Eso, el jab, el jab…! ¡Y sí, ahora, el gancho! ¡Tocado, está tocado…! ¡Remátalo, remata…! ¡Es tuyo! ¡Ataca, no le dejes respirar! ¡No, no, así no!
—El primer golpe ha sido bueno, pero el segundo se ha quedado corto. Si le da de lleno, le tumba.
Sánchez miraba a Valor con gesto de asombro. No le sorprendía el combate, sino la actitud del comisario. Llevaba tiempo notándole extraño, como si viviera apartado de todo lo que no fuera su propia e insondable intimidad. En ese mismo instante, aunque en apariencia concentrado en la pelea, Valor comunicaba una rara impresión: como si estuviera en otra parte, lejos de aquel lugar.
—¿Qué es un jab? —preguntó Sánchez.
—Me olvidaba de que nunca había asistido usted a una velada de boxeo, inspector. Es ese puñetazo largo, el primero que ha dado, en esta ocasión con la mano izquierda, con el brazo extendido: lo mejor que hace Sombrita. Pero con el siguiente falló.
—No me di cuenta.
—Será usted el único que no lo ha visto en toda la sala.
—¿Y qué es un gancho?
—El puñetazo con el que Sombrita le pegó desde abajo…, así, dirigido contra la barbilla. Dibuja una suerte de garfio en el aire, desde casi la cintura propia a la barbilla del contrario. No me diga que no lo distingue.
E imitó el golpe zurrándole al vacío.
—Son muy rápidos.
—Si fuera usted boxeador…, con esa vista se pasaría la vida KO.
Valor movió la cabeza. Comió más palomitas y bebió de nuevo de la botella.
—Ese chico llegará lejos.
—¿Quién?
—Está claro que no se entera usted de nada, inspector.
—Lo mío es el fútbol.
Valor señaló al púgil que se sentaba más próximo a ellos, dándoles la espalda, y que vestía un calzón rojo fuego.
—Ese es: un canario muy joven al que apodan «Sombrita». Seguro que en el próximo asalto tumba al otro, el pobre es un paquete.
—¿Por qué lo de «Sombrita»?
—Le hacía con más imaginación, Sánchez. ¿No se ha fijado en cómo se mueve? Como una sombra: tiene una esgrima colosal, es difícil acertarle.
—Ya veo que sabe, comisario… ¿Era usted tan bueno en el ring?
—Nunca combatí; solo entrené, lo que se llama «cruzar guantes». Pero, en cuanto veía un puño alzarse delante de mi cara, casi echaba a correr. Ahora entreno un par de veces por semana, cuando me lo permite el trabajo. Voy muy poco al gimnasio. ¿Cree usted que, si hubiera sido bueno con los puños, me habría dedicado a este perro oficio de perseguir delincuentes?
—No lo hace usted mal del todo —repuso—. Lo de policía, quiero decir.
—Deje las chuflas, Sánchez. Me gano la vida con esto y no hay más. Me atraía la profesión. Pero ya no me gusta.
—No me ha dicho por qué.
—En nuestro trabajo se inmiscuyen demasiado los políticos, cada vez más. Y yo lo detesto.
—¿No le gusta el gobierno?
Valor le miró un instante con fijeza, en silencio, antes de responder:
—Lo detesto.
—No le he oído, comisario.
[…]
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Autor: Javier Reverte. Título: Muñecas rotas. Editorial: Plaza & Janés. Venta: Todos tus libros.


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