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El peregrino entre las viñas

El peregrino entre las viñas

Vivo rodeado de pequeños panteones. En dos pedestales hechos a su medida tengo los bustos de Byron y Victor Hugo. Tengo postales de poetas, de lugares en los que he estado, de lugares en los que sé que nunca estaré; chapas de Philip K. Dick y Proust, fotografías también de Proust, de Rimbaud —como Neruda—, del esquivo Lautréamont (esquivo porque sigo sin saber si se trata de él o de Édouard Davezac, una creación de Soubrar, malinterpretada por el hematólogo Lefrère). En torno a todo esto tengo otros recuerdos de las personas, los lugares y las cosas a las que les debo al menos una parte de la dicha de estar en este mundo: una ramita de olivo que corté en Saint-Rémy-de-Provence, entre el manicomio y las ruinas de Glanum, algunas piedrecitas encontradas en las propias ruinas (las que recogí al pie de la Bona Dea) y también en otras ruinas —el bosque petrificado de Mitilene—, plumas, flores resecas, flores vivas, castañas, algunos bucles de todos los colores metidos en estuches, y tantas otras cosas que en el espacio de este artículo supondrían varias páginas de etcéteras. Pero también vivo rodeado de mis panteones invisibles. Uno de ellos es un panteón lunar, en cuya parte superior, la más iluminada, tengo a tres mujeres que brillan como el reverso de las grayas y las moiras, de las hermanas que aparecen sobre las rocas al comienzo de Macbeth: Clara Janés, Victoria Cirlot y Luce López-Baralt. No son las únicas mujeres que me rodean ni es ese el único panteón que tengo presidido por mujeres, pero sí es uno de los que siento más cercanos y al que más frecuentemente acudo, aunque lo haga en ocasiones como el que pasa por una soleada viña y, silbando y con un palito en la mano, atrapa una uva. Y ya que aparece la luna: resulta curioso que en este precioso siglo XXI que nos está quedando haya sitio para reivindicaciones abstractas, insensatas, estúpidas y sobre todo grotescas, para redibujar, por ejemplo, la historia de una muerta y convertirla poco menos que en el punto de partida de una nueva versión del universo —la escritora escondida en el armario por sus pares, la infeliz servidora de la ciencia, de color mulato, que calculó mejor que nadie la parábola para poner a un hombre en la luna, la que veía entre el cardado de sus ecuaciones al anciano de rostro icónico que criaba la fama—, y sin embargo no lo haya para las mujeres verdaderamente sabias que están afortunadamente entre nosotros. Claro que para poder reivindicarlas antes hay que conocerlas, y eso exige un peaje más complejo que teñirse el pelo de colores y hacer tribu. Una complejidad añadida al problema de ser sabias y estar vivas es que Clara, Victoria y Luce llevan una vida entera situando el alma humana en el centro del discurso, y en este mundo nuestro de líquidos y fluyentes (pero no líquidos de los que sumergen en su seno la forma de las cosas para sacarlas empapadas de unos nuevos colores, sino líquidos como aquellos a los que Hofmannsthal llamó “los rabiosos caniches que ladran a un pavo real”) no está muy bien visto eso de lavar los trapos limpios fuera de casa. Son ya casi tres siglos, se dice pronto, con medio mundo supuestamente civilizado tratando de ignorarla. Pero ahí la tenemos, risueña, todavía en pie, feliz y delicada como una pintura de Fra Angelico, ligera o atrozmente atormentada, revestida de lucecitas saturnales y maravillosamente nueva, alma antigua, alma fiera, alma eterna y pasada de moda.

Por cierto,
dejo aquí una uva
robada al cruzar
por la viña de Clara:

Viviré de la nada,
de los trazos que mi mano
en la arena
figuran su rostro
y pronto el viento borra
y deja en nada;
de los versos
que esa forma,
mansa como duna,
arranca a mis labios
y el desierto diluye
en el espacio
y deja en nada;
de las caricias de estos animales
cuyo mudo amor
sin huella en el alma
iguala a la nada;
y del mismo abismo
ciego horizonte
al que yo me entrego
para abrazar la nada.

