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En la sala común con El Pestes, de Curtis Dawkins

En la sala común con El Pestes, de Curtis Dawkins

Curtis Dawkins fue condenado a cadena perpetua por asesinato. Hotel Graybar, obra publicada por Seix Barral y traducida por Inga Pellisa, es su primer libro. A través de diferentes relatos y narradores, Dawkins retrata la vida de la prisión y sus habitantes y revela las idiosincrasias, el tedio y la desesperación de sus compañeros de celda y la lucha de éstos por mantener vivas sus almas a pesar de su situación. También se describen los entresijos de la cárcel: cómo funciona el sistema de trueque, basado en los tatuajes; los juegos de cartas o el tráfico de cigarrillos. Zenda ofrece uno de los relatos, titulado En la sala común con El Pestes.

 

EN LA SALA COMÚN CON EL PESTES

El Pestes entra en la sala en la que los hombres juegan a las cartas. Juegan al dominó y charlan. Juegan al ajedrez y venden postales de Navidad hechas por ellos mismos. Fuman en el rincón de la ventana.

Aquí apesta a cuadra que tumba, dice. El Pestes cree que todo apesta. Dice que tiene un olfato ultrasensible y no hay nada que le huela bien.

El Pestes en la sala común: ¿Eso ha sido un puto trueno, en octubre? Los árboles están cambiando. Aunque ése creo que está muerto. Esos aviones vuelan bajo porque me están vigilando. Cuando me vaya, fijaos, ya no veréis más aviones por aquí.

El Pestes se sienta enfrente de mí y pone una baraja de cartas sobre la mesa. Tiene unas cuantas camisetas nuevas, y lo que realmente le gusta de ellas es que les han quitado las etiquetas, así que es imposible ponérselas del revés. Estuvo casado —sigue estándolo, técnicamente— con una prostituta a la que llama Sarah Sustos, que una noche se tomó su medicación con una copita de Wild Turkey, y a partir de ahí la historia se vuelve borrosa. El único hecho irrebatible es que ella desapareció. Sarah Sustos tenía un corazón muy débil. Se le caían los dientes porque había perdido todo el esmalte.

Nash se ha quedado sin cigarrillos y se le ha terminado el café. Está sentado a la mesa de al lado y puede que tenga la gripe.

Me gustaría volver a ver películas.

Odio el ruido que hay aquí.

Duermo mucho.

Me pregunto si esos cuatro tíos del juego de rol de vampiros saben que no es real. No creo que se paren a pensarlo.

Me he acostumbrado al café instantáneo. Está bien. La mayoría de mis amigos han matado a alguien.

La mayoría de mis amigos fueron famosos en su día. Hay un par que salen en Crímenes sin resolver. El del Pestes lo echan media docena de veces al año. Un tío detrás de mí cree que mi letra parece árabe. Tiene la Celda 92. Lo sé porque recojo la colada y luego la reparto. Me sé las celdas de todo el mundo. Casi. Hay doscientos cuarenta hombres en esta unidad.

¿Te llamas Sam?, pregunta el Pestes. ¿No? Vale. Yo me junto con asesinos, pero con pederastas no.

Aquí la gente habla demasiado. A nadie le importa lo que digan, y de verdad que creo que hay tíos aquí o que vuelven una y otra vez porque les gusta hablar y la gente de fuera está harta de escucharlos. Una vez oí a Leonard Cohen contando que había pasado cinco años en un monasterio y comparando la experiencia con la de ser una piedra tosca metida en un saquito de tela con otras piedras toscas. La fricción entre ellas las pule hasta dejarlas lisas y relucientes. Estos tíos, sin embargo, no ven así la cárcel. Creen que están aquí por accidente.

A lo que cuesta más acostumbrarse es a las peleas de broma, aprender a diferenciar entre violencia real y dos tíos actuando como niños. El primer par de años, te das la vuelta cada vez que oyes un ruido fuerte.

¿Cómo se llama ese juego de cartas al que estás jugando? El casino, responde el Pestes. O sea, el solitario. Y entonces mezcla la baraja y coloca las cartas en trece pilas de cuatro. Me pregunta cuántas posibilidades creo que existen de que haya cuatro cartas del mismo palo en una pila. Como una entre un millón, le digo. Y entonces da la vuelta a cuatro ases en la primera pila y luego al resto por orden.

Yo podría haber sido un as de las cartas, dice. Eh, a lo mejor si le hacemos este truco al juez nos suelta.

Sí, puede ser.

Yo creo que también podría decirse el rey de las cartas, aunque la verdad es que lo de as queda mejor. Yo prefiero ser un as que un rey, aunque no le digo nada.

