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Jesús, qué vida llevo, de Pablo Carbonell

Jesús, qué vida llevo, de Pablo Carbonell

Pablo Carbonell regresa a las librerías con un libro inclasificable, provocador y lleno de inteligencia emocional, en el que el artista gaditano dialoga con la fe, la culpa, el deseo, la educación católica y la necesidad humana de trascendencia.

En Zenda ofrecemos los dos primeros capítulos de Jesús, qué vida llevo (Almuzara), de Pablo Carbonell.

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Capítulo I

En aquellos tiempos…

Evangelios

Si echo la vista atrás e intento captar cuál es la primera vez que mis ojos se pasmaron ante la imagen de Jesús llego a los cuatro o cinco años, una edad en la que el discernimiento no está lo suficientemente aguzado como para distinguir lo que es una cabalgata de Carnaval de una procesión de Semana Santa.

Mi madre nos guapeaba porque íbamos de procesiones, o de cabalgata, lo mismo daba, y yo y todos mis hermanos saltábamos de contento pensando que a lo mejor caía un helado o un paquete de patatas fritas. Sabíamos que las calles gaditanas estarían a rebosar de gente, habría bullicio, palmas y jaleo. Nuestros ojos se asomarían al mundo y no había necesidad de preguntar si íbamos a ver un paso con un señor crucificado, y donde podríamos pedir a los penitentes que nos echaran cera líquida en la mano, o una carroza vestida de purpurina y con bombardeo de caramelos y papelillos. Entiendo que si ese bululú estaba confuso en mi mente solo puede asociarse a un fuerte deterioro mental o a una edad temprana. Elijo ésta.

Antes de eso me habían bautizado sin pedirme permiso. Mis padres no eran anabaptistas, no se preguntaba al bebe sí le apetecía bautizarse o no, se bautizaba y punto, no fuese a pasar alguna desgracia y el niño acabase en el limbo, un sitio aburridísimo, ni alegre ni triste, sin sustancia ni fu ni fa. El limbo es como la sede de un partido de centro mal calibrado en noche electoral.

Se ve que en orbe católico todos nacemos con un pecado de serie que hay que limpiar cuanto antes. A este pecado le llamamos pecado original, supongo que, porque se comete en el origen de la gestación, en el revolcón. Así que todos venimos al mundo con ese baldón pecaminoso, esa peca negra en el cuerpo. Todos no, la virgen María, la madre de Jesús, nació sin él y estuvo libre de semejante manchurrón en su historial.

En la escuela nos explicaron que el ángel que va repartiendo los brochazos del pecado original se despistó y la Virgen, mira qué cuca, se escapó. Cuando ya eres más adulto y la cafetera cerebral empieza a hacer chu-chú, entiendes o imaginas que nacer sin ese pecado posibilita que puedas concebir sin conocer varón, como diría Jesús Quintero. Al haber sido embarazada por una paloma, o, sin zoofilia ninguna, por el Espíritu Santo, o, por un ángel, o, según los Evangelios apócrifos, inseminada por la oreja, la Virgen María estuvo siempre limpia de pecado. Limpia y guapa, ¿guapa?, la que más.

A los demás bebés se nos echaba un chorrito de agua bendita en la cocorota calva, se pronunciaban las palabras mágicoreligiosas «yo te bautizo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo», y de esta sencilla manera, que cualquier tonto puede entender, tu churumbel en el caso de que tras el bautismo y puesto el nombre de pila se te escurra y se abra el cráneo en el suelo podrá ir directo al Cielo a acunarse en las seguras manos del Sumo Hacedor.

Jesús (Gracias) fue bautizado en las aguas del río Jordán por Juan el Bautista, un asceta que vivía pegado a sus orillas y que usaba esas aguas, (esto le salía barato), para bautizar a todos los que, sintiéndose sucios por dentro, acudían a lavarse el pecado original. Jesús, que ya iba dejando una estela de milagros y palabras nuevas, al acercarse a Juan para pedirle ser bautizado este le dijo que debía ser al revés, que Jesús le bautizase a él. Jesús le pidió que no se saltase el protocolo y fue sumergido en el río aquel. Al momento de reaparecer a la superficie se abrieron los cielos y el aliento de Dios bajó del cielo en forma de paloma, se posó en su hombro y una voz desde el Cielo anunció: «Este es mi hijo amado, orgullo de su padre». Una frase que bien podría decir el padre durante el bautismo de su renacuajo habiendo tantos avances para determinar si un hijo es tuyo o no, pero que aun así, no se ha rehabilitado en la liturgia actual.

Capítulo II

La fe es creer lo que no ves, la recompensa
de esta fe es ver lo que crees.