En otra ocasión me ocuparé de Clara y Victoria y contaré cómo es el mundo visto desde sus ojos claros, herencia de Atenea (¡también los de Luce son claros!). Pero hoy, que he paseado por unas calles antiguas, por los laberintos de una judería, y me he sentado ante un río bajo un inesperado sol de invierno, me ha entrado el deseo de mirar, como si ya fuera el verano, ese calor que en las españoladas al estilo de Irving y las cartas de los viajeros del Grand Tour irradian unos ojos muy negros. Así que he cogido de la estantería un libro de Luce para rodearme de esos ojos, los de tantos misteriosos peregrinos que atraviesan sus páginas desentrañando sueños, acarreando códices escondidos en cargamentos de peras, haciendo el camino hasta España por senderos secretos con la misma nostalgia de Ricote, celebrando corridas de toros en el Testur del siglo XVIII (hay que imaginar a unos moriscos arrancados de la tierra en la que habían nacido, “la išla peresiyoša de Ešpaña”, jugando a ser toreros en Túnez), poetas que escribían en morisco idealizado, en zéjeles, en coplas, en sonetos, o que entreveraban azoras del Corán y citas de Algazel y Ahmad Zarruq con sonetos de Lope de Vega para escribir, nada menos, “un tratado reverencial, una ciencia o sabiduría de la cópula” (Un Kama Sutra español, lo llamó Luce).

"Si algo me emociona de Luce es la presencia de esa llamita que reconoció siendo niña, que la hacía unir las manos en silencio y detener todos sus juegos y aventuras con los hechos en la pausa de la pura contemplación"

La literatura secreta de los últimos musulmanes de España fue publicado en 2009 por la editorial Trotta, que en mi opinión conforma junto a Siruela y Atalanta una particular corona que ilumina desde el kether editorial el universo encantado de los estremecidos por el alma (y ya puestos colaría en el yesod algunas de las colecciones de Valdemar, con las que pocos se atreven). Sus libros, al contrario de lo que puede pensarse cuando se revisan sus catálogos, no están dirigidos per se al estudioso o al especialista, al menos en una solemne condición de recipientes exclusivos. Son libros estudiados, concebidos, escritos y editados para aquellos que aunque fuera un solo día de sus vidas se adentraron en la noche preguntándose quién soy y qué hago aquí. Esto no constituye, por supuesto, una inmensa mayoría, “el Sancho pueblo” de las sílabas anchas del poema social, y menos aún un reino tan extenso y legendario como la tierra de nacimiento de ese “lector medio” al que acechan con sus palos y sus sacos las editoriales que no aspiran al kether. Pero sí se trata de un enorme grupo humano, cálido, acogedor, proclive a cosas tan imprácticas como el entretenimiento de seguir con los ojos el paso de una hoja al viento, y que parece disuelto en la masa alborotada por su propia discreción. La probabilidad de que en ese grupo haya miles de posibles rendidos a esta clase de libros es tan grande como para muchos de ellos resulta insuperable el temor a soltarse del parteluz que divide conciencia y experiencia, la inseguridad en el criterio propio, la certeza de un abismo interior que se hace menos inquietante si se le llena con las sobras y detritos del día superado, cortesía todo ello de los planes académicos de la clase dirigente. ¿Editoriales cultas? Lo son, mientras no se entienda esto como una gran desgracia. Cultas en el sentido de guardianas de la tradición, en el sentido de su disposición hacia el pasado y el futuro. La forma adquirida, por su carácter selectivo y conservador, es el de la casa editorial, con su archivo de libros. Pero en su forma ideal son ríos que siguen descargando el agua procedente de las primeras fuentes, es tocar un olivo y recordar todo un pasado de mármoles pisados por sandalias, lámparas encendidas para la larga espera (quería escribir algo sobre una cultura verdadera que se opone a otra falsa. Pero una cultura que ha perdido su valor como expresión del alma para dilapidarse en un sentido utilitario, de pura finalidad, nunca fue una cultura. Fue, en el mejor de los casos, una manifestación —no el fantasma, sino el ectoplasma de una cultura—, y en el peor un simulacro: una maliciosa idealización de los sistemas filosóficos del siglo XVIII —y si nos remontamos a Hobbes ya cerramos del todo el círculo—. ¿Editoriales cultas? Toda editorial ha de apuntar a la cultura o no es más, también, que manifestación y simulacro. A mis queridas “especializadas en hojas al viento” las caracteriza otra cosa, sus efectos sobre el soñador que recoge las hojas: ese asombro que parece un golpe de aire en pleno rostro, esa sensación como de mirar con el reojo de la conciencia un borde iluminado, ese levantar la cabeza hacia lo alto y preguntarnos cómo puede haber criaturas sintientes y pensantes que pasan por el mundo sin querer saber de cosas como estas).