Todos los fulleros de antes les ponían nombres a sus trucos: Lucy la Zurda, el Vuelta y Corre, la Baraja Desaparecida, el San Valentín Sangriento, la Sota Ful… Y, aunque el Pestes se sabe un montón de juegos de cartas, no ha puesto nombre a ninguno.

 

Éstos son los datos del caso tal como me los relataron el propio Pestes y Bill Kurtis, de Crímenes sin resolver:

Sarah Sustos Brown —apellido de soltera, Novak— y el Pestes se casan en 1978. Ella va de blanco, y él paga cincuenta dólares por un pastel de bodas alto y magnífico que su mujer le lanza durante el convite celebrado en el sótano del Puesto 714 de la Legión Americana. Al baile acudió lo más granado de entre los traficantes, chulos y ladrones del condado de Kalamazoo. El matrimonio es tempestuoso, y al cabo de un par de años ha naufragado por completo. Existe un historial bien documentado de incidentes domésticos en el que se van intercambiando el papel de agresor. Ella pasa las noches inconsciente con un par de Valiums (no le gusta la nueva generación de benzodiacepinas) y medio vaso de Wild Turkey. El Pestes le hace un seguro de vida por valor de cien mil dólares y, un mes después, ella se esfuma. No aparece ningún cuerpo; no se encuentra ni rastro de él. Nunca. Ni siquiera hoy. El caso queda sin resolver y el seguro sin cobrar porque no hay prueba alguna de que Sarah Sustos esté muerta y no viviendo en una playa de Cancún. Seis años más tarde, una borracha chiflada llamada Monica Tiro Fijo Silver dice en el estrado que el Pestes le contó al detalle cómo había asfixiado a Sarah Sustos, la había pasado por la picadora de carne que usaba para el venado y había dado a comer sus restos a una piara de treinta cerdos al norte del pueblo. El Pestes dice que no ha visto nunca a Monica. Su declaración llega dos semanas antes de que el juez de instrucción declare a Sarah Sustos presuntamente muerta y el Pestes reciba el dinero del seguro.

Una breve introducción legal: corpus delicti significa literalmente «cuerpo del delito».

Por lo general, en un caso de homicidio debe haber pruebas de que alguien ha muerto y de que el fallecido encontró su fin por vía de un acto criminal. Por lo general, hace falta algo más que una perturbada que recobra la memoria para condenar a alguien. Pero Míchigan es peculiar en ese aspecto. Por lo general, hacen falta pruebas, a no ser que haya cien mil dólares en juego, dice el Pestes. Él cree que lo más seguro es que Sarah Sustos muriera de camino al sur con un tío que apenas debía de conocer. Un día cree que está en una cuneta en algún punto entre Míchigan y México. Otro cree que va a aparecer viva. Puede que aquí mismo.

También echo de menos la buena música. Echo de menos la música alternativa que no ponen en la VH1.

Alguien del Ala B se tomó treinta de algo. ¿Treinta qué? Da igual, se tomó treinta. Si te tomas treinta de lo que sea, se acabó. Es esa época del año. La gente se deprime. No pueden más.

Cuando vuelva al juzgado, dice el Pestes, en mi declaración inicial le voy a hacer al juez un juego de manos con las cartas que se va a quedar alucinado.

Tienes que buscarle un nombre pegadizo, Pestes. No puedes coger y decirle: Vale, juez, mire qué truco.

Mira por la ventana. Puede que nieve hoy, o mañana.

Un nombre, ¿eh?

Alguien se pone de pie: Te voy a decir una cosa. Te lo digo: ¿sabes toda esa medicación para la que me despiertan cada día a las cinco y media? ¡Pues se la pueden meter por el culo!

La parte de la historia del Pestes con la que siempre me quedaba pillado era ésta: ¿por qué deshacerte del cuerpo si pretendes cobrar el dinero del seguro? Y ésta también: todavía lo tiene atónito que le lanzara un bonito pastel de cincuenta dólares. Eso pasó hace más de treinta años.

Juez Peckerneck, para mi declaración inicial, dice el Pestes que le dirá, me gustaría que prestase atención a esta baraja de cartas para mostrarle un truquito al que llamo Ases-en-medio-nada-por-aquí-huele-a-cagadade-mono-y-nada-por-allá.

Otra cosa que echo de menos: cuando cortaba el césped del patio, mi perro me seguía pisándome los talones y, cuando paraba, chocaba contra mis piernas. Había algo muy reconfortante en eso.

Es día de colada. Voy a darme una ducha. De camino a comer, el Pestes me ha dicho que hoy me iban a pasar cosas buenas porque estuvo rezando mucho rato por mí y por mis hijos anoche. Voy a darme una ducha y a esperar. Voy a beberme un café bien cargado y a esperar que pasen cosas buenas.

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Autor: Curtis Dawkins. Título:  Hotel Graybar. Editorial: Seix Barral. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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