San Agustín

Nací dentro de Dios. Dios presidía nuestra casa. Mis padres no eran mis padres, eran meros  entre lo divino y yo. Hacían apostolado continuo, eran misioneros en su propia casa, y nosotros, sus hijos, éramos los desarrapados, negritos famélicos en las lindes del mundo civilizado, pescadores con las redes vacías de peces y palabras, los desheredados que debíamos ser arrimados a la luz divina, los que aún no saben que están llamando a las puertas del Cielo.

Las normas en la casa venían dictadas desde arriba y no se cuestionaban. Mis padres bautizaron a todos sus hijos y todos recibimos la comunión. Mi madre rezaba en casa el ángelus a las doce de la mañana, a veces con nosotros, papá seguro que lo hacía en su oficina, supongo que solo, bendecíamos la mesa al mediodía. Mi padre decía: «Bendice, Señor, estos alimentos que recibimos de tus manos», y todos respondíamos «amén», y mi padre seguía: «El rey de la gloria eterna nos haga participes de la mesa celestial». Otro «amén», y nos lanzábamos a la comida dándonos codazos, como el primer día de las Rebajas.

A la caída de la tarde rezábamos el rosario. Mis padres sentados en sus butacas, tronos celestiales, y nosotros dando vueltas a la mesa del comedor. Nuestras conversaciones más densas empezaban habitualmente con «Padre nuestro que estás en los cielos» y concluían con «el pan nuestro de cada día dánoslo hoy», o su variante habitual «Santa María madre de Dios…» y su respuesta inmediata «Dios te salve María…». Hablábamos más con Dios de intermediario que entre nosotros. Nuestra conversación era una salmodia en la que el tono y la intención cargaban de significado coloquial semejante bisbiseo. La velocidad en la ejecución de ese parloteo denotaba las prisas que teníamos por alcanzar la gloria celestial, cada vez más rápido, como la canción del barquito chiquitito. Había una vez… Así era la angustiosa carrera hacia el Cielo que emprendíamos con nuestras oraciones: nos asistía el convencimiento de que un ángel contable, arriba en su despacho del Universo, estaba cuantificando nuestras oraciones para ir aligerando, oración a oración, verso a verso, nuestra presencia en el purgatorio. Aquella convicción nos arrastraba a un frenesí histérico en el que las vueltas y vueltas alrededor de la mesa se convertían en una danza tribal semejante a la de los nativos americanos alrededor de una fogata.

Por las noches, cuando quería, y por probar su infalibilidad, pedía a las ánimas benditas que me despertasen para ir al colegio, en compensación rezaba alguna cosilla para que el ánima que me despertase saliese pronto del purgatorio. Y las ánimas benditas, muy agradecidas por mis rezos, me despertaban. Estaba claro, eran infalibles, a la hora acordada un ánima bendita me zarandeaba suavemente con sus manos transparentes y me despertaba, y además me daban fe de vida, vida sobrenatural, pero vida palpable, eficaz y con una puntualidad que ya la quisiéramos para el transporte público.

En el colegio si el profesor se tenía que ausentar le encargaba al crucifijo que había encima de la pizarra que nos vigilase, que después Jesús le iba a contar al maestro los que habíamos hablado o habíamos montado escandalera en su ausencia. Y ahí nos quedábamos mirando a la cruz como conejos ante las largas de un coche en la noche: la luz que emanaba de la cabeza de Jesús crucificado.

El nimbo o aureola que ornaba la cabeza de Jesús, y de todos los santos y vírgenes de nuestra religión, es un clásico que ha adornado desde hace miles de años la cabeza de los iluminados, personas notables por su bondad, su maldad, su mensaje o por su poder en el mundo. Esa aureola luminosa la luce Ra, la lleva Apolo… Como bien puede apreciarse en el cuadro La fragua de Vulcano, el cotilla de Apolo la luce cuando se acerca a la fragua para chivarle al pobre Vulcano que su esposa, Venus, le está poniendo los cuernos con Marte. La cara de Vulcano es un poema.

En el Tíbet, China o la Persia milenaria podemos encontrar divinidades con esa luz de posición reglamentaria en la cabeza. No se trata de espionaje industrial o apropiamiento del marketing ajeno por parte de la Iglesia católica, es un símbolo universal para recordarnos que estamos ante una persona de relumbrón, que brilla con luz propia, sin pasar por el aro de las hidroeléctricas con el recibo de cada mes.

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Autor: Pablo Carbonell. Título: Jesús, qué vida llevo: Conversaciones con el hombre que siempre va conmigo. Editorial: Almuzara. Venta: Todos tus libros.

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