Luce nació, a efectos de lo que será un cuerpo en este mundo, en San Juan de Puerto Rico, pero otra parte de ella fue naciendo grano a grano entre la antigua Aššām de la realidad y las leyendas y las luces y las brumas del Monte Carmelo, provincia también de San Juan. Sus méritos académicos abarcan varios continentes y numerosas universidades, cada una de sus especializaciones por separado habría llevado una vida entera de estudio diligente a cualquier otro individuo ni siquiera común, y eso dedicando hasta las horas del sueño al trabajo de leer, traducir, viajar, conferenciar, de reunir amorosamente hallazgo tras hallazgo y escribir con la riqueza y cercanía con que ella lo hace. Pero los méritos civiles y académicos, con todo lo que suponen, no son más que, por así decir, las vestiduras del día. Si algo me emociona de Luce es la presencia de esa llamita que reconoció siendo niña, que la hacía unir las manos en silencio y detener todos sus juegos y aventuras con los hechos en la pausa de la pura contemplación. Fue amiga de Ernesto Cardenal —a quien dedicó un libro verdaderamente iluminado—, el mismo Ernesto amigo de Cortázar que recorre como de puntillas las primeras vistas de uno de sus relatos, “Apocalipsis en Solentiname” (posiblemente uno de los suyos que más veces he leído, sin ser de los que se le reconocen como indispensables), y el mismo Ernesto, también, que escribía versos como estos:

No resucitaréis solos, como fuimos enterrados,
sino que en vuestro cuerpo resucitará toda la tierra,
la lluvia de anoche, y el nido del reyezuelo,
la vaca Holstein, blanca y negra, en la colina,
el amor del cardenal, y el tractor de mayo.

(Una curiosidad: cada vez que me encuentro con ese nido escondido entre la lluvia y la vaca recuerdo una encantadora leyenda árabe que aprendí de Luce: “Numerosos pájaros vuelan en busca de su Rey o Simurg, hasta que los treinta pájaros que logran sobrevivir al arduo vuelo milenario descubren, ya en el umbral mismo del Palacio, que ellos mismos son el Simurg, o Pájaro-Rey que procuraban encontrar. En persa, Si-murg significa exactamente eso: treinta pájaros.” ¿No hace pensar esto en un cuentecito como el de la mariposa de Chuang-Tzu, en espejos fabulosos, en los círculos y esferas de Eliot Weinberger, o en una de las muchas maravillas apócrifas de Borges?).

escribir, nada menos, “un tratado reverencial, una ciencia o sabiduría de la cópula” (Un Kama Sutra español, lo llamó Luce).

"Así se desliza Luce, así construye figuras: la pasión por el hecho y la experiencia se convierte en el momento de expresarlos en una intuitiva mezcla de técnicas"

