fuera / estación de tránsito / y que acabó siendo /nuestro único espacio, /donde ahora tú duermes / y yo te estoy velando…”
Es por ello por lo que, tal como se adelanta en el título de la crónica, sería necesario publicar un volumen, Las horas compartidas, que incluyera estos dos títulos (que son un mismo libro), al que se podría añadir, como proemio o epílogo, Memorial, un libro de amor y pasión a Carmen, cuando aún estaban juntos, y del que, lamentablemente, solo conozco los cinco poemas incluidos en la antología: “… soy fuego tuyo que a lo lejos arde, / brasa que sueña con tu fuego vivo, / ascua de ayer, que tu recuerdo prende…”
Hermosos versos que nos muestran que así era el amor (el enamoramiento) en aquellos tiempos no tan lejanos. Aquí vemos que Jaime Ferrán, que suele utilizar el verso menor, también empleó el endecasílabo, y de hecho se inició como poeta con un buen libro de sonetos, Desde esta orilla, finalista del Adonais, donde leemos: “La vida es la costumbre de ir muriendo…”

El poeta Jaime Ferrán, que pasó la mayor parte de su vida como profesor en Estados Unidos, en una de sus visitas a España.
Las horas compartidas es (sería) ese gran libro de amor que esperamos como volumen, pero también es un verso del propio Jaimé Ferrán de Libro de horas: “Las horas compartidas, / una tras otra, han ido / ordenándose en las / páginas de este libro…”
No es fácil resaltar un verso brillante, o un poema suelto, porque el valor de la poesía de Jaime Ferrán (en concreto, de estos libros) es el conjunto, la obra como unidad. El poeta no canta el dolorido sentir, una tradición que nos llega desde Garcilaso; Jaime Ferrán nos canta —en estos dos libros elegíacos y sonreídos— el agradecido sentir, como ya hemos señalado al principio. Acabaremos esta crónica con uno de sus poemas de Libro de Horas (por cuestiones de edición no hemos respetado los blancos originales).
No estaba preparado
para el final. Nunca lo estamos.
Llegó por la mañana.
Tú habías despertado. Te miraba,
habías recobrado
tu juventud. Decía… Te decía…
una vez más… De pronto
—eran las diez y diez— me pareciste
aún más tranquila. Vino la enfermera…
Se pararon dos ciervos
en el jardín. Cuando nos lo dijeron
ya no estaban.Tú también te habías ido.


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