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El último bohemio japonés

Entre las muchas perlas que pueblan el espléndido Diccionario de la Bohemia (Renacimiento, 2017) de José Esteban (1935) hay una preciosa cita de Benito Pérez Galdós (1843-1920) que ilustra eso mismo, la entrada dedicada al concepto de bohemia: «Yo te quiero por desgraciado, por bohemio, por el abandono que hay en ti, por lo que padeces en silencio y por las amarguras que pasas sin chistar». Y puede que el autor de los Episodios nacionales, siempre fino, lograse una definición de este concepto, ya universal, más honda que cualquier academia. Pensemos en productos patrios como nuestro romántico Gustavo Adolfo Bécquer (1836-1870) y el desdichado Alejandro Sawa (1862-1909), en nuestros vecinos franceses el compositor Erik Satie (1866-1925) y el alocado patafísico Alfred Jarry (1873-1907), o en trágicos literatos japoneses como el poeta Chūya Nakahara (1907-1937) y el novelista suicida Osamu Dazai (1909-1948). Al margen de épocas, lugares y estéticas, en todos ellos latió el anhelo de la libertad, la palpitación por el arte, el deseo indómito de trascender. De ser ellos mismos, aun a costa de sí mismos.

Es con esa vela que Chotaro Kawasaki (1901-1985) ilumina El barrio del incienso (Fulgencio Pimentel, 2022), delicada y bella antología de relatos de corte autobiográfico en los que el autor nos invita a acompañarlo en sus paseos diarios, sus cuitas con su familia de sangre y su familia política, sus soledades y sus obsesiones, y nos muestra, desde la sinceridad y con un toque de humor, la inexorable huella que el paso del tiempo irá dejando sobre sus huesos.

"Mucho antes de que nadie ondease la ya manida bandera de la autoficción, Kawasaki ya trabajaba en una literatura de raigambre estrictamente personal"

Kawasaki, hasta ahora —incomprensiblemente— inédito en España pese a ser influencia reconocida para titanes de las letras japonesas como el Nobel Kenzaburō Ōe (1935) o Masuji Ibuse (1898-1993), no fue un hombre de éxito ni tuvo una vida de película. Disfrutó de un reconocimiento moderado, si bien rechazó sus derechos como primogénito y malvivió durante años en una suerte de chabola con lo que obtenía a partir de su colaboración en revistas y publicaciones varias. Hombre sencillo y enamoradizo, que utilizaba una caja de mandarinas como escritorio y se contentaba con visitas esporádicas a los barrios de placer, llegaría a ser finalista del prestigioso premio Akutagawa en 1936, y sería llamado a filas al final de la Segunda Guerra Mundial. A su vuelta, ayudaría en el negocio familiar y escribiría las que se consideran sus mejores obras.

Mucho antes de que nadie ondease la ya manida bandera de la autoficción, Kawasaki, por influencia de su maestro Shūsei Tokuda (1872-1943) —a quien dedica el último cuento del libro—, ya trabajaba en una literatura de raigambre estrictamente personal —la llamada «novela del yo»—, que ahonda en sus miserias y en sus alegrías, y las retrata sin máscaras ni artificios, sin necesidad de realismos sucios o simbolismos grandilocuentes. No, para Kawasaki la vida se construye a base de momentos en apariencia insignificantes. Una extraña conversación nocturna con tu mujer insomne, la fruta madura recogida de un árbol del camino, una apuesta en el velódromo, la necesidad de contacto con otra piel, una discusión entre un hermano y su esposa debido a la aparición de una amante, el funeral de una madre, la apacible muerte de un padre. Momentos que piden a gritos ser narrados. «Ruego al cielo que proteja mi destino con estos torpes balbuceos», reza uno de los personajes, trasunto del propio Kawasaki.

"Cierro este volumen y me asalta una duda: ¿habré tenido en mis manos al último bohemio japonés?"

El barrio del incienso es una muestra representativa de la vida de las clases humildes, de los pescaderos, las madres abnegadas o las prostitutas, temas que el autor comparte con los grandes de la cinematografía nipona. Y es que la desgracia de quienes son obligadas a vender su cuerpo, descrita magistralmente por Kenji Mizoguchi (1898-1956) en clásicos como Las hermanas de Gion (1936) o La calle de la vergüenza (1956), bulle también en relatos como «Makocho, el barrio del incienso» o el innominado segundo cuento de la colección. Kawasaki sabe que la preciosa flor de loto brota en medio del barro, como diría el también director Yasujirō Ozu (1903-1963), con quien, por cierto, el escritor se disputó durante casi una década el amor de la misma geisha.

Cierro este volumen —editado con la habitual originalidad marca Fulgencio Pimentel— y me asalta una duda: ¿habré tenido en mis manos al último bohemio japonés? Basta un momento para que se me pase el susto y me contagie de ese optimismo bajo la lluvia, de esa sonrisa amarga —pero sonrisa— de los protagonistas de El barrio del incienso. Nuestro querido Bécquer decía que podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía. Yo diría que podrá no haber bohemia, pero siempre habrá bohemios.

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Autor: Chotaro Kawasaki. Traductores: Yoko Ogihara y Fernando Cordobés González. TítuloEl barrio del inciensoEditorial: Fulgencio Pimentel. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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