El lector agarrado al parteluz, todavía indeciso entre seguir llevando trastos al umbral de la conciencia o soltarse y ver qué pasa si se deja caer en el abismo —nota recordatorio: la gravedad allí no es la misma—, es posible que se sienta atraído por todo cuanto afirmo sobre Luce, pero (una vez más) el temor, la inseguridad, la mala certeza, y quizá junto a todo eso otro temor, el temor a las orejas de madera de los profesores que escriben, le impida de momento abrir la mano. Entiendo perfectamente ese reparo. Yo también aborrezco a los intrusos de la prosa —escritores de profesión incluidos— que parecen abastecerse en un fast food de palabras para uso inmediato mientras otros hacen cola a la espera de que conciencia y experiencia dejen listo su preparado. En mi lista de agravios que felizmente sometería a condena, el único pecado imperdonable cometido por cualquier escritor en cualquier género —no digamos ya si se trata de un poeta— es la falta de oído para el propio lenguaje, por un lado porque supone una falta de respeto, para el lector en particular y para la tradición en general, y por otro porque sólo cuando se entiende su música se hace posible que salga todo lo demás; y si se pudiera condenar a los sordos de corazón a no volver a tocar pluma ni hoja, estoy seguro de que todos respiraríamos un poco mejor en un mundo mucho más verde. Pero Luce escribe libre de pecado. No lo hace como una divulgadora ni como una profesora (a los que nunca condenaré mientras tengan algo realmente importante que decir); ni siquiera como una profesora que perdió la pista a sus poemas escritos a los quince años pero más o menos se sostiene sobre el cable tendido entre forma y sentido, entre la orilla aún desordenada de palabras y la necesidad de que algo sea por fin sabido. Luce escribe con la gracia de la pasión. Quizá no necesariamente a la palabra por ser palabra, pero sí a la historia y a aquello que debe ser contado —un suceso olvidado, una experiencia— mediante eso que suena como un encandilado deslizarse. Hace años, cuando yo era un escolar de apenas nueve y el mundo me parecía una especie de pelusa gris con algunos ribetes de luz, una profesora joven, nada guapa y muy seria consiguió enamorarme para siempre el día en que nos llevaron a una pista de hielo, y ella, tras calzarse las botas, se dirigió resueltamente al centro de la pista y comenzó a liberar en maravillosas figuras aquel cuerpo rígido que traía a la clase. Puesto que nadie más que yo la miraba, me convencí de que aquello era una especie de monólogo de formas que mi profesora sólo dibujaba para mí, una versión preliminar del soñado cortejo profesora-alumno. La quinta o la sexta vez que pasó por delante de mí —a toda velocidad, con las manos en los bolsillos, en una ocasión de espaldas—, la perfumada corriente que dejaba despeinado mi flequillo pasó a ser el pico de su bufanda, y al final una mano deliberada que nunca más tras aquel instante volvió a repetir su gesto. La mano regresó al bolsillo, y bastó que saliéramos de nuevo al día nublado y a una plaza con charcos para tener otra vez ante mí a la profesora joven, nada guapa y muy seria, que de vez en cuando (y este había sido para mí todo su misterio hasta entonces) cruzaba y descruzaba las piernas. Pero nada que recuerde de esa época me unió tanto a otra persona como aquello, y pasó mucho tiempo hasta que pude sentir otra vez —al margen de un puñado muy pequeño de eso que se llama seres queridos— una unión parecida. Fue ella, la joven pálida y delgada de melena hasta la cintura y tejanos abiertos en el tobillo, la chica que perdía la palidez y las ojeras en los remolinos de una pista de hielo, quien me enseñó verdaderamente a escribir, pero no poniendo una palabra junto a otra, sino por medio de aquel ensimismado pasar entre las cosas como el que vuela o flota.

¿Un ejemplo del tranquilo deslizarse? Los dos seres vivos de la página 237:

