Un geógrafo francés recorre los cinco continentes con el objetivo de localizar el centro del mundo. Tras no pocas vicisitudes y peripecias, el científico acaba en un almacén de naranjas en Almenara (Castellón), localidad en la que conoce a un tabernero que le cambiará la visión de la realidad.
En Zenda reproducimos las primeras páginas de El viaje circular (AdN), de Joan Montañés Xipell.
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Mon ami François:
A continuación, le daré buena cuenta de las vicisitudes más reseñables de este viaje circular no ya por los cinco continentes —algo que detallé en las cartas anteriores—, sino por el laberíntico petit pays de los petits châteaux, que es como he venido a llamar a este enclave único.
Finalmente, le expondré las circunstancias un tanto azarosas que me condujeron hasta la meta definitiva. Ignoro si será de su agrado que me muestre esquivo, incluso enigmático, pero tengo que recordarle que fue usted, mon ami, quien me desafió mediante acertijos, un método nada ortodoxo pero sí muy eficaz a la hora de provocar a los hombres de ciencia. Sin embargo, una vez resuelta la cuestión, considero de justicia pagar con la misma moneda a quien en los mentideros de París y en media Francia apodan Sphinx —¿será usted en verdad la última esfinge?—.
Junto a estas líneas, le adjunto mi trigésimo cuarto cuaderno de bitácora. He de admitir que lo inicié vencido, sin albergar ninguna esperanza de éxito para nuestra empresa común y con la decisión tomada de emprender el regreso al hogar aunque esto supusiera reconocer de antemano el fracaso. El memorándum, como podrá comprobar con su lectura, es un compendio de ensayos y errores que, a pesar de mi escepticismo natural, acabaron por persuadirme —como ahora espero que lo convenzan a vos— de que había dado con la respuesta positiva.
Quizá el paso de los años que han transcurrido desde el día de mi partida, casi la mitad de un septenato, haya aminorado el interés que le movió a lanzarme la porfía. Empero mi esfuerzo y su espera, ya le anticipo que han obtenido la recompensa, pues el enigma que me planteó ha quedado resuelto y finalmente sabrá dónde se halla el centro del mundo.
Très affectueusement,
Dr. Jean-Claude Chigot
Nota del traductor: la carta y el cuaderno que se adjunta a continuación han sido traducidos de la lengua francesa. Como el lector podrá comprobar, algunas locuciones se han mantenido del original literalmente con el propósito de mantener la máxima fidelidad al espíritu y la letra de su autor.
Tras recorrer en balde millares de kilómetros que me alejaron de la dirección correcta y justo cuando se cumplía un trienio desde el inicio del periplo, los pies se tornaron más pesados y torpes y el desfallecimiento comenzó a hacer mella en mi persona. Las fuerzas me flaqueaban desde hacía tiempo, pero el raciocinio y la determinación se mantenían al margen de los contratiempos corporales que me torturaban. Como sabe, soy enclenque, pero esta condición, lejos de representar un inconveniente, resultó ser muy ventajosa en los dos primeros años del tour, pues mi esqueleto solo debía transportar una insignificante masa muscular y el macuto con los enseres indispensables. Aun así, con el transcurso de las etapas más morrocotudas, comprobé que el talón de Aquiles lo tenía situado justo en los juanetes, abultados como un sexto dedo que me había nacido en cada pie. Estos huéspedes de carne y hueso buscaron su acomodo imposible dentro del calzado hasta que, debidamente alojados, lograron mermar mis facultades en la medida que se acrecentaba el suplicio en las sendas fábricas de roquefort. Luego, cuando me procuraba un techo donde pernoctar, lo primero que trataba de conseguir era una jofaina de agua ardiente. Entonces, sin ser un experto en botánica, arrojaba las hierbas que había encontrado junto al camino. Estas me aliviaron los dolores, punzantes como la picadura de escorpión, a la vez que me producían ampollas y pústulas igualmente insufribles.
El gran deterioro de mi esmirriada fisionomía no se manifestó de forma exclusiva en las extremidades inferiores. El intestino delgado era el otro punto vulnerable. Los pucheros estrafalarios que probé en las distintas naciones no contribuyeron a vigorizarme; antes me complicaron la existencia. Las escudillas, propias de cocinas condimentadas en exceso y untosas por de más, me provocaron unas digestiones lentas que mermaban poco a poco mi movilidad. Y eso que engullía cada plato sin pararme a pensar qué especie animal me podían haber servido escondida debajo de los abundantes aliños y aderezos explosivos, pues las papilas gustativas hacía tiempo que las sentía anuladas por culpa del picante.
Tanto daba cuál fuera mi destino: Conchinchina, Arequipa, Calcuta, Pernambuco, Tombuctú o Sebastopol, a la hora de echarme un bocado al buche, todas las viandas se me antojaban un catálogo de especias abrasivas de las que pronto sabría reconocer cada uno de los tufos penetrantes que desprendían. Todo lo contrario me ocurría con las carnes amalgamadas bajo aquellas aromatizaciones. Sus sabores quedaban disimulados en el sinfín de cocinas que fui probando. De ellas desconocía el verdadero gusto, color, fragancia y naturaleza. Bien podían ser de antílope, chucho, minino, rata de agua, lagarto, orangután o, inclusive, de semejantes nuestros. Sí, ami François, le refiero esto porque la ingesta caníbal, si se compara con los bichos que se guisan por esos mundos, es la que menos aprehensión me podía llegar a producir. También le confieso que todavía ignoro si me han dado gato por liebre y en algún rincón del orbe probé el filet mignon de persona humana; de ahí que únicamente me declare antropófago en potencia.
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Autor: Joan Montañés Xipell. Título: El viaje circular. Editorial: AdN. Venta: Todos tus libros.


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