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El animal vestido

En Mortal y rosa, Umbral dejó escrita una frase que parece dicha de paso y, sin embargo, no se me va de la cabeza: “La religión quiere darnos un alma y la cultura quiere darnos un traje”. No hablaba solo de cultura ni de elegancia espiritual. Hablaba de vergüenza: de nuestra necesidad de cubrir algo anterior a las palabras, anterior incluso a la conciencia de nosotros mismos. El deseo, el miedo, la dependencia, la enfermedad, la carne que busca, la carne que manda y la carne que se acaba.

Hay una vanidad muy humana: la de quien cree haber dejado atrás al animal porque ocupa un cargo, domina un lenguaje o administra una pequeña autoridad. Puede vestir toga, bata, traje, uniforme, credencial, cátedra, despacho, firma, sello. Todo eso puede imponer respeto, pero no cambia la especie. Puede hablar con precisión, mandar con calma, repartir prestigio, distancia o miedo. Al elevarse sobre los demás, suele olvidar algo elemental: también ese cuerpo fue parido por una hembra entre sangre, lloró sin palabras, necesitó calor, leche, sueño, y que otros limpiaran su mierda. También obedeció antes de saber mandar. También fue carne entregada al cuidado de otros. Y también obedecerá, tarde o temprano, a la fatiga, al deseo, al miedo, a la enfermedad y a la muerte. La vanidad consiste en olvidar de dónde viene el animal que somos. Nadie queda del todo fuera de esa tentación.

"Nuestro tiempo no ha desmentido demasiado a Umbral. Ha cambiado los muebles, las oficinas y los cristales por pantallas, perfiles, búsquedas privadas"

Nuestro tiempo no ha desmentido demasiado a Umbral. Ha cambiado los muebles, las oficinas y los cristales por pantallas, perfiles, búsquedas privadas y ventanas que se cierran deprisa. Bajo la cortesía pública y las biografías editadas, sigue corriendo cada noche la misma cloaca del deseo: zoológica, repetida, pobre, anterior a cualquier delicadeza. Avergonzados de esa mecánica de rebaño, hemos levantado lirismo, filosofía, decoro, teología, literatura y metafísicas. La cultura viste al animal; Internet lo desnuda cuando cree que nadie mira. Conviene no escandalizarse demasiado: el escándalo suele ser otra forma de vanidad.

Pero el deseo no agota al animal. También hay animalidad en la fiebre, en el sueño vencido, en la respiración que se vuelve difícil, en la mano que pierde precisión, en la piel que cede, en la memoria que borra sus propias huellas.

Ahí la cultura deja de ser adorno y se vuelve abrigo. No viste únicamente el deseo; viste también la fragilidad, la dependencia, la vergüenza de necesitar, la humillación de no bastarse. La religión no elimina el miedo: lo convierte en alma, culpa, promesa, salvación. La literatura no cancela el deseo: le da una frase, una escena, una nobleza que quizá no tenía. La filosofía levanta el vértigo hasta convertirlo en pregunta. La honra organiza la vergüenza ante los demás y la llama decoro. Incluso la cortesía, tan frágil, no vence la violencia: apenas la demora, la pule, la obliga a esperar antes de hacerse gesto. El arte no derrota la muerte: pone luz sobre aquello que iba a apagarse de todos modos. Nada de eso anula lo que cubre. Solo lo vuelve presentable. No hace falta ir muy lejos: cada vida se protege como puede de su propia intemperie.

"Los libros, los rezos, los cuadros, las promesas, los modales y los nombres puestos sobre tumbas no vencen la materia"

Pero debajo sigue la materia. No desaparece. Espera. Tiene sus leyes, y esas leyes no preguntan qué hemos leído, qué hemos amado, qué cargo ocupamos, qué prestigio reunimos ni qué palabras sabemos usar. El cuerpo reclama sueño, alimento, calor, contacto, descanso. Desea, se avergüenza, se agota, enferma, cicatriza peor, recuerda menos, envejece sin pedir permiso. Un día pide ayuda. Otro día ya no sabe pedirla. Y al final puede volver a necesitar lo primero: que otro lo levante, lo lave, lo limpie, lo soporte. Todo lo que llamamos espíritu ocurre dentro de ese límite. Toda cultura se levanta sobre una materia que acabará retirándole el suelo. El hombre no deja de ser animal porque se explique mejor.

No conviene burlarse demasiado del traje. A veces es impostura; otras, la única piedad que tenemos. Pero tampoco salva del todo. Los libros, los rezos, los cuadros, las promesas, los modales y los nombres puestos sobre tumbas no vencen la materia. Solo cubren, durante un tiempo, la evidencia más pobre: somos cuerpo, deseo, miedo, deterioro, necesidad y olvido. La cultura no nos saca del animal; apenas le enseña a sentarse a la mesa. Tal vez toda elevación nazca de esa vergüenza primera: saber que somos materia y no soportarlo. El traje cae. El animal queda. No escribimos porque hayamos vencido al animal. Escribimos porque sigue ahí debajo, respirando, esperando, más antiguo que cualquier frase.

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