Estamos a mediados del siglo XVI. Una muchacha, oriunda de las inmediaciones de Almonacid de la Sierra, está próxima a casarse y desea saber la suerte que le depararán los astros en su nuevo estado. Se dirige subrepticiamente donde el maestro astrólogo Abdala de Cosuenda, quien la recibe con toda suerte de cautelas: no quiere arriesgar ni la privacidad de la joven en trance de averiguaciones futurológicas ni su propia vida a manos del Santo Oficio. Corren los “tiempos recios” que con amarga ironía ha denunciado la madre Teresa de Ávila. Nuestra muchacha, visiblemente ansiosa, anticipa en su imaginación lo que le dirá el estrellero en lo tocante a su inminente matrimonio, a sus hijos, a su estado financiero, a su salud. Sólo tiene un problema: ignora el día y el mes de su nacimiento, que hace veinte años costó la vida a su madre. Duda mucho que su interlocutor sea capaz de levantar un horóscopo sin estos datos. Pero el sortílego se las arreglará para averiguar la constelación de su clienta prescindiendo de estos “detalles” que tanto habrían preocupado a sus ilustres antecesores Claudio Ptolomeo y Aben Ragel. La muchacha le proporciona enseguida los únicos datos que precisa el estrellero para su tarea judiciaria: su nombre y el de su madre. Con esta parca información, se aplica a unas cábalas que sobrecogen a la demandante. Aunque no sabe leer, sí reconoce, con angustia instintiva, las letras del alifato sobre las que computa el morisco, y recuerda que su uso llevó a la cárcel a uno de sus tíos más queridos. Pero su temor visceral cede rápidamente ante su decisión firme de familiarizarse con su destino estelar. Abdala ya está listo. Ha averiguado el signo astrológico de su clienta y se dispone a orientarla. A pesar de que la consulta se tiene que dar en el más estricto secreto, el desvelador de futuros tiene un sólido prestigio en la comunidad. Sobre todo entre las mujeres. Y la joven, que todavía tiembla, comienza a oír de sus labios lo que las estrellas determinan para su vida modesta de aldeana. Ya veremos que será increíblemente afortunada.

"Leer a Luce es recorrer nuestra historia como alguien que es llevado de la mano, o como tener una ligera fiebre y guardar cama, y una mujer con la ropa y la mirada empapadas de otro siglo te cerrase un poco las cortinas, acercara una silla y, con la sonrisa del embelesado, te contase todo esto en voz muy baja"

Así se desliza Luce, así construye figuras: la pasión por el hecho y la experiencia se convierte en el momento de expresarlos en una intuitiva mezcla de técnicas (y sé que es intuitiva porque sé cuál es el proceso mental que lleva a dejar en el papel una palabra que nuestra parte racional —a la que pocas veces conviene hacer caso— querría reemplazar por otra cosa). Fijémonos en las formas arcaizantes: “en trance de averiguaciones”, “toda suerte de cautelas”, la bien calculada cita de los “tiempos recios” de Teresa. (Pero aquí hay pocos cálculos). Fijémonos en los sinónimos para identificar al adivino: “maestro astrólogo”, “sortílego”, “develador de futuros”, y ese encantador “estrellero” que suena como a pastor de lucecitas descarriadas (y es el único sinónimo que aparece dos veces). Fijémonos en que la forma, golpeada por el viento de frente, gira de vez en cuando la veleta hacia los tópicos: “amarga ironía”, “ilustres antecesores”, “temor visceral”, “estricto secreto”, “sólido prestigio”. Pero ninguna protesta ante el chirrido. Todo eso tiene que estar ahí porque la imaginación siente muy próximo el momento en que tales expresiones todavía eran jóvenes. Y ahora asomemos a esa brecha en el tiempo que ha sido causada por un pequeño palíndromo hecho de palabras: primero esta expresión arcana —“las letras del alifato”—, después la rápida aparición de una palabra antigua que si hoy nos resulta familiar es en virtud de una tecnología reciente —“computa”—, y por fin otra palabra —“morisco”— que nos devuelve al tiempo del alifato y a nosotros mismos, sorprendidos de haber tenido por un momento un pie en cada siglo (y los brazos agradablemente sueltos del parteluz del alféizar). Sucede algo parecido al comienzo de otro capítulo, La oniromancia morisca (o de cómo los moriscos interpretaban sus sueños), que nace de un hexámetro encubierto, y que me gusta especialmente porque aparece de perfil un antepasado mío muy querido: “Ha caído la noche en el barrio judío de Roma. Francisco Delicado, acostumbrado como está al sigilo y al encubrimiento, se mueve entre las sombras buscando afanosamente material para la escritura del Retrato de su amiga y compueblana la Lozana andaluza… El Auctor sube precipitadamente las escaleras para hacer una visita intempestiva a la hija de su pluma. Las dos sombras ficcionales hacen juntas una deliciosa colación, y el travieso Auctor escancia vino —vinos selectos, por cierto: guarnacha y malvasía de Candía— para ‘alegrar’ a su personaje y lograr que le hable sin reservas.” Sombras ficcionales, que se reúnen a una misma mesa y se disponen a hablar: así encuentra Luce, buscando a los criptomusulmanes develadores de sueños, el espejo en el que iban a reflejarse Unamuno y Augusto Pérez cuatro siglos más tarde, recién lustrado en el revuelto dormitorio de una “puta astuta”. (“¿Quién te hizo puta? El vino y la fruta”.)

Leer a Luce es recorrer nuestra historia de esta forma: como alguien que es llevado de la mano, o como tener una ligera fiebre y guardar cama, y una mujer con la ropa y la mirada empapadas de otro siglo te cerrase un poco las cortinas, acercara una silla y, con la sonrisa del embelesado, te contase todo esto en voz muy baja. Ella es una sombra, la habitación ya no existe, la historia es algo que fue, que vuelve a recrearse y a desvanecerse de nuevo en cada palabra que momentáneamente la sostiene. Apariciones y desapariciones (la historia en esa mujer, la mujer en la habitación, la habitación en la historia) que hablan de nosotros, de lo que fuimos y de lo que seremos, y que me traen a la memoria este poema de ojos oblicuos escrito por la propia Luce:

La fragancia se desprende
de la rosa.
Su color blanco
flota en el aire,
sus pétalos de seda
son intangibles al tacto.
La rosa no existe:
aún la tengo en la mano.

Recordar es crear. Luce, el “estudioso” de “formación tradicional”, el “bibliófilo” que nos recibe, traspuesto el umbral del libro, en su “rebusca de manuscritos renacentistas”, crea letra por letra el pasado que los códices y los infolios empiezan a recordar. ¿Hubo un mudéjar expulsado que regresó a España desde Turquía para comprobar si había nacido un mesías morisco? ¿Hubo un códice llamado El libro de los dichos maravillosos? ¿Hubo guías de viaje que trazaban “la ruta geográfica de la huida de Europa a Berbería”, los Abišoš para el kamino? ¿Hubo un niñito llamado Abd al-Rafi, que tuvo que guardar en secreto el conocimiento de las letras árabes? Sí, los hubo: hubo un niñito, hubo una guía, hubo un códice, hubo un mudéjar. Algún día pisaron este mundo y la extrañeza y la voluntad de estar les cubrió las ropas con el polvo del camino. Todavía son reflejos, consideraciones, rastros de una sombra sobre la que flota la hoja de lo que más abajo será la raíz, la nota a pie de página (aquí es donde el estudioso se puede perder sin miedo con su escardillo). Todo se emborrona, se desemborrona. Para ser por completo, Luce tiene que fijar cada silueta en tránsito como hacía Dickens: con un gesto. “Y casi nos parecería ver a la muchacha abandonar el modesto consultorio clandestino y salir a las callecitas tortuosas de su barrio aragonés con una sonrisa de felicidad en los labios.” O bien el elusivo escritor, que medio sonríe a los caracteres de su idioma porque en ellos ve al hombre y la mujer, cuerpos trenzados, sentado en “su rincón tunecino sombreado de datileras.” Así es como empiezan a estar, el niñito, el mudéjar, la modesta aldeana, el poeta elusivo; así es como se vuelven cercanos y reales sobre este tapiz del hoy en el que vuelve a pintarse el tiempo que ya fue.

Estamos acompañando a unos moriscos muleros de los albores del siglo XVII que emprenden con ansiosa secretividad el camino de Deza a Valladolid con un nutrido cargamento de frutas. Quién sabe si pudieron haber estado emparentados con Cide Hamete Benengeli, que tuvo a cargo escribir las aventuras de don Quijote, ya que el cronista guardaba, como se sabe, lazos de consanguinidad con un anónimo mulero de Arévalo. Todo puede ser, porque, una vez más, de un manuscrito arábigo y clandestino se trata. Sólo que en este caso no se descubre en el Alcaná de Toledo, sino disimulado hábilmente bajo una inocente carga de peras. Los moriscos han concertado su contrabando con todo sigilo. El códice en cuestión contiene el libro mágico del Rey moro Zulimén, que debe haber sido muy preciado, pues a Salomón se le atribuía el poder de hacer prodigios y de curar cualquier enfermedad. En este viaje en particular el tratado de taumaturgia iba destinado a aliviar los trastornos de salud de un cierto titulado de Valladolid, que sin duda necesitaba con apremio de sus conjuros beneficiosos. Lástima para el antiguo paciente que el manuscrito morisco no llegara nunca a su destino: fue incautado por la Inquisición de Cuenca. Pero justamente al revés de los disimulados muleros podemos reconstruir hoy los detalles del suceso. El resto de la historia la narra el Archivo Diocesano de Cuenca, y constituye la vista de la causa contra Juan Corazón, un morisco caminero vecino de Deza.

"Para seguir siendo yo mismo en otra parte, en una región oculta de mi sangre, adormecida hasta que una palabra unida a la palabra inesperada la alcanza y la despierta"

¿No es algo maravilloso que unas pocas palabras bien ordenadas nos den ya la impresión de estar en otro sitio? Sí lo es, para alguien que disfruta escribiendo sobre las sensaciones que despiertan los libros. Alrededor de la página el presente se difumina. Esta nube que pasa ya pasó hace seis siglos, volverá a pasar para otro embelesado que soy yo, tantos siglos más tarde. Igual que el río. Ya hubo otro niño plantado ante este río que veo desde mi ventana (el niño y el río): es el pequeño de pies descalzos, vestido con un manto blanco, que algún día será otra vez niño, será otra vez río. Luce lo vio pasar, entre las hojas de la llamita que le hacía unir las manos y perderse en la contemplación. Era el hombre que decía: “Yo vi por mis ojos arroyos de miel correr por las breñas abajo.” Y también el hombre que decía: “Memoriya de lo ke abemoš kaminado fuwera del kamino por buškar otro kamino, i no lo fallamoš a nuwešo propósito.” Vivir, escribir: ¿caminar por fuera del camino para buscar otro camino? Todo pasa, todo habla. El cielo dice otro cielo, la torre dice otra torre, el campanario es todas las sombras sobre las que arrojó su sombra. ¿Cuentan tan sólo los bordes de las cosas, lo meramente urdimbre? Sostén del arquetipo: como los hielos de Dyer en la Antártida, el mundo se llena de construcciones desaparecidas, de torres que el jinete nunca alcanza, de naves peregrinas y de olivos. “El presente también se vacía: es un reflejo suspendido en otro reflejo.” Sí, Octavio, mi tantas veces citado, ¿pero cómo no recordarlo una vez más, en el juego de las desapariciones? Aunque no se vacía: se llena del hay y del habrá.

Vuelvo a salirme del camino buscando otro camino, perdiéndome al encuentro de las cosas. Todo se sigue diciendo, torres, campanarios, ríos, y se hace preciso detenerse —como Luce, la pequeña, con las manos unidas, o el hombre que aguarda la palabra entre conciencia y experiencia— para que sea oído.

Soy la cúpula azul de la mezquita de Ahmet,
doscientas ventanas sostienen mi luz.
Para que alcances a cubrirme
haré arder tu cuerpo de cedro
hasta que como incienso te esparzas
y te eleves, y colmes mi desmayo.
Ebrios de don sagrado,
mis labios susurrarán antiguos versos:
El vaho se apodera de la casa,
el humo oculta las ventanas;
y siguiendo el ritual dirán:
Lo que entra no vuelve a salir.
Y tu resina aromática y tu brasa
se quedarán en mí
para perpetuo trance de mis muros.

Eso es: otra uva que atrapo al salir de la viña de Clara, para que el horizonte de estas páginas se me llene de torres aljamiadas. Para seguir siendo yo mismo en otra parte, en una región oculta de mi sangre, adormecida hasta que una palabra unida a la palabra inesperada la alcanza y la despierta.

¿Adónde me dirijo? ¿A la rosa de Luce?

Crear es recordar. Que es otra manera de decir:

La historia no existe:
aún la tengo en la mano.

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Autora: Luce López-Baralt. Título: La literatura secreta de los últimos musulmanes de España. Editorial: Trotta. VentaTodos tus librosAmazonFnac y Casa del Libro.

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